La voz del padre
Elisa es traductora, tiene sesenta y seis años, un hijo, una cómoda casa en provincias. Está separada de su primer marido y mantiene una relación estable con un arquitecto jubilado que vive a pocas cuadras. Me advierte que su testimonio es delicado. Las pocas veces en la vida que ha comentado con alguien su fantasía ha recibido de vuelta miradas horrorizadas o consejos compasivos. Ni pensar entonces en compartir el origen de sus ensoñaciones, que está anclado en una experiencia de la vida real.
«El incesto es el gran tabú sexual y moral de la sociedad civilizada. Sin embargo, un alto porcentaje de las mujeres nos iniciamos sexualmente en una relación con nuestro padre o padrastro. Una cantidad no despreciable se embaraza y tiene hijos de esta unión. En general no se trata de encuentros puntuales sino sostenidos en el tiempo, por muchos años... Es un tema que no tengo resuelto, es muy complicado, extremadamente complejo. Yo sólo puedo contarte mi experiencia, que no tiene nada de traumático», asegura.
Me habla de los hombres que poblaron su vida sentimental. El recuento no se sale de la norma: cuatro pololos de adolescencia, un novio que se convirtió en marido, un apoderado del curso de su hijo con el que tuvo una relación extramarital durante un año, dos relaciones importantes después de separarse.
Hasta allí todo parece previsible, pero de pronto Elisa hace una inflexión en el relato, me observa y continúa, pero esta vez como si sacara capas a una cebolla:
«Pero mi fantasía secreta siempre fue mi padre. Bueno,
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era un hombre hermoso, tenía piernas largas, una estampa muy aristocrática, trajes hechos a medida. Pero lo que más me gustaba de él era su voz. No se reía nunca y era silencioso, de muy pocas palabras, pero tenía una forma de hablar muy seductora, serena y segura, que regalaba en muy contadas oportunidades, y que habría derretido a cualquier mujer... incluso a una niña».
El padre de Elisa fue un boticario que logró hacerse de un negocio modesto pero próspero, que les permitió vivir con cierto desahogo económico.
«En provincia el farmacéutico era, en esos años, una persona importante. Mi padre gozaba de prestigio social, era muy bien considerado como hombre de trabajo, serio, confiable, dispensador de consejos razonables. Era un hombre culto, a pesar de que nunca fue a la universidad. Leía, leía y leía. Su biblioteca era un completo muestrario de lo más granado de la literatura universal. Con decirte que Vicente Huidobro pasó una vez por Ovalle y se interesó mucho por la biblioteca de mi padre. Estuvieron allí fumándose unos puros cubanos y disfrutando de esos libros empolvados. Huidobro también era un hombre muy atractivo, con una sonrisa espléndida y un áspero sentido del humor. Celebró mis trenzas y me recitó un poema sobre una niña y una vaca que me hizo reír. Pero mi padre me gustaba más. »La atracción por él se me hizo irrefrenable desde una vez que lo descubrí fornicando con la verdulera en la farmacia. Me asomé a mirar porque sentí a una mujer que gemía... Los vi, ella con la falda arremangada y los muslos en alto sobre una camilla de la bodeguita de atrás. Era la misma que me regalaba primores cuando íbamos a comprar la fruta, pero su cara estaba irreconocible, congestionada, roja, con las aletillas de la nariz, los ojos y la boca muy abiertos. Mi
padre se meneaba contra ella dándome la espalda. No me vieron. Ella le decía: "Dámela, dámela", y él respondía con sinuosos y lentos movimientos de sus nalgas. Era un espectáculo hipnótico.
»De repente él la tomó por el pelo con una mano crispa-
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da, le tiró la cabeza hacia atrás y hundió la cara entre los dos enormes pechos de la mujer, medio asomados por el escote. Ese mechoneo fue como una señal, porque ella colaboró de inmediato. Se retiró, sus cuerpos se despegaron, y ella se agachó y comenzó a chupar, con la cara cada vez más roja y deformada. En ese momento pude ver entre sus labios, saliendo y entrando frenéticamente, el magnífico miembro de mi padre. Era un venablo duro, grueso, venoso, de un rojo encendido. Una hermosura de aparato. Él se acariciaba la entrepierna sin dejar de moverse cada vez más rápido, con contorsiones desorganizadas, hasta que ella retiró el mango de su boca y pude ver cómo salía una leche espesa en chorros abundantes. En ese instante escuché su voz: "Te gozo toda, chupa así, estoy gozando. ..", le decía a la verdulera.
»Se quedaron abrazados, uno sobre otro, como después de una batalla. ¿Qué era eso? No sabía bien, pero me pareció delicioso, era algo que yo debía probar.»
