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5.3 Applying Our Framework to Rocketship

5.4.1 Noise Adjusted Flat Benchmark

Tanto la teoría como la práctica del Romanticismo inicial hubieron de llegar a Francia de la mano de dos emigrados: la suiza madame de Staël, casada con un embajador sueco, continuamente exiliada de Francia; y Chateaubriand, viajero incansable que vivió la Revolución desde Londres y que regresó a su país para dominar la vida literaria y política con su tono conservador. Ambas figuras representan en Francia la transición al Romanticismo, abandonando en buena medida los precedentes prerrománticos nacionales y apostando por un Romanticismo de deuda extranjera.

a) Madame de Staël

Hija de un banquero ginebrino, Germaine Necker (1766-1817) se convirtió en madame de Staël por su matrimonio con el barón sueco de Staël-Holstein. Comprometida políticamente en varias ocasiones —fue una de las más contumaces enemigas personales de Napoleón—, en sus diversos destierros conoció prácticamente toda Europa; en Inglaterra publicó su obra más influyente, Sobre

Alemania (De l’Allemagne, 1810), donde expone los principios del Romanticismo y

propone un acercamiento a la cultura alemana, de la que destaca como notas significativas el idealismo, el rechazo de las normas artísticas, el individualismo y su expresión literaria y la tendencia a la reflexión sobre problemas existenciales y religiosos. En definitiva, en Sobre Alemania no deberemos buscar una gran exposición de los ideales y la teoría románticos; tampoco existe una vehemente defensa de principios ni de sus manifestaciones artísticas; pero sí el buen juicio — como racionalista que era en el fondo— de una mujer que supo comprender el alcance de la nueva literatura y su peso en el desarrollo cultural de la Europa contemporánea.

Menos interesantes hoy día, debemos citar otras dos obritas de madame de Staël: la novela Corinne (1807) es una curiosa reivindicación feminista centrada en la aventura vital de la protagonista, una joven que renuncia a familia, fortuna y amor por vivir de acuerdo con su propio ideal social y estético; hay en la obra mucho de

racionalismo dieciochesco —quizá también exista algo de autobiográfico— y, como resultado, un excelente estudio, por encima de todo pintoresquismo, de la vida europea de principios del XIX. Su estudio Sobre la literatura (De la littérature, 1800) es un precursor avance de la crítica literaria social; en él expone la necesidad de desvincular el estudio de las letras de una norma inamovible, para proponer la consideración de los factores sociales e históricos como determinantes en el desarrollo de las correspondientes literaturas nacionales; de este modo, Staël sentaba las bases de la relatividad estética, y no sólo contempló la historia literaria desde una nueva perspectiva, sino que también apostó por una nueva literatura atenta a sus propias circunstancias.

b) Chateaubriand

La figura del vizconde François-René de Chateaubriand (1768-1848) hace en Francia de efectivo engarce entre los siglos XVIII y XIX; precursor del Romanticismo, su tendencia al más ingenuo sentimentalismo lo convierte en deudor de la tierna sensiblería dieciochesca (y, concretamente, de Rousseau y Saint-Pierre), del mismo modo que su altanería y su escepticismo individualista le debe mucho —casi paradójicamente— al espíritu voltaireano: independiente e imaginativo, buscó una fama literaria que sólo le llegó en su madurez para convertirse en punto de referencia obligado para el Romanticismo francés, pero más por sus valores estéticos que por los estrictamente ideológicos. Efectivamente, el pensamiento de Chateaubriand incomoda aún hoy al historiador de la literatura, pues fue el primero en hacer del cristianismo un modo estético de vida; su obra supone una curiosa conciliación entre espíritu cristiano y mundo moderno, precisamente en una época y en un país donde el laicismo estaba dando forma a una nueva sociedad; pero, a la vez, de Chateaubriand no podemos decir que sea un pensador riguroso, y mucho menos ortodoxo: sus ideas sobre el cristianismo no dejan de ser particularísimas, pues, careciendo de profundidad, están enraizadas en un dulzón sentimentalismo y en un moralismo individualista que adelantan decididamente cierta versión tradicionalista del Romanticismo europeo.

La práctica totalidad de la obra de Chateaubriand se estructura en torno a un título fundamental, el Genio del Cristianismo (Génie du Christianisme, 1802), una oportunista apología de la religión cristiana justo cuando ésta comenzaba a restaurarse en Francia tras el fuerte momento laicista del siglo XVIII; filosóficamente, el Genio del Cristianismo es una obra endeble, cuya ortodoxia no soporta los envites ni siquiera de la lógica: por el contrario, interesa la yuxtaposición de una postura estética a la religiosa, la subordinación del arte al espíritu; Chateaubriand, que impregna de lirismo su consideración de la belleza espiritual —a través de las bellezas naturales, fundamentalmente—, sienta así las bases del idealismo romántico

en Francia.

Para demostrar la supremacía estética de la vida espiritual en clave cristiana y su validez filosófica como soporte de las nuevas obras literarias, el mismo Chateaubriand compuso dos novelitas que intercaló en el Genio del Cristianismo; ambas, a su vez, provenían de la desintegración de un proyecto más ambicioso, Los

Natchez, una amplia epopeya americana basada en sus propios recuerdos —

fantasiosos en no pocas ocasiones— sobre la experiencia de su estancia en Norteamérica. Así pues, no sólo originariamente, sino también por el argumento y la intención, Atala y René vienen a ser como dos caras de una misma moneda, un díptico sobre un tema único que sólo puede entenderse con una lectura global de ambas obras.

