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Dos naciones entre las cuales no hay relaciones ni simpatía, que ignoran la una de la otra los hábitos, pensamientos y sentimientos, como si fueran habitantes de zonas diferentes, o habitantes de planetas distintos, que están formadas por diferente educación, se alimentan de comida diferente, están regidas por modales diferentes y no están gobernadas por las mismas leyes.

Benjamin Disraeli, 1845[1]

En lugar de unidad entre las grandes potencias —tanto política como económica—, después de la guerra, hay completa carencia de unidad entre la Unión Soviética y los satélites, de un lado, y el resto del mundo, de otro. Hay, en pocas palabras, dos mundos en lugar de uno.

Charles E. Bohlen, 1947[2]

Un planeta único, compartido por superpotencias que distribuían los recursos para borrar la una a la otra, pero que no compartían los intereses en la supervivencia del otro. Hasta aquí, muy bien. ¿Qué clase de supervivencia? ¿Cómo sería la vida bajo cada uno de los sistemas? ¿Cuánto espacio habría para el bienestar económico? ¿Y para la justicia social? ¿Y para la libertad de escoger entre las opciones de vida? La Guerra Fría no era nada más una rivalidad geopolítica o una carrera tras las armas atómicas; era una competencia, también, por contestar estas preguntas. Lo que estaba en cuestión era casi tan grande como la supervivencia humana: cómo organizar del mejor modo la sociedad humana.

“Gústenos o no, la historia está de nuestro lado”, presumió en una ocasión Nikita Jruschov ante un grupo de diplomáticos occidentales. “Los enterraremos.” Gastó el resto de su vida explicando lo que quería decir con esto. No había hablado acerca de la guerra nuclear, pretendió Jruschov, sino más bien acerca de la victoria, históricamente determinada, del comunismo sobre el capitalismo. La Unión Soviética podía en verdad ir a la zaga del Occidente, reconoció en 1961. En una década, sin embargo, la escasez de viviendas desaparecería, los bienes de consumo serían abundantes, y la población del mundo sería “satisfecha materialmente”. En dos décadas, la Unión Soviética “se elevaría a una altura tal que, en comparación, los principales países capitalistas quedarían muy por debajo y atrasados”.[3] El comunismo, sencillamente, era la oleada del futuro.

Las cosas no funcionaron así. Para 1971 la economía de la Unión Soviética y la de sus satélites de Europa oriental, se estancaba. Para 1981, los niveles de vida en la URSS se habían

deteriorado al grado de que la esperanza de vida estaba disminuyendo, un fenómeno sin precedentes en una sociedad industrial adelantada. Para fines de 1991, la Unión Soviética misma, el modelo para el comunismo en todas partes, había dejado de existir.

Las predicciones de Jruschov, según quedó en claro, se habían basado en que ocurriera lo deseado, no en análisis firmes. Lo que es notable, no obstante, es cuánta gente se las tomó en serio en aquel tiempo, de ninguna manera todas comunistas. John F. Kennedy, por ejemplo, halló que la confianza en sí del dirigente comunista era plenamente intimidante cuando se vio con Jruschov en el verano de 1961 en Viena: Kennedy estaba “sencillamente asombrado”, señaló el primer ministro inglés Harold Macmillan, poco después, “como alguien que se encontrara a Napoleón (en la cima de su poder) por primera vez”.[4] JFK no

estaba solo: el comunismo llevaba bastante más de un siglo intimidando a los estadistas y a los Estados que gobernaban. La razón era que había inspirado —y estimulado— a tantos de sus propios ciudadanos, que veían en el marxismo-leninismo la promesa de una vida mejor. La primera parte de la Guerra Fría vio la intimidación y la inspiración en su colmo. Para fines de la Guerra Fría poco quedaba que esperar del comunismo y nada quedaba por temer.

I

El mejor lugar para empezar, en pos de entender el respeto que despertaba el comunismo, así como las angustias que causaba, es otra novela. Su título era Sybil; apareció en 1845 y el autor, Benjamin Disraeli, también llegaría a primer ministro británico. El subtítulo era “Las dos naciones”, que para Disraeli significaba los ricos y los pobres, que coexistían incómodamente dentro de una sociedad en la cual una revolución industrial —el logro supremo de la Gran Bretaña en la media centuria precedente— ensanchaba la brecha entre las dos. “El florecimiento capitalista”, lamentaba un personaje,

amasa inmensa riqueza; nosotros nos hundimos más y más, más abajo que las bestias de carga; pues se alimentan mejor que nosotros, son más cuidadas. Y es justo, pues en el sistema presente son más valiosas. Y sin embargo nos enseñan que los intereses del Capital y el Trabajo son idénticos.[5]

Sybil era una advertencia de que un Estado cuyo progreso económico dependía de explotar a algunos de sus ciudadanos para beneficio de otros se encaminaba a trastornos.

