Este planteamiento no supone en absoluto disminuir la relevancia de la tortuosa senda del movimiento de reformas internas habido dentro de la propia China. Lo que los chinos tuvieron que aprender (y en cierta medida todavía están aprendiendo), entre otras cosas, fue que el mercado poco puede hacer para transformar una economía si no se produce una transformación paralela en las relaciones de clase, en el régimen de propiedad privada y en todos los demás pactos institucionales que de manera característica asientan la prosperidad de una economía capitalista. La evolución a lo largo de este camino fue, por un lado, intermitente y, por otro, estuvo marcada de manera frecuente por tensiones y crisis de las que ciertamente no estuvieron ausentes los impulsos y también las amenazas del exterior. El hecho de si todo obedeció a una planificación consciente aunque adaptativa («tantear las piedras mientras se cruza el río», como Deng describió este proceso) o fue el desenlace, a espaldas de los políticos 152 N. Lardy, China`s Unfinished Economic Revolution, Washington DC, Brookings Institution, 1998; S. M. Li y W.-S.
del partido, de una lógica inexorable derivada de las premisas iniciales de las reformas de mercado introducidas por Deng, será sin duda objeto de un largo debatez153.
Lo que puede decirse con precisión es que China, al no tomar la senda de una «terapia de choque» de privatización instantánea como la que posteriormente le endosaron a Rusia y a los países centroeuropeos el FMI, el BM y el «Consenso de Washington» en la década de 1990, se las arregló para esquivar los desastres económicos que asolaron aquellos países. Al tomar su propio y peculiar camino hacia el «socialismo con caracte- rísticas chinas», o como algunos ahora prefieren denominarlo, hacia «la privatización con características chinas», consiguió construir un modelo de economía de mercado manipulada por el Estado que proporcionó un espectacular crecimiento económico (arrojando una tasa media de crecimiento cercana al 10 % anual) y que ha aumentado de manera progresiva el nivel de vida de una significativa porción de la población durante más de 20 años154. Pero las reformas también conllevaron degradación medioambiental, desigualdad social y eventualmente algo que de manera incómoda se parece a la reconstitución del poder de clase capitalista.
Resulta difícil dotar de sentido a los detalles de esta transformación a menos que se cuente con un mapa aproximado de su senda general. Las políticas son difíciles de desentrañar, por lo enmascaradas que están por los misterios de las luchas de poder dentro de un Partido Comunista que estaba determinado a mantener su único y singular detentación del poder. Las decisiones cardinales, ratificadas en los congresos del partido, establecieron las bases de cada uno de los pasos tomados en la travesía de la transformación. Sin embargo, es poco probable que el partido hubiera dado fácilmente el visto bueno a la reconstitución activa del poder de clase capitalista en su mismo seno. Casi con toda seguridad, abrazó las reformas económicas con el objetivo de acumular riqueza y de modernizar su potencial tecnológico en aras a mejorar su capacidad para manejar la disidencia interna, para defenderse mejor frente a una agresión externa y para proyectar su poder hacia el exterior en la esfera de sus intereses geopolíticos inmediatos en un este y sureste asiático en acelerado desarrollo. El desarrollo económico se consideraba un medio para alcanzar esos objetivos y no un fin en sí mismo. Por otro lado, la senda de desarrollo que en realidad se ha tomado parece corresponderse con el objetivo de evitar la formación de cualquier bloque coherente de poder de clase capitalista dentro de la propia China. La fuerte dependencia de la inversión extranjera directa (una estrategia de desarrollo económico totalmente distinta a la adoptada por Japón y Corea del Sur) ha mantenido el poder de propiedad de la clase capitalista fuera de sus fronteras (cuadro 5.1) facilitando en cierto modo, al menos en el caso chino, su control por parte del Estado155. Las barreras impuestas sobre las inversiones de cartera extranjeras limitan de manera efectiva los poderes del capital financiero internacional 153
Para esta última interpretación me apoyo en parte, aunque mi lectura no es tan rotunda como la de ellos, en Hart- Landsberg y Burkett, con cuyo trabajo estoy especialmente en deuda en esta parte de mi estudio. Véase M. Hart-Lansdberg y P Burkett, China and Socialism. Market Reforms and Class Struggle, Nueva York, 2004; Montly Review 56/3, Nueva York, 2004.
154 L. Chao, «Chinese Privatization. Between Plan and Market», Law and Contemporary Problems 63/13 (2000), pp. 13-
sobre el Estado chino. La falta de disposición a permitir formas de intermediación financiera distintas a la que realizan los bancos de propiedad estatal -como pueden ser los mercados bursátiles y los mercados de capitales- priva al capital de una de sus armas fundamentales de cara al poder estatal. El persistente empeño en mantener intactas las estructuras del sistema de propiedad pública aún liberando la autonomía gerencial devela, asimismo, la intención de impedir la formación de una clase capitalista.
