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Natural resource development and conservation activities of the Tigray

CHAPTER 5: RESULTS AND DISCUSSION

5.5 THE MAJOR DETERMINANT FACTORS OF FARM OPERATORS TO

5.6.3 Natural resource development and conservation activities of the Tigray

transformaciones

Las discusiones acerca del papel que los hombres y las mujeres debían representar en una sociedad reformada ponen de manifiesto lo complicado de valorar las repercusiones de las ideas ilustradas en la España del setecientos. Los periodos de cambio y ruptura deben ser interpretados en función de las transformaciones que introducen, pero también de las continuidades que representan. Aunque la

reformulación del discurso de la inferioridad femenina en clave de diferencia y complementariedad muestra un considerable cambio respecto a la época anterior en la forma de pensar la feminidad y lo femenino, cabe tomar en consideración hasta qué punto su elaboración respondió a la necesidad de justificar con nuevos argumentos la antigua cuestión de la subordinación social de la mujer.

Como han puesto sobradamente de manifiesto los estudios sobre esta cuestión, el discurso moralista y religioso de los siglos XVI a XVII sobre la mujer se caracterizó por una marcada “sospecha de lo femenino”, reflejada en la severidad con que la lógica misógina de la época se refería a quienes consideraba el compendio de todos los vicios1. La debilidad de Eva puso de manifiesto la naturaleza lasciva femenina, proclamada en obras y sermones. Para los autores y predicadores cristianos, la mujer era sospechosa de despertar en los hombres las pulsiones que aquéllos trataban de controlar, rebajándolos al contacto con lo terrenal, lo perecedero y lo corpóreo. El escaso autocontrol que demostraban no se limitaba únicamente a su apetito sexual, además las hacía incapaces de dominar las pasiones de cualquier tipo.

Sin embargo, el discurso misógino que proclamaba la inferioridad femenina, negándole, así, el uso de las letras y el gobierno de la Iglesia y de las ciudades, convivió con su contrario, el de su superioridad. Para los defensores de las mujeres, sus rasgos físicos eran muestra de una mayor perfección, así como el pudor y el recato ponían de manifiesto su superioridad en el orden moral. Dichas cualidades las hacían susceptibles de desarrollar las mismas virtudes cívicas que se atribuían a los varones y, en consecuencia, de ocupar cargos de responsabilidad política, como habían demostrado algunos casos excepcionales, por ejemplo, el de Isabel la Católica2.

El Concilio de Trento (1545-1563) trajo consigo nuevas formas de pensar lo femenino. La elaboración del sacramento del matrimonio, la confirmación de la excelencia del celibato y la veneración a la virgen María influyeron sobre la forma de

1 Isabel MORANT y Mónica BOLUFER, Amor, matrimonio y familia. La construcción histórica de la familia moderna, Madrid, Síntesis, 1998; Isabel MORANT, Discursos de la vida buena. Matrimonio, mujer y sexualidad en la literatura humanista, Madrid, Cátedra, 2002; ÍD, “Hombres y mujeres en el discurso de los moralistas. Funciones y relaciones”, en Isabel MORANT (dir.), Historia de las mujeres en España y América Latina, tomo II, Madrid, Cátedra, 2006, pp. 27-61; Luisa ACATTI, “Hijos omnipotentes y madres peligrosas. El modelo católico y mediterráneo”, en Isabel MORANT (dir.), Historia…, tomo II, pp. 63-104. 2 Isabel MORANT, “Hombres y mujeres…”, pp. 28-29. Para una aproximación a la cuestión de la excepcionalidad femenina en la Época Moderna, Mónica BOLUFER, “Galería de ‘mujeres ilustres’ o el sinuoso camino de la excepción a la norma cotidiana (SS. XV-XVIII)”, Hispania, LX/1, nº 204 (2000), pp. 181-224.

representar a la mujer y sus funciones3. La nueva importancia asignada al matrimonio

multiplicó las obras que se ocupaban de éste, en las que se trataba de esbozar el comportamiento del ideal femenino. Si bien se exhortaba a las mujeres con dureza a corregir su natural imperfección para asegurar la perfección de la pareja, hacerlo implicaba el reconocimiento de su papel fundamental dentro de la vida conyugal.

