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The number of positioned nucleosomes increases during neural cell development

Chapter 3 : Generation and analysis of chromatin maps

3.6 The number of positioned nucleosomes increases during neural cell development

I

La noche ha sido larga e intensa en el despacho municipal ocupado por los agentes; pero ha merecido la pena el esfuerzo, ya que la trampa ha surgido efecto. Después de buena parte de la velada interrogando al quinteto y debatiendo con Pinilla sobre la táctica a seguir, ahora Benítez, deambulando de un lado a otro de la sala y asomándose una y otra vez a la ventana, reflexiona sobre lo averiguado. Como suponía, los interrogados se han puesto nerviosos al verse acusados, han soltado la lengua y han revelado hechos comprometedores de sus vecinos, que antes no habían mencionado. De esa forma el Buldog ha descubierto que ciertas personas, a primera vista inofensivas, ante una situación límite como la que han sufrido en los últimos días, pueden llegar a convertirse en auténticos y hábiles asesinos.

Benítez tiene unos cuantos candidatos, no muchos, pero si más de los que necesita. Ahora intentará ir cerrando el círculo en torno a ellos para ver quién queda fuera y, lo que es más importante, quien o quienes se quedan dentro. Ese o esos vecinos que tras la criba permanezcan en el interior del círculo, serán acusados de asesinato. ¡Sea quien sea! ¡Ese crimen necesita un culpable y lo va a tener! El Buldog lo tiene claro.

Por el pueblo se ha corrido la voz de que los policías tienen nuevas pistas sobre el culpable de la muerte de Lucas. También se rumorea que tienen previsto investigar a fondo los restos de la casa calcinada y sus alrededores, en busca de huellas o cualquier otro detalle que afiancen aún más sus sospechas. Se comenta que el examen se llevará a cabo al final de la tarde, cuando el calor estival no sea tan intenso en esa parte del pueblo. El propio Pinilla cuando ha bajado a la tasca del Jeremías a por los cafés es el que ha dejado caer, en teoría de forma involuntaria, esa información. Y cómo no, el embaucador Buldog es quien le ha ordenado que lo haga. Su propósito consiste en analizar las reacciones provocadas en los vecinos ante esa inesperada noticia que, con toda probabilidad, puede resultar comprometedora para alguno de ellos.

Si el rumor llega a oídos del presunto incendiario, que lo hará, este intentará revisar si esa noche dejó alguna pista olvidada que pueda delatarlo y, con la mayor celeridad posible, intentará hacerla desaparecer. E incluso aunque la supuesta pista no exista, siempre volverá al lugar del crimen a comprobarlo, por si acaso.

Ante esa peligrosa situación, asegura Benítez, el sujeto aprovechará la tranquila hora de la siesta, cuando nadie pueda verlo, para verificar que no hay nada que pueda comprometerlo y, en el hipotético caso de que lo hubiera, poder deshacerse de ello sin la inoportuna presencia de ningún testigo.

—¡Craso error por su parte! —exclama el veterano agente, mientras se lo explica a su compañero—. Ya que nosotros, ocultos entre la maleza, lo estaremos vigilando para pillarlo in fraganti. Por lo que si alguien se acerca a los restos calcinados de la vivienda, que lo hará... ¡No tendrá escapatoria! —prorrumpe con deleite anticipado, subrayando cada una de las palabras.

—Pero eso no es...

—Álvaro, mi plan no admite errores —asevera el Buldog—. El vecino que aparezca esta tarde por ese lugar será el responsable del asesinato de Lucas Carrasco. Allí mismo lo detendremos, y caso resuelto.

Nadie podrá quitar esa idea de la cabeza del veterano y obstinado policía. Benítez necesita un culpable y esta tarde a la hora de la siesta está dispuesto a encontrarlo. Le da igual quién sea el elegido.

II

El profesor Urrutia, recostado en el catre, escucha los ruidos que llegan de la cocina. Su joven esposa friega los cacharros del recién acabado almuerzo. Don Matías no logra conciliar el sueño, y no es culpa del sonido de platos, vasos y demás enseres culinarios, sino del persistente murmullo de sus propios devaneos. Su conciencia no está tranquila. Él, una persona transparente durante toda su vida, viviendo ahora en la mentira y el disimulo. Ocultando, encubriendo, eludiendo, escondiendo, tapando, evitando, evadiendo e incluso casi, casi… escapando.

Gerundios que él, como buen educador, jamás pensó que pudiesen ser aplicados a su persona. Pero, ¡ahí están! Y por desgracia para don Matías, utilizados con demasiada frecuencia en su vida cotidiana. Incluso la mayor parte de ellos ante su esposa: su amada y adorada Camila, por la que sería capaz de hacer cualquier cosa que ella le pidiera.

