Un doble sentimiento invade al que reflexiona sobre Jesús y la vio- lencia: por una parte, tiene la impresión de que el programa de Jesús, con su radical exigencia de cambio, no es realizable sin el recurso a la violencia; por otra, está convencido de que, si se recu- rre a la violencia, se abandona el proyecto de Jesús. En este sen- tido, es inevitable dudar de la «eficacia» del mensaje de Jesús para solucionar problemas contemporáneos. En seguida viene a la me- moria el reproche —no airado— de Nietzsche: al nazareno le faltó realismo. Unos años más de vida y habría pensado, hablado y ac- tuado de otra forma...
Históricamente, el precio pagado por la salida del dilema que acabamos de enunciar ha sido alto: se ha procurado realizar lo de Jesús «privadamente». Hemos buscado la unión íntima y perso- nal con él evocando algo sentimentalmente su recuerdo, dejándo- nos invadir por lo bonito que sería que su causa triunfase. Pero, como decía Hegel, nuestras manos no se movían, descansaban plá- cidamente sobre nuestro regazo. Esta actitud de acceso personal e intimista a la figura de Jesús, olvidando la lucha para que el mundo dejase de ser ese «matadero» del que también habla Hegel, ha configurado ampliamente nuestra espiritualidad.
Esta «privatización» ha estado también en el centro de la pre- dicación eclesial. Predicación a la que se ha prestado —y se sigue prestando— una atención obsequiosa, pero siempre con la mirada puesta en el reloj, convencidos de que, cuando termine el sermón, empezará la «vida», una vida que se resiste a las confusas utopías escuchadas en la Iglesia.
Hemos afirmado que la causa de Jesús no parece realizable sin el recurso a la violencia. Parece, por ejemplo, que la justicia es central en su mensaje. Pero ¿es posible la justicia sin recurrir a la violencia? Al menos parece que, con métodos pacíficos, se está retrasando mucho... Así lo deben pensar los hambrientos de todo el mundo.
Por otra parte, nadie podrá afirmar —es el segundo miembro del dilema— que Jesús quiso una justicia lograda a tiros. En un mundo violento e injusto habló de fraternidad y amor, pero no parece que pensara en la contundencia de las metralletas para lo- grar este ideal. Le preocupó la «conversión», pero no insinuó nun- ca que se pueda lograr por la fuerza; tuvo compasión de la muche- dumbre, pero no la incitó a la incalculable aventura del levanta-
miento armado; alguna vez le pidieron que hiciera bajar fuego del cielo, pero rechazó ásperamente la propuesta; fue testigo privile- giado del cautiverio de todo un pueblo sometido al arbitrio de una dominación extranjera, y cuando le preguntaron si era lícito pagar tributo a los dominadores, dio una respuesta enigmática cuyo sig- nificado aún no hemos logrado descifrar. Y cuando llegó «su ho- ra», el trance amargo del dolor y de la negatividad, parece que optó más por la sumisión que por la resistencia. Obsequió con un amplio silencio a los agentes de la violencia —saduceos y roma- nos— y se dirigió a Dios con una pregunta misteriosa: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» (Me 15,34).
No sabemos lo que pensaba Jesús en ese momento, si es que podía pensar algo. A lo mejor, como escribe K. Rahner, se le hizo presente «todo lo que hace de la muerte algo horrible... el sufri- miento corporal, la tremenda injusticia a que se le somete, el odio y mofa de los enemigos, el fracaso de toda una vida, la traición de los amigos...» 13. Pero también es posible que su pregunta fue-
se más allá de su propia odisea personal. Tal vez preguntaba a Dios —y, si él no lo hizo, podemos hacerlo nosotros— por la persistente presencia de lo violento en el mundo. Tal vez pensó en el sufri- miento de los inocentes, en la enfermedad prolongada, en el ham- bre e inseguridad que amenazan al hombre, en las generaciones inútilmente sacrificadas. Tal vez pensó, sobre todo, en la muerte del hombre, en su carácter destructivo e inmisericorde. Tal vez quiso preguntar si, en definitiva, no es Dios el responsable último de la violencia que asóla esta tierra.
Bultmann tiene razón: no podemos saber cómo entendió Jesús su muerte. Lo que sí sabemos es que, según el relato de sus ami- gos, tuvo sueños de paz. Fue un soñador que se orientó hacia ese «imposible-necesario» que es la paz. A pesar de que no dio recetas «eficaces», sigue, a dos mil años de distancia, atrayendo e inter- pelando a no pocos hombres de nuestro tiempo. Algunos de ellos, atentos al clamor de sus hermanos oprimidos, optan por la intem- perie y recurren, en última instancia, al lenguaje de las armas; otros, confiando en que Dios hará triunfar la causa de la justicia, no dan ese paso. Todos ellos se remiten a Jesús. ¿Con razón? El nazareno —lo veíamos— habló poco claro. Dejó un amplio mar- gen a la decisión personal. Tal vez confió tanto en Dios y en el
Perplejidades y preguntas 121 hombre, que consideró posible un mundo humano sin violencia. Aunque la historia no le ha dado la razón, su ideal sigue ahí como una especie de reto para el futuro. A Jesús no le habría bastado el lema de Camus: «Lo importante es pensar con claridad y aban- donar la esperanza». Más bien parece que esperó «contra toda es- peranza».