La necesidad de repensar el matrimonio llevaba implícita la elaboración de las nuevas figuras de los cónyuges. Los humanistas y los sacerdotes católicos que escribieron sobre las mujeres en el siglo XVI estaban especialmente interesados en convertirlas en esposas obedientes. En dichos textos se partía de la inferioridad femenina; por lo tanto, a los hombres correspondían los menesteres de “formar y educar

a las mujeres, así como de gobernar la casa o la república”4. Así se puso de manifiesto en dos de los textos más destacados en España sobre la materia: la Formación de la

mujer cristiana (1528), de Juan Luis Vives (1492-1540), y La perfecta casada (1538),

de Fray Luis de León (1527-1591)5. En ellos, la mujer ocupaba un lugar subalterno

dentro de la casa, supeditada al imperio del padre y del esposo, cuya autoridad sobre la familia había sido concedida por Dios. Sin embargo, en el discurso moralista, aquélla podía oscilar entre la maldad, que se le suponía natural, y la bondad, que debía inculcársele. Este dualismo adquiría fuerza simbólica en la contraposición de las figuras de Eva y de María. Una representaba la inclinación al mal de las mujeres, mientras que la otra hacía posible imaginar la bondad femenina.

En La perfecta casada, Fray Luis de León comentó los versos del poema atribuido a Salomón (Proverbios, 31, 10-31) y otorgó legitimidad a sus argumentos fundamentándolos en las palabras de los Padres de la Iglesia. Este texto representa, pues, un esfuerzo por parte de su autor por adaptar el pensamiento católico a las

3 “Si alguno dijere que el matrimonio no es verdadero y propiamente uno de los Siete Sacramentos de la Ley Evangélica, instituido por Cristo Nuestro Señor, sino inventado por los hombres en la Iglesia, y que no confiere gracia sea excomulgado”, Concilio de Trento, Sesión XXIV (11 de noviembre de 1563), Canon I; “Si alguno dijere que el estado de matrimonio debe preferirse al estado de virginidad o de celibato; y que no es mejor, ni más feliz mantenerse en la virginidad o celibato, que casarse; sea excomulgado”, Concilio de Trento, Sesión XXIV (11 de noviembre de 1563), Canon X. Ambas medidas se tomaron en contraposición a la religión protestante; puesto que la condición pública, sagrada e indisoluble del matrimonio católico se oponía a la concepción del matrimonio como un compromiso civil que podía romperse. También supuso una clara transformación con respecto al matrimonio tal y como había sido concebido hasta el momento, en el que las familias negociaban el enlace sin que fuera necesaria la aprobación eclesiástica. Para una visión más detallada de esta cuestión véase Isabel MORANT y Mónica BOLUFER, Amor, matrimonio y familia…, pp. 119-136.

4 Isabel MORANT, “Hombres y mujeres…”, p. 31. La cursiva es suya.

5 Especialmente relevante por tratarse de una obra reeditada desde su publicación hasta el siglo XX. Publicada en 1538 y editada varias veces hasta 1632, tras su recuperación en 1765 por el dominicano Fray Luis Galiana se llevaron a cabo tres reediciones a lo largo del siglo XVIII.

necesidades coyunturales del siglo XVI, además de un intento de legitimar sus argumentos sobre las mujeres por medio de la constante alusión a la autoridad de los discursos que los fundamentaban. Como afirmó Fray Luis de León, la “mujer de valor” era considerada “rara”, pero también “extremada en su precio”6, porque de ella dependía la correcta administración del patrimonio y de lo doméstico (que incluía los afectos y los sentimientos). Por lo tanto, de la lectura de este tipo de textos no debería desprenderse únicamente la imagen de una mujer pasiva y subyugada al hombre, cabría tomar en consideración también el prestigio moral y la influencia social que podían adquirir aquéllas que cumplían con éxito su labor de gestoras de los bienes materiales e inmateriales.

