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«Debemos recordar que todo síntoma «mental» es un velado grito de angustia. ¿Contra qué? Contra la opresión, o lo que el paciente experimenta como opresión. Los oprimidos hablan en un millón de lenguas... Hacen uso de todos los experimentados idiomas de la enfermedad y el sufrimiento y añaden constantemente lenguas nuevamente creadas para ocasiones especiales. Necesitan estos ingenios lingüísticos maravillosamente complicados, pues, de una sola vez, tienen que revelarse y ocultarse a sí mismos. ¿Cuál es la actitud a seguir por el psiquiatra u otros que quieran ayudar a tal persona? ¿Deben aumentar el descontento y ayudar al oprimido a gritado en voz alta? ¿O deben ahogar el grito y re-oprimir al esclavo fugitivo? Este es el dilema moral del terapeuta psiquiátrico.
THOMAS SZASZ (1968).
Muchas personas se sienten perseguidas, lo que no les hace sentir que son paranoides. La paranoia no es una experiencia; es una atribución respecto a una experiencia. Es un criterio que determina que los sentimientos de persecución de alguien, generalmente otro, no se refieren a algo tangible o real. Alguien que dice de sí mismo «yo soy paranoide» está adoptando la perspectiva de otra persona respecto a su propia experiencia, invalidándola. Mi preocupación aquí se refiere a una situación en la que alguien se siente perseguido y otro piensa que es paranoide. La idea de que los sentimientos de persecución de otro no debe tomarse en consideración puede ser incorrecta. Pienso que muchas personas a las que los psiquiatras llaman paranoides son o han sido perseguidas y lo saben, pero son incapaces de reconocer a sus perseguidores reales o sus procedimientos.
Llamarles paranoides, lo que presupone que no son realmente perseguidas, sino que lo imaginan, es falso y equívoco.
Consideremos una matriz con dos columnas y dos filas que dan lugar a cuatro posibilidades:
Lo sabe No lo sabe
Una persona no está perseguida y
(1)
Se considera normal este estado. (2)
Una persona piensa que está perseguida cuando no lo está. Creen los psiquiatras que las personas a las que llaman paranoides están en este estado.
Una persona está perseguida y
(3)
Una víctima a sabiendas
(4)
Este estado no tiene nombre
La primera posición es «normal». La segunda se la atribuyen los psiquiatras a las personas a las que llaman paranoides. ¿Y las dos últimas, especialmente la cuarta?
No existe un término de uso psiquiátrico ni en inglés para «está perseguido sin saberlo». Como no existe un nombre para esta condición, se puede padecerla sin riesgo de ser etiquetado. Pienso que es una condición predominante. Creo que muchas de las personas «saludables» consideradas paranoides o esquizofrénicas la sufren.
«Nota: Cuando digo «está perseguido», también significo ha estado perseguido. Algunas personas, perseguidas por los padres en la infancia, también están perseguidas por ellos en la edad adulta. Algunas, sin darse cuenta, encuentran o inducen a otras personas a que las persigan, a menudo en formas notablemente similares a las de sus experiencias infantiles. Y muchas, como Schreber, están perseguidas por recuerdos de persecuciones pasadas.)
Lo que clínicamente se denomina paranoia es a menudo la percepción parcial –como a través de un cristal ahumado– de que se ha estado o está perseguido. Puede que uno no se haya dado nunca cuenta antes. Los pensamientos «paranoides» pueden ser imágenes de sucesos que originalmente, días o décadas antes, fueron vistos, oídos, palpados, olidos o gustados. El filósofo y psicólogo americano William James solía decir que había que hacerse una pregunta ante cualquier teoría: ¿qué diferencias prácticas implicaría suponer que es cierta? Muchos psicoanalistas y algunos psiquiatras piensan que ciertas personas se vuelven esquizofrénicas o paranoides como resultado de un levantamiento de la represión. Pero una represión, ¿de qué? ¿Del amor homosexual, de los recuerdos de haber sido perseguido por otros, de ambas cosas, de ninguna, de alguna otra cosa? Lo que uno cree supone una diferencia. Muchos terapeutas dirigen explícitamente el tratamiento hacia un incremento de la represión o hacia una restauración de ésta en vez de levantarla. Si mi teoría es cierta, restaurar la represión podría significar sacar a una persona de la categoría de estar perseguida y saberlo y llevarla a la categoría de estar perseguida y no saberlo. Dudo que los terapeutas quisieran incrementar la represión de sus pacientes si pensaran que es éste el tipo de represión de que se trata.