Karl Marx, que vivía en Inglaterra por entonces, atestiguó y advirtió el mismo fenómeno, pero lo hizo por medio de una teoría, no una novela. Como el capitalismo distribuye la riqueza desigualmente, pretendía Marx, produce sus propios verdugos. La enajenación social generada por las desigualdades económicas sólo podía resultar en la revolución. “No sólo la

burguesía ha forjado las armas que conducen a la muerte para sí misma; también ha traído a la existencia los hombres que van a esgrimir estas armas —las clases trabajadoras modernas —: los proletarios.” Los sepultureros del capitalismo tarde o temprano lo sustituirían por el comunismo, un método más ecuánime de organizar la sociedad en la que habría propiedad común de los medios de producción, y en que los extremos de riqueza y pobreza no existirían ya. Tampoco, por lo tanto, habría resentimiento, de modo que la felicidad de la especie humana sucedería al comunismo, proclamaba Friedrich Engels, colaborador de Marx; señalaría “el ascenso del hombre desde el reino de la necesidad al reino de la libertad”.[6]

Esto no era una simple profesión de fe: Marx y Engels también lo vieron como ciencia. El vínculo establecido por Marx entre el progreso tecnológico, la conciencia social y las consecuencias revolucionarias, creían, revelaba la máquina que impulsaba adelante la historia. Ésta era la lucha de clases, y como la industrialización y la enajenación que producía eran irreversibles, esta máquina no tenía manera de retroceder.

El marxismo despertó la esperanza de los pobres, el miedo de los ricos, y dejó a los gobiernos en un lugar entre medias. Gobernar únicamente en beneficio de la burguesía parecía asegurar la revolución, confirmando con ello la profecía marxiana; pero hacerlo sólo por el proletariado significaría que la revolución marxiana ya había llegado. La mayoría de los guías políticos, por lo tanto, combatían, ya fuera en la Inglaterra de Disraeli o en la Alemania de Bismarck, o el país que se industrializaba más aprisa de todos, los Estados Unidos, a fin de preservar el capitalismo mitigándolo en su aspereza. El resultado fue el Estado social benefactor, estructura básica que estaba en su sitio en gran parte del mundo industrializado cuando varios de sus representantes más destacados entraron en guerra entre sí en agosto de 1914.

Cualquiera que fuera el progreso debido a los capitalistas para facilitar las brutalidades de la industrialización, la primera Guerra Mundial mostró que todavía no habían aprendido a conservar la paz. A pesar del desarrollo económico sin precedentes y la interdependencia que lo había acompañado, las grandes potencias de Europa —algunas con los gobiernos más socialmente progresistas de ningún lugar— cayeron en la peor guerra que el mundo había visto jamás. Las grandes cantidades de armas que sus industrias producían hizo posible continuar la lucha por mucho más tiempo del que nadie había esperado. La burguesía, si aparecía ahora, estaba abriendo su propia tumba.

Tal, por lo menos, era la argumentación adelantada por Lenin, al principio desde el exilio, y luego de derribar al zar Nicolás II a principios de 1917, desde dentro de la propia Rusia. Lenin difería de Marx y Engels, sin embargo, en su determinación de pasar de la teoría a la acción: su coup d’état en noviembre —pues eso era— sigue siendo un ejemplo tan

notable como siempre lo fue, de la medida en la cual una persona puede cambiar el curso de la historia. O, como habría planteado la cosa, recurriendo a Marx, por lo cual la “vanguardia consciente del proletariado” puede acelerar la historia hacia su conclusión científicamente predeterminada. Lo que la “revolución” bolchevique significó fue que un Estado había ido más allá tratando de salvar el capitalismo: en medio de una guerra que el capitalismo había iniciado, declaró la guerra al capitalismo mismo. Y si las esperanzas de Lenin y sus seguidores eran correctas, los ciudadanos de otros Estados —amargados ellos mismos por el capitalismo y golpeados por la guerra— no tardarían en apoderarse del poder y hacer otro tanto. La máquina irreversible de la historia lo garantizaba.

Nadie captó la significación de este momento más claramente que el presidente de los Estados Unidos en aquel tiempo, Woodrow Wilson. Entendió, lo mismo que Lenin, el grado al cual las ideas podían mover a las naciones: ¿no había conducido a los Estados Unidos a la guerra en abril de 1917, pidiendo un “mundo seguro para la democracia”? Pero, tal como lo concibió Wilson, semejante mundo no sería seguro para la revolución proletaria, ni sería verdad lo contrario. Rápidamente se encontró haciendo dos guerras: una con poder militar contra la Alemania imperial y sus aliados y la otra con palabras, contra los bolcheviques. Los Catorce Puntos de Wilson en el discurso de enero de 1918, el máximo enunciado influyente de una ideología norteamericana en el siglo XX era una respuesta directa al reto ideológico planteado por Lenin. Comenzó en este punto, por lo tanto, una guerra de ideas —una competencia entre visiones— que se extendería durante el resto de la primera Guerra Mundial, en los años intermedios, la segunda Guerra Mundial y la mayor parte de la Guerra Fría.[7] Estaba en juego la cuestión que había dividido las dos naciones de Disraeli: cómo

gobernar mejor las sociedades en industrialización de tal modo que beneficiara a todo el mundo que vivía en ellas.

