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B. Our Study’s Limitations

VI. N ORMATIVE C RITIQUE

Durante el invierno del 331-330 a.C., Alejandro ocupó los centros de decisión persas del sur. Marchando en formación de combate sobre Babilonia, fue recibido por delegaciones de sacerdotes, funcionarios y pueblo, que adornaron su camino con flores, le cubrieron de regalos y pusieron en sus manos la ciudad, la ciudadela y el tesoro. Para conmemorar la liberación de Babilonia después de dos siglos de dominio persa, los sacerdotes le enseñaron a Alejandro el ritual tradicional y, de acuerdo con el mismo, realizó sacrificios a su dios principal, Baal y, por su parte, ordenó la reconstrucción de los templos que Jerjes había destruido, en particular el del propio Baal.

Estableció una prolífera ceca en Babilonia, que inmediatamente empezó a acuñar tetradracmas de plata con la representación de Zeus Basileus o (para sus súbditos babilonios) Baal. Como gobernador civil o sátrapa nombró a Maceo, el comandante del ala derecha persa en Gaugamela, que se había rendido junto a sus hijos; el mando de las tropas acantonadas en Babilonia le fue entregado a un macedonio y la recaudación de impuestos a otro macedonio. En esta época envió a otro distinguido persa, Mitrene, que se le había unido en Sardes, como sátrapa de Armenia, la región que se hallaba al norte de Siria Mesopotamia, porque ésta era una zona desde la que podían venir ataques dirigidos contra las líneas de comunicación que discurrían a través de la parte septentrional del Creciente Fértil. No se sabe qué resultados consiguió Mitrene.

Mientras tanto, Filóxeno, que había sido enviado por delante a Susa, informó de que el sátrapa Abulites y el pueblo habían entregado la ciudad y el tesoro. Cuando Alejandro llegó a Susa, que se hallaba a veinte días de camino desde Babilonia, mantuvo a Abulites como sátrapa de Susiana; pero también nombró a macedonios para que mandasen las tropas de la satrapía, la guarnición de la ciudadela, y para que custodiasen el tesoro. Se hallaron las estatuas originales en bronce de Harmodio y Aristogitón, los tiranicidas, entre los despojos que Jerjes había traído de Grecia y había depositado en Susa. Con su elegancia habitual, Alejandro las devolvió al pueblo ateniense. El tesoro del que se apoderó Alejandro contenía «una cantidad increíble de objetos», entre ellos 50.000 talentos de plata en lingotes. En agradecimiento por su éxito, Alejandro realizó sacrificios según la costumbre macedonia e hizo celebrar un festival con competiciones atléticas y una carrera de antorchas.

Con el tesoro que acababa de caer en sus manos, Alejandro pudo recompensar a sus soldados por sus servicios. Distribuyó recompensas que fueron desde las 600 dracmas que recibió un jinete macedonio hasta la paga de dos meses para un mercenario (unas 50 dracmas), y estos regalos fueron tanto mejor cuanto que Alejandro no había permitido el pillaje y el saqueo. Los hombres incapaces de seguir sirviendo recibieron generosos regalos, y fueron asentados en sus nuevas ciudades, en guarniciones, o se les permitió regresar a sus casas; por ejemplo, 1.000 macedonios de edades provectas guarnecieron la ciudadela de Susa. La guerra que confiaba llevar a término en las provincias orientales ya no sería decidida mediante una gran batalla en campo abierto como la de Gaugamela, porque ya había quedado claro que Darío no conseguiría volver a reunir otro gran ejército. Por lo tanto, Alejandro reorganizó el suyo propio para llevar a cabo una guerra de montaña, una guerra de guerrillas y una guerra de sitio.

