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Hacia el fin de su vida, Francisco empezó a tener grandes temores sobre la Orden y el materialismo y egoísmo que veía penetrar en la Fraternidad. Un día se hallaba tan deprimido que empezó a dudar de sí mismo.

Subir más alto, siempre más alto; nunca una cuesta que bajar en ninguna parte. Francisco se preguntaba con inquietud cuándo vendría una bajada, o si ese momento de declive llegaría alguna vez. Cristo había luchado tanto y por un tiempo tan largo para nacer en él, y su preocupación por los frailes había durado tantos años que hasta perdía la esperanza a veces de ver el día del Señor en su ancianidad. Este pensamiento lo atormentaba también. ¿Por qué se consideraba ya viejo? ¿Adónde se había ido la alegría que siempre lo había rejuvenecido?

Francisco sabía, pero no quería admitirlo, que había sucumbido a la mayor de todas las tentaciones: la de creer que la Orden era suya, que él estaba a cargo, en vez de Cristo. Había visto a tantos de sus frailes que se habían amargado de esa manera. Y ahora él se encontraba en la misma marisma que ellos. Otra vez había empezado a sentirse dueño y señor de sus sueños. Todo le había venido de Cristo y ahora él actuaba como si el Sueño, la inspiración, todos fueran suyos, y que sería mejor que nadie se atreviera a manchar este ideal suyo, esta inspiración originalmente suya.

Francisco se echó a reír de la ironía de esta situación. Él, que había venido tan lejos con Jesús, retrocedía ahora para volver a ser lo que había sido cuando vendía telas en la tienda de su padre. ¡Cómo hubiera querido que Fray León estuviera ahora a su lado! León le diría lo pecador que era en realidad y lo egoísta que era todo este desorden. ¡Si sólo hubiera podido darse cuenta de que Jesús estaba casi tan inquieto por la Fraternidad

como él mismo! Se acordaba de sus propias palabras piadosas a los frailes sobre que la tristeza y la melancolía eran la obra del diablo y que si cualquier fraile se sentía descorazonado debía ir a confesarse inmediatamente. ¡Qué absurdo! ¡Qué diferentes se ven las cosas cuando eres tú el que estás deprimido! Todo este asunto se ponía tan ridículo que pensó en salir de la ermita y hacer algo chistoso, como algunas de las tonterías que se le ocurrían anteriormente para hacer que los frailes se maravillasen y se distrajesen y evitar así que se tomaran demasiado en serio.

Así es que Francisco salió de la ermita y corrió cuesta abajo. Cuando llegó al bosque, cogió dos palos y empezó a imitar a un violinista que tocara pequeñas piezas de violin para todas las ardillas del bosque entero.

El montañés

Suponía Francisco que, de repente, la gente se sentía terriblemente sola. El se encontraba con algunas personas que llevaban una expresión en la cara que parecía decir que acababan de volver de algún desierto y que deseaban que alguien las hubiera reconocido o las hubiera extrañado. Quizás era porque se sentía tan cerca de cada ser humano que creía que lo estaban esperando a él. Toda su vida había sentido cierto parentesco con otras personas y le encantaba su compañía. No siempre, naturalmente, o nunca hubiera vivido por tanto tiempo en grutas ni hubiera vuelto tan a menudo al monte Subasio.

En las montañas todo era más simple, y Francisco tenía que enfrentarse con su propia soledad, como le parecía que todos debían hacerlo de vez en cuando. Nunca había sido su inclinación obstinarse en pensamientos morbosos sobre sí mismo y hasta cuando estaba solo en la montaña pensaba más en Cristo que en sí mismo.

Con Jesús, especialmente, la relación de Francisco siempre había sido profunda y constante. Se paraba al pie del monte Subasio y saludaba con la mano, como si Jesús, solo en su gruta en la cumbre, estuviera allí de pie a la entrada, esperándolo, anhelando oír donde había estado y qué había sucedido desde la última vez que habían compartido la gruta. Subía corriendo y se metía en la gruta de un salto, y se prosternaba sobre la piedra fría donde Jesús había descansado esperando su regreso. La austeridad de todo esto, la pobreza, la aspereza de la vida allí en la cumbre, lo entusiasmaban hasta la médula de su alma.

Francisco sabía que el hombre de la montaña en él les parecía un fanático a algunos de sus frailes. Opinaban que no era sino una prueba de resistencia. Temía también que algunos de ellos fueran demasiado delicados para seguirlo a la montaña. Agotarían sus escasas fuerzas tratando de imitarlo, mientras que las grutas frías y la penitencia rigurosa no tenían más efecto que enajenarlos y asustarlos con sus viejos demonios que echaban sombras aterradoras sobre las paredes húmedas. A veces notaba en sus ojos esa mirada espantada, solitaria que decía simplemente que lo habían seguido a la montaña para encontrar lo que él había hallado, pero que en vez de eso sólo se habían encontrado a sí mismos.

Era entonces que se sentía más apegado a ellos; porque ese vacío en el desamparo podía ser el preludio de la presencia del Hombre de la Montaña, Cristo, quien los colmaría. Sería entonces que se sentirían libres de Francisco y estarían listos para encontrarse con Jesús. Por fin serían francos, receptivos, vacíos de toda ilusión y de todo ensueño vano. Si llegaban a ese punto y si tenían la fuerza de perseverar, serían liberados del sentimiento de soledad y de toda dependencia para siempre.

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