Innovation and the City ‐ the Triple Helix
5.5 The Triple Helix Model
5.5.6 Normative Implications
Rocroi, diecinueve de mayo de mil seiscientos cuarenta y tres...
La bandera con La Cruz de San Andrés está acribillada a balazos con los jirones blancos y rojos ondeando sobre el campo ensangrentado. Los arcabuceros contamos las últimas pelotas de plomo que nos quedan y ninguno cuenta más de tres, los sirvientes de los dos cañones que están en el centro de cuadro meten la última carga de pólvora y de metralla en las bocas negras y calientes, los piqueros clavan las picas en la tierra con las puntas metálicas goteando sangre enemiga apuntadas de nuevo contra los malditos franceses…
Que ya están otra vez encima nuestro disparando sus pistolas de arzón y echándose muy encima del cuadro de infantería española que impávido e inamovible permanece en mitad del campo de batalla sólo y abandonado de todos sus aliados y jefes, defendiendo la honra de la nación más grande del planeta, la nuestra, la vieja patria del ¡Cierra! que por cierto ahora se están aprendiendo, y bien, nuestros enemigos. Cuando se retira la caballería francesa tras hacernos horrorosa escabechina y deja paso a su infantería las filas españolas se abren de repente con cansado automatismo de soldados viejos y aparecen de repente las bocas negras de los dos cañones…
¡¡¡BRROOOUUMMM!!!
La carnicería entre las filas francesas es espantosa y los soldados viejos españoles cerramos de nuevo el cuadro y por allí no pasa ni Cristo revivido, porque el muro de espadas toledanas, de dagas vizcaínas, de picas, de arcabuces y del antiguo valor hispano no se lo permite y los gabachos se retiran de nuevo pero tan sólo para que la caballería forme escuadrones se rehaga y nos encare otra vez… Llevamos así desde que Felipe II era cabo de escuadra.
Ya no quedan ni pólvora ni balas así que los cañones se clavan, igual que se habían clavado los del enemigo al principio de todo, cuando parecía que íbamos a ganar y no a vernos así como nos vemos rodeados de franceses por los cuatro costados y sin más camino por delante que la muerte o el presidio.
No todos los cañones franceses sin embargo habían sido clavados, pardiez, que no, que se lo cuenten si no a los que se lleva por delante
alguna de las balas que nos disparan sin descanso con la artillería que les queda, que no es poca y que abre boquetes en nuestro cuadro, boquetes que salpican por todas partes sangre, sesos y trozos de camaradas, el Tercio de la Sangre parecemos ya.
Estamos en tan apurada situación porqué después de que los franceses acribillaran al viejo Fontaine, que iba el hombre sobre su silla de manos destacando por encima del resto y claro los arcabuceros enemigos dejaron la silla y al general como un colador y luego Melo se había largado con más susto que siete viejas, dejándonos allí huérfanos sin ordenes ni mando, después para mayor desgracia, los italianos habían cogido las de Villadiego corriendo como gamos asilvestrados directos hacia la protección de los bosques donde la caballería francesa no podía alcanzarles.
A los bravos aliados Valones al contrario los habían hecho papilla defendiéndose su Tercio con mucho pundonor y honra hasta que los masacraron a casi todos, huyendo unos pocos supervivientes a refugiarse en nuestro cuadro, aunque eso sí, no habían cedido ni un centímetro de terreno.
Por esta razón nos habíamos quedado solos los de siempre, los Tercios Viejos Españoles para defender la honra de todo el Imperio. Y en eso estábamos…
Delante nuestro, delante de cada lado del rectángulo que formábamos, rectángulo que iba decreciendo con cada ataque francés, hay cientos de enemigos muertos que se mezclan con los camaradas caídos y los que quedamos nos vamos arrimando, pasito a pasito, hasta las banderas, arremolinándonos a su alrededor, mientras mordemos, arañamos y matamos a nuestros enemigos, mientras vendemos cara, muy cara, la piel que vamos dejando atrás. Los franceses están alucinando, desangrados y vapuleados durante la batalla hay que reconocerles el valor y el par de huevos que le han echado.
Pardiez que estaban acogotados, sin casi caballería y sin casi cañones y a pique de desmoronarse tras las cargas que les dió nuestra de caballería flamenca. Pero claro, ellos también tienen la honra de su nación que defender y al igual que Iberia no siempre parió leones, Francia también engendra hombres valientes y arrojados. Como el hideputa ese de Siriot, que es el que había aguantado a pie firme con sus regimientos de infantería las cargas del bravo Isemburg y el mismo que espantó a los italianos e hizo puré a los valones. Y ahora los franceses se nos echaban encima, una vez y otra vez y otra
vez, sin importarles, al menos en apariencia, la enorme cantidad de bajas que les estábamos infligiendo.
Y de esta manera llevamos ya horas… Y las que nos quedan, porque el Sargento Mayor Peralta dice que de rendirse nada y que de claudicar menos que allí caeremos todos unos encima de los otros hasta que el que sostenga la bandera nos cubra a los demás con su cuerpo y con ella.
Y para eso, ¡pardiez!, no falta mucho… Ahí vienen otra vez…
Apretamos los dientes y los huevos, sujetamos firmes las picas, sacamos espadas y dagas, hombro con hombro, pellejo sudado junto a pellejo sudado, heridas sangrantes chorreando juntas sobre el suelo, corazones henchidos mirando ondear la bandera acribillada, brazos, piernas, torsos y almas formando en el horizonte, insolentes, impávidas, inamovibles, infranqueables, indestructibles…