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Omega: Enterprising risk and opportunity management

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extendida, ofrecida por su retirada y en su retirada.lEs decir, la libera­ ción de la presencia y para la presencia en la retirada del tiempo pre­ sente. La presencia que se verifica que no es presente, sino destinación, envío, liberación de ella misma como partición infinita de existencia. Pero «destinación» y «liberación» corren el riesgo de decir todavía de­ masiado poco, si es que estas palabras marcan todavía demasiado la acción consciente y voluntaria. Digamos, para intentar liberar en las palabras otra denominación de la libertad: una sorprendente generosi­ dad del ser.

Ca p ít u l o 1 2

EL MAL. LA DECISIÓN

Pero ¿y si el pensamiento, finalmente, se encontrase severamente apelado al pudor, y reducido a la impotencia, a través del mal? Más gravemente todavía, ¿y si se encontrase confrontado, a través del mal, con su propia indignidad?

Auschwitz demostró irrefutablemente el fracaso de la cultura. El he­ cho de que Auschwitz haya podido ocurrir en medio de toda una tradi­ ción filosófica, artística y científico-ilustradora encierra más contenido que el de ella, el espíritu, no llegara a prender en los hombres y cam­ biarlos. En esos santuarios del espíritu, en la pretensión enfática de su autarquía es precisamente donde radica la mentira. Toda la cultura des­ pués de Auschwitz, junto con la crítica contra ella, es basura. Al restau­ rarse después de lo que dejó ocurrir sin resistencia en su casa, se ha con­ vertido por completo en la ideología que era en potencia desde que, en oposición con la existencia material se arrogó el derecho de insuflarle la luz; una luz que precisamente el aislamiento del espíritu se había reser­ vado para sí quitándosela al trabajo corporal. Quien defiende la conser-' vación de la cultura, radicalmente culpable y gastada, se convierte en cómplice; quien la rehúsa fomenta inmediatamente la barbarie que la cultura reveló ser.1

Como consecuencia de su última frase, Adorno añade:

Ni siquiera el silencio libera de ese círculo; lo único que hace es ra­ cionalizar la propia incapacidad subjetiva con la situación de la verdad objetiva, degradando de nuevo a ésta a una mentira.

De manera que no puede uno callarse. No puede uno callarse ante lo que ha llevado al fracaso a la «libertad», que constituía el pensa­ miento mayor de esta cultura, ni delante de lo que pone en trance de

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LA E X P E R I E N C I A DE LA L I B E R T A D

renunciar a todo pensamiento de la libertad (sin duda Heidegger creyó haberlo reconocido, entre otras cosas, cuando reconoció «la mayor tontería de mi vida»;2 sin embargo guardó silencio,3 y éste fue también, se ha llegado a decir, un silencio sobre «la libertad»; sin em­ bargo no dejó de intentar pensar «el espacio libre» del Ereignis: lo

cual era también reconocer la indignidad y la futilidad de la «cultura» de la libertad, sin ceder, sin embargo, acerca... de la libertad). Y si todo pensamiento de la libertad debe renunciar, dejando el lugar al consenso rápidamente conseguido de un liberalismo moral y político, entonces es el pensamiento el que debe renunciar. Con lo que no pa­ saría nada, si el pensamiento fuese sólo cosa del pensamiento; al con­ trario, con eso se renunciaría a lo que puede constituir y haber de malo en el pensamiento: la ilusión, la facilidad, la irresponsabilidad y la intelectualidad, que se cree libre y afirma tan fácilmente la liber­ tad justo en la medida en que no la somete a prueba. Pero el pensa-. miento no es la intelectualidad, es la experiencia de sus límites. Y es esa experiencia en cuanto experiencia de la libertad, materialmente y en una corporeidad intratable, que no es otra cosa sino el nacimiento y la muerte. Decir de éstas, en efecto, que «sólo cabe pensarlas», quiere decir que sólo se puede pensar en ellas, y en ellas es la libertad lo que está en juego. Auschwitz ha significado la muerte del naci­ miento y de la muerte, su conversión en abstracción infinita, la nega­ ción de la existencia: y es quizás ante todo eso lo que la «cultura» ha­ bía hecho posible.

Uno no puede callarse, y no hay dónde elegir. La experiencia de la libertad no es ad libitum . Esa experiencia constituye la existencia, y

hay que captarla también, en consecuencia, en esa extremidad de ne­

2. H.W. Petzet cita esta expresión en su prefacio a M artin H eidegger/Erhard K astner,

Brkfwechsel, F rancfort del M eno, K losterm ann, 1986.

