2.3 An approach for Ontology-based Information Retrieval
2.3.3 Ontology-based Information Retrieval Model
Menos mal que había tenido la precaución de traer cuatro o cinco revistas, porque los libros de la biblioteca estaban escritos en idiomas raros, y los dos o tres que encontró en español trataban de guerras y cuestiones de los judíos y otras cosas demasiado filosóficas. Mientras esperaba que doña Pepa acabara de peinarse, la Nelly se entregó fruiciosamente a la contemplación de fotos de diversos cocktails ofrecidos en las grandes residencias porteñas. Le encantaba la elegancia del estilo de Jacobita Echániz cuando hablaba a sus lectoras con tanta familiaridad, realmente como si fuera una de ellas, sin darse corte de alternar en la mejor sociedad y al mismo tiempo mostrando (¿pero por qué su madre se empeñaba en hacerse ese rodete de lavandera, Dios mío?) que pertenecía a un mundo diferente donde todo era rosado, perfumado y enguantado. No hago más que ir a desfiles de modelos —confiaba Jacobita a sus fieles lectoras—. Lucía Schleiffer que es monísima y además inteligente, pronuncia una conferencia sobre la evolución de la moda femenina (con motivo de la exposición de textiles en Gath y Chaves) y la gente de la calle, en tanto, se queda boquiabierta viendo las polleras de plisado lavable, hasta ayer parte de la magia norteamericana... En el Alvear la embajada francesa invita a un público selecto para ilustrarlo sobre la moda de París (como decía un modisto: Christian Dior va y todos nosotros tratamos de seguirlo). Hay perfumes franceses de regalo para las invitadas y todas salen locas de contento abrazando su paquetito...
—Bueno, ya estoy —dijo doña Pepa—. ¿Usted también, doña Rosita? Parece que hace una linda mañana.
—Sí, pero el barco se está empezando a mover de nuevo —dijo doña Rosita nada satisfecha—. ¿Vamos, m'hijita?
La Nelly cerró la revista no sin antes enterarse de que Jacobita acababa de visitar la exposición de horticultura en el Parque Centenario, que allí se había encontrado con Julia Bullrich de Saint, rodeada de cestas y de amistades, a Stella Morro de Cárcano y a la infatigable señora de Udaondo. Se preguntó por qué la señora de Udaondo sería infatigable. ¿Y todo eso había sido en el Parque Centenario, a la vuelta de donde vivía la Coca Chimento, su compañera de trabajo en la tienda? Muy bien podían haber ido las dos un sábado a la tarde, pedirle a Atilio que las llevara para ver un poco cómo era la exposición de horticultura. Pero de veras, el barco se estaba moviendo bastante, seguro que su mamá y que doña Rosita se descomponían apenas acabaran de tomar la leche, y ella misma... Era una vergüenza tener que levantarse temprano, en un viaje de placer el desayuno no debía servirse antes de las nueve y media, como la gente fina. Cuando apareció Atilio, fresco y animado, le preguntó si no era posible quedarse en la cama hasta las nueve y media y tocar el timbre para que sirvieran el desayuno en el camarote.
—Pero claro —dijo el Pelusa, que no estaba demasiado seguro—. Aquí vos haces lo que queros. Yo me levanto temprano porque me gusta ver el mar cuando sale el sol. Ahora tengo un ragú bárbaro. ¿Qué me decís del tiempo? ¡Hay cada bloque de agua...! Lo que no se ve todavía es la tunina, pero seguro que esta tarde las vemos. Buenos días, señora, qué tal. ¿Cómo anda el pibe, señora?
—Todavía duerme —dijo la señora de Trejo, nada segura de que la palabra pibe le quedara bien a Felipe—. El pobre pasó una noche muy inquieta según acaba de decirme mi esposo.
—Se quemó demasiado —dijo el Pelusa con aire entendido—. Yo le previne dos o tres veces, mira pibe que tengo experiencia, yo sé lo que te digo, no te hagas el loco el primer día... Pero qué le va a hacer. Y bueno, así aprenderá. Mire, cuando yo estaba adentro...