Algunas personas no pueden identificar a sus perseguidores ni los métodos de persecución porque sus perseguidores no se lo han permitido. Los perseguidores pueden persuadir o forzar a sus víctimas a ver su persecución como amor, especialmente si los perseguidores son los padres, hermanos, esposos o hijos de la víctima. Los perseguidores mienten más fácilmente si se creen sus propias mentiras. Si también ven como amor su persuasión o su fuerza, pueden tratar de convencer también de esto a sus víctimas.
Para intensificar la capacidad de inducir paranoia en los demás, ciertos trucos son especialmente prácticos: ver la persecución de uno como amor. Si las víctimas de una persona ven su persecución como tal persecución, considerar su parecer como evidencia de lo mucho que necesitan del «amor» de esa persona. Tomar la resistencia de las víctimas de dicha persona a la persecución por ella como una expresión de Eso, como una herejía, una enfermedad mental (por ejemplo, paranoia), o en términos del Dr. Schreber, una terquedad o testarudez. Frente a la resistencia, sostener la persecución (o «amor») con mayor entusiasmo. He aquí un esquema que es más simple de lo que lo es la vida familiar en la realidad:
Los Padres persiguen al Niño.
Los Padres ven como amor la persecución de los Padres.
El Niño ve como persecución la persecución de los Padres.
El Niño puede que vea o que no vea que los Padres ven como amor su persecución; generalmente no suele verlo.
Los Padres quieren que el Niño ame, honre y obedezca a los Padres en bien del Niño. Si el Niño no quiere, los Padres tienen que obligar al Niño, en bien del Niño.
Cuanto más claro vea el Niño la persecución de los Padres como persecución, más persiguen al Niño los Padres y ven su persecución como amor.
El Niño trata de ocultar que ve la persecución de los Padres como persecución y ocultar que está ocultando algo. Los Padres le dicen al Niño: «La deshonestidad es un vicio. Si mientes te castigaré, por tu propio bien.»
(Una variante es: «No puedes disimular tus sentimientos.» Estoy distinguiendo entre «No debes disimular tus sentimientos» y «No puedes disimular tus sentimientos». Lo primero es una orden, lo segundo es una atribución que enmascara una orden. Lo segundo es como la inducción del hipnotizador y es una técnica de control más poderosa, probablemente porque la orden está oculta. Para más información acerca de este punto, véase Laing, 1971, pp. 78-81, y Haley, 1963, pp. 20-40.)
El Niño ve que los Padres perseguirán al Niño mucho más si los Padres ven que el Niño ve la persecución de los Padres como persecución, y está ocultándolo, y oculta que está ocultando algo.
El Niño se oculta a sí mismo que ve que los Padres lo persiguen y se oculta a sí mismo que está ocultando algo.
Si este esquema o uno parecido resume algo de lo que ha sucedido entre la gente «paranoide» y sus padres durante su infancia, tendría que arrojar luz sobre el porqué de su desconfianza ante los demás. Explicaría también el descubrimiento de Robert Knight (1940) en el sentido de que atribuirle deseos homosexuales a un paciente «paranoide» «no sólo no alivia al paciente, sino que a menudo le hace más paranoide que nunca» (citado por Macalpine y Hunter, 1955, página 23).
De mi estudio de las ideas del padre de Schreber deduzco que entre padre e hijo existía esta situación o una parecida.