3. Véase Philippe L acoue-L abarthe, La poésie comm e expérience, París, Bourgois, 1986, pág. 167: «Eso es estrictam ente imperdonable». La p alab ra se refiere a la vez a Auschwitz y al silencio de Heidegger. (P o r o tra p arte, y en previsión de observaciones ulteriores, hay que re c o rd a r que el perdón, to m ado en su trad ición judeo-cristiana, no equivale a justificación. Lo que sigue siendo injustificable po d ría ser, en otro plano, per­ donado. Salvo si se tra ta precisam ente de u n a actitud que tiende de u n a m an era u otra a justificar lo injustificable, com o cabe sospechar que pu d o ocurrir, en u n cierto nivel, en el caso de H eidegger. Pero queda, en la m ism a trad ició n del perdón, u n enigm ático «pecado contra el espíritu», que no puede ser perdonado... (A ñadam os lo siguiente: el si­ lencio de H eidegger n o fue absolutam ente total; p ro n unció algunas frases, y harem os alusión m ás adelante a u n a de ellas, acerca del Unheil, el desastre, debido al nazism o. Pero aparte de esta palabra, n a d a encentó el silencio de fondo. Todos los m ateriales en este pu nto están presen tad o s y analizados con precisión p o r p arte de Ph. Lacoue- Labarthe en La fiction du politique, París, B ourgois, 1988.)

EL MAL. LA D E C I S I Ó N

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gación de la existencia. Hay en adelante una experiencia del mal, y el pensamiento no puede mantenerse al margen de ella. En realidad, es ésa, quizás, la experiencia mayor de todo el pensamiento contemporá­ neo en cuanto pensamiento de la libertad, es decir, en cuanto pensa­ miento que no sabe ya si, ni cómo, «la libertad» podría ser su tema, puesto que es libremente y en el seno de la cultura de la libertad en donde se llevó a cabo sistemáticamente la negación de la existencia. El pensamiento no piensa nada si no se pone a prueba ante una declara­ ción como la de Thomas Mann en 1939: «Sí, sabemos de nuevo qué son el bien y el mal».4 Pero la primera exigencia es no comprender eso como el retomo de un bien y de un mal «bien conocidos». Más bien y por el contrario, es tomar la medida de un «saber» inédito «del bien y del mal», y de un saber que no puede sustraerse a la inscripción del mal, de una manera o de otra, en la libertad.

La lección que tenemos que recoger sobre el mal se recoge en tres puntos:

1. La clausura de toda teodicea, o logodicea, y la afirmación de que el mal es estrictamente injustificable.

2. La clausura de todo pensamiento del mal como defecto o perver­ sión de un ente cualquiera, y su inscripción en el ser de la existencia: el mal es malignidad positiva.

3. La encamación efectiva del mal en el horror exterminador del montón de cadáveres: el mal es insostenible e imperdonable.5

Bajo esta triple determinación se ha constituido lo que cabría lla­ mar, no sin una ironía sombría, el saber moderno del mal, diferente en naturaleza y en intensidad de todo saber anterior, aunque recoja también ciertos rasgos de éste (esencialmente, en suma, el mal que no era «nada» se ha convertido en «algo» que el pensamiento no puede reducir).

(De ese saber, por lo demás, forma parte también la historia de la fascinación moderna por el mal, que recordarán suficientemente, aparte de todas sus diferencias, nombres como los de Sade, Baude- laire, Nietzsche, Lautréamont, Bloy, Proust, Bataille, Bemanos, Kafka,

4. Das Problem der Freiheit, Estocolm o, 1939.

5. Como h a sido ya advertido de paso (caps. 1 y 3 ), pensam os que hay u n a secreta connivencia, m ás acá de diferencias fundam entales, en tre los cam pos y to do aquello que, p o r explotación, p o r abandono o p o r to rtu ra, presen ta en nu estra época lo que se podría ju n ta r bajo los títulos, a la vez m ateriales y sim bólicos, del encarnizam iento, de la

desencam adura, y de la carnicería. H abría que a n alizar esto en o tro lugar. H ab ría que

volver a tra z a r la circulación entre la b ru talid ad de la acum ulación prim itiva del c ap i­ tal pu esta a la luz del día, la del «m alestar en la civilización», y la de la b arb arie civili­ zada y tecnificada.

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