II

La posición de Lenin era una extensión de la de Marx: que en virtud de que el capitalismo causaba desigualdad y guerra, ni la justicia ni la paz podrían imperar mientras el capitalismo no hubiera sido derribado. Marx había sido vago acerca de cómo ocurriría esto, pero Lenin había proporcionado una demostración. El partido comunista señalaría el camino, y un solo individuo, como lo había hecho él en Rusia, guiaría al partido. Una dictadura del proletariado liberaría a éste. Como los enemigos de la revolución nunca cederían voluntariamente el poder, aquella dictadura usaría todos los métodos disponibles para ello — propaganda, subversión, vigilancia, informantes, acción encubierta, operaciones militares

ordinarias y extraordinarias, y aún el terror— para lograr sus objetivos. Sus fines justificarían los medios. Esto sería, por tanto, una revolución autoritaria que liberaría a los de abajo dándoles órdenes desde lo alto.

El objetivo de Wilson, como el de Disraeli, era reformar el capitalismo, no destruirlo. El modo de lograr esto, creía, era fomentar la espontaneidad: el problema con el capitalismo era que dejaba a la gente con demasiado poca libertad para arreglar sus propias vidas. Había colaborado con imperios que negaban a sus habitantes el derecho de escoger a sus dirigentes. Había limitado la eficiencia de los mercados mediante el proteccionismo, los precios fijos y ciclos recurrentes de auges y caídas. Y por supuesto —aquí Wilson concordaba con Lenin— el capitalismo no había conseguido evitar la guerra, última negación de la libertad. El plan de Wilson para el mundo de la posguerra fomentaría la autodeterminación política, la liberalización económica y la formación de una organización internacional colectiva de seguridad con la capacidad de asegurar que las rivalidades entre naciones —que nunca desaparecerían por completo— en adelante se arreglarían pacíficamente. Ésta sería una revolución democrática que abriría el camino para los de abajo a fin de que se liberaran.

Lenin, siguiendo a Marx, supuso la incompatibilidad de los intereses de clase: puesto que los ricos siempre explotarían a los pobres, los pobres no tenían otra cosa que hacer sino suplantar a los ricos. Wilson, siguiendo a Adam Smith, supuso lo opuesto: que la búsqueda de los intereses individuales adelantaría los intereses de cada quien, desgastando con ello las diferencias de clase mientras beneficiaba tanto a los ricos como a los pobres. Había, por tanto, soluciones radicalmente diferentes al problema de lograr la justicia social dentro de las sociedades industriales modernas. Cuando comenzó la Guerra Fría, no era nada claro qué iba a imponerse. Para verlo, síganse los legados de Lenin y Wilson, muertos ambos en 1924, durante las dos décadas siguientes.

Wilson, al final de la segunda Guerra Mundial, tendría el aire de ser un idealista fracasado. Se había comprometido tantas veces al negociar el convenio de Versalles en 1919 —aceptando su rudo tratamiento de Alemania, su defensa de las pretensiones territoriales de los aliados victoriosos y su apenas disimulada perpetuación del colonialismo— que difícilmente se habría apoyado la autodeterminación política y la liberalización económica.[8]

Sus propios compatriotas se habían negado a unirse a la creación más orgullosa, la Liga de las Naciones, debilitándola gravemente. El capitalismo había revivido precariamente después de la guerra, para estrellarse en 1929, estableciendo la peor depresión global nunca vista. El autoritarismo, mientras tanto, iba en aumento; primero en Italia bajo Benito Mussolini, luego en el Japón imperial, y finalmente —de modo ominoso— en Alemania, donde, habiendo alcanzado el poder constitucionalmente en 1933, Adolfo Hitler inmediatamente abolió la constitución por la cual lo había logrado.