—Cualquier cosa... aunque no me lo pidiera —susurra el viejo y enamorado profesor.

Don Matías escucha el cacharreo en silencio, mientras observa por la puerta entreabierta de su alcoba como su mujer cruza de un lado a otro de la cocina.

—Ella no debe saberlo nunca —murmura—. Si lo descubriera, seguro que me abandonaba. Y eso no podría soportarlo.

III

—Tú espera aquí, durmiendo la siesta, hasta que vuelva. —¡Pero mamá, yo quiero ir contigo! —protesta Tomé.

—¡Vendré enseguida! —dice Isabel, saliendo a la calle y echando la llave desde afuera.

Le duele dejar a su hijo de esa manera; pero la urgencia de la situación lo requiere. Tiene que verse de inmediato con Fran. Es posible que el vaquero, aislado como en él es habitual con sus animales, no se haya enterado de la inspección que van a realizar los policías por la tarde en la casa de la huerta. Debe alertar a su amante sobre ese hecho, antes que sea demasiado tarde.

IV

Escondidos al abrigo de las grandes carrascas de la zona, los agentes no pierden detalle de lo que ocurre en las inmediaciones de la casa quemada. Benítez incluso se ayuda de unos prismáticos para facilitar su vigilancia desde la apartada ladera de la Peña Grande. Han tomado un tentempié rápido en el despacho y, procurando no ser vistos por los vecinos, han salido hacia la improvisada guarida en la que se encuentran.

Aun así no han llegado a tiempo de ver como un hombre y su perro husmeaban en la abandonada huerta del tío Braulio, y como agachándose varias veces, recogía algo que bien podían ser tomates, pepinos, pimientos... o quién sabe qué otra cosa. Luego, al verles llegar y meterse detrás de los matorrales, ha decidido vigilarles desde lo alto del cerro sin necesidad de prismáticos. Ahora, sentado junto a su perro, observa a los policías con atención. Esa montaña es su refugio, su segunda casa. Nadie conoce ese lugar mejor que él. Allí podría permanecer durante meses sin bajar al pueblo a por comida y sin que nadie lo pudiera localizar jamás.

—¿Qué estarán tramando esos dos? —le pregunta al perro.

El can lo mira como si entendiera la pregunta, pero agacha las orejas. Él tampoco conoce la respuesta. Ambos, igual que los otros dos observadores, contemplan en silencio el paisaje en espera de la resolución final de tan extraña situación.

Durante un buen rato nada se mueve en las proximidades de la huerta. Solo la tenue brisa veraniega agita levemente las ramas finas de los árboles, y los pájaros cantan y revolotean de un lado a otro, picoteando aquí y allá los frutos maduros de higueras, manzanos y demás frutales de la zona.

Sobre las cinco y cinco algo atrae la atención de los agentes y, cómo no, la de los vigilantes de la zona alta. De pronto una bandada de pájaros levanta el vuelo de forma repentina en la entrada del camino de la fuente. Algo les ha asustado. Aún no pueden ver de qué se trata, ya que los arbustos lo ocultan; pero los cuatro pares de ojos, incluidos los del perro, se posan en un claro sin maleza al final de la senda, al sur de la huerta.

Pasados unos interminables segundos, una sombra humana asoma al lugar que celosamente controlan las cuatro atentas miradas. La silueta mueve constantemente la cabeza de un lado a otro, como si temiera que alguien pudiera verlo mientras se aproxima a los aledaños de la casa quemada. Va por el camino que bordea la parte baja de la ladera de la montaña, por lo que no podrán verlo directamente hasta que no abandone esa ruta.

Benítez se frota las manos. Ahí está su presa a punto de caer en la trampa. Mira a Pinilla y, sin mediar palabra, le guiña un ojo. El Tirillas sonríe con resignación. No está de acuerdo con la táctica de su colega para

atrapar al asesino, y así se lo ha repetido por enésima vez esta mañana. Pero ante la categórica negativa de este a escucharlo, subrayando que él tiene más experiencia en este tipo de casos y, sobre todo, que es él quien está al mando, no ha tenido más remedio que desistir y acatar. Admitir y aceptar que Benítez es un policía veterano y él tan solo un agente novato.

La sombra acaba de dejar la senda y gira hacia el camino que va por detrás de la finca calcinada. Ya a esas alturas deja de ser una sombra para convertirse en una figura humana vista desde atrás. Los ocho ojos están clavados en su nuca cuando se detiene, da media vuelta y alza su mirada hacia lo alto de la Peña Grande como si recelara de algo. Tras un breve instante y al no advertir nada raro, el sujeto prosigue su recorrido en dirección a la huerta del tío Braulio, ajeno a las atentas miradas de los cuatro vigilantes, que ya lo tienen identificado.

