La forma de entender que tenemos de cómo los adolescentes de cualquier orientación experimentan la sexualidad es asombrosamente primitiva. Tampoco sabemos gran cosa sobre cómo se establece la conexión entre el ámbito de su sexualidad y el de su vida en general. La atracción sexual se entiende como exci- tación física o como arranques eróticos, amorosos, espirituales, psicológicos o emocionales. Los adolescentes pocas veces mencionan su conducta sexual como característica que defina su yo sexual. Esta desconexión es algo de espe- rar. Paula RODRÍGUEZ RUST señala que las personas pueden tener fantasías románticas sobre una chica mientras practican el sexo con un chico, pueden flir- tear con una chica mientras desean en secreto a su novio, y se pueden casar con un hombre sin dejar de practicar el sexo con una mujeri59.
Creo que en primer lugar debemos evaluar por separado cada dominio, y no tratar implícitamente a uno de ellos como representante de otro. Si nos seguimos inclinando por lo último, consideremos el informe de 1992 sobre los estudiantes de Minnesotai60:
•nSólo el 1% tenía una experiencia sexual con personas de su mismo sexo, pero la mayoría de esas personas también tenía una experiencia hetero- sexual.
48 La nueva adolescencia homosexual
57nLIPPA, 2000. 58nL
OCKy STEINER, 1999a. 59nRODRÍGUEZRUST, 2001. 60nREMAFEDIy cols., 1992.
•nLas probabilidades de que una persona gay hablara de sexo heterosexual eran las mismas que las de una persona que se identificaba como heterosexual. •nDe quienes tenían una conducta sexual con personas del mismo sexo, sólo
el 27% se identificaba como gay.
•nEn total, el 1% se identificaba como gay, aunque pocos de ellos hablaban también de conducta con personas del mismo sexo.
•nCasi el 5% decía que se sentía atraído principalmente por personas del mismo sexo; de ellos, sólo el 5% se identificaba como gay.
•nLa correlación entre una identidad sexual gay y una orientación hacia per- sonas del mismo sexo era increíblemente baja: 0,1% en el caso de las chi- cas y 0,3% en el de los chicos.
Si estos datos nos dejan indiferentes, si las estadísticas no nos impresionan y seguimos sin creernos tan sorprendente realidad, veamos la Figura 2.2. en la que Lisa DIAMOND muestra la relación entre la atracción sexual y la conducta sexual en un grupo de mujeres jóvenes a las que estudió durante 8 añosi61. La
línea diagonal representa el posicionamiento perfecto entre las dos; los puntos corresponden a las personas del estudio. Hay una relación entre las dos, pero dista de ser perfecta.
Pese a lo que podamos desear, la sexualidad raramente está perfectamente alineada durante los años de la adolescencia y tal vez ni siquiera más allá de ellos. No deberíamos ignorar estas complejidades y contradicciones de la sexua- lidad con personas del mismo sexo cuando aparecen en nuestros datos o en la persona que tenemos enfrente. ¿Pero qué puede hacerse con ellas?
49 ¿Quién es gay, lesbiana o bisexual?
61nL. M. DIAMOND, comunicación personal, 12 de marzo de 2004.
Figura 2.2.NRelación entre la atracción sexual de las mujeres y su conducta sexual.
Conducta sexual con personas del mismo sexo durante 8 años
Atracción por personas del mismo sexo durante 8 años 100 75 50 25 0 0 25 50 75 100
Si lo que más nos impide comprender la sexualidad adolescente son los dife- rentes significados y conexiones asociados a diversos factores sexuales, enton- ces necesitamos estudios que evalúen estos significados y conexiones. ¿Cómo es la experiencia que los jóvenes de distintas convicciones sexuales tienen de los sentimientos hacia personas del mismo sexo, el conocimiento de ellas y las inte- racciones con ellas? ¿De qué forma contrastan estas experiencias con los com- ponentes heterosexuales de esos jóvenes? Un enfoque innovador sería incorpo- rar a los estudios a adolescentes de orientación heterosexual, en especial a quienes hablan de una atracción por personas del mismo sexo y de la corres- pondiente conducta.
