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Objective 2: Behavioural Event Interviews (BEIs)

5. Results

5.3 Objective 2: Behavioural Event Interviews (BEIs)

L

o queremos todo—y lo queremos ahora. Como cultura,

el Occidente está esclavizado por una casi adoración a la comodidad y a la conveniencia.

Dios me enseñó esta lección al principio de mi ministerio en América. Me ha ayudado a comprender por qué la iglesia se ha convertido tan a menudo en piedra de tropiezo para el Evangelio, cuando debería ser la maquinaria de misiones en el mundo actual.

Resultó claro para mí cuando el Señor me abrió la puerta para predicar en una pequeña iglesia del sur. Durante el servicio de la mañana, el Espíritu Santo se movió poderosamente en la congregación. Hubo una gran convicción acerca de los millones de perdidos en Asia.

El pastor fue especialmente tocado. Con lágrimas en los ojos, se puso de pie ante su gente y confesó que su corazón había estado frío hacia las misiones. Pero dijo que el Señor le había dado una nueva visión esa mañana y quería ver la congregación envolverse en llevar a cabo la Gran Comisión.

él urgió a su gente a orar por las necesidades de Asia y a regresar esa noche para ver nuestras transparencias

misioneras. Nuevamente esa noche el Señor se movió en forma sobrenatural, y muchos se comprometieron a adoptar misioneros nacionales.

Era el principio de nuestro ministerio, y en esos días, acostumbraba a pasar la noche como huésped en casa del pastor local. Después del servicio, él volvió a hablar de cómo el Señor lo había movido.

En esa ocasión, planeábamos un viaje visionario para que los pastores vinieran y vieran el trabajo de los misioneros nacionales con sus propios ojos. Al ver su gran interés, le ofrecí a este pastor la oportunidad de acompañarnos en el viaje.

Parecía fascinado cuando le hablé de líderes como David Mains de la Capilla del Aire y muchos otros cuyos ministerios se habían revolucionado por una visita al campo misionero. Entonces hizo preguntas, pero no las que yo esperaba. Quería saber sobre el calor de 100-grados que experimentaría al norte de la India, cómo íbamos a viajar, cómo iba a ser la comida y dónde nos íbamos a quedar.

Finalmente se volvió a mí y me dijo algo que se convertiría en una revelación para mí. “Hermano K. P., soy sólo un campesino. He sido criado comiendo panecillos con salsa de carne. Probablemente contraería diarrea si fuera, y además siempre viajo en autos con aire acondicionado.”

Tristemente, nunca visitó el campo misionero, aunque dejé la puerta abierta para él. Al igual que millones, sólo el pensamiento de alguna incomodidad temporera fue suficiente para alejarlo de una aventura espiritual única en su vida.

Negocios, políticos y aun muchos líderes de iglesias contribuyen a este blando e inservible mancha en el alma de nuestra nación. Fortunas han sido hechas por corporaciones que proveen servicios sin cola o molestia, que han aprendido a satisfacer las demandas del consumidor con gratificación instantánea.

Sin dolor no hay ganancia

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la comodidad y la conveniencia. Cada 20 segundos, en un lugar de los Estados Unidos, la vida de un niño sin nacer es acabada a través del aborto. ¿La razón usualmente dada? “Nosotros no estamos listos para tener un bebé ahora.”

Traducido al español simple, esto significa que tener el bebé sería demasiado inconveniente.

Si una nueva vida humana estorba nuestra carrera y metas de ingreso, agendas escolares o planes matrimoniales, la solución estadounidense de primera elección es despiadada y simple: Matarla. No permitimos que nada se interponga en nuestro bienestar.

El aborto es una de las más chocantes, y a la vez enteramente lógicas, extensiones de esta obsesión con la comodidad, la conveniencia y el lujo. Menos dramática, pero igual de mortal para millones de almas perdidas en nuestro mundo, es nuestra falta de disponibilidad para hacer aun pequeños sacrificios para alcanzarlos.

Pagando el precio del dolor

¿Dónde están los creyentes que harán una decisión voluntaria de aceptar el sacrificio y el sufrimiento por causa de seguir a Cristo?

Jamás entraremos al campo enemigo ni invadiremos las puertas del infierno hasta que nos demos cuenta nuevamente de que el soldado no vive de sentimientos. Las pérdidas, la incomodidad y las heridas son parte del programa para la victoria. Los cristianos reales aceptan el sufrimiento como parte normal de seguir a Cristo, así como las madres aceptan el parto como parte normal del nacimiento de un bebé.

“Sin dolor no hay ganancia” aplica al evangelismo mundial al igual que a los programas de ejercicio. Hasta que aceptemos el sufrimiento, el sacrificio y el negarnos a nosotros mismos como una rutina normal, jamás veremos la Gran Comisión cumplida en nuestra generación.

acerca de la buena vida están profundamente incrustadas en nuestras mentes y estilos de vida. No se irán sin una decisión consciente de convertirnos en siervos en vez de ser servidos. A menos que escojamos el camino de la cruz, siempre estaremos cayendo automáticamente en ese patrón de extravagancia y derroche que se ha convertido en la norma de esta cultura.

