Chapter 4 The Design Process
4.6 Normal Stress in Beams Experiment Design
¿Qué fue eso que medio sonó, y que pasó por mi frente como el cierzo que atraviesa las naves abandonadas de una iglesia que amenaza ruina?
¿Por qué he sentido, gran Dios, eso que sentirán los moribundos cuando bate sus alas sobre ellos el ángel alevoso de la muerte?
Y otra vez, y otra, y otra, oigo el ruido mudo, parecido al del velo negro que flota en la capilla del condenado a muerte. Tengo miedo, algo como miedo. Prendo la luz y escucho. Todo pasó. Gracias a Dios, durmamos.
¡Ah! ¡murciélago maldito! ¡Eras tú!
¡Fuiste tú! Tú, monstruo físico. Tú, plagio, remedo, copia o parodia de todas las monstruosidades humanas.
Entre los misterios que ofuscan mi imaginación; entre los problemas que confunden las reglas de mi cálculo; entre los imposibles que me asedian, hay uno, pequeño, pero muy grande:
Es el murciélago.
El murciélago hizo delirar a Aristóteles; el murciélago hizo un tonto de Escalígero; el murciélago ha jugado con todos los naturalistas, desde el primer albor del mundo hasta nuestros días; e, incógnita incomprensible, el murciélago jugará con todos, cuando la última partícula del Cosmos ruede a confundirse en el seno del Creador Eterno.
El murciélago es una ecuación de mil incógnitas, sin datos; no hay a, ni b ni c en él: todas son xx.
Animal maldito o problema bendecido, yo no sé qué es el murciélago.
Lo siento algunas veces cruzar mi estancia y batir mi frente con el mur mullo de cierto viento misterioso, mudo, incomprensible.
¿Es el vuelo del alma que, llorando mi ilusión perdida, viene a refrescar mi frente calcinada?
¿Es el lampo de un tizón maldito que viene a requemar mis sienes bajo el falso soplo de un aliento frío?
¡Murciélago! Te lo confieso: te tengo miedo.
Entras a mi alcoba, callado y pavoroso como el remordimiento; visitas mis estancias como alevoso ladrón. Llegas, haces el daño, silencioso, y sólo el día que sigue dejas ver los rastros de tu alevosía.
***
El murciélago es la imagen viva de todas las maldades, de cuando hay grande en el delito y de pequeño en la sutil astucia. ¡Amante que sueñas con el amor de una mujer! Tú que vestiste de luces de arrebol y azul a aquella en quien confiaste, ¿por qué la miras hoy fría y desgreñada y ojerosa y flaca? Es que el murciélago de un amor oculto, chupa calladamente la sangre del corazón en que creíste!
Avaro, ¿Por qué tiemblas? ¡Es porque sientes que el murciélago del robo bate su ala helada en las cerraduras de tus arcas!
¿Por qué lloras, madre que acabas de besar a tu hijo recién nacido? ¡Es porque adivinas en el calor de sus sienes el batir frío del murciélago de la muerte!
¡Sepultura anónima! ¡Revuelto osario! ¡necrópolis callada! ¡templo solitario! ¡bosque sin ruidos! ¡caverna sin murmullos! ¿qué es eso que sin ruido suena y que habla sin voz entre vosotros? Es el ala del murciélago; el viento frío que apaga los calores de la cuna; es la representación de ese hielo que, de los albores de la infancia, vuela a perderse en la soledad del cementerio! ¡Maldito seas! Murciélago; pero no: ¡bendito seas!
Si tu ala traidora dejara un rastro en su camino; si en tu volar silencioso imprimieras en el alma humana la línea gráfica de tus evoluciones, el alma de los poetas líricos guardaría las tristes huellas de tu volar medroso.
¿Quién, sino tú, pudo llenar de luto y de resplandeciente hielo las almas de Ovidio y Byron, de Espronceda y Campoamor?
¡Murciélago! El murmullo sordo que siento cuando pasas, entre sombras, junto a mí, me da al par que miedo, una esperanza, y por eso te perdono a veces.
Yo adivino en tu lúgubre volar mil voces escondidas que mi desgarrado corazón levanta.
¿Qué suena? Nada
Pero yo oí algo que sonaba.
¿Es el alma del hijo pequeñuelo que murió? ¿Es el alma de la madre que se fue?
¿Es el alma de la esposa que viene a acompañarme? ¿Es el hermano que viene a repetirme sus consejos y a recordarme su ejemplo?
¿Es el ángel que visita mi alma?
Es la imagen del escritor anónimo que roba los frutos de la prensa y deja sólo, junto al excremento, las semillas que ha roído; es el fullero que juega con gabela; es el espía que teme al sol; es el traidor escondido; es el hombre de partido de quita y pon.
Segundo. Declaro que el murciélago no fue creado intencionalmente por Dios. De sus manos salió en definitiva, es cierto, porque ¿qué cosa existente no salió de allí?; pero tengo para mí que él no tuvo intención de hacerlo y que, talvez, hasta ignora su existencia.
El murciélago se formó de piezas heterogéneas. De la materia primera necesaria para hacer al hombre, a los cuadrúpedos, a las aves, etc., quedaron algunas porciones que se atrajeron mutuamente, se unieron, se soldaron y quedó hecho el murciélago.
Animal formado de recortes, como ciertos sobrecamas y como ciertos partidos y programas, presenta contrastes y especialidades bien curiosos.
Dije que jamás está de pie, y ahora agrego que no solamente se para de cabeza siempre, sino que jamás camina; pero si no anda, vuela, ¡más qué volar! en las tinieblas. Así son algunos escritores de artículos políticos; no andan en el camino de la investigación filosófica, porque no la conocen; mas, como es necesario escribir sobre algo para hacer ruido y crearse un nombre, se echan a volar por los extremos de las exageraciones y a cruzar las sombras de las utopías más descabelladas.
El murciélago es omnívoro. Después de chupar sangre, hace sobremesa con frutas. Es todero como ciertos hombres que viven de destinos y a quienes se ve siempre con sueldo: hoy están en una oficina, y mañana estarán en otra distinta y aun opuesta. De este modo jamás emprenden cosa alguna; pero maman sueldo, que es lo que importa. Estos han sostenido, sostienen y sostendrán a todos los Gobiernos y a todos los partidos. La idea buena es la que está en moda, aun cuando no la comprendan: hoy la encomian hasta los cielos, sin perjuicio de llenarla de contumelia al primer ceño, a la primera seña oficial. Y es regular, porque ellos se llaman siempre a sí propios "los más firmes y leales apoyos del Gobierno".
***
Pero comienzo a divagar, que es mi manía. Y como quiero que no me traten de maníaco por la milésima vez, suspendo este artículo, si acaso lo comencé, que de ello no estoy seguro. Colección Samper Ortega de Literatura Colombiana. Editorial Minerva, Bogotá, Colombia.