La unidad básica de la caballería, aparte de la Caballería de los Compañeros, fue a partir de ahora la compañía de 75 a 100 jinetes. Cada compañía estaba mandada por un jinete de los compañeros, elegido por Alejandro por su valor personal, y los jinetes fueron adscritos a las compañías sin distinción de raza. La razón principal para la introducción de este sistema fue que los jinetes asiáticos estaban ingresando en el ejército en gran número. Es probable que algunas compañías fuesen equipadas al estilo asiático, como lanceros montados y arqueros. Los cambios en la infantería estaban pensados para fomentar la iniciativa, el arrojo, los sufrimientos y la dedicación, «cualidades» todas ellas que siempre se han requerido al reclutar hombres para las unidades de comandos. Alejandro hizo una serie de pruebas para averiguar la valentía de sus hombres que fueron juzgadas por un tribunal, y los primeros ocho hombres (entre ellos Atarrias y otros que se habían distinguido en el sitio de Halicarnaso) fueron nombrados quiliarcos, «jefes de mil hombres». Los 8.000 hombres que fueron seleccionados para las ocho nuevas unidades a partir de sus cualidades tipo comando procedían de todas las unidades del ejército con excepción de los guardias reales y de los hipaspistas. Cuando se hallaban realizando instrucción y operando dentro de los mil, obedecían a los quiliarcos; pero, evidentemente, mantuvieron su vinculación con sus unidades de origen y servían en las mismas cuando era más adecuado a las condiciones del momento. Hubo también modificaciones en la instrucción y en el equipo, porque un infante de un batallón de la falange tenía que saber usar no sólo su pica sino cualquier otra arma diferente, y probablemente llevaba una armadura distinta si actuaba en una operación nocturna o en terreno boscoso y montañoso. Así, Alejandro empezó a desarrollar un ejército con una doble finalidad, capaz aún de luchar según el estilo de combate previo, en una batalla en orden cerrado, pero instruido también a partir de ahora para una guerra de movimientos en terrenos difíciles. Fue él el que les proporcionó las armas, como había hecho Filipo desde el comienzo (D., XVI, 3,1).

Para llevar a cabo su avance hacía Persépolís, a unos 600 km al sureste de Susa, Alejandro se puso al frente de una gran fuerza de 15.0 infantes. Su ruta se hallaba bloqueada por el sátrapa local, Medates, que defendía una ciudad fortificada situada en un estrecho paso. Tras ser informado de una ruta secreta, Alejandro envió una fuerza compuesta de 2.500 agrianes y mercenarios al mando de Tauron, probablemente un hermano de Hárpalo, para rodear la posición, y él mismo lanzó un asalto contra la ciudad, después de que sus tropas hubieran fabricado algunos equipos de asedio con madera de las proximidades. Cuando Tauron apareció en una posición que amenazaba a la ciudad desde arriba, Medates y sus mejores tropas se retiraron a la ciudadela y abrieron negociaciones.

Alejandro se alegró de poder llegar a acuerdos con Medates, que se hallaba emparentado con Darío y con la reina madre, Sisigambis. Como este éxito dejó expedita la ruta que discurría por la llanura, Alejandro hizo que una parte del ejército y la caravana de la impedimenta fuesen por ella, al mando de Parmenión, mientras que él mismo, con su infantería de «comandos», así como los guardias reales y los hipaspistas se dirigió contra el pueblo montañés de los uxios. Los jefes de estos pueblos le habían exigido a Alejandro un peaje que habitualmente habían recibido de los reyes persas, y él les había retado a que se reunieran con él en un paso determinado. Suponiendo que habrían concentrado sus tropas en ese paso, Alejandro tomó por la noche un trayecto distinto, atacó a sus poblados indefensos al día siguiente y aún tuvo tiempo para llegar al paso antes que las tropas uxias. Además, había destacado en el camino a una parte de su fuerza bajo el mando de Crátero, al que se le ordenó que ocupase una posición estratégica. Cuando aparecieron las tropas uxias, Alejandro las atacó desde lo alto y les empujó hasta la posición de Crátero. Los uxios sufrieron graves pérdidas. Según Arriano (V, 19, 6) los uxios robaron el caballo favorito de Alejandro, Bucéfalo, pero ante las terribles amenazas de Alejandro, acabaron por devolvérselo.

