El evento escénico de Rentas congeladas continuó con una actividad que fue una mesa de diálogo entre los habitantes de la vecindad de la calle Emiliano Zapata. De acuerdo con lo observado en el vídeo que se podía ver en el blog de La Comuna durante los meses de marzo y abril de 2019, para este momento se colocó un par de largas mesas rectangulares, una junto a otra, donde se sentaron algunas de las personas que habían sido partícipes de todo el proceso que se llevó a cabo para este proyecto. Había vecinos de diferentes edades, desde los más ancianos hasta los más pequeños. Todos ellos compartían afectos comunes respecto al espacio o territorio en que vivían e historias personales que los vinculaban directamente con éste. La idea era hacer un conversatorio. A la mesa también se sentaron con ellos Luis Daniel Pérez y Sara Alcantar, como dos de los miembros de La Comuna pioneros en el acercamiento a los pobladores de estas vecindades. Sin embargo, es más exacto referirse a los participantes de esta mesa en femenino ya que todas las personas eran mujeres, a excepción de un niño de aproximadamente ocho años que acompañaba a su mamá.
116 La señora Delfina fue la primera en tomar la palabra gracias a la guía de Ángel Rubio, que como maestro de ceremonias se dio a la tarea de ser el primero en llevar la entrevista. Ella, la de más edad de la mesa, mujer de aproximadamente 75 años, comenzó por decir su nombre completo a manera de presentación ante los demás participantes. En ese momento, Rubio preguntó primero sobre cómo es la forma de vida en la vecindad y le pidió a la entrevistada que contara un poco más sobre ella. A lo que respondió: “antes la vecindad estaba con más alegría, habían52 plantas, había muchas cosas” (La Comuna Rentas congeladas). Aquí el entrevistador intervino para decir “esto nos habla un poco de la forma
en que antes se relacionaban las personas y ahora han ido cambiando, ¿no?” (ibídem). Acto seguido, le devolvió el uso del micrófono a la señora: “sí claro, ahora ya no es como antes, ya es muy diferente como la comparación de antes. Ahorita sí compartimos y estamos así luego [reunidos como en esa mesa], pero a comparación de antes ya es muy distanciado” (ibídem). Hasta este punto se notaba en el cuerpo de ella cierta incomodidad. Doña Delfina hacía el esfuerzo por responder de la mejor manera a las preguntas, sin embargo, era precisamente este formato que plateaba una marcada separación entre un entrevistador y un entrevistado lo que parecía tener en ese estado de distanciamiento a esta participante. Además de que sus respuestas no eran tan extensas ni fluidas. Tal parecía que se sentía presionada por responder correctamente. Es probable que la estructura teatral en la que estaba inmersa, una mesa donde sólo estaban sentados los habitantes de su vecindad, rodeados de los demás asistentes del evento escénico, quienes en esta actividad fungían un rol más cercano al del espectador tradicional, aunando el encuadre tanto del micrófono como el de la cámara frente a ella, hayan provocado nerviosismo en su persona por sentirse observada.
Si bien, sobre este tópico -el de la mirada- Tortajada opina que en el juego entre mirar y ser mirado, el que se exhibe para ser visto juega un papel pasivo, femenino, y el que ve, el que posee la imagen, está en una posición de poder, masculino, por lo que, quien está en escena adopta el rol de pasividad, es posible que doña Delfina se haya sentido en una posición de vulnerabilidad al estar bajo la mirada de varios ojos, “en nuestra cultura, el predominio de la vista sobre el olfato, el gusto, el tacto, el oído ha provocado un empobrecimiento de las relaciones corporales” (Luce Irigaray cit. en Tortajada, Frutos de 56).
52 Este tipo de formas del uso del lenguaje, que para las élites educadas sería inapropiada, denota la extracción
117 Era notorio que hacía falta un toque de cotidianidad que modificara las miradas indagadoras en miradas de reconocimiento mutuo. Al parecer, Rubio se percató de esto, porque antes de seguir entrevistando a otra de las participantes invitadas a la mesa, le cedió la guía de la actividad a Luis Daniel Pérez: “vamos a pasar ahora con Luis Daniel… él estuvo presente en la intervención, igual él puede guiar un poco más estas preguntas” (La Comuna
Rentas congeladas), acto seguido, le otorgó el micrófono, esperando que él les inspiraría mayor confianza para que sus intervenciones fueran más fluidas.
