La historia de los dogmas y de la teología nos sitúa ante un hecho muy paradójico en lo relativo a nuestro tema. La Escritura conoce sin duda una teología de la palabra muy desarrollada. No así, sin embargo, una teología general de los sacramentos; solamente conoce sacramentos concretos[107]. A la inversa, la doctrina eclesiástica conoce una
sacramentología general muy elaborada, mientras que la teología de la palabra solo está presente en ella en enfoques muy rudimentarios. El concepto general de sacramento hoy habitual no fue formulado hasta el siglo XII. Este concepto general de «sacramento» fue el que posibilitó reunir los distintos sacramentos bajo el marbete genérico de «sacramento» y enumerarlos como siete sacramentos[108]. Esto ha devenido hoy hasta tal
punto evidente que no reconocemos ya la problemática que se esconde detrás de ello. Desde el punto de vista de la mera historia de los dogmas, el número siete es aleatorio; en sí se podría hacer una cuenta del todo distinta[109]. Pero lo problemático no es solo el
número siete, sino el hecho mismo de contar, de hablar de «sacramentos». La eucaristía y el matrimonio únicamente pueden reunirse bajo un concepto genérico en virtud de una analogía muy débil.
Estas afirmaciones no significan que hoy pueda renunciarse sin más, por lo que atañe al contenido objetivo, a lo clarificado desde el siglo XII en adelante y entretanto magisterialmente fijado. Eso sería un arqueologismo teológico derivado de una forma de pensar del todo ahistórica[110]. Pero igual de ahistórico sería presuponer simplemente las
non plus ultra[111]. Es cierto que contienen elementos esenciales e imprescindibles de la
teología de los sacramentos, pero todavía no esa teología en cuanto tal.
Este error se comete a menudo, sin embargo, cuando se trata de establecer una relación adecuada entre la palabra y los sacramentos. Pues los múltiples intentos de solución existentes al respecto[112] parten sin excepción de un concepto de sacramento que
se presupone como dado y de una teología de la palabra que no existe pero se considera deseable. Bajo tales supuestos, la teología de la palabra que se desea solo puede alcanzarse recurriendo a las categorías de la sacramentología. Se habla entonces del carácter sacramental de la palabra, hasta el punto de plantear la pregunta de si la palabra surte efecto ex opere operato o ex opere operantis. Esta clase de planteamiento siempre termina conduciendo a la misma aporía fundamental: en consonancia con la doctrina de la Escritura, se quiere dar a la palabra la mayor altura teológica posible y aproximarla a los sacramentos; sin embargo, por fidelidad a la doctrina de la Iglesia, los siete sacramentos no deben convertirse en ocho. De ahí que entonces no quede más remedio que o bien degradar la palabra, de forma totalmente antibíblica, a un modo deficiente de sacramento[113]; o bien hacer de los sacramentos, contrariando por completo la enseñanza
de la Iglesia, un mero apéndice del acontecimiento verbal[114]. Esta aporía resulta
ineludible mientras se suponga como obvio el concepto de sacramento y se construya la teología de la palabra por analogía con esta comprensión de los sacramentos. Por eso, las a menudo autocomplacientes referencias al católico «y», que supuestamente afirma con «católica amplitud» tanto la palabra como los sacramentos, no son en el fondo más que una manera de encubrir el problema. La pregunta es cabalmente cómo efectuar tal conjunción.
Esta pregunta deviene especialmente acuciante cuando se recuerda el origen histórico de la fórmula «palabra y sacramentos». Como es sabido, su origen no es católico, sino luterano; además, no tiene sentido católico-abarcador, sino exclusivo, y se entiende como concreción de la sola fide y el solus Christus[115]. En este sentido, en el
artículo séptimo de la Confessio Augustana se afirma que la verdadera Iglesia es in qua
evangelium pure docetur et recte administrantur sacramenta, «aquella en la que se
predica auténticamente el Evangelio y se administran correctamente los sacramentos». De ahí se sigue la importante afirmación de que ambos criterios son suficientes para garantizar la unidad de la Iglesia[116]. Con ello se excluye deliberadamente el tercer criterio
de la verdadera Iglesia: la comunión con el ministerio apostólico. El hecho de que hoy reclamemos como católica la fórmula «palabra y sacramentos» no quiere decir ni mucho menos que con ello se haya alcanzado ya un consenso ecuménico. También podría ocurrir que las auténticas cuestiones de controversia teológica se planteen en adelante de forma tanto más aguda una vez que se han purificado las contraposiciones superficiales y falsas. Al menos, la fórmula «palabra y sacramentos» es susceptible de interpretaciones muy diversas.
Estas pocas indicaciones de historia de los dogmas llevan al mismo resultado que las cuestiones de teología fundamental. Hoy debemos replantearnos de raíz la pregunta por
la palabra y los sacramentos. A tal fin, la tradición nos ofrece importantes e irrenunciables datos concretos, pero no podemos dar sencillamente por supuesto un acabado concepto de sacramento ni, menos aún, una acabada teología de la palabra. Además, la reflexión histórico-dogmática nos ha llevado a un tercer conjunto importante de problemas que tienen como objeto la relación de palabra, sacramentos e Iglesia.