Al inicio de la acción Manco tuvo que enfrentar la complejidad de las estructuras sociales del Imperio; de un Imperio destrozado y en desintegración. Así, las divisiones de las casas nobiliarias incaicas (panacas) seguían vivas, en un grado que se hace difícil de entender en la actualidad (salvo mediante el uso de referencias paralelas en la Historia Universal); y lo mismo ocurría con los linajes semicuzcos. Por ejemplo, Pascac, tío del Inca, primo hermano de Huaina Cápac, decidió quedarse en el bando español. Bajo su mando habrían de permanecer diversos aristócratas de varias naciones aborígenes y otros del oficio castrense.
Para Manco el asunto se tomaba más arduo respecto a ciertos hermanos y primos de influencia política, como Apochalco, que en el Collao anunciaba respaldo abierto al dominio hispánico; deudos a quienes tuvo, a veces, que matar para consolidar el movimiento insurreccional.
Manco, igualmente, sabía que la oposición de los yanas continuaba, especialmente los de nivel alto, plebeyos de jerarquía ascendente y ansiosos de igualarse con los orejones; hombres que en muchos casos hallaron, bajo las banderas españolas, una oportunidad de alcanzar esa meta, usando incluso el "llauto rico", gesto que él en el Cuzco les había censurado en vano. Reproches similares habían recibido ciertos grupos de mitimaes plebeyos deseosos también de romper las hasta entonces rígidas jerarquías del Imperio.
Pero Manco debía sobre todo cuidar su vinculación con los mentados príncipes semicuzcos, que eran la enorme mayoría de la nobleza.
MANCO INCA 41 Supo que tendría que ganarse o neutralizar a esos hombres, enemigos muchos de ellos de la aristocracia imperial en la reciente guerra social de Atao Huallpa contra Huáscar.
Por otra parte, las tropas cañaris eran de consideración, al igual que las chachapoyas y huancas, tanto en el Cuzco mismo como en lugares próximos; aún más, la capital imperial era "una ciudad llena de naciones extranjeras" a causa del nutrido número de mitimaes de diversas etnias indígenas, entre las cuales había algunos grupos muy opuestos al sistema incaico.
Probablemente con ánimo de reforzar el frente aristocrático fue que Manco optó por entregar el mando militar del ataque al Cuzco a un príncipe semicuzco, que además era su hermano, Inguill. Presentaba éste una ventaja; por lo menos así lo parecía: La de ser hijo de madre cañari. Porque era factible que esta filiación materna influyera a la hora de las decisiones finales, coadyuvando a atraer a los bien organizados contingentes de yana-guerreros cañaris, que estaban acantonados en el Cuzco, como mitimaes en la comarca.
Este Inguill tendría así la representación personal de Manco en el ataque; a su lado se hallarían Villa Orna y Paucar Guaman. El primero era también un semicuzco, hombre de una fogosidad a toda prueba, calidad guerrera que reforzaba con su jerarquía de Pontífice Solar. Mostraba una fidelidad probada desde 1533. El segundo era un cuzco de la alta nobleza, que representaba a los sobrevivientes de las antiguas panacas imperiales. Ambos llevaban la orden de matar a todos los españoles, salvo a Gabriel de Rojas y a las mujeres.
La virtual condena a muerte de los invasores del Imperio también cubría a ios "negros de guerra", a los moriscos y a los numerosos "indios amigos", esos que "eran de su banda", que en bastantes casos "habían venido desde Cajamarca". Entre estos militaba un cierto número de yana-guerreros procedentes de las tierras de Quito y que se habían quedado en la capital imperial. Al parecer, Manco, también quiso vivo a Hernando Pizarro "para hartarlo de oro", pero todo indica que deseaba echarle oro fundido en la boca, tal como se habría de hacer más tarde en La Puná con el primer obispo del Cuzco. Asimismo, indicó Manco que dejaran vivos los caballos, porque pensaba usarlos en el futuro.
LOGISTICA
Manco tuvo también que abocarse a los problemas logísticos, sobre todo de agua, víveres y leña; asunto más complejo si pensamos que la mitad de cargueros de guerra había tenido que recoger un alto número de campesinos en los ayllus, que había que sostener. Pero, lo que más le preocupaba era la carencia de flecheros.
Sin embargo, el esfuerzo de reclutamiento dio algunos frutos. Llegaron al campamento grupos del Antisuyo cuzqueño: Yanasimi (piros), pilcosunis (campas ashaninkas), antis (machigüengas) y tal vez chunchos de algo más allá. Eran pocos, teniendo en cuenta la vastedad del movimiento proyectado por Manco. Quizás increpó por ello a sus lugartenientes, pero éstos le recordarían que no se podía traer más, puesto que pertenecían a sociedades en gran medida nómadas. Además, sin aristocracia ordenante y aun sin jefes permanentes. Y, por supuesto, eran tribus sin ejército, tenían guerreros y cazadores, pero no soldados.