Dicha representación de lo femenino se reforzaba con la interpretación que se hacía de la diferencia sexual. La debilidad (física y moral) de las mujeres respondía a su condición natural, como ponía de manifiesto su fisionomía. Las nociones propias de la Antigüedad sobre la existencia perfecta e imperfecta de un único sexo, el masculino, se mantuvieron en circulación hasta entrado el siglo XVIII. Según aquéllas, hombres y mujeres compartían los mismos órganos genitales. Las diferencias entre unos y otras se debían a que la falta de “calor vital” mantenía los de las mujeres en el interior de su cuerpo, mientras que los hombres, más perfectos y más perfeccionados, los habían desarrollado plenamente7. Así, como ha afirmado Thomas Laqueur, ambos sexos se ordenaban según su grado de perfección metafísica a lo largo de un eje masculino. Las teorías médicas que afirmaban la superioridad física de los hombres abundaban en la justificación de su superioridad moral y política respecto a las mujeres.

En esta breve recensión se pone de manifiesto la coexistencia en el siglo XVI de dos líneas de pensamiento, la moralista y la científica, que subrayaban la inferioridad femenina. Éstas han sido seleccionadas por fundamentar algunos de los argumentos que interpretaban la diferencia sexual en clave negativa. La primera, que indicaba que la naturaleza de la mujer, más “flaca y deleznable” que la de “ningún otro animal”, la obligaba al encierro doméstico, resulta relevante por constituir el discurso oficial de la Iglesia. Puesto que el catolicismo representaba buena parte del bagaje cultural de los individuos, cabe suponer que su imagen peyorativa del sexo femenino también formara

6 “¿Quién hallará mujer de valor? Raro y extremado es su precio. Mujer de valor ¿quién la hallará? Raro y extremado es su precio. Confía en ella el corazón del marido; no le harán mengua los despojos”, (Proverbios 31, 10-11).

7 Esta tesis concebía la vagina como un pene interior, los labios como el prepucio, el útero como el escroto y los ovarios como los testículos. Thomas LAQUEUR, La construcción del sexo. Cuerpo y género desde los griegos hasta Freud, Madrid, Cátedra, 1994.

parte del imaginario colectivo de la época. La segunda recurría a la autoridad de la ciencia para establecer el lugar inferior respecto al hombre que las mujeres ocupaban en el plano de la existencia humana. Si bien su alcance en una sociedad eminentemente analfabeta era más limitado que el del discurso católico, es posible pensar que persuadiría a los sectores más formados, dada la cualidad de verdad indiscutible que suele acompañar al pensamiento científico. Ambas líneas de pensamiento actuaron, en principio, de forma paralela, pero la crisis del catolicismo y el auge del pensamiento científico provocaron que se solaparan en la elaboración del discurso sobre el origen y las consecuencias de las diferencias entre hombres y mujeres del siglo posterior.

La crisis religiosa del siglo XVI se materializó en la apariciónde dos sistemas religioso-políticos diferentes. Si bien el protestantismo constituyó la causa principal de la pérdida de poder (práctico y simbólico) del catolicismo,no fue la única. El creciente interés puesto en el desarrollo del pensamiento científico, que dos siglos más tarde se convirtió en la base del pensamiento de la modernidad y del progreso, también tuvo repercusiones negativas en las formas de pensar y entender la religión. La ciencia,al fundamentarse en la observación y en la experiencia sensible, entró en contradicción con el pensamiento teológico cristiano, en virtud del cual la Biblia contenía la norma dictada por Dios y los eclesiásticos eran los únicos depositarios de la verdad. La naturaleza pasó de ser incognoscible a convertirse en objeto de investigación, y sus leyes, antes interpretadas como la voluntad divina a la que sólo cabía someterse, se revelaron variables y mutables en manos de los individuos. El principio de un Dios regulador fue sustituido por el de una naturaleza reguladora; la verdad dejó de imaginarse y fue abordada por el método científico; se cuestionó la figura del religioso como único conocedor e intérprete de los detalles de la existencia y, con ella, la forma de ordenar la humanidad a lo largo de un eje masculino. Así, el afán por entender lo que hasta entonces era impensable llevó a plantear una cuestión relevante, las experiencias sensibles debían ser dos, porque dos eran los sexos8.