Ninguna teoría puede salir airosa de todas las pruebas importantes posibles. Es mejor no preguntarse si una teoría es cierta, sino cuál es su probabilidad a la luz de las pruebas disponibles. Los filósofos de la ciencia han demostrado repetidamente que más de una teoría puede basarse en una determinada colección de datos. En caso de competencia entre dos teorías deberíamos preguntarnos: «¿Cuál de las dos se ajusta más a los hechos?» Mi teoría y la teoría de Freud sobre Schreber no se excluyen mutuamente. Creo que mi teoría abarca más hechos que la de Freud.
Los escritos del padre y del hijo muestran que lo que el padre veía como amor lo veía el hijo como persecución. Reparemos en las valoraciones opuestas que cada uno hace de los «rayos». Ya he citado en otro contexto la declaración del padre:
Una vez que la mente infantil es penetrada completamente por el amor y el respeto y todos los
cálidos rayos que fluyen de ellos, la voluntad del niño se rige más y más desde esta perspectiva y es
conducida suavemente en una dirección noble y pura (1858, .p. 235).
Dice el hijo:
Hay que considerar contrario al Orden del Mundo un estado de cosas en el que los rayos sirven
principalmente para infligir daño en el cuerpo de un solo ser humano o para gastarle bromas con los
objetos que tiene entre manos: estos inofensivos milagros se han hecho particularmente frecuentes
últimamente (Memorias, p. 132).
Naturalmente, sólo me refiero a mi propio caso, es decir, un caso en el que Dios entró en contacto
permanente a través de sus rayos con un solo ser humano, contacto que ya no podría ser interrumpido
y que, por consiguiente, era contrario al Orden del Mundo (ibíd., p. 153).
Una vez más, el padre y el hijo emplean la misma palabra, Strahlen, aquí traducida por «rayos».
Schreber se siente preocupado por la atracción de Dios hacia él y le gustaría que Dios se retirara de él, deseo perfectamente comprensible en vista de la conducta de su padre respecto a él siendo niño. No se siente atraído hacia Dios, como pensaba Freud; él es atractivo y le gustaría no serlo. No es «yo le amo» lo que le preocupa, sino «Él me ama». Baumeyer (1956), en su informe acerca del historial clínico de Schreber, dice que éste «declaraba a menudo que tenía que oponer una gran resistencia contra “el amor homosexual de ciertas personas”» (p. 63).
El siguiente pasaje del padre muestra cómo controlaba a sus víctimas, en nombre de la verdad, sinceridad y valentía, un perseguidor capaz; ilustra los últimos pasos de mi esquema.
... Si no se asegura en el corazón del niño su adhesión a la verdad imprimiéndole un santo temor a la
más leve falsedad, cómo puede uno sorprenderse de que más tarde en la vida, cuando miles de tentaciones de mentir hayan exigido frecuentemente toda la capacidad de resistencia de un individuo,
extienda su ley el dominio de la mentira por un terreno abonado en la juventud... Hay que inculcar en
el niño el sentimiento de la imposibilidad de que os oculte algo en el corazón a sabiendas y permanentemente. Sin esta sinceridad incondicional, cualquier educación carecerá de un fundamento sólido. Pero para llegar ahí es preciso cumplir una condición adicional. Hay que acudir en ayuda del niño
de forma que pueda tener y afianzar el coraje frecuentemente necesario para ser estrictamente fiel a la verdad; esto quiere decir que en el caso de una confesión completa, sincera y voluntaria de culpa se juzgará y castigará al culpable con notable suavidad, teniendo en cuenta la espontaneidad, pero en el caso contrario se castigará la culpa una vez y la mentira con ella relacionada diez veces más (1858, pp. 144-5).
El Gran Hermano* se encarnó mucho antes de que Orwell escribiera 1984.
