Step 2: Convergence Verification
5. Numerical Examples
«Señor, sea mi oración como incienso en tu presencia» (SI 141, 2).
1.— La oración, aun la más personal, es siempre comunión con Cristo y con la Iglesia, porque el cristiano es siempre miembro de Cristo y de la Iglesia. Es una comunión íntima e interior que pasa sólo entre el alma y Dios. Pero hay
otra forma de oración en la que esa comunión asume también una dimensión externa, visible y comunitaria; es la oración litúrgica, mediante la cual la Iglesia, unida a Cristo su Cabeza y Esposo, ofrece a Dios el culto integral.
El hombre, en efecto, no es sólo espíritu, sino espíritu encarnado; debe por tanto emplear en la oración no sólo sus facultades espirituales: inteligencia y voluntad, sino también las afectivas: corazón, sensibilidad y hasta la fantasía, los sentidos y el mismo comportamiento externo. Todo el hombre debe orar. Esto se cumple precisamente en la oración litúrgica que no es sólo culto interno, sino también externo, expresado con la oración común, los cánticos, los gestos y las ceremonias. Si el culto interno es esencial, porque sin él el externo sería formalismo e hipocresía, no hay que desestimar este último, que tiene la función de manifestar pública y tangiblemente la devoción interior de los fieles. Esto corresponde no sólo a la naturaleza del hombre, sino tam- bién a la de la Iglesia que, siendo una sociedad visible, no puede carecer de un culto social externo. La sagrada liturgia expresa justamente «la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia..., a la vez humana y divina, visible y dotada de, elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación.» (SC 2).
La oración litúrgica está por eso en el vértice de las demás formas de oración, bien porque las compendia todas y empeña todas las facultades del hombre, bien porque expresa no la oración de los fieles particulares, sino la de la comunidad de los fieles, o sea de la Iglesia, en la que Cristo está presente como Cabeza y principal orante.
2. — Desde los comienzos de la Iglesia empezaron los cristianos a reunirse «en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en la oración..., alabando juntos a Dios» (Hc 2, 42.47). Eran las primeras reuniones eclesiales, de las que Cristo, presente en la Eucaristía, era el centro. La sagrada Liturgia, en efecto, apoyada toda en torno al Sacrificio Eucarístico y a los sacramentos, es el culto perfecto que Cristo mismo ofrece al Padre celestial para su gloria y para la salvación de los hombres. «En esta obra tan grande, por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por él tributa culto al Padre Eterno» (SC 7). Participando en la sagrada Liturgia, el fiel participa oficialmente en el culto que el Cristo total, o sea el Cristo unido a su Iglesia y por lo tanto a sus miembros, tributa a Dios. Por eso la oración litúrgica tiene un valor intrínseco y objetivo, que se deriva del valor infinito del sacrificio y de la oración de Cristo; y así es el sostén de la oración privada, pues suple las deficiencias de ésta y la alimenta con la gracia derivada de la presencia y acción vivificadora de Cristo. Cuando se siente la pobreza de la oración personal, es de gran consuelo refugiarse en la oración litúrgica, la gran oración de Cristo y de la Iglesia. Por otra parte también la oración litúrgica, en cuanto que son los fieles los que la hacen, necesita ser acompañada por su oración personal. Porque si es verdad que la oración litúrgica tiene un valor intrínseco, de modo que sigue siendo siempre oración
de Cristo y de la Iglesia, por más que el orante esté distraído, es igualmente verdad que no aprovecha al individuo sino en, medida proporcionada a su fe, a su devoción y a su empeño personal. Por eso oración litúrgica y oración personal no pueden oponerse ni siquiera separarse, sino que han de andar siempre unidas y compenetradas, vivificándose y completándose mutuamente.
Dios mío, ¡qué confusa estaría de mi debilidad e insuficiencia, si para alabarte, reverenciarte y glorificarte, no tuviese a Jesucristo, mi único Bien, que lo hace de modo perfecto! A él le confío mi impotencia y me alegro de que sea él todo y yo no sea nada...
¡Oh Jesús!, en ti lo poseo todo. Tú eres mi Cabeza y yo soy realmente un miembro tuyo. Tú oras, adoras, te humillas, das gracias en mí y por mí, y yo en ti, porque el miembro es uno con la Cabeza. Tu vida tan santa y admirable absorbe la mía, tan vil y mezquina.
Tú eres de modo excelente mi acción de gracias. Tomaré el cáliz de la salud y contigo ofreceré una hostia de alabanza, un sacrificio agradable, digno de Dios, sobreabundante. (B. M. TERESA DE SOUBIRAN).
¡Oh Jesús!, sois Vos a quien yo adoro como centro de la Liturgia; sois quien dais la unidad a esta Liturgia, que puedo definir como culto público y oficial de la Iglesia...
La Pascua israelítica, los sacrificios y holocaustos dieron forma oficial al himno de alabanza a ti debido... Pero Vos solo, Jesús mío, sois el himno perfecto, por ser la verdadera gloria del Padre. No hay quien pueda glorificar dignamente a vuestro Padre, si no es por Vos: «Por él, con él y en él, a ti Dios Padre... todo honor y toda gloria».
Vos sois el lazo de unión entre la liturgia de la tierra y la liturgia del cielo, a la cual asociáis de un modo más directo a vuestros escogidos. Vuestra Encarnación unió de un modo sustancial y viviente la humanidad y la creación toda entera a la liturgia divina. Es un Dios ahora el que alaba a Dios. Alabanza plena y perfecta que tiene su apogeo en el sacrificio del Calvario. (G. B. CHAUTARD,El alma de todo apostolado, V, 3, 1).