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En el transcurso del siglo XVII, la constante circulación de escritos que prometían el «remedio único» para conseguir la salvación del reino convirtió al arbitrista en una figura, cuanto menos, impopular para la sociedad de la época.

Vilar Berrogaín (1973) ha examinado con todo detalle el tratamiento que la literatura áurea dio a la figura del arbitrista. Numerosos literatos de la época, entre los que destacan Cervantes, Quevedo y Salas Barbadillo, entre otros274, presentan al arbitrista como un personaje loco, pedante, iluso, fracasado e incluso dañino para los intereses del Estado -vid. también los comentarios de Grice-Hutchinson (1978 [1982]: 190)-. Así, con un tono humorístico moderado, Miguel de Cervantes utilizó la figura del arbitrista para representar la locura y la ingenuidad en la novela ejemplar El coloquio de los perros. Francisco de Quevedo les dirigió críticas mucho más severas275.

Había hasta este punto guardado silencio el arbitrista, y aquí le rompió diciendo: [...] «Yo, señores, soy arbitrista, y he dado a Su Majestad en diferentes tiempos muchos y diferentes arbitrios, todos en provecho suyo y sin daño del reino; y ahora tengo hecho un memorial donde le suplico me señale persona con quien comunique un nuevo arbitrio que tengo: tal, que ha de ser la total restauración de sus empeños; pero, por lo que me ha sucedido con otros memoriales, entiendo que éste también ha de parar en el carnero. Mas, porque vuesas mercedes no me tengan por mentecapto, aunque mi arbitrio quede desde este punto público, le quiero decir, que es éste: Hase de pedir en Cortes que todos los vasallos de Su

                                                                                                               

274 Vilar Berrogaín (1973) dedica el segundo capítulo de su libro a señalar, describir e interpretar las apariciones del arbitrista como personaje literario en la prosa novelística y el teatro del siglo XVII.

275 El Diccionario de Autoridades tampoco deja lugar a dudas sobre el descrédito que experimentaron las ideas de los arbitristas entre sus compatriotas. En la entrada correspondiente del diccionario se especifica que «esta voz comunmente se toma en mala parte, y con universal aversión, respecto de que por lo regular los Arbitristas han sido mui perjudiciales à los Principes, y mui gravosas al comun sus trazas y arbitrios» (1726, s.v. arbitrista).

Majestad, desde edad de catorce a sesenta años, sean obligados a ayunar una vez en el mes a pan y agua, y esto ha de ser el día que se escogiere y señalare, y que todo el gasto que en otros condumios de fruta, carne y pescado, vino, huevos y legumbres que han de gastar aquel día, se reduzga a dinero, y se dé a Su Majestad, sin defraudalle un ardite, so cargo de juramento [...]» (Miguel de Cervantes y Saavedra. El coloquio de los perros, 1613. CORDE).

Todos vuestros remedios son desta suerte: derribar una casa porque no se caiga un rincón; llamais defender la hacienda echarla en la calle y socorrer, el rematar. Dais de comer al príncipe sus pies y sus manos y sus miembros, y decís que sustentais cuando le haceis que se coma a bocados a sí propio […] El Anticristo ha de ser arbitrista: a todos os ha de quemar vivos y guardar vuestra ceniza para hacer de ella cernada y colar las manchas de todas las repúblicas. Los príncipes pueden ser pobres, mas entrando con arbitristas, para dejar de ser pobres dejan de ser príncipes (Francisco de Quevedo y Villegas. La hora de todos

y la fortuna con seso, 1635. CORDE).

El monólogo que se desarrolla en la célebre escena de El coloquio de los perros ha llamado especialmente la atención de los investigadores por cuanto Cervantes demuestra una gran destreza en imitar los rasgos lingüísticos que caracterizan el tipo de texto al que se amoldaban los arbitristas (Perdices de Blas y Reeder 2006: 47). Lo cierto es que, como constató Vilar Berrogaín 1973: 185, 212), el lenguaje de los arbitristas fue acertadamente parodiado por los literatos de la época: la selección un léxico específico, los largos períodos oracionales, la compleja imbricación de la sintaxis, el uso recurrente de ciertas expresiones modalizadoras, etc. En síntesis, todo ello evoca una tradición discursiva que, sin duda, era reconocida como tal por sus coetáneos276.

Los investigadores están de acuerdo en que muchos de los arbitrios dirigidos a la corona durante los siglos XVI y XVII planteaban medidas disparatadas (véase, al respecto, Alvar Ezquerra 1988: 90-91). Sin embargo, como contrapartida, también existieron individuos que fueron capaces de construir complejos programas de reforma que denotan una profunda capacidad de análisis de los fenómenos económicos que marcaron su época (Grice- Hutchinson 1978 [1982]: 190; García Fernández 2002: 140). En el marco de la historiografía moderna, no cabe duda de que Cellorigo, Moncada, Deza, Alcázar, Caja de Leruela y otros muchos fueron excelentes economistas políticos. Sin embargo, Vilar Berrogaín concluyó que ni siquiera los «autores discretos» de la época fueron capaces de distinguir entre los arbitristas locos y los verdaderos economistas políticos. Esta distinción responde a una caracterización,

                                                                                                               

276 Los historiadores han puesto de relieve, por ejemplo, las similitudes que presenta la macroestructura de los textos producidos por los arbitristas. En general, la información suele estar distribuida en una serie limitada de bloques temáticos: las causas de la decadencia, los remedios que aseguran su recuperación, los beneficios que estos aportarían y los inconvenientes que pueden dificultar su gestión o puesta en práctica.

hoy generalmente aceptada, que empezaron a promover los economistas del siglo XVIII, como Rodríguez de Campomanes:

Todo nos parece indicar [...] que el vulgo sentía aborrecimiento y desconfianza hacia los arbitrios y el «género de gente» que los inventaba y, además, que los autores en sus parodias se inspiraron directamente en el estilo de los Pérez de Herrera, de los Cellorigo, de los Lope de Deza, es decir, en los economistas más desinteresados y mejores de su generación (Vilar Berrogaín 1973: 259).

Resulta de interés comprobar cómo los arbitristas “más serios” se esforzaban por distanciarse, antes sus lectores, de la etiqueta que les ha impuesto la sociedad, pues temen que esta les desacredite (vid. Perdices de Blas y Reeder 2006: 38, 43). La primera hoja del memorial de Jacinto de Alcázar Arriaza ofrece una muestra de cómo los propios protagonistas del movimiento huyen de esta denominación peyorativa, con la que no se identifican:

Iamas fue arbitrista, ni de arbitrio se dè nombre a este memorial; remedio, si para extingir los que han destruydo esta Corona, como se verà, y en el capitulo que se sigue, medios, y forma de que se compone (Jacinto de Alcázar Arriaza. Medios

políticos para el remedio unico, y universal de España, 1646277).

Es preciso matizar que el hecho de que muchos de sus contemporáneos no se tomaran en serio los remedios impracticables de los arbitristas no significa que los organismos públicos también los ignoraran. Algunos historiadores modernos, como Kamen (1980 [1981]: 110) y Domínguez Ortiz (1999: 417) han hecho hincapié en que el Consejo de Estado escuchó y analizó muchas de las propuestas de mejora que hicieron los arbitristas y que algunas de ellas sirvieron de base para la formulación de nuevas leyes, tras lo cual sus autores fueron gratificados. No deja de ser cierto que, en muchos otros casos, las medidas sugeridas por los arbitristas no podían ponerse en marcha, bien por descabelladas, bien porque se trataba de acciones impracticables dada la delicada situación financiera del Reino.

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