• No results found

of 236 NOTE: This code is not to be used for acute or subacute pain

tos del caos primitivo, donde se vuelve borrosa toda memoria. Dos imágenes del olvido al que se consagraron las víctimas del universo concentracionario. Dos imágenes que se interpenetran y se contienen la una a la otra. Desencadenan in- faliblemente el recuerdo de la admirable película de Alain Resnais; nada podría ser más sobrio y elocuente.

Pero, ¿qué encubren estas palabras? Son la traducción literal de Nacht und Nebel, mucho más expresivas en alemán. “Nacht und Nebel” es la interpreta- ción de la abreviatura “N. N.”, que la administración de las SS le adosaba a todo preso que –desde su deportación– se destinaba a la destrucción, la desaparición, y que de ninguna manera podía formar parte del grupo -¡cuán descarnado e hi- potético!- de los sobrevivientes del “Infierno organizado”. En efecto, se los de- jaba con vida con la única finalidad de explotar su fuerza de trabajo. Cada uno de nosotros sabía lo que era un N. N., un Nacht und Nebel.

Esta expresión se aplicó, además y poco a poco, a ese habitante de los cam- pos de concentración al cual el agotamiento destinaba al gas y las inyecciones letales. Se los llamaba, sobre todo, “Muselmenn” (musulmán), por analogía con el aspecto físico de los faquires o ascetas que trastabillaban vacilantes por la de- bilidad causada por el ayuno.

58 / Nuestra Memoria

Pero, ¿qué significaba originalmente esta abreviatura “N. N.”? Parece que nunca se insistió lo suficiente a este respecto. Y sin embargo, ¡qué símbolo!

En estos días, el aniversario de la liberación de los campos, es necesario decir- lo y volverlo a repetir, para descubrir todo la simbología nazi y concentracionaria. Basta con consultar un diccionario alemán para descubrir, estupefactos, que esta abreviatura ya se utilizaba en Alemania bastante antes del régimen nazi. Y figura aún hoy en Francia, con la sencilla abreviatura “N.”. El primer diccionario Larousse, de 1972, lo define de este modo: “Alguien a quien no se quiere nombrar”.

El Gran Diccionario Alemán-Francés de Birman y G. Kister (Garnier, 1920) agrega: “N.N.: nomen nescio (para un nombre que se ignora)”. El de Sachs-Villatte ofrece una definición similar. Sin embargo, su última edición, de 1970, ya no menciona esta abreviatura.

Consultando otros diccionarios se podría –por un lado– encontrar a qué mo- mento se remonta la utilización de esta abreviatura y –por otra parte– constatar que todos están de acuerdo sobre el sentido que se le da. Por lo tanto, el con- cepto acarreado por estas dos fatídicas letras, que se utilizan aún hoy en Ale- mania y otros lugares (véanse los carteles del Colegio de Francia), es el de “ano- nimato”, nomen nescio, nombre ignorado voluntaria o involuntariamente.1

¡Ignorar el nombre! ¡Despersonalizar! ¡Borrar hasta el nombre!

¿Acaso no era precisamente éste el principal objetivo del sistema concentra- cionario? ¿No era más cómodo –tal vez– liquidar, aniquilar, una vez que su iden- tidad quedara reducida a un “N. N.” o a un número?

A su vez, las SS utilizaron esta abreviatura, cuyo significado desconocían con precisión, pero –para ellos– seguía acarreando las nociones de “anonimato” (“namenlosigkeit”), “nada” (“nichts” o “nichtigkeit”), “destrucción” (“ver-nicht- ung”), negación (“nicht” y “nein”), muerte como resultado de la negación (“ver- nein-ung” > “ver-nicht-ung”).

Algún día –sin poder precisar cuándo– algún tosco SS, aunque tal vez un poco menos tosco que otros de sus congéneres, ya que era un poeta –situación que era posible incluso en su condición (la poesía también se extiende al ho- rror)–,2 descubrió esta fórmula explosiva para estigmatizar el anonimato con-

centracionario: “¡Nacht und Nebel!”

Incluso, algunos de nuestros guardianes comentaron entre sí esta frase “ge- nial” “sin igual”, “ignorada”. Afirmaban que “nacht”, “noche”, es el olvido; “nebel”, “niebla”, es el humo con el cual todos se volatilizarán: “¡ihr werdet alle krepieren!”, “¡reventarán!”

1 En los registros de las morgues, los cadáveres de los desconocidos N. N. figuraban con esta abreviatura. Aún en los tiempos actuales se emplea la expresión “Herr N. N.” (“Sr. N. N.”). 2 A este respecto, Baudelaire exclama, hablando del Sol: “Cuando, como un poeta, desciende a las ciudades,/ennoblece el destino de las cosas más viles/y se introduce como un rey, sin ruido y sin criados,/en todos los hospitales y en todos los palacios”.

Noche y Niebla / 59

Siendo acertada, ¡cuán macabra y significativa es esta explicación! Sin em- bargo, se trataba exactamente de eso. Todo el universo concentracionario lo sos- tenía. Ese intérprete de la abreviatura “N.N.” vio y sintió con exactitud de qué se trataba. Condicionado por ese mundo dantesco y sus “espectáculos” diarios, dio la imagen fiel de esas dos palabras, que están rodeadas por un halo infernal.

