Aunque los estudios en torno a determinadas ciudades y sus relaciones con su hinterland rural han significado un primer paso importantísimo,13 no podemos olvidar la dificultad que supone el hecho de que son todavía muy pocos los lugares para los cuales disponemos de un estudio integral de los textos y de los testimonios materiales. Por lo que se refiere a los centros urbanos, el curso de la actividad arqueológica se ve determinado por toda clase de condicionamientos, sobre todo por las dimensiones de los ulteriores asentamientos. Muchas de las grandes ciudades de la Antigüedad tardía no podrán ser excavadas nunca sencillamente porque en ellas hubo algún tipo de asentamiento durante toda la Antigüedad. En los emplazamientos de este tipo, los vestigios de la ciudad tardorromana y medieval a veces son aún visibles. Por motivos
parecidos, en otros muchos casos sólo pueden excavarse rincones muy pequeños de la ciudad. Tal es el caso precisamente de Constantinopla.14 Aunque ya en los años treinta empezó a excavarse la zona del Gran Palacio, debemos reconstruir las sucesivas fases del trazado del edificio basándonos en gran parte en testimonios literarios. Posteriormente se excavaron el Hipódromo y sus inmediaciones, así como el emplazamiento de la gran basílica de San Polieucto, edificada a instancias de Anicia Juliana durante los primeros años del reinado de Justiniano; también se ha prestado atención a las murallas de la ciudad, aunque el hecho mismo de que gran parte de los trabajos se hayan centrado en determinadas iglesias en particular pone de manifiesto otro factor importantísimo a la hora de establecer la naturaleza de las investigaciones arqueológicas, concretamente qué es lo que determina la elección de los lugares excavados. Por lo que se refiere a la época que estamos estudiando, dicha elección ha venido dictada por el enorme interés suscitado por las iglesias bizantinas y la decoración musivaria. Por otra parte, la ciudad de Cartago constituye un excelente ejemplo de población importante de la Antigüedad tardía cuyas excavaciones se vieron favorecidas en los años setenta por la amenaza que suponía el desarrollo de la zona («arqueología de salvación»), y fueron realizadas a escala internacional por la UNESCO. Durante la época islámica, el centro de población se trasladó de Cartago a la vecina Túnez, y la antigua ciudad se encuentra hoy día en un barrio residencial de dicha capital. Como era imposible llevar a cabo la excavación sistemática de un área demasiado extensa, se asignaron a diferentes equipos procedentes de varios países determinadas zonas del antiguo complejo urbano. No obstante, ni los intereses ni las prioridades de esos equipos eran los mismos, y así algunos yacimientos han suministrado materiales muy ricos para un determinado período y no tan ricos para otro. En conjunto, sin embargo, los resultados de todos estos trabajos han sido importantísimos en muchos sentidos (véase el capítulo 4). Pero quedan aún muchas lagunas, y todavía no puede trazarse un panorama completo de lo que era la ciudad durante la Antigüedad tardía. De hecho, uno de los objetivos de los excavadores era establecer cuál era el verdadero nivel de asentamiento en determinadas zonas de la ciudad.
Así pues, los testimonios arqueológicos pueden significar en efecto un complemento de la memoria histórica y aportar nuevas informaciones de interés, que, de no ser por ellos, permanecerían ocultas. Un ejemplo espectacular de la información que pueden llegar a proporcionarnos los testimonios epigráficos lo tenemos en Afrodisias de Caria, en la Turquía suroccidental, ciudad mencionada raramente en las fuentes literarias, pero que nos ha suministrado una información increíble, gracias sobre todo a sus abundantísimas inscripciones, en torno al desarrollo urbano y a la vida ciudadana durante la Antigüedad tardía.15 Al ser además uno de los grandes centros de la escultura, producto de sus famosas canteras de mármol, nos ha proporcionado asimismo una enorme cantidad de obras escultóricas tardías, unas acabadas y otras sin acabar, importantísimas no sólo en el contexto de la propia Afrodisias, sino también por lo que se refiere a otros campos más generales, como el de la iconografía y los estilos artísticos. Algunos de estos testimonios, como por ejemplo las noticias literarias en torno a las familias de Paralio y Asclepiódoto, ya comentadas (véase el capítulo 6), nos suministran abundante información en torno a la pervivencia de la cultura pagana clásica en una ciudad de provincias; sobre todo por lo que se refiere a la curiosísima serie de bustos de filósofos de época tardía publicada recientemente.16 Por último, se conservan también numerosas inscripciones griegas procedentes de Afrodisias, gracias a