Pero el partido también tenía que afrontar una batería de peliagudas disyuntivas. La diáspora empresarial china proporcionaba conexiones externas esenciales y Hong Kong, reabsorbida en la política china en 1997, ya se encontraba estructurada de acuerdo con las líneas fundamentales del capitalismo. China tenía que transigir en ambos frentes, así como también con las reglas neoliberales del comercio internacional establecidas a través de la OMC, a la que China se sumó en 2001. Igualmente, comenzaron a emerger reivindicaciones políticas a favor de la liberalización. Las protestas obreras se dotaron de visibilidad en 1986. En 1989 alcanzaba su momento álgido un movimiento estudian- til de solidaridad con los trabajadores pero que también expresaba sus propias reivindi- caciones exigiendo mayores libertades. La tremenda tensión experimentada en la esfera política que corría pareja con la neoliberalización económica, culminó en la masacre de los estudiantes de la Plaza de Tiananmen. La violenta respuesta de Deng, ejecutada en contra de los deseos del sector reformador del partido, indicaba claramente que la neoliberalización de la economía no iba a venir acompañada de ningún progreso en el campo de los derechos humanos, civiles o democráticos. Aunque la facción de Deng reprimió a la facción política, aún tenía que iniciar otra ola de reformas neoliberales para sobrevivir. Wang sintetiza del siguiente modo tales medidas:
La política monetaria se convirtió en un medio de control primordial; se produjo un significativo reajuste en los tipos de cambio de las divisas extranjeras, tendente al establecimiento de una tasa única; las exportaciones y el comercio internacional vinieron a ser gestionados mediante mecanismos basados en la competencia y en la asunción de responsabilidad por las pérdidas o los beneficios resultantes; se redujo el alcance del sistema de fijación de precios de «doble vía»; la zona de desarrollo de Pudong en Shanghai se abrió de manera plena y todas las diversas zonas de desarrollo regional tomaron la misma dirección156.
Un envejecido Deng, se declaraba muy satisfecho tras comprobar con sus propios ojos el efecto que había tenido en el desarrollo económico la apertura al exterior después de una gira que realizó con este propósito por el sur del país en 1992. «Enriquecerse es glorioso» manifestó, añadiendo: «¿Qué importa que el gato sea pelirrojo o sea negro mientras cace ratones?» China se abrió en su totalidad a las fuerzas del mercado y del capital extranjero, aunque todavía bajo el ojo vigilante del partido. En las áreas urbanas 155Una defensa rotunda de esta cuestión aparece en Y. Huang, «Is China Playing by the Rules?», Congressional-Executive
Commission on China, (Online)
156 H. Wang, China y New Orden Society, Politics and Economy in Transition, Cambridge (MA), Harvard University
se estimuló una democracia de consumo como una medida para atajar el descontento social. El crecimiento económico basado en el mercado se aceleró entonces de maneras que en ocasiones parecían estar más allá del control de partido.
Cuando Deng inició el proceso de reforma en 1978, prácticamente todo aquello que había de relevancia en China entraba dentro del sector estatal. Las empresas de propie- dad pública dominaban los sectores más importantes de la economía. A decir de la mayoría, se trataba de empresas razonablemente rentables. No sólo ofrecían seguridad en el empleo a sus trabajadores, sino una amplia gama de prestaciones a través del sistema de pensiones y de otras formas de protección social (un sistema conocido como «el cuenco de arroz garantizado» o el aseguramiento de un sustento por parte del Estado). Además, debemos añadir la existencia de una variedad de empresas públicas de dimensión local bajo control de los gobiernos provinciales, municipales o de ámbito local inferior. El sector agrario se organizaba conforme a un sistema comunal, y la mayoría de los análisis coinciden en considerarlo muy rezagado en cuanto a su productividad y realmente necesitado de una reforma. Los pactos en materia de bienestar y de provisión social, se hallaban internalizados dentro de cada uno de los sectores, aunque de manera irregular. Los habitantes de las áreas Rurales eran los menos privilegiados y se mantenían separados de los habitantes de las zonas urbanas mediante un peculiar sistema de permisos de residencia, que confería a los segundos, un considerable número de derechos y beneficios de protección social que, sin embargo, se les negaban a los primeros. Este sistema también contribuía a contener cualquier flujo migratorio masivo del campo a las ciudades. Todos estos sectores se integraban en un sistema de planificación estatal organizado en regiones en el que la asignación de los objetivos productivos y la distribución de insumos se realizaba conforme a un plan. Los bancos, de propiedad pública, existían en gran medida como un depósito de ahorros y proporcionaban dinero de inversión al margen del presupuesto estatal.
