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El final de la década de los años veintes del siglo anterior es conocido por todos como el de la más profunda debacle económica de que se tenga noticia en la historia norteamericana. Aunque muchos de los textos escritos por Dewey a que venimos haciendo referencia son anteriores a la famosa caída de Wall Street del año 1929, resulta interesante leerlos como un anuncio de lo que sería la peor crisis económica de los Estados Unidos. Dewey, sin embargo, se resiste a hacer una descripción apocalíptica de la vida norteamericana o a aceptar explicaciones “psicológicas” simplistas sobre lo que

es la cultura estadounidense. Para él, hay que comprender la dualidad y la contradicción en términos históricos. La condición específica que ha llevado a la pérdida del individuo es el hecho de que los norteamericanos no estaban suficientemente preparados, ni mental ni moralmente, para asumir las consecuencias de una rápida industrialización, pues el viejo ideal republicano de la libertad individual y la igualdad de oportunidades para todos sólo se ha realizado de forma incompleta al tiempo que, en el seno mismo de esa sociedad que buscaba dichos ideales, se han desarrollado una industria y una economía regidas por el mero interés pecuniario. El resultado de ello, desde luego, ha sido la perversión del viejo ideal individualista por parte de una cultura del dinero. Dice al respecto:

38 Una descripción más completa de cada uno de estos asuntos que aquí he presentado de forma tan esquemática puede verse

en todo el texto de “A Critique of American Civilization” (LW 3: 133-144) y en múltiples pasajes de The Public and Its Problems (LW 2: 235-373) e Individualism Old and New (LW 5: 41-124).

Con un enorme dominio sobre los instrumentos y en posesión de una tecnología eficaz, glorificamos el pasado y legalizamos e idealizamos el status quo, en vez de preguntarnos seriamente cómo deberíamos emplear los medios a nuestra disposición para llegar a formar una sociedad equitativa y estable. Ésta es nuestra más grande abdicación. Ello explica cómo y por qué somos una casa dividida y en contra de sí misma. Nuestra tradición, nuestra herencia, es en sí misma algo que tiene una doble faceta. Contiene en sí el ideal de la libertad y la igualdad de oportunidades para todos, independientemente de su nacimiento y estatus, como la condición para la realización efectiva de dicha igualdad. […] Sin embargo, la promesa de una nueva perspectiva moral y religiosa no ha sido alcanzada. No ha llegado a convertirse en un punto de partida adecuado para un nuevo consenso intelectual; no es ésta (ni siquiera de forma inconsciente) la fuente vital de alguna filosofía distintiva y compartida. […].

Mientras tanto, nuestras instituciones encarnan otra tradición, distinta y más antigua. Que la industria y los negocios estén dirigidos hacia el beneficio pecuniario no constituye nada nuevo; ello no es el producto de nuestra nueva era y de nuestra cultura, sino que nos viene a nosotros de un lejano pasado. Sin embargo, la invención de las máquinas les ha dado a éstos un poder y alcance que nunca tuvieron en aquel pasado del que proceden. Nuestra ley y nuestra política, y en general las incidencias de la asociación humana, dependen de una novedosa combinación de las máquinas y el dinero; y el resultado de ello es la cultura pecuniaria característica de nuestra civilización. De esta forma, el factor espiritual de nuestra tradición -el de la igualdad de oportunidades y el de la libre asociación e intercomunicación- se ha visto oscurecido y desplazado. En vez del desarrollo de las individualidades que se había profetizado, lo que se ha dado es una perversión del ideal completo del individualismo con el fin de conformarlo a las prácticas de una cultura del dinero (Individualism Old and New, LW 5 48-49).

Todos estos síntomas, a la vez contradictorios y confusos, pueden ser interpretados de formas muy diversas. Dewey lo hace desde una perspectiva que es absolutamente relevante para el problema que intentamos plantear: la perspectiva del individuo concreto. Cuando uno lee Individualism Old and New una de las cosas que más le sorprende es el hecho de que el énfasis no lo ponga Dewey en la debacle económica que ya se está empezando a vivir por estos tiempos, sino en la crisis de los Estados Unidos como cultura39. Ello no quiere decir, desde luego, que Dewey desconozca los problemas económicos más graves de aquellos días (el desempleo, la creciente pobreza, la voracidad de los trusts

económicos, etc.), sino que le interesa, más bien, ver cómo todo ello es un reflejo de algo más complejo aún: una crisis cultural. Por supuesto, las dos cosas, la crisis económica y la crisis cultural, se encuentran estrechamente vinculadas, pues lo que ha entrado en crisis es precisamente una cultura montada sobre el dinero como el medio universal de las relaciones humanas (Cfr. Individualism Old and New, LW 5: 45).

Este hecho fundamental -que las relaciones entre los individuos estén mediadas por el dinero-

importa a Dewey, sobre todo, por sus consecuencias culturales, pues precisamente una “cultura del dinero” se expresa a través de ciertos rasgos mentales específicos: por una parte, una tendencia hacia la

39 Para una comprensión del contexto social y cultural en que se gesta la crítica de Dewey al estrecho individualismo de su

época, véase la introducción de Ramón del Castillo a la traducción española de Individualism Old and New (Del Castillo, 2003).