las cuales podemos estudiar el auge de las inscripciones griegas en verso, y por consiguiente la posibilidad que había en Oriente de cultivar este género literario tan especializado durante el siglo V.17 Estos son sólo algunos de los resultados de las importantes excavaciones realizadas en Afrodisias a lo largo de los últimos treinta años. En particular, las inscripciones descubiertas en este yacimiento nos proporcionan un registro prácticamente ininterrumpido de la historia de la ciudad desde que adquiriera el estatus de municipio libre federado en tiempos del Triunvirato hasta que cambió de nombre a comienzos del siglo VII, pasando de llamarse Afrodisias («Ciudad de Afrodita») a llamarse Estaurópolis («Ciudad de la Cruz»), e incluso más tarde, cuando ya no era más que una mera sombra de lo que había sido, durante los siglos VIII y IX, época para la que casi no existen fuentes, siendo reconstruida hasta cierto punto, al igual que otras muchas poblaciones bizantinas, a lo largo de los siglos X y XI. Como hemos visto, aunque Afrodisias constituye un hito importantísimo en nuestro conocimiento del paganismo en sus últimas épocas, también en esta ciudad hubo un templo que se convirtió en iglesia, probablemente durante el siglo V.18
Afrodisias constituye un ejemplo de yacimiento que ha producido una cantidad extraordinariamente rica y espectacular de restos arqueológicos, entre ellos materiales escultóricos y epigráficos de una calidad y significación asombrosas.19 Muchas de las inscripciones de época tardía no pueden ser datadas con precisión, en gran parte debido al carácter convencional de la lengua empleada en ellas y a que el estilo siguió siendo el mismo durante todo este período. No obstante, en esta ciudad, cosa por lo demás muy rara, es posible trazar un panorama bastante auténtico, aunque incompleto, de los cambios acontecidos en la vida urbana en la Antigüedad tardía. Como veremos más adelante, hay algunos otros yacimientos que, cada uno a su modo, nos ofrecen esta misma posibilidad; entre ellos cabe citar el de Éfeso, en Asia Menor, y el de Apamea de Siria.20 Pero hasta los testimonios arqueológicos aparentemente claros pueden ser difíciles de interpretar. Por ejemplo, cabe la posibilidad de que no existan indicadores externos para su datación, como monedas o inscripciones, o que la datación por medio de la estratigrafía o la cerámica no sea fidedigna. En particular, los testimonios arqueológicos sólo pueden decirnos qué fue lo que ocurrió, pero no por qué ocurrió. Resulta sumamente tentador, a falta de otros indicadores más concretos, relacionar cierto tipo de testimonios arqueológicos con factores o acontecimientos históricos conocidos a través de otras fuentes. Tenemos un buen ejemplo de ello, por lo que al período objeto de nuestro estudio se refiere, en el hecho de que muchas de las fortificaciones tardorromanas existentes en los Balcanes no pueden fecharse únicamente a partir de los testimonios materiales. Pero como el De aedificiis de Procopio nos habla del programa general de edificaciones llevado a cabo por Justiniano en dicha zona, resulta siempre tentador ante un determinado yacimiento afirmar que es de época de Justiniano; un estudio más pormenorizado del De aedificiis, sin embargo, pone de manifiesto que Procopio a menudo exagera la naturaleza y el alcance del programa de construcciones llevado a cabo por Justiniano, o que no ofrece una imagen real del mismo. Algunos estudios recientes sugieren que muchas de esas construcciones bien pudieran haber sido obra de Anastasio y, como mucho, haber sido renovadas por Justiniano.21 Pero si bien las afirmaciones de Procopio pueden ser más o menos creíbles, algunas de ellas se ven corroboradas por otros testimonios, de suerte que no podemos desecharlas sin más y mostrarnos siempre escépticos ante ellas. Otro ejemplo de la envergadura de los problemas a los que debemos hacer frente lo tenemos en la enorme
cantidad de testimonios de terremotos acontecidos en la Antigüedad tardía y los inicios del período bizantino, pues nada más fácil que atribuir el deterioro de los vestigios materiales a un oportuno movimiento sísmico. Sin embargo, no se tiene en cuenta el hecho de que, a menos que las fuentes literarias nos den detalles concretos al respecto, por lo general no hay forma de saber la escala del terremoto en cuestión, que bien pudiera haber sido un simple temblor de tierra. En cualquier caso, como bien saben los arqueólogos, dicho tipo de relación no constituye nunca un hecho y se halla condenado a permanecer en el terreno de la mera hipótesis.22 Por último, incluso cuando tenemos constancia de la existencia de un gran terremoto, dicho fenómeno supuso en casi todos los períodos históricos un estímulo para la reconstrucción de la ciudad, con frecuencia a gran escala, como de hecho podemos ver en el caso de Antioquía durante la época que nos ocupa.