Las empresas públicas se mantuvieron durante mucho tiempo como los pilares inaltera- bles del control de la economía por parte del Estado. La seguridad y los beneficios que conferían a sus trabajadores, aún sujetos a un lento desmantelamiento, sirvieron para tender una red de seguridad en materia de protección social que cubría a un segmento significativo de la población durante muchos años. La creación de una economía de mercado más abierta se produjo en torno a estas empresas mediante la disolución de las comunas agrícolas que cedieron el paso a un «sistema de responsabilidad personal» individualizado. A partir de los activos poseídos por las comunas se crearon empresas municipales, tanto en las ciudades como en los pueblos, que se convirtieron en focos de cultura empresarial, de prácticas laborales flexibles y de una abierta competencia mercantil. Se permitió el nacimiento de todo un sector privado, en un principio circuís- crito a la producción a pequeña escala, al comercio y a las actividades relacionadas con los servicios, y con limitaciones respecto al empleo de trabajo asalariado (que se fueron relajando gradualmente). Finalmente, se produjo la llegada del capital extranjero, que
alcanzó su mayor afluencia durante la década de 1990. Si bien en un principio se encontraba limitado a empresas conjuntas y a ciertas regiones, finalmente este capital se extendió por todas partes aunque de manera desigual. El sistema bancario de propiedad pública creció durante la década de 1980 y de manera paulatina sustituyó al Estado central en la provisión de líneas de crédito a las empresas estatales, a las empresas municipales, y al sector privado. Estos diferentes sectores económicos no evolucionaron de manera independiente unos de otros. Las empresas municipales extrajeron su finan- ciamiento inicial del sector agrario, y sirvieron para proporcionar productos al mercado o para suministrar insumos intermedios a las empresas estatales. Con el paso del tiempo, el capital extranjero se integró en las empresas municipales y en las empresas estatales, y el sector privado cobró mucha más importancia tanto de manera directa (bajo la forma de propietarios) como indirecta (bajo la forma de socios). Cuando las empresas públicas perdieron rentabilidad, los bancos les brindaron créditos de bajo coste. Y desde el momento en que el mercado ganó fuerza y relevancia, el conjunto de la economía se desplazó hacia una estructura neoliberal157.
Consideremos, pues, de qué modo evolucionaron a lo largo del tiempo cada uno de estos diversos sectores. En lo que atañe a la agricultura, a principios de la década de 1980 se otorgó a los campesinos el derecho a utilizar las tierras comunales bajo un siste- ma de «responsabilidad personal». En un principio, podían vender en el mercado libre los excedentes de la producción (una vez superados los objetivos marcados en la comuna) sin ajustarse a los precios controlados por el Estado. A finales de la década de 1980, las comunas se habían disuelto por completo. Aunque los campesinos no podían ser formalmente propietarios de las tierras, podían alquilarlas y arrendarlas, contratar mano de obra para trabajarlas y vender sus productos a precio de mercado (el sistema dual de precios se vio eficazmente destruido). Como consecuencia, las rentas en el ámbito rural aumentaron a una sorprendente tasa del 14 % anual y la producción experimentó un crecimiento similar entre 1978 y 1984. A partir de entonces, los ingresos en el ámbito rural se estancaron o incluso cayeron en términos reales (particu- larmente en 1995) en todas las áreas excepto en determinadas pequeñas zonas y líneas de producción exclusivas. La disparidad de los ingresos entre el ámbito rural y urbano experimentó un acusado aumento. En las ciudades, la renta media que en 1985 apenas alcanzaba los 80 dólares anuales, se disparó hasta alcanzar los 1.000 dólares al año en 2004, mientras que en el ámbito rural, el incremento experimentado en el mismo período fue de 50 hasta cerca de 300 dólares anuales. Por otro lado, la pérdida de los derechos sociales colectivos previamente establecidos dentro de las comunas -a pesar de lo débiles que pudieran haber sido- supuso que los campesinos tuvieran que afrontar onerosas tarifas para poder asistir a las escuelas, obtener atención sanitaria o recibir otros servicios esenciales. Esto no fue así para la mayoría de los residentes permanentes de las ciudades, que también se vieron favorecidos después de 1995 cuando una ley sobre bienes raíces urbanos les otorgó derechos de propiedad sobre este tipo de bienes, posibilitándoles especular con el valor de la propiedad. Actualmente, el diferencial entre
157
la renta real urbana y la rural es, de acuerdo a algunas estimaciones, mayor que en cualquier otro país del mundo158.
