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1. INTRODUCTION

2.4 Data Sources and Test Measures

2.4.3 Neuropsychological Test Battery

Cuando Colón llegó a América, inmediatamente comprendió que los indígenas escondían a sus mujeres y éstas, a su vez, también se dieron cuenta de que la resistencia no podía durar mucho. En el segundo viaje a La Española, Colón ya se encontró con que sus hombres habían raptado mujeres a los indígenas y en represalia éstos los habían asesinado y no era más que el comienzo de la conquista.

Desde muy pronto el conquistador mantuvo con la india o la negra relaciones sexuales indiscriminadas y abusivas que fueron parte decisiva de este proceso de colonización. La explotación colonial, en América se caracterizó, sobre todo, por la promiscuidad sexual de la que vino acompañada.

El mestizaje, discriminatorio en todas partes, fue un proceso muy idealizado en Paraguay, cuando, en realidad, se verificó en la mayor parte del continente, aunque intensificado por la política en favor del matrimonio mixto, cuya aplicación se explica en gran parte por la posición geográfica del país que dificultó el acceso de mujeres europeas.

A menudo se admira a España, como a Portugal por su disposición a mezclarse con las poblaciones nativas. Sin embargo, no hay que olvidar que el mestizaje ha tenido un carácter político manipulatorio, engendrado por la fuerza y con carácter de explotación. Se alegaba como motivo principal el deseo de cristianizar a la población, pero en la actualidad, la sinceridad y éxito de la empresa siguen siendo cuestionados, aunque las intenciones de evangelización continúen hasta hoy. Y aún, si se hubiese dado en las mejores condiciones ese proyecto colonial de mestizaje racial, el carácter libre, independiente y flexible del guaraní siempre se hubiera opuesto a la dominación por la fuerza, y la explotación por la opresión.

Con respecto a la legislación del imigrante, las leyes que se conservan en los Archivos de Indias de Sevilla eran muy estrictas, y en un primer tiempo no estaba permitido que hubiese mujeres solteras sin acompañante, salvo como criadas. A partir de 1518 se exigió un certificado de “pureza de sangre”. La autorización para ir a América era personal, intransferible y válida sólo por dos años. Para emprender el viaje se necesitaba un gran coraje. En primer término había que tramitar la licencia, luego negociar el precio, y finalmente lo más terrible, la dureza del viaje en sí. Cada uno debía transportar consigo lo que fuera necesario para el viaje. Las condiciones eran lamentables desde todo punto de vista. Eugenio de Salazar relata la falta de comodidad e higiene: “pegados unos

con otros; y así junto a uno que reguelda, otro vomita, otro suelta los vientos, otro descarga las tripas...”.

La Corona prohibía a los hombres casados embarcarse sin sus mujeres, salvo autorizacion especial renovable al cabo de tres años. La transgresión de las leyes era muy frecuente y el flujo clandestino imposible de calcular. El americano Peter Boyd- Bowman (1966,1968), ha seguido, desde 1493 a 1600, el destino de casi 55.000 emigrantes españoles en América y ha estimado que la presencia femenina fue bastante importante; representó el 20 po ciento del total de la emigración legal o clandestina . Las primeras en llegar a América fueron oficialmente autorizadas por los Reyes Católicos para viajar con Colón, por la Real Cédula de 1497. A estas treinta primeras mujeres que llegaron a las Indias les siguieron, en las décadas inmediatas, dentro del porcentaje total de viajeros,

un cinco y medio por ciento y a fines del siglo XVII alcanzaron el veintisiete por ciento. Las Ordenanzas de 1564 limitaban la partida de dos naves por año en el siglo XVI. En ese entonces llegaban al Perú por Panamá, mientras que a partir el siglo XVII se abrió el puerto del Río de la Plata, con un número de pasajeros sensiblemente menor.

En 1550 un contingente de cuarenta mujeres, jóvenes en su mayoría, vino con la expedición de doña Mencia Calderón, viuda de Juan de Sanabria, adelantado del Río de la Plata. Desde las costas brasileñas continuaron a pie hasta Asunción donde llegaron cinco años después de haber dejado España. Cuatro mujeres que acompañaron a Alvar Nuñez Cabeza de Vaca realizaron la misma proeza. Con Don Pedro de Mendoza llegaron once y con el adelantado Ortiz de Zarate treinta y cinco más.

Cuentan que Don Jorge de Mendoza, hermano del Adelantado, trajo a escondidas una mujer acompañada de su criada. Cuando la descubrieron, la casaron con Don Jorge, pero ambas tuvieron que desembarcar porque el capitán se negó a tenerlas a bordo.