Muchos psiquiatras y psicoanalistas han dicho que la gente a la que llaman esquizofrénica padece una incapacidad para distinguir el «yo» del «no-yo», y que carece de los «límites del ego». Sugiero que algunas de estas personas han recibido una educación familiar que les decía que no debían o que no podían vivir con un «yo», como aparentemente le enseñó a Schreber su padre. Reparemos en que el Dr. Schreber no dice que los niños no deban ocultarles cosas a sus padres; dice que hay que inculcarles «el sentimiento de la imposibilidad» de una ocultación, es decir, tienen que sentir que no pueden.
Aunque me separo aquí de las opiniones prevalecientes sobre la paranoia, mi postura encuentra ecos en los escritos de otros. O.H. Mowrer (1953), psicólogo americano, escribió: «Parecería más natural, y ciertamente más parco, interpretar las ilusiones paranoides como proyecciones de una consciencia disociada que como proyecciones de una homosexualidad reprimida» (pp. 88-9). Yo sustituiría por «recuerdos o percepciones de persecución» lo de «consciencia».
El psicoanalista escocés W. Ronald D. Fairbairn (1956), que expresa su análisis de Schreber hijo en términos de relaciones objetuales, deduce que Schreber pudo haber tenido un «superego sádico», compuesto de múltiples «objetos malos» «interiorizados». Fairbairn sugiere que cuando Schreber enloqueció, su superego se «desintegró» en aquellos «objetos parciales», «con la consiguiente liberación de una hueste de perseguidores internos», que él «proyectaba defensivamente al mundo exterior» (p.. 119). Yo hubiese preferido hablar de recuerdos de una persecución real de otros o trans-formas de esos recuerdos en vez de «objetos parciales».
Estoy de acuerdo con Harold Searles (1965), el psicólogo americano, cuando dice:
La ilusión tan frecuente en el paciente esquizofrénico de estar mágicamente «influido» por fuerzas externas (radar, electricidad o cualquier otra cosa) está enraizada parcialmente en el hecho de que responde a procesos inconscientes de personas relacionadas con él; personas que, inconscientes de estos procesos, no le ayudarán ni podrán ayudarle a comprender que la «influencia» proviene de una fuerza no-mágica, interpersonal (p. 192).
Entiendo muchos de los actos del Dr. Schreber hacia los niños como persecución, y en la actualidad coincidiría conmigo mucha gente; pero, que sepamos, ni él ni sus contemporáneos ni mucha otra gente que vivió después lo vieron así. El sentía que era el amor lo que motivaba su conducta hacia los niños. Les dice a los padres:
Todas vuestras relaciones con el niño, toda vuestra influencia sobre él tienen que estar fundadas en el amor, es decir, en el amor verdadero, puro y sensato. No es amor hacer esto o lo otro por el niño, emprender esto o lo otro con el niño si un examen detenido revela que lo hacéis exclusivamente por vuestro propio egoísmo o por capricho, vanidad, deseo de entreteneros o divertiros a costa del niño o por otros motivos subordinados (1858, p. 131).
El Dr. L.M. Politzer (1862), un colega profesional, dice en una nota necrológica sobre el Dr. Schreber que tenía «un corazón lleno del amor más desinteresado, dispuesto a vivir ya morir en cumplimiento de su deber» (p. 2). Politzer probablemente esté haciéndose eco de la opinión que tenía el Dr. Schreber de sí mismo. Alfons Ritter (1936) dice que el doctor Schreber se hallaba «impulsado» por «la ética filantrópica de un gran ser humano» y «su amor por la gente» (p. 17); afirma que el Dr. Schreber estaba «lleno de amor» (p. 23). Hablando del
hogar del Dr. Schreber, dice Ritter: «Los niños no tenían nunca la sensación de ser constantemente regañados. Todo se movía dentro de una esfera de libertad y, por consiguiente, con una confianza incuestionable» (p. 14).