Es posible que los adolescentes con mayor grado de una orientación subya- cente hacia personas del mismo sexo busquen actividades con estas personas con mayor regularidad y deseo, y sean más propensos a optar por ellas frente al contacto con las del sexo opuesto. Esto sería menos cierto en el caso de los bise- xuales. Por ejemplo, en el estudio de Vermont sobre los centros educativos no universitarios públicos, más de la mitad de los chicos con experiencias con per- sonas de su mismo sexo decían que habían tenido no sólo un compañero, sino más de cuatro distintos. Poco más de la mitad de los chicos que se identificaban como gays o bisexuales, y tres cuartas partes de las chichas que lo hacían como lesbianas o bisexuales, decían haber tenido relaciones heterosexualesi62. Sin
embargo, estos encuentros tienden a producirse a una edad más avanzada, con menos compañeros, y por razones menos “lujuriosas” que en el caso de sus encuentros con personas del mismo sexoi63. Entre las jóvenes, el único indicador
importante de una futura identidad sexual orientada a personas del mismo sexo era sentir mayor atracción por las personas del mismo sexo que por las del opuesto, lo cual, si la conducta sexual masculina se sustituye por la atracción femenina, reproduce los datos del estudio de Vermonti64.
Otro esfuerzo útil sería distinguir las características de los adolescentes que tienen predominantemente una orientación sexual hacia personas de su mismo sexo, y determinar cuáles de estos adolescentes adoptan una conducta acorde con esa orientación o se identifican como una minoría sexual. Quizá algunos indi- cadores de la infancia puedan predecir la identificación gay o la conducta sexual con personas del mismo sexo mejor que otros, o tal vez cuanto más tenga uno de esos indicadores mayor sea la probabilidad de que se identifique como gay o adopte la conducta correspondiente. Pudiera ser que el hecho de que uno posea unas determinadas características refleje fuentes diversas de la formación de la orientación sexual. La única variable de la infancia que ha recibido aunque sólo sea un atisbo de atención ha sido el grado en que la persona posee estas carac- terísticas sexuales atípicas, sea en la forma de moverse asociada a un sexo (“Este chico anda como una chica”), en la personalidad (“Es una chica demasia- do extrovertida”), los intereses (“Este chico juega con muñecas”) o la carrera pro- fesional (“Una mujer ingeniero”). Pero Lisa DIAMONDaveriguó que los factores típi- cos de la infancia y la adolescencia que predicen la homosexualidad entre los
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62nD
URANT, KROWCHUKy SINAL, 1998. 63nSAVIN-WILLIAMS, 1998a.
chicos, como el del contacto sexual con otros chicos a una edad temprana, muy pocas veces aparecían en las historias de las mujeres a las que atraían otras mujeresi65. O bien la tarea de predecir la orientación sexual de la mujer es más
difícil, o no hemos sacado a la luz aún las variables de la infancia/adolescencia que son relevantes para la joven. En cualquier caso, es evidente la importancia de la sensibilidad al género.
Las consideraciones culturales complican aún más estas cuestiones. Por ejemplo, las actitudes paradójicas ante la relación sexual entre dos hombres son comunes en muchas culturas latinas, que pueden “permitir” que los hombres eli- jan a otros hombres como compañeros de sexo, siempre que se trate de una acti- vidad privada y realizada con el único fin de satisfacer unas necesidades sexua- les. La expresión pública del amor con una persona del mismo sexo o la profesión de una identidad gay son mucho más controvertidas. Además, el hombre latino puede buscar el sexo gay sin poner en peligro su identidad heterosexual (ni ante sí mismo ni ante los demás, incluida su pareja), si es el agente activo en el sexo anal, y el receptor en el oral. Debe mantener una conducta altamente masculina y no expresar ningún sentimiento hacia su compañero (por ejemplo, no besarlo). A los hombres que consienten en ser penetrados a menudo se los ridiculiza como
jotosi66(marica).