Manco sería también informado de que en otras regiones del Imperio la conspiración no avanzaba como para restablecer contactos con otras etnias flecheras de las junglas, o con los lejanos huancavilcas o los aun más distantes punaeños costeros, eximios arqueros todos éstos, pero que se habían apartado del Imperio a raíz de la crisis de 1529.
De tal suerte que hubo que resignarse a que las unidades de arqueros fuesen escasas en la guerra a iniciarse, lo cual se compensó con grandes masas de honderos y de galgueros. De todos modos, aunque lamentando su bajo número, la presencia del contingente tropical le resultaba igualmente harto positiva. De la selva, además, traían, aparte de sus arcos, cargamento de otras armas que no requerían de mayor entrenamiento y que pasaron a manos de capitanes distinguidos, especialmente los huinos o macanas; esos mandobles de palo, muy filosos, ligeros y duros, de madera chonta.
Otro panorama presentaron los armeros del ejército, a quienes desde hacía tiempo se les había demandado mejoras que permitiesen enfrentar a los caballos españoles en condiciones superiores. Trajeron ellos novedades: unos garfios con sogas para derribar jinetes; boleadoras de metal, mucho más pesadas, no con cuerdas sino con nervios de llama; e ideas sobre modos de contener o dificultar las cargas
MANCO INCA 43 al galope: Como abrir hoyos, clavar estacas agudas o cactus y empantanar el suelo. Pero lo más importante habrían de ser las galgas.
El 29 de abril, "en las vísperas de la Pascua Florida", Hernando Pizarro tuvo ya la certeza de la inminencia de un ataque incaico masivo, por lo cual partió al día siguiente con unos cien españoles escogidos llevando como meta el río Urubamba, conocido como Vilcanota aguas arriba. Llegado allí supo que Manco se hallaba en Calca, consultando a los dioses. Envió entonces un destacamento de treinta de los más ágiles peones, a causa de la fragosidad del sendero, a los cuales hicieron compañía refuerzos de yana-guerreros fieles y le remitió luego treinta peones más, con ánimo de que capturasen al Inca en un golpe de mano. Pero lo que sucedió fue al revés, puesto que los españoles y sus auxiliares fueron atacados por los cuzcos. Resultaron tan recias las cargas que les dieron que tuvieron que replegarse de prisa, dejando sus muertos en el campo. Luego, ya todos reunidos esos españoles bajo la guía de Hernando Pizarro retomaron al Cuzco rápidamente.
Tal fue la inicial victoria de Calca, seguida de otro triunfo incaico en Yucay, cuando el 2 de mayo Juan Pizarro, el jefe militar de la plaza del Cuzco, y su hermano Gonzalo, fueron rechazados al tratar de cruzar el río Urubamba. Fracasado este ataque no tuvieron más que replegarse hincando espuelas, puesto que se divisaba considerables masas de guerreros cuzcos y de otras naciones del Imperio Incaico. Tuvieron suerte en el fondo, pues esa misma noche, en que empezaba el sagrado plenilunio de guerra, acabaron de juntarse los contingentes de los cuatro grandes suyos imperiales. Así lo percibieron con las primeras luces de la aurora del día 3.
Las dos jomadas que siguieron fueron de no poco temor para los españoles, porque la gente incaica era tanta "que de día parecía un paño negro que tenía tapados todos (los campos) media legua alrededor" y "de noche eran tantos los fuegos que no parecía sino un cielo lleno de estrellas" según el relato de uno de los que ese día se aprestaba a combatir, el futuro cronista Pedro Pizarro.
Mientras las heterogéneas huestres imperiales terminaban de juntares en sus últimos escalones bélicos, los más altos jefes militares trataban con Manco los asuntos más urgentes en Calca. En especial, la alternancia de ideas con el joven monarca giraría sobre la persona llamada a conducir el ataque. Manco insistiría en su idea de que debía ser un
príncipe semicuzco, disponiendo al final que, tal como lo tenía pensado, fuese Inguill, decisión que revela hasta que extremos había madurado su pensamiento en aras de lograr la unidad aborigen. Los otros dos jefes del ataque serían los previstos: Villa Oma y Páucar Guarnan.
Manco mandó luego que se soltara el agua de los riachuelos que pasan por el Cuzco, a fin de enlodar el suelo y dificultar las cargas de los jinetes. Esta orden no sólo respondía a un plan de ataque. Manco no excluía que los españoles -todos o algunos- quisieran huir y entonces se atollarían los caballos en la tierra anegada.
Ese mismo día, en las vísperas del gran ataque, retomaban Hernando, Juan y Gonzalo Pizarro al Cuzco. Regresaron perseguidos, cada uno por diferente camino, resistiendo en lo posible a nuevos batallones que avanzaban para formar filas y preparar el asalto de la ciudad.
Para entonces Inguill ya había cumplido la orden de Manco de quemar todos los pueblos y las sementeras aledañas al Cuzco, a fin de agregar el hambre a la ofensiva.
Era sólo el comienzo.