2.6 Hardware Obfuscation Methods
2.6.1 Netlist Logic Locking
“La innovación está en el núcleo del espíritu empresarial: prácticamente toda nueva empresa nace de una actuación innovadora, como mínimo respecto a sus competidores.” (Libro Verde de la Innovación, UE, 1995: 17) “A mi juicio, el sistema de patentes se creó para proteger al inventor solitario. No ha conseguido su propósito... el sistema de patentes protege a las instituciones que favorecen la invención.” (Alexanderson, citado en Noble, 1987: 129)
Pero la innovación no resulta ser un resultado nítido del modelo de patentes. Pasa por el filtro intermedio de la competitividad empresarial. Las patentes necesitan un paso previo: el incremento del potencial competitivo del empresariado como sujeto innovador. Es relevante el hecho que identifica de una manera cerrada a los agentes de la innovación con las empresas privadas190.
189 Tomado literalmente de Noble (1987: 129).
190 Por cierto, muy presente hoy día: “La iniciativa privada debe tirar del carro de la innovación” (José María Zabala, presidente y director general de Asesoría Industrial Zabala, Periódico Expansión, 30/10/2006).
Desde los años setenta, la reconversión y reconfiguración del modelo productivo y de los paradigmas económicos han tenido su correlato en el campo de la financiación tecnocientífica. Si hace siglos eran “genios” relativamente aislados o solitarios quienes experimentaban en sus laboratorios personales (Newton o Pasteur), en la era dorada del keynesianismo los entes públicos impulsaron dichas actividades. Ahora, en cambio, son las grandes compañías y las multinacionales quienes, a través de sus departamentos de investigación, se muestran punteros en materia de invención e innovación. Pero no solo ha habido una traslación de ida y vuelta del ámbito experimental (de lo privado a lo público y de lo público a lo privado) sino una reconversión generalizada de la cultura científico-técnica. Con ello nos referimos a una visión extendida y politizada de cómo debe operar la ciencia y que viene muy ligada a los imaginarios del management y la empresa moderna (Boltanski y Chapiello, 1999 o Alonso, 2002).
Tal disposición procede de un desplazamiento previo del eje en torno al cual giraba el sistema de patentes: “El inventor, eje original del sistema de patentes, tendió gradualmente a “abandonar” su patente a cambio de la seguridad que le daban las empresas; o bien vendía o concedía sus derechos a las compañías industriales, o bien los asignaba a aquella en la que trabajaba, intercambiando su ingenio por un sueldo... las grandes empresas fueron sustituyendo a los inventores solitarios” (Noble, 1987: 133). En otros términos, la centralidad de la empresa como campo de innovación es un invento reciente, de apenas unas décadas; cuyo marco histórico es el fordismo triunfante que trata de escapar a las crisis económicas de primeros de siglo191 y de adaptarse a la naciente tecnología192 (Boyer y Freyssenet, 2003: 67-82). El proceso detallado de este cambio se analiza en Noble (1987: 129-160): la actividad inventora del individuo solitario o la invención independiente dieron paso a
191 Ya a finales del siglo XIX, numerosas aplicaciones prácticas de ideas novedosas necesitaron la ayuda de grandes organizaciones para poder tomar cuerpo y materializarse socialmente. Hughes pone varios ejemplos: “Bell and the telephone, Edison and the electric light and power system, Charles Parsons and Kart Gustaf Patrik de Laval and the steam turbine, the Wright brothers and the airplane, Marconi and the wireless, H. Anschütz-Kaempfe and Elmer Sperry and the gyrocompass guidance and control system, Ferdinand von Zeppelin and the dirigible, and Frank Whittle and the jet engine.” (1989: 58).
192 Adaptarla y controlarla: “Al generar un ‘monopolio de monopolios’, el sistema de patentes permitía a las empresas controlar gradualmente el propio proceso de invención y facilitaba así tanto el retraso como el fomento, comercialmente ventajosos, de los inventos” (Noble, 1987: 130).
los laboratorios de las grandes compañías, transformándose así el proceso social de innovación. Y todo ello se materializó gracias a los sistemas de propiedad intelectual: “Hoy predomina la cadena de montaje de inventos, igual que la de producción. Se reúnen las mejoras de varios trabajadores y técnicos, siguiendo las directrices de los abogados y de los directivos, para poder adquirir patentes que permitan dominar mejor un área de producción” (Stern, citado en Noble, 1987: 147). El salto, entonces, desde el inventor solitario a los empleados de la compañía modifica a los agentes que gestionan la tecnología y la innovación: es el nuevo papel del inventor-
empleado (Noble, 1987: 148). El “combustible del interés” se separó de la “llama
del ingenio” durante la “era heroica de la invención americana” (acuñado por Sprague de Camp): los empleados de las compañías ya no podían explotar el fruto de su inventiva pero comían regularmente intercambiando conocimiento por salario fijo. Comienzan, por tanto, a extinguirse los inventores aislados en favor de los grandes laboratorios industriales: “Las patentes concedidas a individuos aumentaron significativamente entre 1900 y 1916, pero a partir de entonces el papel del inventor solitario se debilitó al afianzarse firmemente el aparato de las compañías encargado de controlar las patentes, que se fortaleció durante la guerra.” (Ibid, 150). Las raíces de estos cambios, que no veremos con detenimiento y que son motivo de debate sociológico, tienen que ver con las nuevas concentraciones de capital (la sociedad corporativa en auge) y con la aplicación de la ciencia y la técnica a los procesos productivos (Galcerán y Domínguez, 1997: 63-69 o Boyer y Freyssenet, 2003: 67- 82).
