insultaran de esa forma a la
mínima me descolocaba.
78 La diversidad infantil y juvenil en la CAE Las (mal) llamadas segundas generaciones
desde txikis. Sobre esa idea de que los de la pública son los pobrecillos, los que menos recursos tienen y los más castellanos. Cuando no es así para nada. Tengo que reconocer que toda esa sensación de conflicto me afectó mucho en aquel entonces.
Todo eso hizo que tuviera muchas dificultades a la hora de conseguir mi círculo de amigos. Al ser tan pocos en clase y como con los de la ikastola no podías contar, era imposible. Aunque lo intentaras, no había forma.
Solo empezabas a tratar con ellos cuando jugabas en el equipo de fútbol o si hacías remo, porque ahí se juntaba todo el mundo. Pero de todas formas, dis- tinguían mucho y era muy difícil entrar en una cuadrilla.
En la escuela, mi hermano estaba con los de su edad; las chicas andaban entre ellas y yo quedaba con otros dos o así. Y eso era duro, porque veías una cuadrilla de un montón de gente cuando andabas en fiestas y tú te quedabas con esos dos gatitos ahí.
Me dolía, porque yo soy una persona a la que le gusta relacionarse y parecía que eras el pringado y el tonto que no tenía amigos. No podía dejar de preguntarme por qué me pasaba eso.
Al pasar a la ESO, que nosotros éramos la primera promoción que la hacía, me fui al instituto de Gernika y ese cambio me vino genial. Allí nos juntábamos cha- vales de varios pueblos y éramos mucha más gente, unos setenta en mi curso. Lo malo era que la gente llegaba ya con la cuadrilla hecha, pero por lo menos podías ir de vez en cuando a otros pueblos a visitar a tus amigos. Aunque al final se seguía notando ese estatus de amigos que tienes y te quedabas un poco a la deriva. Es verdad que tu campo de amistades se ampliaba, pero seguías todavía en tierra de nadie.
En Bachillerato empecé a relacionarme un poco más con la gente de la ikastola, porque algunos iban también al instituto a hacerlo, pero el tema de la cuadrilla seguía siendo selectivo, siempre nos quedábamos como en un segundo plano. Además, en aquel momento tampoco tenía los recursos como para echarle mo- rro al asunto y preguntar a ver qué pasa aquí. Hoy en día sí que lo haría, porque me parece una tontería que esto pueda marcar la infancia o la adolescencia de una persona.
La primera vez que fui a Marruecos tendría unos cuatro o cinco años. Mi padre solo tenía veinte días de vacaciones y aquello era un sprint. El viaje era una tor- tura. Íbamos a Algeciras en autobús y luego a Ceuta en barco, que era la parte más divertida. Pasar la frontera era un horror porque te pegaba el sol y había muchísimos coches. Además, siempre íbamos con un montón de maletas con ropa y otras cosas para dejar allí. En Ceuta nos solía recoger un familiar de mi padre, que es el que nos llevaba al pueblo.
El recuerdo que tengo es de algo muy diferente a esto, muy jungla. Era una zona de aldeas sin asfaltar y sin luz eléctrica y tenían que ir a coger el agua. Todo el
mundo dormía en la sala, en plan Tetrix, como en una lata de sardinas. Es un recuerdo un poco raro, me parecía el tercer mundo.
El siguiente viaje fue con seis años y lo hicimos en Navidades. Creo que fuimos para la circuncisión, porque aquí no te la hacían. Fue algo súper traumático, como si nos hubieran secuestrado. Nos dijeron que nos iban a dar un caramelo, nos pusieron en una camilla y nos levaron a un quirófano. Y luego despertarse ahí con ese dolor… fue un palo.
Y encima, como eran las Navidades, no tuvimos regalos y estábamos todavía más cabreados por eso. Al final, para consolarnos un poco acabaron comprán- donos algo allí sobre la marcha, que además era súper
cutre. Un desastre.
Al ir siendo más mayor, en los siguientes viajes fui más consciente de las cosas: de que mi familia estaba allí, de que mis abuelos se habían muerto y de que tenía
unos tíos y unos primos. Fue como ir asumiendo que veníamos de allí.
En la zona de donde son mis padres, la gente vive en unas casitas muy cutres y cultivan hachís. No ganan mucho dinero con ello porque, como suele pasar, la parte más gorda se la llevan las mafias.
En verano, los terrenos se quedan súper secos porque el sol pega un montón. Nos decían que tuviéramos cuidado y sí recuerdo que te machacaba. El día se hacía súper largo y nos aburríamos bastante.
Con mis primos solíamos jugar y nos llevábamos bien, pero había otros chava- les que nos vacilaban y nos insultaban. Como se reían de nosotros, acabába- mos hablándoles en euskera y riéndonos también de ellos. No sé si sería por- que ellos iban con unas chancletas todas cutres y nosotros con unas zapatillas que no serían gran cosa pero que ya tenían otra pinta. Nosotros éramos como los doctores ahí.
Ese era otro motivo de discusión muy grande cuando íbamos a Marruecos. Porque nosotros intentábamos llevar todo lo posible, de ropa y de todo, pero siempre les parecía poco. Se debían de pensar que como éramos los europeos vivíamos muy bien.
Mi padre les solía decir que le preguntaran a su hermano, que estuvo aquí una temporada trabajando con él pero que se volvió porque esto le pareció muy duro. Pero claro, una cosa es contarlo y otra vivirlo.
En la ESO y en el Bachillerato estuve varios veranos sin ir, porque me conce- dieron becas para estudiar inglés. Estuve tres años fuera. Fue una experiencia muy buena que me vino bien para coger oxígeno. Conocí gente de todo el País Vasco y de otros sitios de la península, y era un momento en el que aquí no tenía muchas amistades.