La siguiente entrevistada fue otra mujer que rondaba los 30 años, quien llevaba a su hijo. Ella se veía entusiasmada por compartir sus anécdotas personales sobre cómo vivió su infancia con los demás niños de la vecindad. Lo que ella compartió fue lo siguiente:
(…) es que le estaba comentando a él [Luis Daniel] que, por ejemplo, nosotros en la vecindad con todos los niños que estaban jugábamos a los listones, que jugamos a la cebollita, a los encantados, a las traes, jugamos a las escondidas, al cinturón escondido, y ahora, ya los niños con la tecnología que hay ya no salen a jugar. Ahora todo es estar entrado en la tecnología nada más y no se conocen tantos niños entre ellos, no conviven, como que los encerramos tanto en las casas que la verdad ya no es lo mismo a cómo estábamos antes en las vecindades. Que compartíamos muchas cosas en las posadas53, que jugábamos… [en este momento suena
su celular y es su hijo de entre tres y cuatro años quien lo contesta] más que nada que todos aportábamos algo para esa posada y todos los niños salíamos para estar juntos y era muy padre (ibídem).
53 Las posadas a las que se refiere son las fiestas decembrinas provenientes de la tradición de la religión católica,
las cuales se celebran durante los nueve días que anteceden a la Navidad. En México, y en particular en la ciudad de México, hace aproximadamente veinte años todavía era común que en las vecindades la gente se organizara para hacer la fiesta. Una posada gira en torno a los peregrinos (las figuras de José y María, padres de Jesús en la religión católica), la gente pasea las estatuillas que representan a los padres de Jesús, cantando villancicos y rezando las oraciones propias de la festividad. Luego se hace “la petición de posada”, para la cual, un grupo de personas se queda adentro de una habitación o de una casa, con la puerta cerrada, mientras que otro de los grupos de participantes se queda afuera, son ellos quienes cargan a los peregrinos. Ambos grupos realizan un canto responsal que representa el momento bíblico en que María y José pidieron posada durante su camino de Jerusalén a Belem. Este momento se acompaña con velitas y luces de bengala. Después de que se abre la puerta a los peregrinos se crea un momento de euforia, ya que es el punto climático de la festividad, sin embargo, en la cultura de estas vecindades también la gente acostumbraba organizar una cena y tener un momento para bailar. Por lo general, todos los vecinos aportaban diferentes cosas que hicieran falta para la cena y el baile. Como se mencionó en un pie de página anterior, estos datos forman parte de la historia no escrita de las formas de vida en la ciudad de México.
118 Incluso este tipo de confianza y de amenidad en su breve intervención parecía impulsada por un diálogo casual que sostuvo con Luis Daniel antes de que la cámara y la mirada de todos los presentes se posara sobre su persona. Aunque entre ellos no habían tenido gran convivencia durante el proceso anterior a este hecho escénico, había cierta cercanía ya que su hijo mayor había participado con La Comuna en actividades anteriores.
Por otra parte, pero sin dejar de lado las palabras de esta mujer, es importante detenerse un poco en revisar los juegos de infancia que ella menciona. Por ejemplo, los “listones” es o era un juego que sucede entre varios niños, mientras más participen mejor, ya que uno adopta el papel de comprador de listones, otro el de vendedor y los demás niños son los listones. Se recrea, sin detallar, una tienda, por lo que los listones se agrupan de un lado, detrás del vendedor, generalmente cada uno es de diferente color, aunque se puede dar el caso de que estos se repitan. Este último dato es trascendental para el juego porque quienes son listones le dirán al vendedor de qué color es cada uno, pero el comprador no lo sabrá. Entre los negociadores uno pedirá un listón de tal color y el otro le dirá si tiene o no un listón así. En caso de que no haya listones del color pedido el niño que compra tiene que preguntar por otro color hasta que el vendedor diga que sí hay uno así. En este momento, el niño que tenga el color dicho por el comprador tendrá que correr por el espacio abierto, con la intención de no dejarse atrapar por éste.