En efecto, entre los condenados de este universo deshumanizado, abigarrado, dividido en jerarquías –basándose en sus pecados capitales– se encontraban los presos políticos y comunes, saboteadores, homosexuales, quienes –por sus con- vicciones– se oponían al régimen, rusos, bohemios, y muy abajo en la escala hu- mana establecida por los nazis, estaban los judíos; todos ellos pertrechados con sus insignias –del color establecido– y sus números. El último que aparecía en esa escala era el N. N., el último de los últimos, el “subproducto” de la huma- nidad más abyecta, destinado irremediablemente a la exterminación.

Al fin de cuentas, numerados o no, todos éramos N.N. Bajo el anonimato: la tortura.

¡Cuántas personas desfallecientes, con la mirada perdida y piernas tembloro- sas, fueron obligadas a presentarse en el sitio de la convocatoria y obligados –a fuerza de puñetazos, garrotazos o látigos hechos con nervios de buey– a poner- se nuevamente de pie! ¡Cuántos de ellos no escucharon el llamado de los SS en servicio, señalándoles con el dedo la chimenea trapezoidal: “Mañana partirás por allí convertido en humo; subirás a ver a los ángeles”!

Los mismos detenidos adoptaron –entre ellos– este humor negro. El humor jamás pierde sus derechos. Es una triste compensación, un fúnebre sistema de defensa en este lugar, siendo específico para cada sociedad.

Si uno de nosotros tosía, se le posaba amigablemente la mano en la espalda, di- ciéndole en forma lacónica: “Morgen Krematorium”, “Mañana, crematorio”, frase homóloga de la expresión “escaparle al féretro” de nuestra sociedad casi normal.

Nacht und Nebel. Es todo un programa, todo un mundo; otro mundo, la jun- gla impuesta, donde todos los elementos se desencadenan y asocian para ase- gurar vuestra pérdida, donde la brutalidad es la reina y el más fuerte, el rey.

Allí, cada uno vive el minuto al instante. La fuerza de trabajo del condenado, del venido a menos, es succionada hasta el total agotamiento, hasta la última chispa de vida. Con mayor o menor brevedad llega la muerte. La muerte que pe- netra e impregna el alma desde el mismo momento del arribo, la muerte que co- rroe en los trabajos forzados, la muerte punzante del invierno y la escarcha.

La muerte insidiosa de las brumas. La muerte lenta o violenta.

La muerte omnipresente de los campos de la muerte, situados, concebidos, or- ganizados y armados con ese sólo fin, tanto al fondo de un vallecito lleno de ár- boles (Dora), como en las alturas heladas de otro bosque (Buchenwald), como…

La muerte frente a frente, a cada día, a cada instante. Lo vano de la llovizna, de la lluvia, de la bruma. Las tinieblas de la niebla y de la noche. Las noches

60 / Nuestra Memoria

blancas de la noche concentracionaria. La noche herida, tajeada por los reflec- tores de los miradores. La noche glauca por el despertar estruendoso de la des- carga de un tren cargado con ladrillos, arribado durante el sueño. La noche sú- bitamente abrazada por las llamas, las llamaradas de los hornos crematorios. Las humaredas, las volutas de humo que se abaten día y noche sobre las barracas. El olor acre de la carne quemada. La noche de los centinelas, los cancerberos y los mastines. La noche crepitante con “ruido de pasos y armas”, los aullidos de los ovejeros alemanes, las vociferaciones de los SS, el chasquido de los fusiles que se recargan.

¡El miedo siempre presenta la opresión permanente!

El abismo, la fosa a la cual cada uno se siente precipitado por siempre. El ca- labozo que me recuerda este verso de Baudelaire:

Imploro tu piedad; tú, el único a quien amo.

Desde el fondo de este abismo oscuro, donde cayó mi corazón. Este intenso deseo de metamorfosis.

Estos sueños de pájaros, libres de sobrevolar los alambrados electrificados. El aislamiento total. El mundo cerrado, en el cual los “señores” pueden per- petrar impunemente sus crímenes. La maquinaria infernal, domesticada y ex- plotada con finalidades asesinas. La impotencia, la ausencia de ayuda y recur- sos; la falta de novedades, el mutismo del Más allá, el Silencio, el atroz Silen- cio. ¡El olvido!

Perdidos, olvidados en las tinieblas del infierno nazi, donde toda la natura- leza parece cómplice. Cielo bajo y pesado. La capa de neblina, nubes de polvo, nubes naturales, nubes artificiales.

Este ciclo perpetuo, infernal: noche, día ahumado, noche, día cubierto, noche, día en el cual el sol –a su vez– se torna verdugo, noche, día...

La larga cadena de noches y días erizados por horcas, ¡cubiertos de extenua- dos, muertos, asesinados, exterminados! El crimen impune, presentado como expiación...

El crimen anónimo de condenados sin nombre: Nomen Nescio, Nacht und Nebel, Noche y Niebla. ¡Noches y nieblas que se relevan alternadamente para cubrir, englobar el crimen!

Tal es el poder de evocación de estas dos palabras mágicas, plenas de las vio- lencias de la noche de los tiempos, la noche negra del Tormento, recorrida por las furias satánicas y las sombras de los proscritos, los reprobados y los conde- nados del nazismo.

La transmisión

de la Shoá como vivencia

Related documents