Doña Rosita cortó la inminente evocación de la vida de cuartel, proclamando la necesidad de subir al bar porque en el pasillo se sentía más el balanceo. Bastó esto para que la señora de Trejo empezara a notar que tenía un estómago. Ella no tomaría nada más que una taza de café negro, el doctor Viñas le había dicho que era lo mejor en caso de mar picado. Doña Pepa creía en cambio que una buena dosis de pan con manteca asienta el café con leche, pero eso sí, sin dulce, porque el dulce contiene azúcar y eso espesa la sangre, que es lo peor para el mareo. El señor Trejo, incorporado al grupo, creyó encontrar algún fundamento científico en la teoría, pero don Galo, que emergía de la escalerilla como un ludión vivamente proyectado por las férreas manos del chófer, manifestó sensible tendencia a despacharse un plato de panceta con huevos fritos. Otros pasajeros llegaban al bar, López se detuvo a leer un cartel donde se confirmaba el funcionamiento de la peluquería para damas y caballeros, y se especificaban los
horarios. La Beba hizo una de sus entradas al ralenti, con detención en el último peldaño y lánguido oteo del ambiente, luego se vio entrar a Persio vestido con camisa azul y pantalones crema demasiado grandes para él, y el bar se llenó de charlas y de buenos olores. Ya en su segundo cigarrillo, Medrano se asomó un momento para ver si estaba ahí Claudia. Inquieto, volvió a bajar y llamó en la cabina.
—Soy el colmo de la indiscreción, pero se me ocurrió que quizá Jorge no seguía bien y que les hacía falta algo.
Envuelta en una bata roja, Claudia parecía más joven. Le tendió la mano sin que ninguno de los dos comprendiera demasiado bien la necesidad de ese saludo formal.
—Gracias por venir. Jorge está mucho mejor y durmió muy bien toda la noche. Esta mañana preguntó si usted lo había acompañado mucho rato... Pero mejor que él mismo dirija los interrogatorios.
—Por fin llegás —dijo Jorge, que lo tuteaba con toda naturalidad—. Anoche prometiste contarme uña aventura de Davy Crockett, no te olvides.
Medrano prometió que más tarde le contaría alucinantes aventuras de los héroes de las praderas. —Pero ahora me voy a desayunar, che. Tu mamá tiene qua vestirse y vos también. Nos encontramos en cubierta, hace una mañana estupenda.
—Ya está —dijo Jorge—. Che, cómo charlaban anoche. —¿Nos oíste?
—Claro, pero también soñé con cosas del astro. ¿Vos sabías que Persio y yo tenemos un astro?
—Un poco copiado de Saint-Exupéry —le confió Claudia—. Encantador, por lo demás, y lleno de descubrimientos sensacionales.
Mientras se volvía al bar, Medrano pensó que el intervalo de la noche había cambiado misteriosamente el rostro de Claudia. Se había despedido de él con una expresión en la que había cansancio y desazón, como si todo lo que él le había confiado le hubiera hecho daño. Y las palabras con que había comentado su confidencia —pocas, quizá desganadas, casi todas duras y afiladas— habían sido la contraparte de su cara amarga, rendida por una fatiga repentina que no era solamente física. Lo había maltratado sin dureza pero sin lástima, pagándole sinceridad con sinceridad. Ahora volvía a encontrar a la Claudia diurna, a la madre del leoncito. «No es de las que arrastran la melancolía —pensó agradecido—. Y yo tampoco, aunque el bueno de López, en cambio...» Porque López dijo que estaba muy bien, pero que en realidad no había dormido mucho.
—¿Usted se va a hacer cortar el pelo? —preguntó—. En ese caso vamos juntos y podemos charlar mientras esperamos. Yo creo que las peluquerías, che, son una institución que hay que cultivar.