V

María está sola en casa, llorosa y preocupada. Jonás, su padre, ha ido a la taberna del Jeremías a echar la partida. Y Benito, su novio, que había quedado con ella para hacerle compañía durante la siesta, al final le ha dado plantón.

Esta mañana le comentó que probablemente no podría acudir, porque tenía mucho trabajo en casa con los animales, ya que al estar en época de apareamiento necesitaban más cuidado de lo habitual. Por lo que al ver que su padre se marchaba y él no llegaba decidió ir a buscarlo. De esa forma, además de no quedarse sola, le ayudaría con sus tareas. Jonás la acompañó hasta la puerta de su novio y allí la dejó mientras él iba al bar. Hasta seis veces hizo sonar la aldaba con forma de pájaro fabricada por el propio cazador; pero nadie atendió su llamada. Finalmente, con la cabeza gacha, el gesto preocupado y los ojos llorosos, volvió de nuevo a casa.

Que ella sepa es la primera vez desde que están saliendo, que Benito la engaña. Solo de pensar que en esos instantes puede estar con otra mujer, hace que se angustie y llore desconsoladamente. Si bien la realidad es muy diferente a lo que María está pensando, y además en Cañaovilla tampoco hay demasiadas candidatas para que pueda producirse semejante infidelidad.

VI

Si en todos los hogares de ese pequeño pueblo la siesta veraniega es una obligación, en uno de ellos no solo es obligación, sino también necesidad. Y no solo durante la temporada estival, sino todo el año. Como es evidente me estoy refiriendo a los panaderos. Esos vecinos que, mientras el resto duerme hasta el amanecer, ellos se levantan con la luna para preparar «el pan nuestro de cada día».

Julián, su ahijado Toño y Petro, su mujer, son de esos esforzados y madrugadores trabajadores de Cañaovilla. Los tres tienen por costumbre dormir una siesta de al menos tres o cuatro horas diarias, para luego poder mantenerse en pié mientras preparan el pan por la noche. Lo cual vienen haciendo desde hace años, todos y cada uno de los siete días de la semana. Todos... menos este sábado. Ya que en estos instantes, justo a la hora del tradicional descanso, cuando los tres tahoneros deberían estar reposando en sus respectivas camas, nadie duerme.

Petro lo ha estado haciendo hasta hace un minuto, que, de repente, sobresaltada y empapada en sudor, se ha despertado y se ha incorporado en el lecho, porque sufría una terrible y escalofriante pesadilla en la que el principal y macabro protagonista era el fallecido Lucas.

«Ella dormía la siesta junto a su marido, como en realidad estaba pasando, cuando oía un fuerte golpe que la despertaba. Al abrir los ojos para ver lo que era, Lucas irrumpía en la alcoba. Su cuerpo estaba negro, quemado, calcinado, chamuscado, carbonizado, completamente irreconocible... aunque Petro sabía a ciencia cierta que era él. El cadáver, ignorando su presencia, con paso lento y decidido se dirigía con no muy buenas intenciones hacia el lado donde dormía Julián. La desesperada mujer intentaba gritar para alertar a su marido; pero, incomprensiblemente, la voz no salía de su garganta. El ennegrecido cuerpo de Lucas, con pasos cortos y resueltos, se acercaba cada vez más a su presa. Pero ella, paralizada y muda de manera misteriosa, no podía hacer nada por impedirlo».

Sin embargo, sí que podía. Claro que puede. ¡Por supuesto que puede! Petro abre los ojos y... ¡Fuera, maldita pesadilla!

Se encuentra sudorosa y asustada, pero ha conseguido salvar a su esposo de las garras del zombi. Momentáneamente tranquila, torna la mirada al lado de la cama en el que está acostado Julián y... ¡nadie! ¡No hay nadie! Vuelve la pesadilla. Pero ya no es un sueño. Ahora es real. Muy real. Desgraciada y peligrosamente real. Se levanta rauda y acude a la habitación de Toño en busca de ayuda. Tampoco lo encuentra y su cama está sin deshacer. Su cabeza empieza a relacionar los hechos y hay cosas que le empiezan a encajar.

—Es posible que el ruido de la puerta que me pareció oír en sueños — murmura—, fuese más real de lo que he llegado a pensar en un primer momento.

En la casa no queda nadie más a quien acudir. Reme, su hija, según explicó durante la comida, debía ir al ayuntamiento a petición de don Eutimio. Petro no entiende lo que está pasando. Es la primera vez que su marido perdona la siesta, y además a escondidas mientras ella duerme. Lo de Toño parece más normal. Ya que últimamente rehúsa al descanso por acompañar a su «hermana» Reme. El alcalde lleva un tiempo que la está necesitando para ir a trabajar a esas horas tan inoportunas de la tarde.

Petro se deja caer en una de las sillas de madera de la entrada y, apretando la cabeza con sus manos, empieza a llorar y a lamentarse de la mala racha por la que está pasando el pueblo.

