Nació en 1542, en Fontiveros, un pequeño pueblo de Ávila y se le puso el nombre de Juan 40 Yepes. Fue el segundo de los tres hijos del matrimonio formado por Gonzalo de Yepes, miembro de una noble familia, y Catalina Álvarez, de pobre condición, con la cual se casó enamorado en 1529. El matrimonio fue repudiado por su familia y Gonzalo quedó sin dinero ni oficio, obligado a aprender el de su mujer, que era tejedora de sedas. Pese a todo en ese hogar cristiano había fe y amor. De la infancia de Juan en el pueblo no se sabe gran cosa, solo que era muy piadoso.
Su padre muere pronto y la viuda se ve obligada a grandes esfuerzos para sacar adelante a sus tres hijos. El éxodo fue inevitable y Catalina y sus tres hijos marcharon primero a
40
El nombre de Juan es de origen hebreo y etimológicamente significa Dios es misericordioso.
Arévalo y luego a Medina del Campo que era el centro comercial de Castilla. Allí malviven con muchos problemas económicos, arrimando todos el hombro. Con todo, la serenidad y el valor no faltan pues como dirá más tarde aquel niño de nueve años, «la confianza en Dios es la mejor alforja».
Como afirman los autores estudiados, Juan ingresó en un Colegio de la Doctrina, institución de beneficencia que recogía niños pobres -huérfanos sobre todo- a quienes atendían en sus necesidades primarias y daban una primera educación y oficio. Además de estudiar Juan debía prestar servicios humildes en el Hospital de la localidad. Es de mencionar que se distinguió sobre todo como un discípulo agudo.
Más tarde comenzó a estudiar Humanidades en el Colegio de la Compañía de los Jesuitas, recién fundado en 1551. Dado que terminó sus estudios en el año 1563 se estima que debió empezarlos cuatro años antes, en 1559. Los estudios allí realizados fueron de tipo humanista, directrices de la «ratio studiorum», que preconizaban los jesuitas, saliendo de allí al menos con conocimientos de griego, latín y retórica, y habiendo aprovechado bien en ellos. En estos años tomó su primer contacto con los clásicos latinos y españoles y al mismo tiempo vivió las nuevas corrientes del humanismo cristiano, con estilo y comportamientos renovados en la pedagogía.
Carmelita
Manchón (2005) nos advierte que la elección de Juan por la Orden del Carmen se ha querido rodear de una aureola de revelación milagrosa o talante reformador. No hay tal. Le guiaba más el amor a la Virgen como aseguran algunos que le trataron entonces. En efecto, acabados sus estudios con 21 años, Alonso Álvarez, el administrador del Hospital, quiso que se ordenara sacerdote y quedase al servicio de la institución, lo que habría permitido solucionar en parte los problemas económicos de la familia. Pero, convencido de su vocación, un día se acercó al convento que los Carmelitas habían fundado en Medina tomando los hábitos el 24 febrero de 1563, con el nombre de Juan de San Matías.
Después de la profesión obtuvo licencia de sus superiores para seguir estrictamente la regla original carmelita, eminentemente contemplativa y marcada por la soledad, la renuncia y el silencio.
Sus superiores le enviaron a Salamanca para cursar estudios en la Universidad del mismo nombre que vivía -en esos tiempos- su época de mayor esplendor, tanto por la calidad de sus docentes como por su enseñanza. La formación recibida con los jesuitas constituirá la plataforma idónea para el acceso a esta casa de estudios como aventajado alumno. Los carmelitas disponían en Salamanca del Colegio de San Andrés, que tenía categoría de Studium generale por lo que disponía de estudios propios.
Fray Juan de San Matías aparece matriculado en la universidad el 6 de enero de 1565 junto al resto de alumnos del Colegio que llevaban un doble régimen de estudios, los del colegio y los universitarios.
En la universidad las clases se impartían en latín. La enseñanza estaba influida por el tomismo, aunque los maestros tenían libertad para comentar, ampliar, refutar o enmendar al aquinate, introduciendo elementos platónicos o averroístas. En general, había un ambiente liberal que admitía a discusión cualquier sistema u opinión. Dentro del Colegio, por su parte, se estudiaba teología a través de las obras de
destacados maestros de la orden. Se sabe que aprovechó bien sus estudios, porque fue nombrado prefecto de estudiantes.
Estas dos vertientes le dieron flexibilidad de pensamiento lo que le ayudó a fundamentar y estructurar su futura teología mística. Al respecto, las primeras inquietudes pudieron ocuparle el año 1567.
Además, según Mancho Duque, existe la posibilidad de que el Carmelita asistiera a materias ajenas al propio curriculum, como la explicación de los Cantares de Salomón, en la cátedra de propiedad de Lenguas Semíticas o escuchara las teorías copernicanas, en parte admitidas por los estatutos salmantinos de 1561, toda vez que se han rastreado influjos copernicanos en la concepción del alma por parte del santo. Incluso se ha apuntado la hipótesis de un conocimiento indirecto de Algazel y de Averroes a través de Baconthorp, por esta misma época.
En 1567 fue ordenado sacerdote y regresó a Medina del Campo para celebrar su primera misa rodeado del afecto de sus familiares.
Sinembargo, abrumado por las responsabilidades del ejercicio del sacerdocio e
insatisfacción con el modo de vivir la experiencia contemplativa en el Carmelo, considera irse a la Cartuja, mucho más penitente y recogida. Es este el momento que Teresa de Jesús se cruza en su camino para detenerle.