Los Estados Unidos y las democracias restantes no hicieron ningún esfuerzo serio para evitar la agresión japonesa contra Manchuria en 1931, o la captura por Italia de Etiopía en 1935, o el rápido rearme de lo que era ahora la Alemania nazi, un proceso que para fines de la década había hecho de aquel país la potencia dominante en el continente europeo. Y cuando, como resultado predecible, estalló la segunda Guerra Mundial, los norteamericanos y los ingleses se encontraron dependiendo de la Unión Soviética de Stalin —que a su vez había colaborado con Hitler entre 1939 y 1941— a fin de ganar. La victoria era segura en 1945, pero la naturaleza del mundo de posguerra no lo era. Haber esperado la reivindicación de Wilson, en vista de este inventario, habría parecido, cuando menos, ingenuo: como un precursor de las relaciones internacionales lo planteó a principios de la guerra, “las democracias liberales dispersas por el mundo según el ajuste de paz de 1919 eran el producto de la teoría abstracta, no arraigaron y pronto se disolvieron”.[9]

Lenin, al final de la segunda Guerra Mundial, habría tenido el aire de un realista afortunado. Stalin, su sucesor, había llevado adelante una revolución desde arriba en la Unión Soviética, primero colectivizando la agricultura, luego emprendiendo un programa de industrialización rápida, y finalmente purgando despiadadamente a los rivales posibles, reales e imaginarios. La revolución proletaria que Lenin esperaba no había llegado, pero la urss era, a pesar de todo, a fines de los años treinta, el Estado proletario más poderoso. Y a diferencia de sus correlatos capitalistas, había mantenido producción plena y por lo tanto ocupación plena a través de la Gran Depresión. El surgimiento de la Alemania nazi planteó un grave desafío, por supuesto, pero el pacto de Stalin con Hitler había permitido ganar tiempo y territorio, de modo que cuando la invasión llegó en 1941, la Unión Soviética no sólo sobrevivió, sino que a fin de cuentas la rechazó. Conforme se acercaba la conclusión de la lucha, la URSS iba, física y políticamente, a dominar la mitad de Europa. Su influencia ideológica —dadas estas demostraciones de lo que podía conseguir un sistema autoritario— bien podría ir mucho más lejos.

Pues el marxismo-leninismo en aquella época tenía millones de partidarios en Europa. Los comunistas españoles, franceses, italianos y alemanes habían dirigido la resistencia contra el fascismo. La idea de revolución social —que los de abajo podrían llegar a lo alto— tenía un atractivo extenso, incluso en un país como Polonia, con su larga historia de antagonismo hacia Rusia.[10] Y, dada la devastación causada por la guerra, junto con la

privación que ocasionó la depresión de preguerra, no estaba del todo claro que el capitalismo democrático estuviera a la altura de la reconstrucción de posguerra, no menos porque la mayor democracia capitalista, los Estados Unidos, había revelado pocos deseos en el pasado de asumir responsabilidad por lo que ocurría más allá de sus fronteras.

Roosevelt había tapado, pero no sanado, los problemas económicos de la nación: sólo el gasto de tiempo de guerra lo había hecho, y no había seguridad, a medida que los presupuestos federales se contraían hasta la normalidad después de la guerra, de que la depresión no retornaría. El poder del gobierno se había expandido dramáticamente bajo FDR, pero el porvenir de los mercados, la espontaneidad e incluso —según veían sus muchos críticos— la libertad misma era mucho menos clara. “Tenemos, en conjunto, más libertad y menos igualdad que Rusia”, escribió un observador en 1943. “Rusia tiene menos libertad y más igualdad. Si la democracia debe ser definida primariamente en términos de libertad o de igualdad es fuente de discusión interminable.”[11]

El comentario pudo haber procedido del vicepresidente de Roosevelt, bienintencionado pero inocente, Henry A. Wallace, que siempre hallaba difícil ponerse él mismo de acuerdo en estos asuntos. De hecho, sin embargo, su autor fue el teólogo Reinhold Niebuhr, el teólogo de mente rígida que se recuerda ahora por la resistencia tenaz al comunismo durante la Guerra Fría. Que Niebuhr durante la segunda Guerra Mundial pudiera preguntarse si la libertad o la igualdad debían definir ante todo la democracia, es una ilustración tan buena como cualquier otra de cuán nebulosas eran las perspectivas de la visión de Wilson tal como se veía entonces.

III

La Guerra Fría cambió todo aquello, con el resultado de que Wilson es recordado hoy como un realista profético, en tanto que las estatuas de Lenin se pudren en basureros por todo el anterior mundo comunista. Al igual que la guerra nuclear que nunca llegó, la renovación y eventual triunfo del capitalismo democrático fue un desenvolvimiento sorprendente que poca gente, en cualquiera de los bandos de la división ideológica en 1945, habría previsto. Las circunstancias durante la primera mitad del siglo XX habían proporcionado vigor físico y autoridad política a las dictaduras. ¿Por qué habría de ser diferente la segunda mitad?

Las razones tenían menos que ver con ningún desplazamiento fundamental en los modos de producción, como pudiera haber sostenido un historiador marxista, sino con un desplazamiento sorprendente en la actitud de los Estados Unidos hacia el sistema internacional. Pese a haber construido la economía más poderosa y diversificada del mundo,

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