Dado que los individuos cuentan con un bagaje cultural que difícilmente puede ser sustituido sin resistencia, sobre todo cuando dicha sustitución altera de alguna forma el tradicional reparto del poder, resulta necesario preguntarse cómo afectaron estas

8 Véase Luisa ACATTI, “Hijos omnipotentes…”, pp. 85-86. La autora establece el punto de partida de su análisis en el siglo XVI y en las transformaciones que la crisis religiosa trajo consigo. Según la autora, a partir de ese momento se establecieron dos sistemas religioso-políticos diferentes (católico y protestante), que marcarán las diferencias entre el norte de Europa y la zona mediterránea. Dichas diferencias afectaron, además de al modo de concebir la religión, a la forma de pensar el mundo y a las relaciones entre los hombres y las mujeres.

evoluciones (o involuciones) discursivas a los hombres y a las mujeres; si las asimilaron o rechazaron, en qué medida y con qué variaciones. En España, como en otros países, se debatió la existencia del intelecto femenino, el origen de la diferencia sexual y el consiguiente reparto de aptitudes y funciones. La Ilustración se presentó como una etapa de grandes reformas que, sobre el papel, requerían del concurso de hombres y mujeres. Pero, ¿cuál fue, en la práctica, el espacio reservado a aquéllas en virtud de su reelaborada alteridad?

“No formemos un plan fantástico, tratemos sólo de rectificar en lo posible el que ya está establecido”9. Así se expresó la ilustrada Josefa Amar (1749-1833) en su

Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres a finales del setecientos. Esta

afirmación refleja las transformaciones culturales y sociales acontecidas a lo largo de la Época Moderna. La capacidad del individuo para formar y transformar, la preeminencia de la racionalidad frente a la fantasía (y la superstición) y la voluntad de establecer planes para ordenar la existencia, manifiestan su confianza en los nuevos valores de razón, progreso y reforma. Por otra parte, el hecho de que fuera una mujer quien esbozara ciertas reglas para la educación de sus congéneres confirma los cambios acontecidos en las formas de pensar la feminidad y lo femenino.

Desde finales del setecientos, los hombres de letras y también los de ciencias se aferraron a ciertas distinciones biológicas observables para subrayar la existencia de dos sexos diferentes en todos los aspectos físicos y morales, en cuerpo y alma. La convicción de la existencia de uno solo en su versión perfecta (masculino) e imperfecta (femenino) fue sustituida por un nuevo modelo de dimorfismo radical, de divergencia biológica. Así apareció la opinión dominante entre los sectores ilustrados, aunque no unánime, de que había dos sexos opuestos y que la vida política económica y cultural de los individuos, su género, dependían de este hecho. Puede afirmarse, pues, que “la biología –el cuerpo estable, ahistórico, sexuado– [se convirtió en] el fundamento epistemológico de las afirmaciones normativas sobre el orden social”10.

El considerable aumento de las publicaciones cuyo tema central era la mujer pone de manifiesto hasta qué punto se consideró relevante la reflexión sobre su naturaleza y el lugar que aquélla debía ocupar en la sociedad, en un momento en el que las transformaciones culturales, sociales y políticas imposibilitaban el uso de las

9 Josefa AMAR Y BORBÓN, Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres, edición de María Victoria López-Cordón, Madrid, Cátedra, 1994, p. 72.

antiguas nociones sobre la inferioridad femenina. En todas partes y desde todos los géneros, ficción(novela y teatro) y ensayo (histórico, filosófico, médico o periodístico), la feminidad se sometió a estudio, discusión y debate11.