—Lástima que no haya salón de lustrar —dijo Medrano, divertido. —Lástima, sí. Mírelo a Restelli, qué cafisho se ha venido.
Bajo el cuello abierto de su camisa de sport, el pañuelo rojo con pintas blancas le quedaba muy bien al doctor Restelli. La rápida y decidida amistad entre él y don Galo se cimentaba con frecuentes consultas a una lista que perfeccionaban con ayuda de un lápiz prestado por el barman.
López empezó a contar su expedición de la noche, con la advertencia de que no había mucho que contar.
—El resultado es que uno se queda con un humor de perros y con ganas de agarrar a patadas a todos los lípidos o como se llamen esos tipos.
—Me pregunto si no estaremos perdiendo el tiempo —dijo Medrano—. Lo pienso como una escalera a dos puntas, es decir que me fastidia perder el tiempo en averiguaciones inútiles, y también me parece que quedarnos así es malgastar los días. Hasta ahora hay que admitir que los partidarios del statu qua se lucen más que nosotros.
—Pero usted no cree que tengan razón.
—No, analizo la situación, nada más. Personalmente me gustaría seguir buscando un paso, pero no veo otra salida que la violencia y no me gustaría malograrles el viaje a los demás, máxime cuando parecen pasarlo bastante bien.
—Mientras sigamos reduciéndolo todo a problemas... —dijo López con aire despechado—. En realidad yo me levanté de mal humor y la bronca busca destaparse por donde puede. Ahora ¿por qué me levanté de mal humor? Misterio, cosas del hígado.
Pero no era el hígado, a menos que el hígado tuviera el pelo rojo. Y sin embargo se había acostado contento, seguro de que algo iba a definirse y que no le sería desfavorable. «Pero uno está triste lo mismo», se dijo, mirando lúgubremente su taza vacía.
—Ese muchacho Lucio, ¿se ha casado hace mucho? —preguntó antes de tener tiempo de pensar la pregunta.
Medrano se quedó mirándolo. A López le pareció que vacilaba.
—Bueno, a usted no me gustaría mentirle, pero tampoco quisiera que esto se sepa. Supongo que oficialmente se presentan como recién casados, pero todavía les falta la pequeña ceremonia que se oficia en un despacho fragante de tinta y cuero viejo. Lucio no tuvo inconveniente en decírmelo en Buenos Aires, a veces nos tropezamos en el club universitario. Coincidencias de la calistenia.
—La verdad que la cosa no me interesa demasiado —dijo López—. Por supuesto guardaré el secreto para inconsciente martirio de las señoras de a bordo, pero nada me. sorprendería que su fino olfato... Mire, ya hay una que empieza a marearse.
Con un gesto en el que la torpeza se aliaba a una fuerza considerable, el Pelusa tomó del brazo a su madre y empezó a remolcarla hacia la escalerilla de salida.
—Un poco de aire fresco y se te pasa en seguida, mama. Che Nelly, vos prepara la reposera en un sitio que no haga viento. ¿Por qué comiste tanto pan con dulce? Yo te dije, acordate.
Con un aire levemente conspirador, don Galo y el doctor Restelli hicieron señas a Medrano y a López. La lista que tenían en la mano ocupaba ya varios renglones.
—Vamos a hablar un poco de nuestra velada —propuso don Galo, encendiendo un puro de calidad sospechosa—. Ya es tiempo de divertirse un poco, coño.
—Bueno —dijo López—. Y después nos vamos a la peluquería. Es un programa formidable. XXXIII
Las cosas se arreglan por donde uno menos piensa, pensó Raúl al despertarse. La bofetada de Paula había servido para que se fuera a la cama mucho más dispuesto a dormir que antes. Pero una vez despierto, después de un descanso perfecto, volvió a imaginarse a Felipe bajando a esa Niebeland de pacotilla y luces violeta, cortándose sola para sentirse independiente y más seguro de sí mismo. Mocoso del diablo, con razón tenía una borrachera complicada con insolación. Lo imaginó (mientras miraba reflexivamente a Paula que empezaba a agitarse en la cama) entrando en la cámara de Orf y del gorila con el tatuaje en el brazo, haciéndose simpático, ganándose unas copas, convertido en el gallito del barco y probablemente hablando mal de los restantes pasajeros. «Una paliza, una buena paliza bien pegada», pensó, pero sonreía porque pegarle a Felipe hubiera sido como...