Aunque Atala apareció ya en 1801 como una obra independiente, su función en el seno del Genio del Cristianismo era demostrar la posible armonización entre naturaleza y pasión, por una parte, y sentimiento religioso, por otro: el indio Chactas relata a René una aventura de su juventud, consistente en el suicidio de Atala, joven india cristiana que lo había liberado de sus enemigos y que se había enamorado de él; al estar consagrada por su madre a Dios, prefiere morir virgen antes que realizar el amor al que se siente llamada. Por su parte, René es la confesión de las angustias del protagonista a Chactas: retirado junto a los indios, y casado con una indígena, su melancólico y fatalista estado de ánimo —con el que se identificaron rápidamente todos sus lectores— se debe tanto a la inadaptación con el mundo circundante como al recuerdo del incestuoso amor de su hermana, retirada a un convento. Curiosamente, ni el tema de ambas obras ni su enfoque exotista, ni siquiera el moralismo primitivista y seudorreligioso —en clave de tragedia cristiana—, eran nuevos para los lectores; fue, sobre todo, su estilo lírico y épico a la vez, como si subrayase la sencillez y la grandeza del amor imposible, lo que sorprendió a los contemporáneos, que dejaron sentir muy poderosamente la influencia de Chateaubriand.

Como obras igualmente derivadas del Genio del Cristianismo aparecieron, en 1809 y 1811, respectivamente, Los mártires y el Itinerario de París a Jerusalén; en la primera el autor intenta imponer en los relatos cristianos el elemento maravilloso y la nota pasional, aunque con escasa capacidad de convicción; en cuanto al Itinerario, es un libro de viajes cuyas descripciones, salvo en el caso de las culturas mediterráneas, resultan demasiado planas a pesar de haber recorrido Chateaubriand los paisajes descritos —precisamente, al volver por España, le impresionó Granada, donde ambientó su novela Aventuras del último Abencerraje (Aventures du dernier

Abencérage, 1826)—.

Por fin, las Memorias de ultratumba, redactadas durante más de treinta años y publicadas sólo póstumamente en 1850, constituyen para muchos la mejor producción de Chateaubriand; se trata de una autobiografía donde el vizconde puso al servicio de la historia contemporánea tanto su peculiar óptica personal —de la que

nunca supo librar a su obra—, como posiblemente lo mejor de su estilo: al margen de la retórica clasicista, Chateaubriand demuestra en las Memorias de ultratumba su notable aptitud para la expresión de sus propios estados anímicos —así como su ineficacia en el retrato de todo aquello que no le concerniese directamente—; y así sabe trasponer en una prosa armónica (que le valió el sobrenombre de «El encantador») su propio relieve personal y el de la época que le tocó vivir.

c) Teóricos románticos

El particular desarrollo político de la Revolución Francesa conllevó la aparición de fuertes contradicciones sociales que se dejaron sentir de forma predominante en las artes; la ansiada democratización de las instituciones culturales y la esperada libertad de creación no siempre pudieron llevarse a cabo de la forma que habían sido imaginadas, y de ahí surgió la necesidad de teorizar y polemizar por escrito en torno a las nuevos condicionamientos artísticos.

El emigrado Joseph de Maistre (1754-1821) fue, desde Rusia, uno de los más acerbos enemigos de la Revolución; con su pensamiento reaccionario, expuesto en

Veladas de San Petersburgo (Soirées de Saint-Petersbourg) y en Del Papa (Du Pape), defendió en todo momento los dos pilares fundamentales del Antiguo

Régimen: la monarquía absoluta y el Papado. Heredero no ya del siglo XVIII, sino más bien del XVII francés, argumenta con lógica implacable y en un estilo rotundamente clásico la necesidad de un poder infalible tanto espiritual como temporal.

Por el contrario, Paul-Louis Courier (1772-1825) es un fiel continuador del liberalismo burgués del XVIII francés; como escritor, parece situarse en la línea de fino escepticismo y utilitarismo voltaireano, sobresaliendo su estilo por el atinado clasicismo, en vía satírica, del que sabe hacer gala en panfletos como la Gaceta de la

aldea, la Petición a ambas Cámaras y la Petición en favor de los campesinos.

El más curioso de los libelistas franceses del XIX es, sin duda, Félicité-Robert de Lamennais (1782-1854), demócrata convencido, sacerdote angustiado — continuamente desautorizado por la Iglesia— y escritor influyente en algunas de las más revolucionarias personalidades de la Francia decimonónica. Su obra surge de la difícil conciliación entre creencias religiosas y políticas, dominado tanto por el catolicismo como por el progresismo democratizador: por ello, sus Palabras de un

creyente (Paroles d’un croyant, 1833) intentan demostrar, sirviéndose de tonos y

formas bíblicos —entre ingenuamente evangélicos y proféticamente apocalípticos—, el ideal democratizador que anima los Evangelios cristianos, en una primera expresión del socialismo humanitarista y utópico que ya estaba dando sus frutos en el pensamiento de Saint-Simon.