El encuentro de estas dos almas elegidas; la primera entrevista de esta mujer de cincuenta y dos años, rica en experiencias internas, que ha unificado completamente su doctrina, con el monje desconocido de veinticinco años, que, maduro en la primavera, ha recogido él mismo sus ideas directrices y sabe a dónde va. El contrato moral pactado por estos dos grandes genios, diferentes en verdad, pero semejantes, no siempre por el camino recorrido, aunque sí por la meta a que caminan; ese encuentro es evidentemente una de las fechas más conmovedoras en la historia cristiana de la Humanidad.
El santo decide, en la espera de la creación de algún monasterio, volver a Salamanca e iniciar estudios de Teología durante el curso 1567-68, pero sin intención de culminar su carrera académica. En efecto sólo termina un curso por lo que no obtuvo el grado de bachiller.
En agosto abandona Salamanca para acompañar a Teresa en su fundación femenina de Valladolid. El 28 de noviembre de1568 funda en Duruelo (Ávila) el primer convento de la rama masculina del Carmelo Descalzo siguiendo la «Regla Primitiva» de San
Alberto esto es, un establecimiento que propugna el retorno a la práctica original de la orden. Durante la ceremonia cambia su nombre por el de fray Juan de la Cruz.
Se ha sugerido, nos indica Mancho Duque, la posibilidad de que durante su permanencia en Ávila el santo tuviera tiempo y ocasión de realizar amplias lecturas, escolásticas y místicas e, incluso, de madurar en su experiencia espiritual y poética. En esa época, en esta ciudad, en gran apogeo cultural, artístico y religioso, existía un Estudio General de los Dominicos, además del Colegio de jesuitas de San Gil, en el que residían teólogos como Suárez, y pedagogos como Ripalda o el propio Juan Bonifacio, preceptor de Juan de Yepes en Medina del Campo. Otros especialistas han insistido asimismo en que estos años constituyeron una etapa de preparación para la creatividad absoluta de los
inmediatamente siguientes. "Debieron perfilarse y quizá definirse allí la originalidad de su pensamiento, la fuerza de su inventiva y la urgencia de la escritura."
Por aquel entonces, en 1580, la Universidad de Baeza, pequeña en relación con Salamanca y Alcalá, tenía sin embargo fama. Había sido fundada en 1540 por Rodrigo López y Juan de Ávila que habían promovido sobre todo las humanidades. La apertura del colegio movió a un intercambio en dos sentidos, como ya había ocurrido en Salamanca. Por una parte, los alumnos del Colegio cursaban estudios en la Universidad y, por otra, alumnos y catedráticos de la Universidad se acercaban al Colegio de los Descalzos para tratar con fray Juan temas de doctrina y sagrada escritura. Se organizaban discusiones públicas en el Colegio, al modo de las Universidades. La actividad colegial se completó con las actividades propias de la vida activa y de la vida contemplativa. Se reza, se barre, se friega, se celebran oficios, se hacen penitencias.
También en esta época, Fray Juan de la Cruz dedicó mucho tiempo a la guía y formación de espíritus. La mística era en aquellos tiempos un afán relativamente común en toda clase de gentes y no exclusivo de frailes y monjas. La dificultad de encontrar un director espiritual experimentado, que supiese señalar y corregir las desviaciones que podían producirse hizo que fray Juan fuese visitado y requerido por muchas personas, de la ciudad y del entorno, como confesor y director espiritual. Frecuente en esos tiempos fue que recorriese periódicamente las distintas fundaciones descalzas de monjes y monjas para ocuparse de su dirección espiritual. Además de eso, muchos particulares que querían cultivar su espíritu acudían a él.
La guía de fray Juan era, según los relatos de los propios afectados, dulce pero rigurosa, corrigiendo su quehacer de modo suave y progresivo. Para mitigar la distancia solía escribir pequeñas notas con consejos que remitía a los interesados.
En Duruelo, con el sayal estrecho y corto, que a toda prisa le han hecho las monjas de Medina, y el rosario y correa pobres, los pies descalzos y una cruz pequeña en el pecho, Fray Juan sale a predicar por los pueblos del contorno, acompañado a veces por un hermano suyo. Después de cumplir su ministerio, busca una fuentecica, saca un poco de pan y queso y lo come en santa alegría. Tal vez fue en uno de estos momentos cuando improvisó aquella estrofa sublime:
«¡ Oh cristalina fuente!
¡Si en esos tus semblantes plateados formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!»
Para concluir este período de su vida diré que para algunos escritores, las duras circunstancias de desnutrición durante su niñez tuvieron como consecuencia cierta endeblez en su estructura física. No obstante, «Era—dice uno de sus biógrafos—de estatura entre mediana y pequeña, bien trabado y proporcionado el cuerpo, aunque flaco, por la mucha penitencia que hacía. El rostro, de color trigueño, algo macilento, más redondo que largo; calva venerable, con un poco de cabello delante. La frente ancha y espaciosa, los ojos negros, con mirar suave; cejas bien distintas y formadas; nariz igual, que tiraba un poco a aguileña; la boca y labios, con todo lo demás del cuerpo, en debida proporción.»
Y en cuanto a su personalidad, Zimmerman (2014) señala que “San Juan ha sido representado a menudo como de un carácter austero; no hay nada más falso. Era de hecho austero en extremo con él, y, en cierta manera, también con otros, pero tanto de sus escrituras y de las declaraciones de aquéllos que lo conocieron, le vemos como un
hombre que derrama caridad y bondad, una mente poética profundamente influenciada por lo bello y lo atractivo”.
Al ser muy agudo y hábil, amaba las letras y fue capaz de proveerse de una abundante cultura lo que se demuestra en sus resultados en los estudios. Emocionalmente tenía una inocencia sencillísima y un trato sin género de doblez ni malicia.