En última instancia, lo que más se necesita, aunque tal vez sea lo más difícil de conseguir, es que los adolescentes proporcionen una información cualitativa y exhaustiva sobre sus experiencias sexuales, y sobre lo que consideran el signifi- cado y la importancia de tales experiencias. La segunda de las mejores alternati- vas sería obtener tal información de adultos jóvenes relevantes que acaben de dejar atrás la adolescencia, estén lejos de casa y sean independientes, pero que no estén demasiado alejados de los recuerdos y las experiencias significativas. Es posible que la combinación de una mayor madurez y la exposición a diversas formas de entender la sexualidad con personas del mismo sexo hiciera que los entrevistados mostraran mejor disposición a hablar abiertamente de sus senti- mientos y experiencias sexuales.
Lamentablemente, gran parte de los estudios sobre los adolescentes gays han ignorado a los otros muchos que tienen sentimientos homoeróticos. Como decía un investigador, esto nos ha llevado a investigar “no la homosexualidad, sino la auto-identificación como homosexual”i67. De modo que la gran mayoría de
estudios citados en este libro se ocupan de quienes se identifican como gays, les- bianas o bisexuales. Tal realidad no supondría problema alguno si estos mismos jóvenes pueden representar realmente a quienes no se auto-identifican como tales.
La actual generación de adolescentes nos da razones para dudar de tal supuesto.
51 ¿Quién es gay, lesbiana o bisexual?
65nD
IAMOND, 1998.
66nCARBALLO-DIÉGUEZ, 1997; CARRIER, 1995; MANALANSAN, 1996; SAVIN-WILLIAMS, 1996. 67nMCCONAGHY, 1999, págs. 296, 302.
El paso de no haber adolescentes gays a que los hubiera en gran cantidad prácticamente cogió desprevenidos a los especialistas en el desarrollo del ado- lescente. Para los profesionales de la medicina, fue un duro golpe inventar adolescentes gays, establecer en su profesión una conciencia de la existencia de tales jóvenes y una sensibilidad hacia ellos. La evolución del adolescente gay desde sus humildes inicios a principios de la década de 1970 no ha sido del todo imprecisa, a pesar de que los expertos, a menudo con la mejor de las intencio- nes, muchas veces han presentado a estos adolescentes como personas irre- mediablemente víctimas del sufrimiento y con inclinaciones suicidas. Ajenos a estos conocimientos sobre cómo se supone que se sienten, actúan y piensan, millones de adolescentes a quienes atraen personas de su mismo sexo siguen viviendo a diario con las mismas alegrías y las mismas penas que cualquier otro adolescente.
Se puede decir que la forma de entender de los profesionales a la adoles- cencia gay ha evolucionado a lo largo de cuatro períodos:
1.NLas décadas de 1970 y 1980. En esos años, se reconoció la adolescencia
gay como una categoría diferenciada de la adolescencia “normal”, casi como si la juventud gay pudiera constituir una especie distinta.
2.NLas décadas de 1980 y 1990. En estas décadas, al adolescente gay se le
asigna el papel del “suicida que sufre”; con ello se supone que reciben orientaciones sobre lo que pueden esperar de su vida.
3.NPrincipios de la década de 2000. En la actualidad, se abre paso lenta-
mente la aceptación de la posibilidad de que entre los adolescentes gays haya personas de gran resiliencia, capaces de adaptarse y orgullosas de su condición.
4.NEl futuro. Cabe esperar que, en el futuro, deje de existir la adolescencia
específicamente “gay”, y que los individuos que se sientan atraídos por otros de su mismo sexo estén orgullosos de ser personas completamente corrientes, ni mejores ni peores que los demás adolescentes.
52 Título capítulo
CAPÍTULO III