El breve inciso histórico anterior conduce a la situación actual en la que se generalizan y naturalizan las ligaduras y las ataduras existentes entre la PI y el mundo corporativo. Como anuncia la Directora General de la Oficina Española de Patentes y Marcas:
“La propiedad intelectual, y en particular las patentes, pueden ser una buena herramienta de ayuda a la competitividad, ayuda en la buena dirección de no basar esa competitividad, al menos exclusivamente, en reducciones relativas de costes, cada vez más difíciles. La competitividad basada en la calidad, servicios e innovación es la del futuro y ahí las patentes pueden realizar una aportación de gran interés.” (Mogín, 2005: 7).
O en las entrevistas realizadas:
“Las empresas necesitan esa protección de la propiedad industrial para ser competitivas en el mercado… las empresas que quieren llegar a ser algo en el mercado lo tienen muy difícil pero sin propiedad industrial lo tienen imposible.” (E12)
Ello nos aboca irremisiblemente a la teoría schumpeteriana de la innovación, donde la figura del empresario arriesgado y emprendedor se convierte en su eje fundamental (en el vocabulario anglosajón, el innovador-entrepreneur, Hughes, 1989: 64). Frente al empresario capitalista weberiano, intramundano, disciplinado y sacrificado por su profesión, Schumpeter (Swedberg, 1991; Gislain y Steiner, 1995; Loasby, 1999 y Tisdell, 2000) propuso un sujeto del cambio económico radicalmente distinto donde el empresario representaba un rol fundamental (ver, especialmente, Swedberg, 1991b: 406-428). No estaríamos ante un asceta calvinista (Weber, 1997 o González León, 1998) sino ante un movimiento perpetuo de decisión arriesgada, de “creación destructiva” y de riesgo emprendido193. Para sobrevivir hay que innovar, anticipándose a las exigencias del mercado: “Las empresas son innovadoras o no existen” (Schumpeter, 1939). Ese “espíritu empresarial” es la semilla o el motor del cambio económico (y social)194. La élite corporativa, entonces, vendría revestida de ciertos aires de invención atrevida y estratégica, fomentando la aparición de ciclos económicos. No nos interesa especialmente la pura teoría económica en este caso, sino señalar la idea de que la idealización schumpeteriana (Santos Redondo, 1997: 129 y ss.) del innovador moderno ha penetrado en los discursos sociales mucho más de lo que parece. Las imágenes sociales de la modernización y el desarrollo tecnológico vienen mediados por esta connotación positiva de los héroes
193 Considérese como ejemplo el siguiente texto y su retórica romática y épica: “Innovar también es una actitud ante la vida, inherente a la valentía emprendedora de quienes asumiendo riesgo económico, profesional y personal, deciden embarcarse en la aventura de poner en marcha una empresa.” (Revista “Carácter Emprendedor, nº 0, 2006, pág. 6).
194 Dicho por un experto: “Schumpeter introduced the idea that the incentive to gain a post-innovation legal monopoly was not the primary determinant of investment in technology, but rather that a concentrated market structure with large scale firms was the precondition to innovation-driven growth.” (Benkler, 2001: 271n13)
innovadores, auténticos promotores del bien común195. Si a ojos de Schumpeter la actividad innovadora es la fuerza más importante del crecimiento capitalista, a ojos de la opinión pública también lo es del bienestar social. Un empresario promotor puede (y debe) ser motivado externamente a asumir el riesgo de introducir una nueva idea en el mercado si le garantizamos una posición monopolística mediante patentes que logrará por ser el primer entrante en el mercado y que asegurará beneficios futuros. En resumen, bajo competencia perfecta la innovación desempeña un rol crucial en el ciclo económico, lo que se produce gracias a la figura del ingeniero. Pero la función social de la innovación también viene implementada por el papel de empresario, que es quien canaliza la energía creativa del anterior.
Más allá de sus aciertos o errores, Schumpeter (a pesar de reconocer su separación circunstancial) inauguró una época a partir de la cual la complementariedad entre actividad empresarial e inventiva se muestra indiscutible. Ello ha permitido a la teoría económica oscilar entre los modelos de innovación exógena (exterior al sistema económico) y endógena (interior a los propios agentes económicos, las empresas fundamentalmente). No es una discusión que ahora nos interese, pero merece la pena reseñarse. Aunque sí nos interesa señalar que el cambio conceptual de la innovación exógena a la endógena ha sido histórico, interiorizándose en el corazón de la actividad empresarial. El cambio técnico deja de pensarse desde fuera de la economía y se institucionaliza y normaliza como búsqueda esencial de beneficios.
195 Un ejemplo de exaltación o idealización del “emprendedor” sería el estilo de la siguiente noticia: “Elogio del emprendedor. Se lo juegan todo a una carta, con independencia del resultado. Pero las creaciones exitosas requieren algo más que una idea brillante para triunfar. La perseverancia es cosa de emprendedores. Cada día, en diferentes lugares del mundo, miles de ciudadanos anónimos depositan su esperanza, su ilusión y su talento en el simple acto de constituir un proyecto empresarial con un propósito fundamental: generar prosperidad, generar riqueza.” (El País Digital, 21/11/2006). O también: “Tener una idea en la cabeza, analizar las posibilidades de hacerla realidad, o disponer de capacidad para enfrentarse a los riesgos, son algunos de los puntos que cualquier emprendedor debe tener en cuenta antes de ponerse en marcha para crear su empresa. Además, hacerse con buenas herramientas tecnológicas, como Internet o disponer de un buen sistema de telefonía móvil para estar conectado con sus clientes es algo básico para comenzar con cualquier proyecto.” (Expansión, 14/12/2006, edición electrónica).
2.2.5 Dos modelos de innovación: Schumpeter frente a la Teoría del Actor-Red y