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Hay en los escritos de Pablo un grupo de palabras que es de suma importancia por usarlo el apóstol para reflejar la experiencia central de la fe cristiana.

Todas estas palabras son formas compuestas a partir del verbo simple allassein, que significa cambiar. En el griego clásico, allassein se utiliza para expresar el cambiar de la forma, del color y de la apariencia. Suele usarse muy a menudo con la idea de

canjear o trocar, i.e., de dar una cosa a cambio de otra. En este sentido, puede aplicarse a uno que, en su desventura, cambia una desgracia por otra.

Allassein es un verbo corriente en el NT. Esteban es acusado de enseñar que Jesús cambiará las costumbres aceptadas por los judíos (Hch. 6:14). Los paganos cambiaron la gloria de Dios por imágenes inanimadas y corruptibles (Ro. 1:23). Pablo dice a los corintios que serán transformados (1 Co. 15:51). Cuando al apóstol detecta el peligro de perversión que amenaza a la fe de los Gálatas, desea cambiar de tono y adoptar el acento de severidad y reprensión (Gá. 4:20). La palabra se usa en He. 1:12 respecto de mudar un vestido. Allassein, pues, puede referirse a casi cualquier clase de cambio.

Allassein da lugar a ciertas formas compuestas. En el griego clásico corriente, la más común de estas formas es katallassein, otra de las grandes palabras paulinas. Pero debemos continuar el examen de este grupo de vocablos en el griego secular ordinario antes de ocuparnos de su uso en el NT.

Katallassein, en el griego secular común, adquiere el sentido casi técnico de cambiar dinero o cambiar por dinero. Plutarco cuenta cómo cuatro hermanos sirios robaron los vasos de oro del rey de Corinto y, poco a poco, los cambiaron por dinero (Plutarco, Arato 18). El sustantivo correspondiente, katalage, tiene el mismo sentido de trueque, especialmente por dinero.

Y, así, katallassein comienza a expresar la idea más amplia de intercambiar una cosa por otra. Aristóteles, por ejemplo, dice que los soldados mercenarios están dispuestos a dar sus vidas a cambio de fruslerías (Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1117b 20).

Después, katallassein avanza un paso más y empieza a significar, especialmente, el cambio de la enemistad en amistad. Clitemnestra recuerda a Agamenón cómo él es culpable de la muerte de Tántalo, su primer marido, y de la del hijo que tuvo con éste, y añade: "Reconciliada contigo, atestiguarás ante tu linaje que he sido una mujer

intachable" (Eurípides, I figenia en Aulide, 1157). Sófocles habla de un hombre poniéndose en paz con el cielo (Sófocles, Ayax 744). Tucídides narra cómo Hermócrates, en las guerras sicilianas, medió para que las dos partes enemigas depusieran las armas y se reconciliaran (Tucídides, 4.59). Jenofonte se refiere a un hombre que había hecho la guerra a Ciro y que después volvió a ser su amigo (Jenofonte, Anébasis 1.6.1). En todos estos casos, el verbo utilizado es katallassein. Así, pues, en el griego clásico katallassein es, característicamente, la palabra que expresa la idea de haber vuelto a unir dos partes que han estado en conflicto. En cierto papiro, un hombre, aparentemente un padre de familia, pregunta mediante un oráculo: "¿Estoy en condiciones de ser reconciliado con mi prole?"

Antes de que el NT la utilizara, ya era katallassein la palabra de la reconciliación. Ahora volvamos al uso de katallassein y sus afines en el NT. Salvo un par de

excepciones, estas palabras siempre se utilizan en el NT respecto del restablecimiento dé las relaciones entre el hombre y Dios.

La primera excepción es 1 Co. 7:11, donde Pablo determina que si una mujer se separa de su marido no debe casarse con otro, sino reconciliarse con él. El otro caso tiene que ver con el simple uso de la palabra afín sunallassein. Este vocablo aparece en Hch. 7:26 relacionado con Moisés, i.e., cuando éste, estando todavía en Egipto, quiso poner en paz a los dos israelitas que reñían. Aun cuando esta palabra se emplea en conexión con las relaciones humanas, siempre se refiere a la restauración de una amistad rota y a la normalización de una camaradería interrumpida.