Paula abrió un ojo y lo miró. —Hola.
—Hola —dijo Raúl—. Look, love, what envious streaks, Do lace the severing clouds in yonder east... —¿Hay sol, de verdad?
—Night's candles are burnt out, and jocund day... —Vení a darme un beso —dijo Paula.
—Ni pienso.
—Vení, no me guardes rencor.
—Rencor es mucha palabra, querida. El rencor hay que merecerlo. Anoche me pareciste sencillamente loca, pero es una vieja impresión.
Paula saltó de la cama, y para sorpresa de Raúl apareció con un piyama. Se le acercó, le revolvió el pelo, le acarició la cara, lo besó en la oreja, le hizo cosquillas. Se reían como chicos, y él acabó abrazándola y devolviéndole las cosquillas hasta que cayeron sobre la alfombra y se revolcaron hasta el centro de la cabina. Paula se levantó de un brinco y giró sobre un pie.
—No estás enojado, no estás enojado —dijo. Se echó a reír, siempre bailando—. Pero es que fuiste tan perro, mira que dejarme levantar así...
—¿Dejarte levantar? Especie de vagabunda, te levantaste desnuda sencillamente porque sos una exhibicionista y porque sabés que soy incapaz de ir a contárselo a tu Jamaica John.
Paula se sentó en el suelo, y le puso las dos manos sobre las rodillas. —¿Por qué a Jamaica John, Raúl? ¿Por qué a él y no a otro?
—Porque te gusta —dijo Raúl, sobrio—. Y porque él está enloquecido con vos. Est-ce que je t'apprend des nouvelles?
—No, la verdad que no. Tenemos que hablar de eso, Raúl.
—En absoluto. Te vas a otro confesonario. Pero te absuelvo, eso sí. —Oh, me tenes que escuchar. Si vos no me escuchas, ¿qué hago yo?
—López —dijo Raúl— ocupa la cabina número uno, en el pasillo del otro lado. Ya vas a ver como él te va a escuchar.
Paula lo miró pensativa, suspiró, y los dos saltaron al mismo tiempo para llegar antes al cuarto de baño. Ganó Paula y Raúl volvió a tirarse en la cama y se puso a fumar. Una buena paliza... Había varios que merecían una buena paliza. Una paliza con flores, con toallas mojadas, con un lento arañar perfumado. Una paliza que durara horas, entrecortada por reconciliaciones y caricias, vocabulario perfecto de las manos, capaz de abolir y justificar las torpezas nada más que para recomenzarlas después entre lamentos y el olvido final, como un diálogo de estatuas o una piel de leopardo.
A las diez y media la cubierta empezó a poblarse. Un horizonte perfectamente idiota circundaba el Malcolm, y el Pelusa se hartó de acechar por todas partes las señales de los prodigios profetizados por Persio y Jorge.
¿Pero quién estaba mirando y sabiendo todo eso? No Persio, esta vez, atento a afeitarse en su cabina, aunque naturalmente cualquiera podía apreciar el conjunto a poco que tuviera interés en salir y adelantarse blandamente al encuentro de la proa como una imagen cada vez más fija (gentes en las reposeras, gentes quietas en la borda, gentes tiradas en el suelo o sentadas al borde de la piscina). Y así partiendo del primer tablón a la altura de los pies, el contemplador (quien fuera, porque Persio se pulverizaba con alcohol en su cabina) podía progresar lenta o rápidamente, demorarse en una estría de alquitrán parda o negra, subir por un ventilador o encaramarse a una cofa espesamente forrada en pintura blanca, a menos que prefiriera abarcar el conjunto, fijar de golpe las posiciones parciales y los gestos instantáneos antes de dar la espalda a la escena y llevar la mano al bolsillo donde se entibiaban los Chesterfield o los Particulares Livianos (que ya escaseaban, cada vez más particulares y livianos, privados de las fuentes porteñas de suministro).