Empujados a tener que buscar trabajo en otra parte, los emigrantes rurales -muchos de ellos, mujeres jóvenes- comenzaron entonces a inundar las ciudades -de manera ilegal y careciendo de derechos de residencia- para formar una inmensa reserva de mano de obra (una población «flotante» con un estatus legal indeterminado). Hoy China se encuentra «en medio del mayor proceso de migración de masas que el mundo haya conocido jamás», que «ya ha dejado pequeños los movimientos migratorios que conformaron América y el mundo occidental moderno». Según informes oficiales, en China hay «114 millones de trabajadores inmigrantes que han abandonado las áreas rurales, de manera temporal o por razones alimentarias, para trabajar en las ciudades», y expertos del gobierno «predicen que esta cifra alcanzará los 300 millones en 2020, para llegar finalmente a los 500 millones». Sólo en la ciudad de Shangai «viven 3 millones de trabajadores inmigrantes, frente a los aproximadamente 4,5 millones de personas que se cree que constituyeron el conjunto de la emigración irlandesa hacia América entre 1820 y 1930»159. Esta fuerza de trabajo es vulnerable a la superexplotación y ejerce una presión a la baja en los salarios de los residentes legales de las ciudades. Pero la urbanización es difícil de detener y las tasas de urbanización se mantienen en torno a un 15 % anual. Dada la falta de dinamismo en el sector rural, hoy es una opinión común que cualesquiera que sean los problemas existentes o futuros éstos serán resueltos en las ciudades o no se resolverán en absoluto. Las remesas de dinero enviadas a las zonas rurales son actualmente un elemento crucial en la supervivencia de las poblaciones de las mismas. Las condiciones extremas del sector rural así como su inestabilidad están generando uno de los problemas más serios a los que se enfrenta en estos momentos el gobierno chino160.
Cuando se disolvieron las comunas, sus competencias administrativas y políticas fueron traspasadas a los gobiernos recién establecidos en las ciudades y en los pueblos al amparo de la Constitución de diciembre de 1982. La legislación posterior permitió a estos gobiernos tomar posesión de los activos industriales de las comunas y proceder a su transformación en empresas municipales. Liberada del control estatal centralizado, las Administraciones locales adoptaron invariablemente una actitud de tipo empresarial. El crecimiento del nivel de renta en el ámbito rural generó ahorros que pudieron ser reinvertidos en las empresas municipales. También florecieron, dependiendo de la zona, los proyectos empresariales conjuntos con el capital extranjero (particularmente de Hong Kong o a través de los negocios de la diáspora china). Las empresas municipales fueron particularmente activas en las periferias rurales de las grandes ciudades, como sucedió en Shanghai y en las áreas provinciales donde la inversión extranjera era libre, como sucedió en Guangdong. Estas empresas se convirtieron en una fuente increíble de 158
J. Kahn y J. Yardley, «Amid China's Boom, No Helping Hand for Young Qingming», The New York Times, 1 de agosto de 2004, A1 y A6.
159 J. Yardley, «In a Nidal Wave, China's Masses Pour from Farm to City», The New York Times, 12 de septiembre de
2004
dinamismo en la economía durante los primeros quince años del periodo de reformas. En 1995 empleaban a 128 millones de personas (véase cuadro 5.2) y concentraban la capacidad de experimentación desde abajo funcionando como un campo de pruebas para las reformas161. Todo lo que funcionara en las empresas municipales podía convertirse posteriormente en base de la política estatal. Y lo que en gran medida funcionó, fue un auge de la industria ligera en la producción de bienes de consumo destinados a la exportación, lo que condujo a China a tomar el camino de la industriali- zación dirigida a la exportación. Sin embargo, hasta 1987, al Estado no se le ocurrió que el desarrollo debiera estar dirigido por la exportación.
Los análisis sobre el objeto concreto de estas empresas municipales varían enormemente. Algunos autores demuestran que realizaban operaciones privadas “en todo, salvo en el nombre”, explotando mano de obra rural o inmigrante a un coste insignificante –parti- cularmente de mujeres jóvenes– y operando al margen de todo tipo de regulación. A menudo abonaban salarios paupérrimos y no ofrecían asistencia social ni protección 161 S. Stevenson, Reforming State-Owned enterprises. Past Lessons for Current Problems, Washington DC, George
legal alguna. No obstante, algunas otorgaban una limitada protección social y beneficios económicos así como también condiciones laborales en el marco de la legalidad. En el caos de la transición ernergieron todo tipo de diferencias, las cuales con frecuencia habían tenido manifestaciones locales y regionales162.
Durante la década de 1980 quedó claro que la mayor parte de la espectacular tasa de crecimiento de China estaba siendo impulsada desde fuera del sector público empresarial. Durante el periodo revolucionario las empresas estatales proporcionaban seguridad en el empleo y protección social a los miembros de la población activa, pero en 1983 se les permitió utilizar «personal contratado» por un periodo limitado de tiempo