Solamente Pablo es quien usa este grupo de palabras; y siempre referidas al

restablecimiento de la relación entre el hombre y Dios. En Ro. 5:11, habla de Jesucristo, a través de quién hemos recibido ahora la reconciliación (katallage). En Ro. 11:15 se refiere a la exclusión de los judíos para la reconciliación del mundo (katallage). En 2 Co. 5:18, 19, alude al ministerio y a la palabra de reconciliación (katallage).

En Ro. 5:10, dice que, aún siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo (katallassein). En 2 Co. 5:18-20 hay una serie completa de usos de esta palabra: Dios nos ha reconciliado con él por Jesús; Dios estaba en Cristo

reconciliando al mundo consigo mismo; os rogamos que os reconciliéis con Dios. Dos veces utiliza Pablo apokatallassein, forma intensiva de katallassein. En Ef. 2:16, refiere cómo Jesucristo ha reconciliado a los judíos con los gentiles, y a ambos con Dios; y, en Col. 1:21, declara que Jesucristo ha reconciliado todas las cosas y todos los hombres con Dios.

(I) Primero y principal, Pablo ve la obra de Jesucristo fundamentalmente como una obra de reconciliación. A través de lo que Cristo hizo, la perdida relación entre el hombre y Dios es restablecida. El hombre fue creado para tener amistad y

compañerismo con Dios. El hombre, por su desobediencia y rebeldía, acabó siendo enemigo de Dios. La obra de Jesús quitó la enemistad y restauró la relación amistosa que siempre debía haber existido, pero que fue rota por el pecado del hombre.

(II) Notemos que Pablo jamás habla de Dios como siendo reconciliado con el hombre, sino que siempre es el hombre el reconciliado con Dios. En el más significativo de todos los pasajes, 2 Co. 5:18-20, se refiere tres veces a Dios reconciliando al hombre con él. Era el hombre, y no Dios, quien necesitaba ser reconciliado. Nada había disminuido el

amor de Dios; nada había tornado ese amor en odio; nada había desvanecido el anhelo de su corazón. El hombre pecaría, pero Dios todavía le amaba. No era Dios quien necesitaba ser apaciguado, era el hombre quien precisaba ser movido a la entrega, a la penitencia y al amor.

(lll) Aquí estamos frente a una verdad ineludible: el efecto de la Cruz -al menos en esta esfera del pensamiento de Pablo- recaía sobre el hombre, y no sobre Dios. El efecto de la cruz no cambió el corazón de Dios, sino el del hombre. Era el hombre quien

necesitaba ser reconciliado con Dios, y no al revés. Va totalmente en contra del pensamiento paulino, imaginar a Jesucristo como el pacificador de un Dios airado, o pensar que la ira de Dios se volvió amor, o su juicio se transformó en misericordia, a causa de algo que Jesús hiciese.

Cuando miramos este asunto como Pablo lo mira, descubrimos que fue el pecado del hombre lo convertido en penitencia; la rebeldía, en rendición; la enemistad, en amor, por el amor sacrificial de Jesucristo en la cruz. La cruz fue el precio de operar este cambio en los corazones de los hombres.

(IV) Una cosa queda por decir. Si todo esto es así -y así es el ministerio de la iglesia es un ministerio de reconciliación, tal como el mismo Pablo dice (2 Co. 5:19, 20). La función del predicador no es llevar a los hombres la ira de Dios, sino proclamarles el ofrecimiento de su amor. El mensaje del predicador debe ser siempre: mira esa cruz y ve cuánto te ama Dios. ¿Puedes volver la espalda a semejante amor? La mismísima esencia del cristianismo es la restauración de una relación perdida. La misión del cristianismo es volver a los hombres a Dios, cuyo amor ellos desdeñaron, pero que, a pesar de eso, sigue todavía esperando que vuelvan al hogar. La tarea el predicador es quebrantar el corazón de los hombres a la vista del corazón quebrantado de Dios.

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