Desde lo alto —punto de vista válido, si no practicable—, la abolición de los mástiles reducidos a dos discos insignificantes, así como el campanile de Giotto visto por una golondrina suspendida sobre su justo centro se reduce a un cuadrado irrisorio, pierde con la altura y el volumen todo prestigio (y un hombre en la calle, contemplado desde un cuarto piso, es por un instante una especie de huevo peludo que flota en el aire por encima de un travesano gris perla o azul, sustentado por una misteriosa levitación que pronto explican dos activas piernas y la brusca espalda que echa abajo las geometrías puras). Arriba, el punto de vista más ineficaz: los ángeles ven un mundo Cézanne: esferas, conos, cilindros. Entonces una brusca tentación mueve a aproximarse al sitio donde Paula Lavalle contempla las olas. Aproximación, cebo del conocimiento, espejo para alondras (¿pero todo esto lo piensa Persio, lo piensa Carlos López, quien fabrica estas similitudes y busca, fotógrafo concienzudo, al enfoque favorable?), y ya al lado de Paula, contra Paula, casi en medio de Paula, descubrimiento de un universo irisado que fluctúa y se altera a cada instante, su pelo donde el sol juega como un gato con un ovillo rojo, cada cabello una zarza ardiente, hilo eléctrico por el que corre el fluido que mueve el Malcolm y las máquinas del mundo, la acción de los hombres y la derrota de las galaxias, el absolutamente indecible swing cósmico en este primer cabello (el observador no alcanza a despegarse de él, el resto es un fondo neblinoso como en un close-up del ojo izquierdo de Simone Signorat donde lo demás no pasa de una inane sopa de sémola que sólo más tarde tomará nombre de galán o de madre o de bistró del séptimo distrito). Y al mismo tiempo todo ss como una guitarra (pero si Persio estuviera aquí proclamaría la guitarra negándose al término de comparación —no hay cómo, cada cosa está petrificada en su cosidad, lo demás es tramoya—, sin permitir que se la empleara como juego metafórico, de donde cabe inferir que quizá Carlos López, que quizá Gabriel Medrano, pero sobre todo Carlos López es agente y paciente de estas visiones provocadas y padecidas bajo el cielo azul); entonces, resumiendo, todo es una guitarra desde arriba, con la boca en la circunferencia del palo mayor, las cuerdas en los candidos cables que vibran y tiemblan, con la mano del guitarrista posada en los trastes sin que la señora de Trejo, repantigada en una mecedora verde, sepa que ella es esa mano cruzada y agazapada en los trastes, y la otra mano es el mar encendido a babor, rascando el flanco de la guitarra como los gitanos cuando esperan o pausan un tiempo de cante, el mar como lo sintió Picasso cuando pintaba el hombre de la guitarra que fue de Apollinaire. Y esto ya no puede estarlo pensando Carlos López, pero es Carlos López el que junto a Paula pierde los ojos en uno solo de sus cabellos y siente vibrar un instrumento en la confusa instancia de fuerzas que es toda cabellera, el entrecruzamiento potencial de miles de miles de cabellos, cada uno la cuerda de un instrumento sigiloso que se tendería sobre kilómetros de mar, un arpa como el arpa-mujer de Jerónimo Bosch, en suma otra guitarra antepasada, en suma una misma música que llena la boca de Carlos López de un profundo gusto a frutillas y a cansancio y a palabras.
Suspiró aliviado al ver que su padre ya había salido a cubierta. Girando cautelosamente la cabeza