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2. Notwithstanding the dimensions given, a terminal should be at

Las capacidades de negociación y obtención de beneficios dentro del trabajo sexual, han sido abordadas de forma cuidadosa e interesante por autoras como Arlie Hochschild, cuya obra permite entender que en la oferta de servicios sexuales no existe únicamente un uso violento del cuerpo de una persona, sino un trabajo emocional que en la práctica no es distinto al de otros tipos de trabajo. Para esto, Hochschild se vale del concepto de ‘gestión de la emoción’, una teoría que señala que el trabajo sexual puede entenderse –desde un corte analítico muy

cercano al marxismo– dentro de una lógica de trabajo reproductivo, en la cual la prostitución es un servicio que pone en circulación emociones a manera de mercancía, entendiendo que: “por ‘emoción’ me refiero a la conciencia de la cooperación corporal con una idea, un pensamiento o una actitud, y a la etiqueta adosada a esa conciencia. Por ‘sentimiento’ entiendo una emoción más suave” (Hochschild 2008, 111).

Esta perspectiva disminuye –que no anula– el protagonismo que le ha dado el feminismo abolicionista a la dominación en las relaciones de sexo pagado y trata de comprender qué valores interactúan y cómo las mujeres ‘usan y gestionan’ sus emociones para provocar a su vez, emociones en otros, a cambio de réditos económicos u otros beneficios, estableciendo con ellas relaciones complejas que, sin dejar de ser inequitativas, admiten ciertos niveles de negociación y suspensión de formas de dominio que son más explícitas en la vida cotidiana de otras mujeres, como la obligatoriedad de brindar satisfacción sexual (McClintock 1992; Federici 2010; 2013).

Según Hochschild (2008), esta condición de compra-venta de emociones dentro de un mecanismo planificado y obligatorio es compartida entre espacios laborales tan diversos como las aeromozas, las trabajadoras domésticas y las mismas trabajadoras sexuales. Por supuesto, este trabajo de gestión requiere –como toda gestión– seguir una serie de reglas que permiten la adecuada producción de la mercancía que se oferta, y en este caso, ese sistema de gestión se fundamenta en la posibilidad de elaborar emociones; es decir, en la capacidad de configurar o suprimir el sentimiento, por medio de la evocación –que implica producir lo ausente– y la supresión –que elimina el sentimiento que está originalmente presente–. Las emociones, por tanto, son recursos valorizados en un sistema de intercambios económicos:

El sistema emocional que opera en el trabajo no es ya el mismo conjunto de normas emocionales, modos de gestión emocional e intercambio social que aplicamos en nuestra vida privada. El sistema sufre en sus tres elementos una trasmutación condicionada por los imperativos de la lógica económico-productiva, en este caso. En primer lugar, <<la gestión de las emociones deja de ser un acto privado y pasa a ser un acto público, comprado en un lado y vendido en el otro>>. Ya no es un intento espontáneo de modificación (emotion work), sino un plan determinado y coactivo (emotion labor); deja de ser una gestión emocional privada, y pasa a ser un trabajo emocional público. […] (Bericat 2000, 163).

Ahora, el sistema de intercambios económicos del trabajo sexual no funciona única y exclusivamente por la valorización de la emoción que se es capaz de ofrecerse a un cliente, sino que debe configurarse una particular mercancía erótica, a la que hay que comprender desde el uso y beneficio de otra clase de acervos que la socióloga inglesa Catherine Hakim (2012) expone.

Esta autora, tomando el trabajo de Pierre Bourdieu (2001) como base, añade a los ya conocidos ‘capital económico’, ‘capital simbólico’, ‘capital social’ y ‘capital cultural’ de la obra del autor francés, un quinto insumo fundamental, un activo personal para la reproducción de la vida y que generalmente no se ha observado con cuidado, el capital erótico, que para Hakim (2012), se compone de al menos seis elementos: 1) autocuidado personal, que son los recursos no naturales que la persona utiliza para incrementar su belleza, sobre todo facial; 2) atractivo sexual, que está relacionado al atractivo del cuerpo, pero más hacia la forma en que se mueve o ‘usa’ ese cuerpo, que en las formas anatómicas mismas; 3) encanto social, relacionado a la coquetería y la capacidad de ‘hacerse desear’; 4) vitalidad, vinculada a la energía y la vivacidad; 5) presentación social, que refiere a la cosmética, maquillaje, ropa, olor y otros elementos que puedan reforzar el valor erótico y; 6) desempeño sexual, el espíritu lúdico, la capacidad de complacer sexualmente.

El capital erótico además, como capital e insumo que es, entra inevitablemente en una lógica de valorización social aunque raras veces ha sido considerado, según la autora, porque socialmente ha sido disminuido y menospreciado, al considerar que el valor social del deseo y la atracción erótica es prescindible, principalmente por ser un fenómeno ‘inmoral’ que está depositado sobre todo en las mujeres; por tanto, el ocultamiento del capital erótico ha sido una práctica altamente patriarcal que incluso es compartida por numerosos movimientos feministas –que consideran a la estética femenina erotizada como un acto de dominación– y que ha encontrado en las trabajadoras sexuales su principal blanco de crítica, viéndolas en general –al menos en Europa– como víctimas, drogadictas, fracasadas o incompetentes (Hakim 2012).

Hakim confronta fuertemente al feminismo abolicionista por considerar que ha introyectado numerosas perspectivas patriarcales aun sin haber caído en cuenta de ello y por tanto, aboga por una comprensión del trabajo sexual que no esté enmarcada en la explotación y la

más amplio y ‘completo’ es, mayor valor económico alcanza, lo que explica para Hakim (2012) porqué el trabajo sexual común que se concentra exclusivamente en la venta de servicios sexuales efectivos concentrados en el placer genital, generalmente es peor pagado que aquellos servicios sexuales que ofertan un trato más cercano y –en términos de

Hochschild– emocional, el ‘trato de novia’ del que se habla en el ambiente del trabajo sexual. Este razonamiento de Hakim (2012) permite comprender también cómo es que dentro del trabajo sexual se usan tácticas de cercanía entre la ofertante y el cliente para garantizarse mejores pagos, beneficios o mayor recurrencia de visitas, pues para ella, muy pocos hombres son los que están interesados en pagar exclusivamente por desahogo sexual ‘puro y duro’.

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