Más de la mitad de las mujeres que vinieron a América eran originarias de Andalucía; le seguían en número las originarias de Castilla y Extremadura. Varias eran “cristianas nuevas” de origen moro o judío. Además, como en esa época se acostumbraba a traficar con esclavos de origen búlgaro, armenio, sirio o turco, muy probablemente algunas de ellas vinieran en estas naves. En cualquiera de los casos, en su mayoría, eran solteras que venían a América con la idea de encontrar marido.

El español eligió a las indias como concubinas y prefirió a la europea como esposa aunque esta fuese una prostituta. Las viudas igualmente eran muy cortejadas. Es común encontrar en las crónicas nombres de mujeres viudas casadas en segundas nupcias o doncellas que aceptaban como esposos a “viejos podridos”, según palabras del Inca Gacilaso de la Vega, en espera de heredar muy pronto los indios que aquellos le dejasen por las encomiendas, y después poder escoger “el mozo” que quisieran.

Como era un gran riesgo afrontar el océano con sus peligros, los casados no venían con sus esposas ni las podían hacer venir a América fácilmente, por lo que a pesar de la orden de venir acompañados de sus esposas, ésta no se cumplió y el concubinato se convirtió en la regla de vida matrimonial. Por cierto, Carlos V, la Inquisición y el poder eclesiástico no pararon en sus intentos de querer moralizar las costumbres cada vez más relajadas, que concernían tanto al conquistador como al propio clero.

En su estudio “El matrimio en Indias”, (1977) Daisy Ripodas Ardanaz señala que tanto en las Antillas como en el Continente la cantidad de españoles casados con blancas era netamente superior al de casados con mujeres de color. La mujer blanca daba al hombre un prestigio social necesario para aspirar a altos cargos; en consecuencia, era frecuente el repudio del hombre hacia sus concubinas indias; después de años de convivencia y varios hijos, en el momento de casarse las rechazaban para elegir una española. Es muy citado el caso del padre del Inca Garcilaso de la Vega, o el de Hernán Cortés, quienes repudiaron a sus concubinas indígenas, éste último casó a su concubina con un capitán. Por el hijo que le diera ella le quedó muy agradecida, pero también por casarla con “un caballero como Juan Jaramillo”.

En 1526 la Real Cédula expedida por Carlos V favoreció la instalación de prostíbulos, y al efecto desembarcaron unas cuantas españolas pero muy pronto se encontró en ellos una mayoría de mestizas o mulatas. Según Ulloa, el tipo de prostitución a la europea no existía, pues como bien dice Mörner, en ese entonces en América la prostitución era una consecuencia natural de la extrema

promiscuidad.

A partir de 1502, el matrimonio entre españoles e indias no sólo fue explícitamente permitido sino recomendado por la iglesia y a veces por la Corona. No obstante, como dijimos, pocos españoles lo contraían, y éstos pertenecían a las capas sociales más bajas. Aunque la indígena fuese “libre” en relación a la esclava, por su condición de pagana podía poner la “pureza” de la estirpe y de la religión en peligro. A pesar de todo, las uniones libres o el concubinato con las indígenas era inevitable y se convirtió en la forma de vida normal, era difícil que la esposa lograse reinstalar en el español el tradicional hábito de fidelidad conyugal.

A mediados del siglo XVI la Corona, influida por los religiosos, lanzó una política de separación de residencia entre colonos e indígenas, negros o mestizos, con el propósito de proteger a los indios. Esta Orden, incluida en la recopilación de las Leyes de los Reinos de las Indias de 1680, resultó un fracaso por el desastroso descenso de la población indígena hacia finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, que hizo que los mestizos invadiesen sus tierras y generalizaran el mestizaje.

En una sociedad enteramente rural como la paraguaya, la dicotomía entre terratenientes y campesinos determinó las diferencias sociales, que no siempre se restringían a criterios raciales rígidos. La discriminación racial que se confirmó en el Paraguay, fue un fénomeno, según Morner, que perduró, fundamentalmente, en los sectores urbanos. La realidad fue tan vaga y compleja que es difícil quedarse con la simplista caracterización social de las prácticas discriminatorias, que sitúan a los de piel blanca entre los dirigentes y a los de piel oscura entre los más desfavorecidos. Se tiene tendencia a olvidar, como confirma Paola Antolini (1993), que también la mujer española se encontraba en todas los estratos de la sociedad colonial. El hombre español igualmente perteneció a las clases desfavorecidas, pero se trata de destacar que, si bien la realidad histórica del mestizaje ha podido marcar grados de diferencias entre los pueblos, la importancia del papel femenino en el proceso de aculturación fue algo que los identifica a todos.

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