autojustificación en la cual los conflictos sociales (por ejemplo, los conflictos derivados de la división en clases sociales, o los generados por el sistema de distribución y consumo de bienes y servicios) se

tienden a ver como cosas “naturales”, como resultados necesarios del progreso; y, por la otra, una cierta “filosofía de la vida” marcada por un determinismo económico que contradice abiertamente los ideales

que los propios individuos norteamericanos dicen perseguir. Esta filosofía de la vida abiertamente autocontradictoria (pues es la mezcla más poderosa del más terrible darwinismo social con ciertos impulsos altruistas e idealistas) se manifiesta, según Dewey, en los más diversos ámbitos de la vida norteamericana: en su educación, en sus manifestaciones religiosas, en su cultura empresarial, etc. Puesto que la contradicción es flagrante, Dewey no encuentra mejor forma de describirla que con cierto tono de ironía, como el que se percibe en las siguientes palabras:

Nada nos produce más horror a los norteamericanos que escuchar que hay alguna criatura descarriada en algún humilde lugar de esta tierra que predica lo que nosotros practicamos -y que, además, lo practicamos con mayor eficiencia que cualquier otro-; esto es: el determinismo económico. Toda nuestra teoría lo que nos dice es que el hombre planea y utiliza máquinas para sus propios propósitos humanos y morales, en vez de ser arrastrado por las máquinas a donde éstas quieran llevarlo. En contraposición al materialismo, es nuestro idealismo probablemente la más aclamada y frecuentemente profesada filosofía que el mundo haya podido escuchar alguna vez. Alabamos incluso a nuestros hombres de mayor éxito no por su energía implacable y concentrada sobre sí a la hora de avanzar hacia adelante, sino por su amor a las flores, los niños, los perros, o por la amabilidad con que tratan a los ancianos. A cualquiera que defienda con franqueza un credo de vida de carácter egoísta se le mira muy mal en todas partes. Sin embargo, y junto a la desaparición del hogar y la multiplicación de los divorcios en un seiscientos por ciento en una sola generación, encontramos la mayor y más abundante glorificación del carácter sacrosanto del hogar y de las bellezas del amor eterno que la historia pueda recordar. Estamos sobrecargados de altruismo y ardemos en deseos de “servir” a otros (Individualism Old and New, LW 5: 47).

Tanta contradicción no puede ser más que la más clara expresión del profundo desconcierto en que viven los individuos norteamericanos. El hombre común de cualquier ciudad o pueblito de su país vive, según Dewey, completamente inquieto y en estado de absoluto desasosiego; y la propia confusión e incertidumbre en que vive lo llevan a buscar algo nuevo que satisfaga sus profundas inquietudes. A veces busca consuelo en la religión o se juega todas sus cartas en una educación que pueda sacarlo de su ancestral ignorancia, otras veces se refugia en la diversión privada o en la seguridad del núcleo familiar; en otras ocasiones se limita a glorificar a su nación y a proclamar que es, casi por definición,

“la mejor del mundo”. Nada de esto, sin embargo, responde de forma clara a su profunda insatisfacción; es, como dice Dewey, en una expresión típica norteamericana, “el mismo perro viejo

con un collar nuevo”.

¿Dónde esta la causa de todo esto? ¿Por qué la contradicción y la confusión son los signos distintivos de la cultura norteamericana? Se pueden elaborar al respecto múltiples hipótesis. Dewey

cree que ello se debe, sobre todo, a que los efectos de una industrialización muy acelerada han tomado desprevenidos a los norteamericanos, pues no estaban suficientemente preparados, ni mental ni moralmente, para asumir una industrialización tan abrupta y acelerada; y no a determinadas

condiciones “psicológicas” propias del ciudadano norteamericano (Cfr Individualism Old and New, LW 5: 48). En cualquier caso, sin embargo, no son las causas de esta contradicción lo que más le importa, sino sus consecuencias efectivas sobre la vida de los individuos.

¿Por qué al individuo común norteamericano le resulta tan natural todo lo que sucede? ¿Por qué, a pesar de todo, él no siente la confusión ni percibe la contradicción? Precisamente porque se ha formado en el ambiente de un individualismo a ultranza, de un individualismo craso, en el cual el dinero lo es todo, y porque se ha llegado a convencer de que la cultura en que nació y ha vivido constituye el mejor de los mundos posibles. Si todo se hace por dinero, ¿qué hay de malo en ello? Al fin y al cabo, ¿no es de eso de lo que se trata? ¿Habría acaso otra razón para hacer las cosas que las ganancias que nos proporcionan? Todo es justificable en términos de un individualismo que Dewey no

duda en calificar de “firme y decidido”, aunque también podría llamársele un individualismo “precario y desgastado”40.

Dicho individualismo, además, es, para Dewey, una grave perversión de la tradición espiritual norteamericana y de la promesa de que los Estados Unidos habrían de ser la tierra de la libertad y la igualdad de oportunidades. Es evidente que el problema de fondo que afecta a la cultura norteamericana es algo que tiene que ver con la mentalidad en que se forman sus individuos, pero es evidente también que, por ello mismo, el problema del individualismo es el problema cultural más grave a que deben enfrentarse los norteamericanos. Hay un viejo individualismo que ya está desgastado, pero ¿habrá lugar en la cultura norteamericana para una nueva forma de individualismo? ¿Podrá ser Norteamérica una cultura individualista al estilo de la que soñaron hombres como Emerson, Thoreau, Whitman o James?

40 Aquí Dewey recurre a un juego con palabras que tienen un sonido similar, aunque un sentido claramente diferente:

“rugged” (fuerte, resistente, escabroso, duro, firme, decidido, inquebrantable) y “ragged” (andrajoso, harapiento,

desgreñado, pobre, desgastado, precario). Dicho juego de palabras, que Dewey deja abierto a las libres asociaciones de su lector, se encuentra al comienzo de Individualism Old and New, LW 5: 45. Cito el pasaje en inglés: “So far, all is for the

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