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Objective 2 Observe and document dog and owner behaviour

Chapter 4 Results & Discussion

4.2 Objective 2 Observe and document dog and owner behaviour

bres, mujeres y niños− llegaban hasta allí a caballo. Se presentaba entonces la ocasión de una "reunión", gratísima para esas gentes solitarias, a millas de distancia unas de otras. Los hombres se dedi- caban a la tarea de apilar tronco sobre tronco, colocando luego el techo. La casa se levantaba. Mientras tanto, la bebida corría libre- mente. El alcohol era, al parecer, necesario para el pionero. En to- das aquellas oportunidades en que estos pobladores se congrega- ban, fuera para una boda, un funeral, una fiesta el día en que se procedía al desgranamiento del maíz, o a la limpieza de un campo para librarlo de tocones, siempre corría la bebida en abundancia.

Puesto que había que cuidar de dos cosas a la vez: de una ca- baña y de una granja, habiendo mil y una tareas que realizar, los hombres, por lo general, se casaban a temprana edad. La ayuda era constantemente necesaria y las familias comprendían numerosa prole; habrían sido aún más largas si no hubiesen perecido tantas criaturas de corta edad, a raíz de la falta de asistencia médica o de los incipientes conocimientos de aquel entonces, en materia de curación de enfermedades infantiles. Varones y niñas, no bien se transformaban en hombres y mujeres, contraían matrimonio y se marchaban más hacia el Oeste, a fin de crear hogares propios.

Había trabajo para todo el mundo. Daniel Drake, en su Pioneer

Life in Kentucky, nos da cuenta de-las tareas que estuvieron a su cargo, siendo niño:

“Ya me he referido al rallado y al machacado del maíz, a la ta- rea de acarrear agua sobre los hombros, desde un manantial dis- tante, a la de tener agarrado el ternero por las orejas durante el or- deño, a la de ir a la laguna los días de lavado... Eran trabajos regu- lares, hachar, partir y llevar adentro la leña, mantener vivo el fue- go, recoger en el cesto del maíz astillas que sirviesen de hornija por la mañana y de iluminación en las largas tardes de invierno, cuando el "sebo" era demasiado escaso para aportar suficientes candelas y la "grasa" tan necesaria para cocinar... Otra de mis ocupaciones consistía en mojar las vacas y cuando éstas se enfurecían azuzarlas hacia una de las esquinas del corral y mantenerlas a raya con un

palo, desde arriba, mientras mi madre las ordeñaba. De vez en cuando la secundaba en esta tarea, pero se le enseñó a mi hermana Lizzy lo más pronto posible, en vista de que todo el vecindario consideraba el ordeñe algo demasiado "femenino" para un varón.1

Cuando concluía la cosecha, amontonábanse las mazorcas, for- mando una extensa pila o parva; se fijaba una noche y los vecinos eran más bien notificados que invitados, por cuanto se trataba de un. asunto de asistencia mutua. Al caer la noche, a medida que iban

llegando, se tendía a todos los concurrentes, hombres y muchachos, la botella de whisky de. vidrio color verde y de un cuarto de galón de capacidad, tapada con un marlo, para que bebiesen un trago. Dos hombres o más comunmente dos muchachos, eran declarados capitanes por aclamación. Recorrían el lugar reservado a la parva y estimaban a ojo de buen cubero sus dimensiones, hasta que se ha- llaban en posición de fijar un punto divisorio. La elección dependía de hacer revolear en el aire un tasquil, en uno de cuyos lados se había escupido y, en breves minutos, las fuerzas rivales se lanzaban la carga sobre la parva. El dueño de casa, después de haber aguar- dado a que todos llegasen para extenderles la botella, entraba en el juego, ocupando su puesto eu el extremo que le correspondía... Di- vidido el montón en dos, los bandos se daban la espalda y hacían marcar a sus manos un ritmo muy peculiar, en tanto que el coro de voces, en una noche serena, podía escucharse a una milla de dis-

Pero la vida no era exclusivamente de trabajo, sin lugar a diver- sión alguna. Verdad es que había muy contados momentos en que el pionero podía entregarse a su solaz pero, aunque muy espacia- dos, llegaban al fin. Uno de ellos arribaba cuando se organizaba el juego de separar la mazorca de la chala seca. Con tal objeto, se disponía una carrera, para lo cual elegíanse dos bandos, siendo declarado ganador el equipo que terminaba primero.

Drake, a quien le tocó intervenir en muchas de estas competen- cias, nos las describe:

1 Ibid, pág. 92.

tancia. Mientras, la botella de whisky, repetidamente vuelta a lle- nar, circulaba libremente y una vez terminado el juego, el capitán victorioso era alzado en hombros de los hombres más fornidos, con la botella en una mano y su sombrero en la otra, llevándosela en triunfo alrededor del bando vencido, entre gritos de victoria que atronaban el espacio. Después venía la cena, en la que habían esta- do activamente ocupadas las mujeres, y que siempre incluía un "pastel de carne"... alrededor de medianoche los más sobrios acompañaban a los borrachos a casa...1

Aun en los momentos en que "recibía religión", el fronterizo llegaba a alto grado de excitación. El jinete de circuito (el predica- dor que iba de población en población), solía celebrar ocasional- mente un gran "reavivamiento"

La vida, ruda, formó gentes recias, fuertes. Era asimismo solita- ria y callada, lo cual tuvo su efecto sobre el pionero. Cuando se unía a sus semejantes en una cacería de lobos, en una riña de ga- llos, o, más tarde, en la reunión de los sábados en el almacén, mos- trábase inclinado a beber copiosamente, y a toda suerte de bromas y ásperos juegos. Las pendencias o los matches de lucha, asumían características brutales. Los adversarios podían arañarse, tirarse del cabello, tratar de asfixiarse entre sí, arrancarse la nariz a mordisco- nes e inclusive sacarse los ojos. Les parecía muy gracioso "doblar en dos a un hombre borracho dentro de una barrica -estando a su vez ebrios- colocar la tapa, clavetearla firmemente y hacerlo rodar por la pendiente de una colina de cien pies o más".