Llevada por la curiosidad, el instinto y la temprana intuición de que ese tipo de cosas estaban en el ítem de lo secreto, Elisa se conformó un tiempo con encerrarse en su pieza a evocar la escena que había visto. Cada vez que llegaba a la parte en que su padre bramaba de placer con esas palabras indecentes y soltaba todo el jugo de sus testículos, ella sentía que una tensión sostenida estallaba en sus genitales.
Después experimentaba un cierto alivio. Pero al cabo de un tiempo no fue suficiente y comenzó a rondar al hombre que tanto la inquietaba. «El mejor momento para acercarme a él era cuando leía en su biblioteca. Allí estábamos siempre solos. Yo tenía diez años, pero mi madre me vestía con vuelos, cintones y organdíes, como a una guagua. »Yo lo contemplaba y él fingía no verme. Yo me acercaba y él me decía que me estuviera tranquila. Yo le acariciaba una pierna y él me sujetaba la mano. Yo me montaba en su zapato y le decía: "¡Hop-hop cabalot, lludi pen, lludi pon, catrotamos caballito, pitipón, pitipón, pitipón!", y me refregaba contra su
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empeine, sintiéndolo calentito y apretándolo entre mis muslos...
»Hasta que un día me miró y me regaló la más seductora de las sonrisas. Una sonrisa de aprobación y complicidad. Yo me arrastré jubilosa, refregándome por sus piernas hacia arriba hasta quedar sentada en su regazo, con mi cara muy cerca de su cara, y moviéndome involuntariamente arriba y abajo.
»De ese modo iniciamos un juego, un rito, que repetimos muchas veces durante años. Escuchaba su voz diciéndo-me: "¿Quiere hacer cositas ricas con el papá?", y de inmediato sentía humedecerse mis calzones. Me ponía en su regazo y buscaba su verga tiesa aprisionada por la ropa, palpitando, creciendo, engrosando. Refregaba mis genitales en ese aparato hinchado y caliente, hasta que me llegaba desde el paraíso una cosquillita que iba en aumento y que me estremecía entera... Y luego un alivio maravilloso y total, que me hacía derrumbarme sobre su pecho tibio. El me acariciaba el pelo hasta que yo me recuperaba. Y todo quedaba así, quieto, pleno, dulce...
»La atracción por mi padre me ha durado toda la vida, aun después de que murió, después de tener muchos amantes», me cuenta Elisa. Parece que hablara consigo misma. Como si recordar la sumiera en un trance.
Le pregunto cómo siguió esa relación, si no le trajo problemas, culpas, traumas. Si no le pesó en su relación con los hombres a lo largo de la vida. Aunque me parece improbable, por su actitud y sus dichos, que hubiera tales consecuencias. Me responde que no, que vivió esa experiencia como algo muy querido y que la recuerda sin conflictos internos. También me dice que la ha mantenido de manera muy privada. Desde siempre supo que nadie podría entenderla.
«Nuestros jugueteos terminaron cuando me mandaron a estudiar a Santiago, años después. Al regresar, yo era una mujer y él un anciano. Pero su voz me producía el mismo deseo desmesurado, las mismas ganas de unirme a él.
»No retomamos la experiencia... tal vez por temor del otro, y sobre todo por miedo a la electrizante energía que
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emanaba de nuestro contacto. Murió hace más de treinta años. Pero hasta hoy sueño con él. Me despierto algunas noches excitada por su presencia sonámbula, por su espléndida voz de macho. Siempre es el mismo sueño: estamos en la biblioteca, él me mira con sus ojos encendidos, me invita a hacer "cositas ricas" y yo, niña, puedo sentir que mi padre me desea más que a nada en el mundo. Lo rondo y me acerco hasta que tomo posición sobre su sexo inflamado. Sus manos son grandes, hábiles, acogedoras. Yo me meneo y me refriego contra su sexo y jadeo igual como lo hacía la verdulera. Siento que nada puede hacerme daño... Mi padre me susurra palabras mágicas. Es dulce y es brusco. Un tropel de caballos desbocados se acerca desde
ninguna parte. Yo sé que voy a morir con él en pocos segundos. Lo sé porque ese hombre, mi padre, tiene la voz del más absoluto placer.»
¡Méeme! Mijito! méeme!
«A veces me parece que cualquier ruido de agua que me llega desde lejos es mi padre orinando al fondo del pasillo, a punto de empezar el ajetreo matinal... Me parece que soy una niña y que es mi padre el que va a llegar acicalándome los bucles y asegurándose de que me tome hasta la última gota de la leche de burra que me salvó de la muerte.» Fresia se concentra en el relato como si estuviera reviviéndolo, como si no tuviera los cincuenta y siete años que tiene y fuera aún la hija huérfana de madre, enferma de sarampión, evaporada por la fiebre, a las puertas del otro mundo, con un papá que la crió solo, extremando los cariños y atenciones para ella y sus hermanos menores.
