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Las campañas de los movimientos de partidarios de la paz contra los ensayos nucleares y las gravísimas con- secuencias del uso de estas armas, así como los riesgos que se corrían con su producción, generalizaron también la alarma por la magnitud del costo en vidas humanas y territorios completos arrasados por las armas químicas y biológicas. Denunciar, combatir la polución radiactiva, puso en el tapete al mismo tiempo la inquietud por otro aspecto de la destrucción del ambiente natural: los efectos no tan visibles, pero de una atroz eficacia destructiva a mediano y largo plazo, desatada por el hombre mismo, sus actividades y su irresponsabilidad frente a las consecuencias de éstas.

Desde fines de los años sesenta brotaron iniciativas en diversos países para informar, alertar y hacer conciencia respecto a la defensa de nuestro medio natural, la salud y equilibrio del ambiente en que vivimos. Desde pequeños círculos comenzó a extenderse el conocimiento de las leyes que rigen los ecosistemas. La gente joven fue más receptiva de estas inquietudes; mujeres tocadas a fondo en las ancestrales preocupaciones por la vida de los suyos y los ajenos; muchachada estudiantil, amantes de novedades, desafíos y aventuras, siempre proclives a alzarse contra la rutina.

Greenpeace de Canadá viajó en 1971 a Alaska, a una pequeña isla, centro de ensayos nucleares subterráneos. Sus doce valientes pioneros causaron tal impacto, que aquella prueba se suspendió. Desde entonces Greenpeace tiene filiales en casi veinte países y no solamente montan guardia oponiéndose a la continuación de las experiencias nucleares, sino que proliferan por Europa con su lema Verde defendiendo el hábitat más inmediato. Siguen cons- truyéndose nuevas plantas nucleares en el mundo, generadoras de energía para uso pacífico y reemplazo de las reservas de recursos energéticos no renovables en franco plano de agotamiento. Crecen estos Verdes ecologistas, desde corrientes de opinión y protesta a partidos políticos, novedad que conmueve, y llegan al Parlamento.

Desde el memorable encuentro en Estocolmo en 1972, que instituyó el 6 de junio como Día Internacional de Defensa de Medio Ambiente, se suceden numerosas conferencias y seminarios internacionales. En Estocolmo, In- dira Gandhi hizo un apasionado alegato y condena del asalto a la naturaleza que ocurre día a día. Para ella, la gran pregunta final fue no sólo “en qué clase de mundo queremos vivir”, sino “qué clase de hombre queremos formar”. Nuevos debates concertaron opiniones e iniciativas de estudiosos y gente común procedentes de diversos países, reunidos para escuchar y opinar sobre “clima y desarrollo”, “polución atmosférica”, simposios –como el de Samar- canda, URSS– sobre métodos biotécnicos y químicos de protección ambiental. Una verdadera cruzada a favor de valores nuevos, eminentemente humanos, ligados a la vida y con la mira en el futuro más próximo.

Tanto como en el plano de sanear el ambiente de la presencia y efectos del armamentismo en todas sus expre- siones destructoras, sigue creciendo la inquietud y decisión de salvar la naturaleza que nos rodea, protege y alimenta. La certidumbre, subrayada con nuevos hechos, perfectamente visibles, nos enfrenta a una realidad implacable: “Todos o ninguno”. “Conservación inteligente o desintegración irremediable”. Las voces más rotundas vienen de los países altamente desarrollados, impactados con la estampida gigantesca de las urbes, la presencia de usinas imponentes, proliferación de laboratorios, centros químicos y bioquímicos de investigación y producción, desaparición de áreas agrícolas y espacios verdes. En tales países la educación, de alguna manera y desde los niveles iniciales, otorga el privilegio de entregar a los niños y jóvenes tanto la información como la práctica de hábitos y conductas para estimar el ambiente natural, reparar en él y preservarlo.

En nuestro tercer mundo, en cambio, seguimos inermes frente a la voraz e irrefrenable irrupción de las empresas nacionales y extranjeras que destruyen a su arbitrio nuestra flora y fauna terrestre y marina y contaminan, sin dique legal alguno que se les oponga, ríos, lagos, poblados y centros urbanos.

Investiga sobre un tema, produce dis- curso oral o escrito presentando sus argumentos.

Conoce, extrae y conceptualiza información respecto a fenómenos históricos, geográfi- cos, económicos y sociales determinando causas y consecuencias.

Identifica problemas de su entorno, propone soluciones presentando ideas.

Comprende significado de conceptos, los incorpora a su lenguaje y elabora textos a partir de ellos.

Descubre, valora y propone alternativas para preservar el patrimonio natural y cul- tural participando en su conservación. Reconoce y valoriza la diversidad de opi- niones y creencias de otras personas. Propone y se compromete en la búsqueda de soluciones a los problemas comunitarios en el ámbito local y global.

Manifiesta actitudes de tolerancia, respeto y valorización de los derechos humanos, asumiendo su defensa y promoción.

Criterios de evaluación Nunca A veces Generalmente siempre Observaciones

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Chilenas y chilenos estamos cada vez más sensibles y alarmados frente a tantas vías controladas por donde se desplaza sobre nuestras vidas en ciudades, montañas, campos y océano, la polución ambiental.

En este tiempo en que Chile encara un cambio institucional que no sólo dé término a la ya intolerable escalada del autoritarismo y el imperio de la arbitrariedad disfrazada de libertad, habrá que atacar por miles de flancos no sólo el rescate completo de la persona humana, sino además el resguardo y defensa de su ambiente natural.

No será tarea simple ni breve revertir el clima de guerra a otro de paz, ni en Chile ni en el mundo. Para ello ha- brá que atar muchos cabos que están dentro de las propias vidas de cada cual y sobre todo, como dice por ahí una amiga pacifista de estos años ochenta en que escribo, “aprender a pensar globalmente, para actuar localmente”. Sí. Porque no estamos solos. Nunca estuvimos solos. Más allá de este Chile, entre océano y montaña, están el resto del planeta y su gente. (169)