Según Tolomeo, las condiciones que se acordaron con los uxios se debieron a las peticiones de Sisigambis, a la que Alejandro había dejado en Susa; aceptaron pagar un tributo anual en especie consistente en 100 caballos de guerra, 500 animales de tiro y 30.000 cabezas de ganado. Además, los

macedonios se había hecho con mucho botín. El éxito de las nuevas unidades de tipo comando se debió sobre todo a su extraordinaria velocidad de desplazamiento en terrenos difíciles (A., III, 17, 4-5; ver Fig. 15).

Su siguiente objetivo eran las Puertas Persas, un estrecho paso de unos 10 km de longitud entre elevadas montañas, en plenos montes Zagros, y custodiado por el sátrapa de Pérside, Ariobarzanes, al frente de un ejército cuyas cifras, según las fuentes, van de 25.000 a 40.000 infantes y de 300 a 700 jinetes. Alejandro necesitaba su ejército regular. Las tropas de las unidades especiales volvieron a sus regimientos. Mientras que Parmenión se hizo cargo de la impedimenta, la caballería tesalia, los aliados griegos, los mercenarios y el resto de la infantería pesada (probablemente de los batallones de la falange) y se dirigió por el camino de llanura, que discurría a través de Shiraz; Alejandro marchó hacia las Puertas Persas llevándose consigo a la Caballería de los Compañeros, a los lanceros, a la infantería macedonia (con excepción de los de armamento pesado), los agrianes y los arqueros a través de caminos de montaña. Desplazándose con rapidez hasta Mullah Susan, dirigió su ejército hasta el paso, del que supo ahora que se encontraba en manos del enemigo. Cuando llegó al punto en el que Ariobarzanes había construido un muro de lado a lado, los macedonios se encontraron bajo un intenso fuego de catapultas, honderos y arqueros. Retirándose a Mullah Susan, a unos 5 ó 6 km de distancia, construyó un campamento fortificado, ordenó a Crátero que lo custodiara con dos batallones de la falange, parte de los arqueros y 500 jinetes, y marchó por un camino que rodeaba la posición enemiga, y del que había sido informado por los prisioneros. (Ver Fig. 15, recuadro.)

Crátero recibió órdenes de engañar al enemigo manteniendo encendido el número habitual de fuegos en el campamento, y de hallarse preparado para cuando, en el momento oportuno, oyese las trompetas de Alejandro, instante en el que debía conducir a sus tropas hacia el paso y atacar al enemigo. Alejandro, tras salir a la caída de la noche con el resto del ejército, lo dividió posteriormente en dos partes: una, compuesta de cuatro batallones de la falange y la mayor parte de la caballería, fue enviada por delante a la llanura de Ardakan con órdenes de construir un puente en el río Araxes (Palvar), que se encuentra entre las Puertas Persas y Persépolis; la otra, bajo sus propias órdenes, y compuesta por los hipaspistas, un batallón de la falange (el de Perdicas), los arqueros escitas, los agrianes, el escuadrón real de la caballería de los compañeros y una «tetrarquía» de caballería (quizá cuatro compañías de las nuevas) siguieron por esa ruta envolvente a través de un terreno muy abrupto y con densos bosques.

Tras haber dejado descansar a sus tropas fuera de la vista del enemigo en las profundidades del bosque, avanzó de nuevo durante la noche y destruyó o inutilizó tres puestos de observación persas entre la media noche y el alba. Sin haber llegado a ser visto al acercarse, atacó a la fuerza principal persa al alba, y sus trompetas dieron la señal a Crátero, que se dirigió al asalto del paso. Al principio, Alejandro consiguió alejar al enemigo del muro, donde había situado a 3.000 infantes bajo Tolomeo, y luego Crátero les hizo retroceder hasta donde se hallaba la fuerza de Tolomeo. El pánico se apoderó de los persas. Ariobarzanes consiguió huir con tan sólo una pequeña parte de su ejército (y acabaría muriendo más adelante, cuando combatía cerca de Persépolis). Alejandro se dirigió ahora a toda velocidad hacia el río, cruzó el puente que sus tropas habían construido ya, cabalgó durante la noche y capturó Persépolis y su tesoro, antes de que Ariobarzanes o la guarnición persa pudiera saquearlo (aparentemente, los persas luchaban entre sí). La operación en su conjunto fue una de las más brillantes que Alejandro planeó y ejecutó a un ritmo frenético [79].