Gracias al conjuro de la leche de burra ella se transformó en una adolescente flaca pero sana, y después en una adulta normal, que tuvo dos hijos, un marido excelente, según sus
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palabras, y un trabajo cómodo como peluquera y propietaria de su propio salón de belleza.
Recuerda el detalle de su padre orinando en el fondo del pasillo porque cree que puede ser el antecedente de una fantasía que fue tomando forma desde sus primeras experiencias sexuales, y que la acompaña hasta hoy.
«Cuando tenía unos catorce años, me despertaba a veces con un suspiro. Había tenido un sueño erótico con el que mi sexo se
humedecía como un verdadero surtidor de agua. Mi cama estaba empapada de pipí. Me di cuenta de que cuando acababa durmiendo siempre me hacía pipí.»
Fresia se acostó por primera vez a los quince años con un pololo de verano que era tan inexperto como ella. Fue un encuentro rápido, furtivo y torpe, sobre la arena, con más calentura que placer final. Pero durante la relación la joven imaginó que el muchacho se orinaba sobre ella y eso, más que los movimientos instintivos y desordenados de su pareja, la llevó a un intenso orgasmo que la dejó muy satisfecha.
«Sentí su pene en mi vagina y me vino la idea de que el cabro me iba a mear, que así se aliviaría de esa como picazón que tenía ahí. Entonces fue que me vino un gusto en mis partes, que me subió por la columna. Un rico orgasmo. Y después, cada vez que tengo relaciones pienso lo mismo. Si no lo pienso, no acabo.»
Ya adulta y casada, su fantasía dio un nuevo salto cuando se vinculó sentimentalmente con un peluquero a quien conoció en un seminario de perfeccionamiento en Viña del Mar. Estuvieron juntos una semana, compartiendo las noches en una habitación de hotel, sin preocupaciones ni prejuicios.
«Con él tuve la misma fantasía, como siempre la tenía, pero como era un tipo súper relajado y que me daba mucha tranquilidad, me dejé llevar por mi imaginación, sin límites. Primero nos duchamos juntos, él me jabonaba entera, me ponía el chorro de la ducha en los pelitos de abajo, me tomaba los labios de la vagina y me los abría, después pasaba su cosa por ahí pero sin metérmela sino que frotándome para despertarme las ganas.»
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Fresia, ya muy excitada, recibía esas deliciosas caricias en sus muslos, la espalda, las axilas, los hombros, y aumentaba su ardor.
«El quería que se lo chupara, me agachó hasta su sexo y me lo metió en la boca, lentamente. Lo tenía tan grueso que casi no me cabía, pero igual lo recibí con harto gusto y empecé a chupar y chupar, para que él gozara en mi boca. El se aguantaba y me seguía tocando los pechos. Estaba jadeando y respirando bien fuerte. Me pidió que le lamiera los testículos. Los tenía hinchados, llenitos. Yo se los lamí con placer, sintiendo cómo le hervía el semen. Luego me acomodó un poco y empezó a lamerme él a mí. Me abría, así, y me chupaba. Nunca me lo habían hecho. Era súper rico. Estábamos de verdad muy calientes. Yo quería que me lo metiera para que acabara adentro. Tenía el pene curvo, curvado hacia arriba, cosa que yo nunca había visto, y que me prometía mucho placer en la penetración. Pero seguía haciendo las cosas que él quería.»
De pronto el hombre se quedó quieto unos segundos y se alejó de ella con los ojos muy abiertos y a punto de lanzar un gemido. Fresia supo que el clímax era inminente. No había vuelta atrás. Entonces exclamó, sin pensarlo: «¡Méeme, mijito, méeme!». Y sintió la más deliciosa explosión en sus genitales, mientras el hombre descargaba en una abundante eyaculación sobre su cuerpo desnudo.
Podría ser mi hijo
Adela tiene cuarenta y un años, es funcionaria bancaria, viuda, y vive en Temuco. Tiene poco tiempo libre y casi ninguna privacidad. Junto a sus cuatro hijos, escolares, es allegada en la modesta casa de sus padres, donde convive con nueve personas entre adultos y niños, más dos perros y un canario. Trabaja muchas horas para mantener a su familia porque no tiene
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otra entrada económica que su exiguo sueldo. Por la noche apenas ve unos minutos a sus hijos antes de levantar un verdadero campamento de camas hacinadas en dos habitaciones estrechas.