*

1 Ibid., págs. 54-56. Malaster, J. B., op. cit., Vol. V, págs. 158-159. * N. del T.: Reuniones destinadas al reavivamiento del fervor religioso.

al cual concurría multitud de hom- bres, mujeres y niños, desde varias millas a la redonda. Era dable ver entonces curiosas escenas. Al tiempo que el predicador pronun- ciaba su fogoso sermón, muchos de sus oyentes solían incorporarse de un salto y se ponían a gritar, otros ladraban y algunos alcanza- ban tal punto de enardecimiento que rodaban por el suelo presa de espasmos o "respingos".

El hombre del Oeste era hospitalario. Sus modales bruscos y su apariencia poco cortés, no impedían empero que el viajero perdido o fatigado hallase siempre la bienvenida en su rústica cabaña. Sus bienes no eran muchos, pero estaba dispuesto a compartirlos. Su frase, "Supongo que puede usted quedarse", no sonaba muy invita- dora, pero era hombre parco en el hablar y enemigo de ceremonias. James Hall, en oportunidad de un viaje a través de los bosques, fue ayudado a cruzar una corriente por un habitante de la región. Nos relata lo que ocurrió:

"Después de beber un tazón de leche, lo cual, en realidad, pedí a modo de excusa para pagarle algo más por la molestia que se había tomado, solicité que me hiciera saber cuánto le debía por haberme transportado de una orilla a otra, a lo que respondió divertidamente diciendo que 'nunca aceptaba dinero por prestar ayuda a un viajero en camino'.

"'Entonces, permítame pagarle la leche.' "Jamás vendo leche".

'Pero', Insistí, 'Preferiría pagarle. Tengo dinero suficiente! 'Y bien', replicó, 'Yo tengo leche suficiente, de manera que es- tamos a mano; mi derecho a darle leche es tan bueno como el suyo a darme dinero'."

Tocóle al pionero la difícil empresa de modificar sus antiguos hábitos para adaptarlos a su nuevo medio ambiente. La línea fron- teriza constituía el "punto de encuentro entre lo salvaje y la civili- zación". El chacarero precursor tuvo que renunciar a sus modales civilizados para convertirse, durante un tiempo, en exactamente un salvaje. Se quitó sus atavíos de hombre educado, reemplazándolos por la casaca de caza y el mocasín. Renunció a su hogar civilizado

y vivió en una cabaña de troncos. No había pasado mucho tiempo y

araba a la manera india, con un afilado palo, y plantaba maíz. Dejó de lado los métodos civilizados de combate y lanzó al aire el grito de guerra y extrajo a su enemigo el cuero cabelludo, según un auténtico estilo de barbarie. Realizó todas estas cosas, no porque

quisiese, sino porque se vio forzado a ello a fin de subsistir. La selva imponía esta forma de obrar; el hecho de no haberse ajustado a esta modalidad de vida habría significado una muerte segura. Poquito a poco fue transformando la agreste soledad,pero, entre tanto, también en él se había operado un cambio. Era una nueva persona. Muchas de esas cualidades que consideramos típicas de los norteamericanos en general, fueron el resultado de esta vida en la frontera.1

Creía que un hombre era tan bueno como otro. En la mayoría de estos nuevos Estados del Oeste, se concedía el derecho a votar a ¿Qué cosas le enseñó al pionero esta batalla con la selva virgen? Le enseñó a ser independiente. Con sus propias manos, sin otro recurso que sus propias fuerzas, había hecho frente a una situación insólita y la había conquistado. Se procuró víveres, refugio, vesti- menta, bastándose a sí mismo. Cuando partió del Este rompió los vínculos con su antiguo hogar. Un hecho interesante es que, si bien las gentes al oriente de las montañas miraban de frente a Europa y pensaban en la región del Oeste, como "el interior del país", el pio- nero, a la inversa, encaraba a occidente y llamaba al Este "el inte- rior del país". Sabía lo que quería y se propuso obtenerlo; no le gustaban interferencias de ninguna clase. Había demostrado su capacidad para cuidar de sí mismo. Era su propio amo.

La lucha le dio una sensación de autoconfianza; había sido una violenta pugna en la que había debido acometer tremendas adversi- dades y consiguió vencer; los condenados al fracaso, o bien regre- saron a sus lares, o bien murieron, pero el pionero que se había quedado y había vivido y había salido airoso, estaba orgulloso de sí mismo. Había librado una batalla contra los elementos naturales, resultando victorioso; nada lo arredraba ya. Creía en sí mismo y en su capacidad para desenvolverse. El suyo era un país joven. Poseía la confianza y el entusiasmo de los jóvenes.

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