El visitante se queda atónito ante la manera en que vivimos en un mundo donde desechamos las cosas. Sin pensar son echados a la basura botellas, latas, toallas y platos, mientras que en otros lugares del mundo, los mismos serían atesorados. ¿Por qué no tomamos el tiempo de lavarlos y usarlos de nuevo? La razón es simple: la conveniencia reina, y la persona promedio no cambiaría eso por nada.

Sentirme bien es suficiente para mí

Y hemos adaptado este “desechable” estilo de vida en nuestra actual práctica del cristianismo. Hoy hemos sustituido los mandamientos del Maestro por una religión de buena onda y sin problemas. él dijo, “... tome su cruz y sígame,”pero hemos cerrado nuestros puños y rehusado abrir nuestras manos. No recibiríamos el clavo, porque eso significaría hacer morir nuestro “yo.” En lugar de eso demandamos complacer nuestros deseos de auto-gratificación. Y hemos encontrado pastores y maestros de la Biblia que nos dan una teología de “sentirnos bien” para igualar y justificar nuestras vidas de pecaminosa rebelión.

La letra de una canción popular se ha convertido en el himno nacional de nuestra generación. El refrán dice, “Sentirme bien es suficiente para mí.” ¿Cuántos millones viven hoy con este dicho como su filosofía, incluyendo muchos cristianos?

La mayor parte de esta religión “Santa Claus” tan popular hoy, está centrada alrededor de una horrible distorsión de la doctrina e historia bíblica. Es una enseñanza contraria

Sin dolor no hay ganancia

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a la esencia central de las Escrituras. Niega las demandas del Evangelio y dice, “puedes tener la buena vida ahora—y también el cielo.”

Nos acaricia los oídos el oír la enseñanza de esta religión. Nos promete los servicios de un dios que existe para resolver todos nuestros problemas—haciéndonos felices, saludables, populares, exitosos y ricos. Pero éste no es el Jesucristo que Pablo y los apóstoles siguieron. Ni es el Dios de Abraham, Moisés, David o Elías. Suena más bien como las falsas promesas de Baal o los ídolos falsos del paganismo.

El llamado de Cristo al sufrimiento

Jesús nunca se disculpó por llamar a Sus discípulos a una vida de negación a sí mismos. Es interesante ver la manera en que él aplicó esta enseñanza a esos que se ofrecieron a seguirle.

Él prometió que andaríamos errantes. Leemos en Lucas

9:57 de un individuo que alardeaba de que seguiría a Jesús adondequiera que él fuera. Pero aparentemente desistió de ello cuando Jesús le respondió, “Las zorras tienen guaridas y las aves de los cielos nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde recostar la cabeza.” (Lucas 9:58).

Él prometió relaciones rotas. Otro hombre dijo que le

seguiría pero necesitaba primero enterrar a su padre. Jesús le dijo, “Deja que los muertos entierren a sus muertos; pero tú vete a anunciar el reino de Dios.” (Lucas 9:60).

Él prometió separación y soledad. Un tercero que aspiraba ser

discípulo dijo, “Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa.” Jesús le respondió, “Ninguno que, habiendo puesto su mano en el arado, mira hacia atrás es apto para el reino de Dios.” (Lucas 9:62).

Es obvio que Jesús no tendrá entre Sus seguidores a nadie que quiera poner la comodidad, los lazos familiares o la seguridad terrenal antes que Su reino. Jesús está diciendo, en efecto, “Te ofrezco lo que tengo—sufrimiento, hambre,

trabajo, soledad, rechazo, sudor, lágrimas y muerte. Soy extraño y peregrino en este mundo, y si me sigues tendrás que desprenderte de los pegajosos lazos de esta vida presente.”

Los Evangelios dan otro ejemplo. Un joven rico quería seguir a Jesús y preguntó qué tenía que hacer para heredar el reino. Jesús simplemente respondió, “Anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres.” El joven se fue triste.

Jesús obviamente le amaba, le tuvo que doler ver al joven irse. Pero en este caso y en las otras historias similares, usted nunca ve a Jesús ni una vez, ir detrás de estos aspirantes a discípulos. No se esfuerza en apaciguar, modificar o suavizar las inquebrantables demandas de la cruz. El asunto es “deja todo y sígueme” o “no vengas.”

A todos los que le seguirían, él dio el mismo mensaje básico. Los que salven su vida la perderán—los que pierdan su vida por Su causa la encontrarán. Los primeros serán los últimos y los últimos los primeros.

No hay lugar en Su grupo para los que no estén dispuestos a aceptar inconveniencia, sufrimiento e incertidumbre. Este es aún el precio de seguir a Cristo hoy, como lo fue entonces.

Estoy convencido de que la razón principal de por qué no estamos impactando nuestra generación para Cristo es que rehusamos ser honestos acerca del cristianismo. Le hemos ofrecido al mundo un evangelio sin sacrificio ni sufrimiento. Hemos hecho todo lo que hemos podido para disculparnos por las demandas de Cristo y eliminarlas con explicaciones. Le hemos dicho a la gente que Jesús realmente no quiso decir lo que dijo—que ellos pueden tener a Cristo sin Su cruz.

El resultado se ve a nuestro alrededor. Tenemos cristianos dogmáticos, defensivos y superficiales cuya fe no pasa de la próxima esquina, mucho menos va a revolucionar el mundo. Aunque tenemos millones de libros y más conocimiento que cualquier otra generación en la historia cristiana, aún permanecemos sin poder y derrotados.

Capítulo 9

La fe verdadera no es

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