Repensar a la mujer requería volver a interrogarse sobre el origen de la diferencia sexual. Al contrario que en los siglos anteriores, aquélla fue interpretada de forma positiva12. Así, el discurso ilustrado se dirigía directamente a las lectoras y les comunicaba en un tono amable, alejado de la severidad de la misoginia tradicional, que su diferencia respecto a los hombres era deseable para el buen funcionamiento de la sociedad. La sustitución de la severidad propia de los discursos misóginos por la adulación ilustrada respondía a la del deber por el ser. La castidad, la domesticidad y la moderación, en otro tiempo virtudes que debían inculcarse a las mujeres, se convirtieron en dones naturalmente femeninos. En consecuencia, cumplir con sus obligaciones no requería de un recordatorio constante de cuáles eran sus deberes, sino simplemente de seguir los dictados de su naturaleza.

Redefinir la naturaleza femenina requirió además reconsiderar su anatomía, lo que manifiesta la importancia de la nueva biología en la construcción cultural de los sexos. Los médicos dibujaron por primera vez los detalles del esqueleto femenino, cuyo rasgo diferenciador fundamental era la mayor amplitud de la pelvis, que resaltaba el hecho biológico sobre el que se construirían las teorías de las características físicas, pero también morales e intelectuales femeninas: la función reproductora.

De esta forma, las antiguas discusiones acerca de la preeminencia o la inferioridad de un sexo sobre el otro se saldaron con el nuevo principio de la complementariedad de hombres y mujeres. El discurso de la complementariedad sexual atribuía en nombre de la naturaleza cualidades físicas, intelectuales y morales diferentes a ambos sexos, que se correspondían con funciones y espacios sociales diferentes13. La

11 La bibliografía al respecto es abundante. Sirvan como ejemplo: para una visión más extendida de los nuevos discursos acerca de la feminidad, Isabel MORANT y Mónica BOLUFER, Amor, matrimonio y familia…; para la cuestión de la construcción cultural del sexo, Thomas LAQUEUR, La construcción…, y para las discusiones acerca de la capacidad intelectual femenina, Geneviève FRAISSE, Musa de la razón: la democracia excluyente y la diferencia de los sexos, Madrid, Cátedra, 1991.

12 Robert ARCHER, Misoginia y defensa de las mujeres, Madrid, Cátedra, 2001.

13 Puede apreciarse un ejemplo de la existencia de la idea de cierta complementariedad sexual, pero expresada en el tono de la misoginia tradicional en estas palabras de Fray Luis de León: “Y el hombre que tiene fuerzas para devolver la tierra y romper el campo, y para discurrir por el mundo y contratar con los hombres, negociando su hacienda, no puede asistir a su casa, a la guarda della, ni lo lleva su condición; y al revés, la mujer, que por ser de naturaleza flaco y frío, es inclinada al sosiego y a la escasez, y es buena para guardar, por la misma causa no es buena para el sudor y trabajo del adquirir.” Este fragmento señala cómo la diferente “condición” del hombre y de la mujer conduce al diferente reparto de funciones sociales; sin embargo, dicho reparto se efectúa desde la natural inferioridad de la condición femenina

naturaleza sustituyó a la providencia, pero determinaba la existencia de igual modo, dado que tanto las características individuales como las sociales fueron delimitadas en razón del cuerpo sexuado. Así, la mujer destacaba por su sensibilidad e intuición, que la inclinaban a lo doméstico, comprendido como el espacio de las emociones y de los saberes prácticos; por su debilidad, que la obligaba a atraerse los instintos protectores del hombre, y por su coquetería, que aseguraba la pervivencia de la especie. Era, pues, un discurso construido para predisponerlas a cumplir con las funciones que la nueva sociedad requería, la de esposa tierna, madre abnegada y dirigente gestora del hogar14.

En España, como en el resto de países, los ilustrados debieron encarar la dificultad de justificar la posición subalterna de la mujer con argumentos novedosos y reformistas. Hacer compatibles las nuevas ideas con las existentes supuso un problema al que debieron enfrentarse los hombres y las mujeres de letras. En las discusiones acerca de la cuestión femenina, como en otras, las transformaciones culturales y políticas terminaron conviviendo con las continuidades. Así lo señaló Amar cuando la