Cuando el grueso del ejército llegó, Alejandro acampó fuera de la ciudad. Al día siguiente presidió un consejo de los comandantes de sus fuerzas, en el que se discutió su proposición de destruir el palacio de los reyes Aqueménidas. Arriano, que toma sus informaciones sin duda de Tolomeo y/o Aristobulo, nos ha transmitido las opiniones de Parmenión: éstas eran que sería una dilapidación de lo que se había convertido ya en propiedad de Alejandro y que todas las gentes de Asia no se pasarían con tanta facilidad a Alejandro si pensaban que había decidido no ejercer el gobierno de Asia sino tan sólo

conquistar y abandonar las conquistas. Sus argumentos apuntaban a tres de las pretensiones ya conocidas de Alejandro: que desde su desembarco en la Tróade «Asia» se había convertido en su posesión, que había llegado para ejercer su gobierno como «rey de Asia» y que estaba liberando a sus poblaciones, los asiáticos, del despotismo persa. La política alternativa, «conquista y destrucción», contaba, sin duda, con muchos más apoyos entre buena parte de los generales de Alejandro.

La respuesta de Alejandro, que conocemos por Arriano y Curcio, venía a decir que el palacio era el símbolo del gobierno aqueménida, y que los crímenes cometidos por Darío y Jerjes contra los dioses griegos y el pueblo griego tenían que ser castigados. Así, establecía una clara distinción entre el gobierno aqueménida y el suyo propio en Asia, y recordó a sus generales el propósito explícito de los griegos y los macedonios en su guerra conjunta contra Persia, a saber, vengarse de los crímenes cometidos contra ellos por Persia. Para lograr este objetivo, habían realizado juramentos invocando a los dioses griegos, y habrían honrado su compromiso con los dioses y con sus propios antepasados, al destruir la regia veterum Persidis regum, la residencia de los antiguos reyes de Persia.

En enero del 330 a.C., el palacio aqueménida de Persépolis fue incendiado por orden de Alejandro, hegemon de la Liga Griega, rey de Macedonia y rey de Asia. Era el símbolo de una venganza que no sólo era comprensible, sino además aceptable, desde el punto de vísta de la religión griega (mucho menos, desde luego, lo era para el romano Arriano o para los posteriores escritores cristianos, pero ni Alejandro ni sus generales eran romanos o cristianos); símbolo de venganza también por la pasada ocupación de Macedonia por parte de Persia y ahora de la victoria macedonia sobre Persia y, por fin, símbolo de la liberación de Asia del dominio aqueménida. Sobre este suceso tan espectacular surgieron muchas historias. Las excavaciones han confirmado que el incendio fue deliberado y no accidental, porque las estancias habían sido vaciadas de su contenido. Señaló también el final de la guerra de la Liga Griega contra Persia. Como consecuencia de ello, cuando Alejandro llegó a Ecbatana ese verano, entregó la paga completa y una recompensa de 12.000 talentos a sus tropas griegas e hizo que fueran escoltadas en su camino de retorno a sus casas, con excepción de aquellos que quisieron continuar a su servicio como mercenarios.

Durante los tres meses o así en los que Alejandro tuvo como base de operaciones Persépolis, conquistó Pasagarda, la ciudad real de Ciro el Grande, el fundador del imperio aqueménida, y añadió su tesoro a la inmensa fortuna de la que se había apoderado en Persépolis. También se dedicó a la pacificación y organización de los grandes territorios que había adquirido desde la batalla de Gaugamela. Tal y como había hecho en Babilonia y Susiana, nombró a una persona como sátrapa o gobernador civil de Pérside, y mantuvo en su puesto al sátrapa persa de Carmania (Kerman), más al este.