La “cebollita” es otro juego que requiere de la participación de varios niños, igual que el anterior, mientras más participantes haya será mejor. Consiste en que todos, excepto uno, se sientan en el piso en fila india -uno detrás de otro-, con los glúteos bien apoyados, las piernas semiabiertas con las plantas de los pies colocadas en el suelo, rodillas flexionadas, y todos deben estar abrazando a quien tienen delante suyo. Quien queda hasta el frente de la fila será jalado por el niño que quedó libre, con el objetivo de levantarlo. Los que están detrás tienen la labor de no dejar que quien tira se lo lleve hacia su bando, ya que el niño que sea levantado tendrá que ayudar a jalar a los que vayan quedando al frente de la fila. Podría decirse que es un juego de contraposición de fuerzas.
En el caso de “los encantados”, este es un juego donde se requiere la participación de tres o varios niños. Uno de ellos tiene el rol de ser el encantador, es decir, tiene el poder de que cuando toca a otro niño éste deja de moverse, o sea, debe quedarse petrificado en la posición corporal y espacial que tenía al ser tocado. En realidad, se trata de un juego donde
119 el encantador debe correr detrás de los demás para poder tocarlos, y los otros tienen como objetivo no dejar que los toquen. Incluso, si así se acuerda, los que no están encantados tienen el poder de desencantar tocando a quienes sí lo están. En apariencia no tiene un gran argumento el juego, sin embargo, es un juego simple, divertido, generador de espacios de convivencia y que promueve el movimiento físico, así como su contrario, la inmovilidad.
Las “traes” podría decirse que es una variable de los “encantados”, con la modalidad de que uno es quien la trae -no sé sabe qué, pero un niño trae o tiene algo que no quiere tener- y el objetivo es tocar a otro niño para que ahora sea él -el otro- quien traiga esa cosa indecible e indeseable, mientras se le dice: las traes. A simple vista podría parecer un juego simple, ya que podría pensarse que sólo se trata de que uno trate de tocar a otro mientras todos corren desbocados, sin refugios establecidos dentro de las reglas. Sin embargo, a nivel imaginativo es un gran reto. Al no hacerse nunca explicito lo que se supone que se transmite, se vuelve un ejercicio de imaginación donde cada participante se construye un objeto, una sustancia o alguna enfermedad que no quiere contraer, y que, por lo tanto, le generará un impulso genuino para huir de ello.
Las “escondidas” es un juego más popular, el cual consiste en que alguien cuenta del uno al diez con los ojos cerrados y/o recargado, de frente, sobre un muro, mientras que los demás niños aprovechan este tiempo para buscar un lugar dónde esconderse. El interés por describir todos estos juegos que la señora mencionó se encuentra en que absolutamente todos ellos comparten las mismas características: son juegos que se juegan entre tres o más personas. En todos los casos conviene que haya varios participantes, ya que a mayor participación el juego se hace más entretenido y divertido. Otra característica es que todos estos juegos requieren de un lugar amplío para llevarse a cabo, usualmente la calle o un patio abierto. Las vecindades del centro histórico de la ciudad de México también eran conocidas por el gran número de patios que algunas tenían. En la dinámica de la convivencia cotidiana en estas viviendas esto resultaba una gran ventaja para todos los habitantes del lugar, ya que los patios constituían un espacio delimitado, separado de la calle, semiprivado porque únicamente quienes vivían en la vecindad los ocupaban, por lo que prácticamente se convertían en una especie de salón de juegos donde día a día se propiciaba la reunión de cuerpos en el espacio común.
120 El patio de la vecindad se volvía el espacio donde los niños compartían sus afectos comunes, establecían reglas para relacionarse entre ellos por medio del juego -el teatro son reglas de juego y de relación entre los cuerpos- y, se insiste, eran dueños -por un tiempo delimitado, mientras duraban sus actividades de esparcimiento- del espacio público. Menciona Lola Proaño que, en Argentina -y otros sitios de América Latina- los discursos que emanan desde el poder político, es decir, la ideología que promueven los gobernantes está encaminada a sembrar el temor en la población, con la intención de que se “inmovili[ce] y encierr[e] a los ciudadanos alejándolos del espacio público” (118), y añade, “todo el discurso sobre la inseguridad y los miedos a las nuevas poblaciones inmigrantes [el miedo a los otros a los que están cerca de, pero no con nosotros] son parte de esta nueva política de la prevención que aconseja o impulsa a los individuos, ganados por el temor, a no salir, a permanecer aislados en sus domicilios y a no compartir” (118).
