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6. Monolingual and Multilingual Experiments

6.5 Multilingual Experiments

El pequeño empresario en esta visión capitalista, no obstante ser un hombre de pueblo y compartir más de una realidad con sus ayudantes tiende a sentirse por arte de magia como un ser superior a sus empleados. Intentaremos analizar a qué se debe esta realidad.

El objetivo del empresario en la cosmovisión capitalista ciertamente es el dinero y su acumulación. Sin embargo no podemos dejar de lado que hay otro ingrediente esencial en el espíritu emprendedor del empresario capitalista, a saber, el deseo de reconocimiento como un ser importante. (Artamonov).

Al ser antes el pequeño empresario un anónimo desconocido sin ningún porvenir ni futuro desterrado probablemente de las aulas y empresas, como analizamos más arriba, al verse de pronto rodeado de personal a su servicio,

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empresario. Obnubilado por esta nueva realidad ve desde “arriba” a sus

colaboradores.

Esta misteriosa experiencia lo hemos comprobado, al conversar con empleados de los vecinos negocios pequeños a propósito de la elaboración del presente trabajo. No será sino y a medida que el pequeño empresario crece que probablemente dé un vuelco en su relación con los empleados y deje esta relación tan vertical con ellos. Pero en general, comentan que los primeros años los noveles empresarios tienden a ser más verticales y autoritarios. Obviamente muchos pequeños empresarios permanecen con esta actitud propia del capitalismo salvaje.

Normalmente el empleado no es considerado como un ser humano por el empresario, sino más bien una máquina que hace un trabajo concreto. Entonces

si la máquina empieza a fallar, simplemente hay que “overholearla”, es decir,

reajustar y recalibrar todos sus componentes para que siga funcionando. De no dar los resultados esperados, sencillamente hay que darlo de baja y reemplazarlo por una nueva máquina más moderna, pues esto resulta más económico y productivo que mantener un anticuado instrumento. De la misma manera, si el empleado, luego de las respectivos llamados de atención y memorándums no cambia, pues, ni modo, hay que reemplazarlo. Así de fría y vertical es comúnmente la relación que se lleva con los empleados. Caso contrario, se mantiene un mal elemento que equivale exactamente a continuar con una máquina defectuosa que produce poco y se constituye en un dolor de cabeza para la empresa y le da una mala imagen a la misma, debido a los pésimos servicios que oferta. La relación jefe empleado, es una relación yo-ello, según el lenguaje de Buber, en donde el empleado no pasa de ser el ello, es decir una cosa. La relación es distante, parcial, fragmentaria, alienante. (Scribsner's, 1970).

Por más que se intente considerar que el empleado es un ser humano y se

le deberían por tanto “perdonar” sus errores, el microempresario no puede

mantener ayudantes incompetentes pues sus exiguas ganancias no dan para sostener trabajadores que le generan pérdidas. Sin embargo, tampoco puede contratar experimentados ingenieros como las grandes empresas, pues su capital no lo permite. Se debate por tanto en la extraña encrucijada de sobre exigir a inexperimentados ayudantes por no poder contratar eficientes y más caros empleados. Hay que recalcar que esta sobre exigencia conlleva malos tratos y pésimas remuneraciones. Difícil romper este círculo vicioso.

A esto hay que agregar que generalmente los empleados de las pequeñas empresas son gente con no aplicó para las grandes cadenas comerciales dado que su carpeta no llenó los altos requerimientos de los agentes reclutadores de personal. Se supone por tanto que son personas con escasos conocimientos y

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experiencia y que vienen de un estrato bajo. Automáticamente por tanto miran al

pequeño empresario como “el jefe” que está más arriba en un estrato superior. Debido a esta concreta realidad se ha visto el abuso y el acoso de pequeños empresarios a sus colaboradores.

Por ello, serán mal vistos por estos empresarios los gobiernos que intenten

recuperar la dignidad de la clase trabajadora. Por su parte los empleados que “ya se hayan emancipado” serán inmediatamente separados de estas pequeñas

empresas aduciendo cualquier razón posible pues la única relación viable con sus empleados será la vertical.

Esto revela además otra triste realidad del capitalismo, a saber, como que es natural para su rica subsistencia que necesariamente deban existir a su vez pobres que alimenten su florecimiento. Así pues, el pequeño empresario capitalista verá como natural que el empleado sea pobre y obediente, que lo mire a él como a su patrón. De pronto esto refleja su propia realidad personal al ver el pequeño empresario como también patrón al gran empresario del primer mundo. Es decir, como el pequeño empresario capitalista se ve a sí mismo como vasallo del primer mundo, quiere a su vez verse a sí mismo como amo de sus empleados. Esta realidad se plasma en los recortados sueldos que reciben generalmente los empleados de las pequeñas empresas capitalista; las innumerables multas y llamados de atención con las consiguientes faltas de respeto a su dignidad como personas; las incomprensiones habituales a la realidad personal del empleado cuando no rinden su trabajo; las evasiones en los aportes al IESS y demás conquistas laborales.

En definitiva, el pequeño empresario al no disponer de excesivas ganancias tiende a recortar sus egresos aplicando multas sin razón aparente a sus empleados. Serán estos por tanto con quienes primero se desquite por sus crisis de carácter económico y sicológico, pues, al no disponer la pequeña empresa del departamento de personal, es el mismo dueño el encargado de ver cómo disminuyen sus ingresos por concepto de pago de sueldos a sus colaboradores. Difícil le resultará imaginarse que con ello ayuda a personas concretas. Solo va a pensar que los empleados son una carga necesaria para el desenvolvimiento de su negocio dado de que no puede reemplazarlos por máquinas tal y como lo hace la gran industria.

A esto se añade la idiosincrasia del empleado de nuestro medio en concreto. Lamentablemente el pequeño empresario tiene que vivir a diario los atrasos, justificados o no, la desidia en la entrega del empleado a sus labores y las mil y una ingeniosas trampas que utiliza el empleado para su personal beneficio. Se llega por ello a prácticas extremas en muchas empresas que

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atentan contra la dignidad del empleado, como por ejemplo la revisión frecuente de bolsos y maletas. Y en general, el trato diario devela la desconfianza que va acumulando el empleador a lo largo de sus anecdóticas experiencias con los empleados. Por ello las grandes cadenas tienen el infaltable supervisor que con ficha en mano va anotando las fallas y los aciertos para a fin de mes tramitar las sanciones o los premios respectivos. Los supervisores, por tanto, les ahorrarán así un gigantesco dolor de cabeza a los grandes empresarios.

Estas pérdidas por las acciones ingeniosas de ciertos empleados son tan comunes que las empresas deben destinar un porcentaje concreto cual si fuese un gasto natural en los insumos de la empresa. A esto se añade la práctica común en nuestro medio de que el empleado una vez que ha adquirido suficientes conocimientos se retira a ponerse su propia microempresa llevándose muchas veces los clientes de la empresa en la que laboraba, mediante los ofrecimientos de mejoras en sus productos y servicios.

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