Estos nombramientos eran importantes porque mostraban que el propósito de Alejandro no era imponer gobernadores griegos o macedonios ni tan siquiera sustituir a los sátrapas de Darío con persas opuestos a Darío (del mismo modo que los Aliados impusieron a alemanes opuestos a Hitler en 1945), sino permitir que los persas se gobernasen a sí mismos, del mismo modo que lo estaban haciendo ya los egipcios y los babilonios, todos ellos dentro del reino de Asia de Alejandro. Fue en parte un gesto de respeto por los sentimientos persas que Alejandro ordenase a Aristobulo restaurar la tumba de Ciro el Grande en Pasagarda.

En marzo/abril, «cuando se levantan las Pléyades», cuando el tiempo era aún invernal, dirigió una campaña de un mes de duración y al frente de fuerzas poco numerosas contra unos cuantos pueblos montañeses levantiscos, entre los que se hallaban los mardos, que vivían en la región situada entre Persépolis y el golfo Pérsico. En abril/ mayo ya estaba preparado para llevar a su ejército hacia el norte. Dejó tan sólo a 3.000 macedonios de guarnición en Persépolis, un número sorprendentemente pequeño sí tenemos en cuenta que era la capital de Persia y que Darío se encontraba aún al frente de sus leales en Media.

su causa. Si se hubiera hallado cerca para dirigir y coordinar la durísima resistencia que ofrecieron sus sátrapas Medates y Ariobarzanes, podría haber salvado el centro de su reino y habría conservado el grueso de su tesoro; y desde Pérside también podría haber realizado las peticiones de tropas a las satrapías nororientales que formuló desde Media. Por si fuera poco, mientras que Alejandro se hallaba cubriendo los 700 km que separaban Persépolis de Ecbatana, y acabando con la resistencia de los paretecos en su camino (aquí colocó también a un sátrapa persa), Darío había decidido abandonar la defensa de Media y empezó a retirarse hacia el mar Caspio, una política que le hizo perder la ayuda prometida por sus aliados escitas y cadusios, cuyos territorios dejó expeditos para el avance de Alejandro. Como su retirada acabó degenerando en huida, Alejandro tomó sus medidas para la persecución (ver Fig. 13).

Tres días antes de llegar a Ecbatana (Hamadan), la capital persa de Media, llegó hasta Alejandro Bistanes, hijo del anterior rey persa, Artajerjes Oco, y por lo tanto un posible sucesor, que informó que Darío había huido con 3.000 jinetes y 6.000 infantes hacía tan sólo cuatro días, llevándose consigo bienes valorados en 7.000 talentos. En Ecbatana Alejandro envió de vuelta a casa a sus aliados griegos y ordenó a Parmenión, que se hallaba al frente del transporte del tesoro, que lo depositara en la ciudadela en cuanto llegase, donde quedaría a cargo de Hárpalo. Se destacó una fuerza compuesta por 6.000 infantes macedonios con algo de caballería e infantería ligera para custodiar la ciudadela por el momento, y cuando fuese relevada por otras tropas (podemos suponer) tendría que ser conducida a Partía por Clito el Negro, que se hallaba por aquel entonces recuperándose de una enfermedad en Susa. Dejó órdenes a Parmenión de que atravesara Cadusia y se dirigiera a Hircania con los mercenarios, los tracios y el resto de la caballería. El propio Alejandro se puso al frente de la Caballería de los Compañeros, los lanceros y la caballería mercenaria, el resto de la falange macedonia, los agríanes y los arqueros, para marchar tras Darío que, según suponía, había reunido más tropas.

En palabras de A. P. Wavell, «en una persecución duradera la movilidad depende básicamente de la voluntad personal y la determinación del comandante en jefe, que es el único que puede mantener vivo el ímpetu de las tropas». Alejandro presionó tanto a sus fuerzas que muchos soldados quedaron atrás y muchos caballos murieron antes de llegar a Raga (cerca de Teherán) a los once días de la partida. Había recorrido 310 km, o algunos más sí su ruta no fue directa, con la esperanza de llegar a las Puertas Caspias antes que Darío y cortarle el paso. Pero Darío estaba aún por delante, aunque perdiendo tropas en el camino; algunos se volvieron a sus casas y otros se rindieron a Alejandro. Por consiguiente,

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