En la parte final de las palabras de la señora, ella fue clara el mencionar que ahora los mismos padres encierran tanto a los niños en sus casas que ya no existe la experiencia corporal de la apropiación del espacio público en estrecha relación y convivencia con otros individuos. La pregunta sería ¿qué cambió en el espacio vecinal para que los adultos que fueron aquellos niños que crecieron con los juegos en conjunto retrajeran a sus propios hijos a vivir una infancia en relativo aislamiento?
Incluso, en este asunto de los patios de vecindades, estos podrían verse como espacios liminales. Los adjetivos semipúblicos o semiprivados detonan la noción de que son lugares que no terminan de ser una u otra cosa, que son lugares donde las categorías y definiciones rígidas y puras se ponen en crisis, y se propician experiencias que no se podrían experimentar en otros sitios de la ciudad. Se recordará que Diéguez, al discurrir sobre la liminalidad propuesta por Víctor Turner, menciona que una de las características de estos espacios es “la creación de communitas, entendida ésta como una antiestructura en la que se suspenden las jerarquías, a manera de “sociedades abiertas” donde se establecen relaciones igualitarias espontáneas y no racionales” (Escenarios liminales 42).
Si bien, en las vecindades cada familia tenía su privacidad en el cuarto donde vivía - e incluso esta condición se puede poner en tela de juicio-, en los patios -y pensando en los juegos de los niños, pero también en las fiestas como las posadas- se perdía esta privacidad al convertirse en un sitio de encuentro: los habitantes que por sus propias actividades diarias
121 casi nunca se veían en ese momento coincidían y podían conversar. Se volvían lugares de convivencia, ya que era infaltable la presencia de la comida como elemento cohesionador del instante de paz que se pactaba en una forma sobrentendida. Las relaciones igualitarias se propiciaban a partir de que no existía un anfitrión del evento, todos se asumían en estas actividades como parte de un todo.
Esto se constata en otras de las palabras de la señora entrevistada por La Comuna: “que todos aportábamos algo para esa posada y todos los niños salíamos para estar juntos y era muy padre” (Rentas congeladas), las cuales dan fe de que los juegos y las posadas se hacían bajo la cultura mexicana del “traje”, la cual consiste simplemente en que cada uno de los asistentes debe llevar o aportar con algo para el suceso. Por ejemplo, en las posadas alguien llevaba los refrescos, otro algún guiso, alguien más tortillas, etc. En cuanto a la espontaneidad y no racionalidad, una muestra de que esto también sucedía es el baile. En palabras de Tortajada “la danza apela al sentido del tacto y permite la identificación kinestésica entre los cuerpos” (Frutos de 56), por lo que se entiende que el baile, en tanto actividad sensitiva que involucra el uso y la presencia de todo el cuerpo, disminuye el raciocinio de los participantes e incita la espontaneidad.
Por otra parte, en el vídeo donde la señora comparte estos recuerdos es notoria su alegría al rememorar aquellos juegos de infancia. La sonrisa en sus labios, el brillo en sus ojos, la claridad en su voz, son manifestaciones en su cuerpo del gozo que sintió en otro tiempo. “La historia se narra entonces desde la experiencia vivida de aquellos que la vieron transcurrir. Es una historia diferente que les pertenece y les proporciona una genealogía distinta, gracias a la recuperación de la memoria, de su identidad y de su pertenencia” (Proaño 42), lo que se resalta de esta manifestación de lo performativo en la señora es la presencia tanto del cuerpo como de la palabra. Las expresiones visibles les dan pie a los demás participantes a imaginar lo que ella sintió cuando jugaba con los demás niños y cuando estaba en las posadas, no son sólo sus palabras y su voz lo que transmite la historia del habitar de las vecindades, sino que palabra y cuerpo se potencian mutuamente para generar la recuperación de la memoria de lo que se vivió en otra época.
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