Si el Dr. Schreber y otros veían como amor lo que su hijo veía como persecución, se plantea una nueva cuestión: ¿Puede uno estar seguro de que lo que ve como amor o como persecución
es amor o persecución? Los conceptos de amor y de persecución están indeterminados. La
decisión de considerar ciertas formas de conducta corno amor o persecución no es el tipo de decisión a la que puede llegarse, por lo que yo alcanzo a ver, a través de los métodos científicos existentes. La decisión es subjetiva y está influida grandemente por lo que podríamos llamar nuestra sensibilidad, que a su vez es en parte un producto de nuestra previa educación. Un hombre ata a un niño a la cama: ¿persecución o amor?
Lo que uno ve que sucede con una persona determinada o en las relaciones entre personas depende no sólo de lo que sucede, sino del estilo de cada uno a la hora de percibir o interpretar. Son pocos, de haber alguno, los criterios fidedignos para decidir qué opinión es. más «correcta» en una situación social en la que varían las perspectivas individuales.
He sugerido que la persona considerada como paranoide puede no estar imaginando que está siendo perseguida; de hecho, posiblemente haya estado o esté perseguida por otras personas. La hipótesis precisa una revisión: esta persona experimenta como persecución lo que ella misma puede haber experimentado previamente de un modo diferente y lo que otros, incluidos sus perseguidores, sus otras víctimas, por ejemplo sus hermanos, y sus médicos, a menudo no han experimentado como persecución. Ellos pueden considerar sus sentimientos de persecución como carentes de validez. La persona en cuestión puede experimentar como una forma de persecución en sí misma su incapacidad a la hora de apreciar la validez de sus sentimientos.
Esto complica el argumento mediante el que trato de demostrar mi hipótesis; lo que un determinado investigador ve que sucede en una situación interpersonal dada depende en parte de su capacidad para ver lo que está sucediendo, es decir, de lo que vagamente se puede llamar su perceptividad.
La persona considerada como enferma puede ver lo que sucede a su alrededor de un modo diferente a todos los demás. La disposición de los demás a no tener en cuenta que su visión podría ser válida puede ser un elemento necesario, aunque insuficiente, de la llamada paranoia. Si decimos que es el tuerto en el país de los ciegos –por muy borrosa que sea la visión del ojo que le queda– y ellos dicen que está loco, ¿quién tiene «razón»? Ellos dicen que él es menos consciente que ellos de la «realidad»; dicen que en esto consiste su «enfermedad». Dostoyevski dijo en cierta ocasión: «Les juro, caballeros, que ser demasiado
consciente es una enfermedad: una verdadera enfermedad.»
Martti Siirala, psiquiatra finlandés, sostiene que muchos de los llamados síntomas de la esquizofrenia pueden ser debidos a una predisposición hereditaria, no del paciente, sino de la gente que le rodea, a combatir en él las tendencias extraordinarias que perturban su visión de la realidad (1961, p. 73). Si Siirala tuviera razón, los genetistas tendrían que revisar sus premisas acerca del elemento que opera en las familias de esquizofrénicos. Las ideas de Siirala son altamente especulativas y de difícil comprobación. Las menciono para despejar en el lector aquellas ideas que implican suposiciones demasiado rígidas.
Paranoia (para = detrás, más allá + nous = mente) significa literalmente estar detrás o fuera de la propia mente. Siendo niño me intrigó por vez primera la expresión «alienado» [out of his mind, literalmente «fuera de su mente»] .Cómo puede alguien, me preguntaba, estar fuera de su mente y dónde está su mente de la que él está fuera. El significado literal de la frase es absurdo. Alguien puede hacerse consciente de partes de su mente de las que nunca había sido consciente y perder la conciencia de partes de las que había sido consciente. Pero nadie podrá ser nunca consciente de cualquier suceso que no se haya producido en su mente. Las percepciones nos son dadas para experimentar únicamente, porque los sucesos que se originan fuera de nosotros ocasionan sucesos en nuestras mentes. Incluso las experiencias
«fuera-del-cuerpo», en las que alguien ve su cuerpo desde un punto de observación exterior a