VII

—Creo que no es el mejor día para vernos a solas, y mucho menos aquí —dice Toño, dando muestras de un evidente nerviosismo—. El ambiente está cargado con la inspección de esos policías a la casa quemada. ¡Esto es una locura! —exclama, levantándose de la silla y haciendo ademán de irse.

Reme sujeta su mano y lo mira con ojos de enamorada. Suficiente para que Toño vuelva a sentarse.

—Si alguien nos viera aquí... —señala el joven con verdadera preocupación.

Ella acerca su rostro, lo besa en los labios y exclama con voz dulce y temblona:

—¡Me da igual que nos descubran! ¡No aguanto más! —Vuelve a besarlo —. Desde que esos malditos policías llegaron y se instalaron en este despacho, en nuestro «nido secreto», no hemos tenido oportunidad de estar juntos.

Lo besa una vez más.

—¡Eso no es cierto, cariño! —replica Toño, intentando convencer a su amada para alejarse de allí lo antes posible—. Estamos juntos muchos momentos al día. Vivimos juntos, comemos juntos, cenamos juntos...

—Sabes perfectamente que no es a eso a lo que me refiero —le interrumpe ella—. Ya sé que vivimos en la misma casa. Pero allí nunca podemos estar a solas, ni tener la intimidad que tenemos aquí. No tienes por qué preocuparte —dice suavizando de nuevo la voz y volviendo a besarlo —. Los polis tardarán en volver.

—¿Tú por qué estás tan segura de eso? —pregunta Toño, poco confiado. —¡Lo sé! —dice Reme, convencida—. Les oí hablar en el pasillo cuando se iban. Han comido aquí en el despacho algo rápido y se han marchado a la huerta del tío Braulio.

Toño se pone pálido al escuchar esa última frase. Apenas le salen las palabras cuando dice:

—¿Cómo que han ido a la huerta? —Se incorpora de la silla como impulsado por un resorte— ¡No puede ser! ¿La inspección no era al caer la tarde?

Reme lo observa pasmada. No entiende esa inesperada y extraña reacción de su novio.

—Les oí decir que irían antes de lo previsto —comenta—. Dijeron algo sobre una estrategia o algo así. No pude escuchar más porque enseguida se fueron. Yo estaba ahí adentro —señala el pasillo—, buscando unos informes en el cuarto de archivos. No me vieron porque la puerta estaba cerrada.

Toño, ante la incrédula mirada de la muchacha, sale disparado sin decir nada.

Según parece las diferentes tretas ideadas por el Buldog han ido surgiendo efecto. Primero los vecinos más susceptibles se dejan intimidar y engañar para soltar la lengua y hablar en contra de los otros. Y ahora, ante la amenazadora inspección de la casa quemada, el pueblo entero se convierte en un auténtico caos. Cualquier día normal a esas calurosas horas de la tarde veraniega todos estarían durmiendo la siesta. En cambio hoy, además de los habituales jugadores de cartas de la taberna del Jeremías, hay demasiadas personas moviéndose sigilosamente por las calles de Cañaovilla. En especial por las más recónditas. Unos para ir en casa de sus allegados y, si aún no lo saben, avisarles de los próximos acontecimientos que se avecinan. Y otros porque, ya enterados de ellos, de forma misteriosa y sospechosa también han optado por salir a la calle a esas horas tan poco normales.

Sea como sea y por lo que sea, esa era justo la reacción que Benítez quería provocar en los vecinos. Para eso ha preparado esa embaucadora artimaña. El experimentado y poco ortodoxo agente, según apuntan las evidencias y pese a quien pese, parece que va a salirse con la suya en ese difícil y comprometido caso. De hecho ya tiene en su punto de mira a uno, si no a varios posibles culpables de la muerte de Lucas Carrasco.

Entre unas y otras cosas, lo cierto es que nadie duerme esta tarde en Cañaovilla. Ya que los que no se encuentran en la calle, vigilan a escondidas desde sus ventanas y balcones las idas y venidas que se producen en el exterior.

Cele, con un gato negro en sus brazos, asoma con sigilo entre los visillos del mirador de su buhardilla. El alguacil no quiere ser descubierto por la multitud de viandantes que revolotean por la calle. Su casa está a las afueras del pueblo, justo en la zona habitual de paso hacia las huertas, y al parecer ese día está siendo el sitio elegido por algunos vecinos para «pasear». Y no es que resulte extraño ver gente deambulando por ahí, ya que suelen hacerlo con frecuencia, lo que llama la atención es que lo hagan durante la sagrada jornada de la siesta... y a escondidas.

El empleado municipal también tenía pensado salir después de comer. Pero cambió de idea cuando, estando en el desván con sus mininos, observó