Parece disponer de poco tiempo para fantasías. Pero suele buscar algún momento en el día para viajar a mundos imaginarios que le son gratos y que se le han vuelto familiares de tanto invocarlos. Su quimera sexual favorita incluso tiene nombre: Adonis. Adela ha construido un personaje, un amigo imaginario que tiene aproximadamente la edad de su hijo mayor, diecinueve, y una personalidad relajada, alegre, despreocupada.
«No es alguien que conozca o haya conocido, pero tiene características de algunos hombres que recuerdo, una mezcla de cosas que me gustan, como el pelo negro peinado con gel, a lo Rodolfo Valentino, unos ojos con pestañas largas y tupidas, cuerpo delgado, lampiño...» Adela imagina que se encuentra con el personaje de sus sueños en un ascensor.
«Estamos en ese espacio pequeño, con nervios de que alguien entre de repente, muertos de la risa. Adonis me da un beso en la boca, me toma la mano, me dice que estoy bonita y me sigue besando, impaciente. Me arruga la ropa y la tira como para sacármela. Me aplasta contra la pared del ascensor, nos empujamos jugando. Yo sólo quiero sentirlo, con su piel suave, como de niño, pero que se calienta como hombre grande.
»Después imagino que estamos en una habitación con luces tenues, rojizas. Me ofrece un trago, me sienta en la cama grande y cómoda que tiene espejos arriba y a los lados, y me saca los zapatos con delicadeza.»
En este punto de su fantasía, Adela le pide a Adonis que ponga música y baile para ella. Su amante imaginario sube a la cama y se mueve sensualmente, contornea sus estrechas caderas delante de la cara de ella, se desviste sin perder el ritmo, sonriente, dispuesto, obediente, servicial.
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casi un adolescente. Nunca me atrevería a tener una relación con un cabro de la edad de mi hijo en la vida real, pero me agrada imaginar que yo podría excitar sexualmente a un lolo así, bien hecho, bien machito para sus cosas, que puede elegir a una mujer de veinte años. Imagino que está ansioso por poseerme, que se me acerca insinuante y me acaricia.
»Lo siento intentando montarse encima de mí, apretándome, metiendo la cabeza bien peinada entre mis senos y respirando ahí, bien agitado, medio ahogado del gusto. No lo dejo desvestirme ni le permito que él lo haga. Prefiero esa onda de atraque a escondidas, medio apurados, así, como que sí y como que no. Se refriega contra mí, busca poner sus cosas contra lo mío. Lo tiene duro debajo de los pantalones. Me lo hace sentir con su carita roja y traspirada. Le digo que es rico, que me muero de ganas de que me lo meta, le pido que me toque las tetas y que las chupe si quiere. Depende del tiempo que yo tenga y de lo que estoy haciendo, de si hay otra gente o estoy sola, el rato que me doy para imaginarme así. Es como tener una cita, corta o larga, pero siempre agradable. A veces en mi casa abrazo la almohada simulando que es él. Así olvido por un rato tantas preocupaciones.»
Concurso sexual
Carola es abogada, no tiene hijos, está separada, tiene treinta y siete años y vive en Vitacura.
«Estoy en un baño elegante, muy lujoso. Llamo por un citófono para que comiencen a pasar los postulantes. Es un concurso sexual al que han sido convocados hombres que se sientan capacitados para hacer gozar al máximo a una mujer.
»El primero que entra es un tipo bastante guapo que viste unos pantalones de tela delgada, muy ajustados, y una camiseta abierta. El vello, abundante, le cubre el pecho; su
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cabello es castaño, tiene un cuerpo excepcional. Me pide que me ponga de pie y me desviste. Luego comienza a llenarme toda la piel con pintura blanca, lentamente, con las dos manos, concentrándose alrededor de las aréolas de mis pechos y en el pubis. Después me riega con una ducha de agua tibia y me limpia todos los pliegues del cuerpo. Es un buen intento, pero no es suficiente.
»Entra el segundo hombre. Es mi hermano, que viste traje formal y trae un portadocumentos. Saca una máquina de afeitar con gillette y un pote de jabón. Sus manos expertas enjabonan mis vellos genitales produciéndome una sensación deliciosa. Mi hermano me rasura los pelos pubianos con mucho cuidado, me abre los muslos y los labios de la vagina para completar perfectamente su tarea. Después me lanza chorros de agua en esa zona. Estoy estimulada, pero no excitada al máximo.
»En ese momento entra el tercer postulante. Es igual a mi papá, pero no nos conocemos. Está sin ropa de la cintura para abajo. Tiene el pene blando y pequeño, pero yo le acaricio el cuello, la espalda, los muslos, mientras los otros dos hombres nos miran. Me humedezco un dedo con saliva, busco la abertura de su trasero y le introduzco el dedo ahí, en el