Section 5 of the Report goes on to provide analysis of issues relating to service delivery.
4.1.2 Nature of Tenancy Issues
Sanín Cano gozó de un sentido libérrimo de la existencia, especialmente en el orden intelectual, donde no entendía que pudiera existir sujeción. La guerra, con excesivos alardes de poder y exaltación de las manifestaciones más elementales del ser, lo logra; no le permite moverse en la atmósfera del pensamiento, que orienta y señala caminos.
Estos se los escogen y se los imponen. El odio, como una fuerza primitiva, lo guía. No hay razonamientos y, en cambio, caen las sombras sobre los países, las ideas y la humanidad.
En la segunda guerra, Estados Unidos evitó, durante muchos años, no comprometerse en la contienda. En las conferencias panamericanas que se realizaron, se habló un lenguaje que indicaba que no existía una decisión previa. Al contrario, la neutralidad parecía ser la que prevalecía. Pero los hechos llevaron a romper y actuar. Naturalmente, los países nuestros se vieron en la encrucijada y aceptaron su destino: rompieron contra las desesperanzas que aglutinaban el nazismo, el fascismo, Franco y las otras dispersas y contundentes derechas. En Ginebra, en 1932, se adelantó una reunión sobre desarme. Colombia, en esa ocasión, sufrió la influencia de España y aceptó su posición. Desgraciadamente los costos del armamentismo fueron demasiado altos, sujetaban las economías de los países débiles. Estos se vinculaban a tareas que los confundían y precipitaban ataduras a gastos imprevisibles y que no podían muchas naciones absorber. En 1931, la posible guerra aparecía débil y sin una organización.
No se tenía muy en cuenta al ciudadano; existía la creencia de que pueblos salvajes no merecían ni respeto ni consideración. Él protesta contra esos criterios en donde se pierden las jerarquías. La consideración humana es la
que da la medida de lo que es una cultura. Además, porque se producen las más crueles revanchas. Alemania tuvo en África muy fuertes y dramáticos tratamientos para sus habitantes. Después, estos llegaron a Dusseldorf, Maguncia, Colonia, Wiesbaden y le hicieron sentir a esa nación, que ejerció tanta prepotencia, el peso de la derrota. Era el reclamo de que los pueblos tienen derecho a disponer de su destino; pero la experiencia de 1914, que tuvo consecuencias tan desastrosas, no se miraba con sentido crítico. Se relegaron los dolores, crueldades y miserias que esta engendró. Se estaba ante la insensatez agresiva de la derecha internacional. Como se recuerda, esta guerra la provocó Austria. Entre sus causas nuestro autor señala, como la más importante, la influencia de factores capitalistas. Un industrial poderoso, con fábrica de armas y con la prensa para manejar el ingrediente del desvío de la opinión, creó una atmósfera de terror y explotó, mañosamente, la codicia del Emperador. Naturalmente, esto se unía a la ambición de la casta militar. Se van uniendo los elementos negativos en una comunidad.
Desde 1880 se adelantó un debate en Europa acerca de las obligaciones de los Estados, precisamente, con el interés de evitar que prevaleciera, otra vez, la barbarie. A la injusticia se le consideraba la causa básica que iba creando los climas mefíticos que despertaba la guerra; se hicieron evidentes los grandes planteamientos de justicia social; se sostuvo, entonces, que prevalecía una responsabilidad de mejorar la condición moral y material de los pueblos, como compromiso de Europa; se juzgaba
que así se rompía la posibilidad de la influencia de las decisiones negativas en las naciones. Es cuando el escritor debe estar cercano a la realidad y vislumbrar, descubrir y denunciar los interrogantes internacionales, como lo hacía este eminente escritor colombiano. El sistema jurídico que él defiende –sin ser experto en leyes y por ello es más ejemplar– es el de la justicia. Que no tuviera predominio ninguna fuerza.
Observando cómo se va incubando en el treinta una nueva guerra, su prédica se endereza, agudamente, a criticar esa osadía. Él insiste en destacar las bases negativas de la guerra: la miseria, el odio, el desorden económico. Cada vez que se habla de que se están buscando fórmulas para la bomba atómica, expresa cuál es su poder catastrófico e intimidatorio, que llevaría a la pérdida de libertades. Estas deberían ser la mayor preocupación de intelectuales, pensadores, estadistas y militares, porque sin estas, las comunidades se atan a sombríos panoramas de angustia, que persisten muchos años y dañan la proyección humana. Hay que pensar en sus resultados con horror y no dejarse impresionar por los comerciantes, que tienen su claro destino mercurial y tan borrosas las fronteras en las cuales desaparece la dignidad de los seres. Exaltarla es facilitar un desvío de los deberes colectivos, es abandonar la creación social, que es la que garantiza soluciones comunitarias, sin amarguras ni desgarraduras. Afecta a los pueblos en lo moral, en lo material, en las ideas y en la manera de expresión. El cerco es fatal contra las condiciones espirituales de la humanidad. Para evitarlo
hay mecanismos internacionales. Indoamérica ha dado ejemplo a Europa de encontrar fórmulas que aceleren el proceso de entendimiento de las naciones y de pensar soluciones integrales, jurídicas, que hagan posible que los conflictos lleguen a grados de acercamiento, dentro del orden que debe propiciar el derecho internacional. Para fortalecer más sus argumentos, citaba a Bertrand Russell, quien, cuando la primera guerra de 1914, sostuvo en la Universidad de Cambridge que aquella no era más que especulación de los productores de armas y que la ayudaban, sin términos, los capitalistas, pues así prolongaban su influjo. No había medios intelectuales para calificar sus políticas, que, a veces, arremetían contra los intereses colectivos. Con sus monopolios sacrificaban cualquier posibilidad de exploración de la realidad. En octubre de 1927, en la revista Universidad, Sanín Cano se propone puntualizar lo dramático de la destrucción que produjo la guerra mundial de 1914. Era una manera de prevenir las desgracias colectivas que vendrían en el futuro; la juventud que no se sacrificó en esos años, quedó despojada de preparación para confrontar la vida mecánica y la de doctrinas; se rompió la unidad de Europa que se advertía como una sola patria. Ese esfuerzo de identificación se perdió. Los odios se encendieron, imposibilitando la concordia. Romain Rolland, el admirable escritor que en su obra exalta la fraternidad, escribe palabras para las soluciones pacíficas. Gerhardt Hauptmann y el mismo manifiesto de los intelectuales alemanes, repiten voces contra cualquier forma de
solidaridad. Fue cuando se destrozó un triunvirato mental que lo integraban Clemenceau, Brandes y Anatole France. Ellos eran como una síntesis armoniosa de la unidad y solidaridad de Europa. Esas primeras desavenencias entre escritores, fueron dejando abierto el ambiente para las más duras beligerancias. Otra manifestación fue la exigencia de los pasaportes que, en muchas ocasiones, son débiles pero eficaces barreras para no poder gozar de la libertad de movimiento. Pero su crueldad es mayor: conlleva a que viva el hombre la seguridad de que su origen le impide gozar de una posición abierta en el mundo. Podrá ser un perseguido por el solo color del papel que lo identifica.