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Operating Environments

In document Robotics 2020 Multi-Annual Roadmap (Page 156-159)

The acceptability aim is to understand the users' acceptance and intention to adopt the assistive robotics, and determine if an effective system improve the feeling of autonomy

3. Robot Categories

3.1 Operating Environments

Preparando la fuga

Le llega la hora de hacer una opción arriesgada y de poner en marcha la ilusión de cualquier preso de escaparse de la cárcel. También él va ahora a imaginar su evasión y sueña con ello. Va a ser un salto de muerte. Activa este mecanismo y empieza a organizarse. Los declarantes hablan de cómo el encarcelado, «después de haber encomendado esto a nuestro Señor por algunos días, sintió en su alma un impulso grande que se fuese, que nuestro Señor le ayudaría» (26, 391). Otro dirá: «Encomendábase a nuestro Señor y a su santísima Madre y que le enseñasen lo que haría» (26, 401). Y no falta quien, como Martín de la Asunción, asegura que fray Juan le contó que la noche siguiente a aquella negativa del prior cuando le manifestó que le gustaría decir misa, «se le apareció nuestra Señora con mucho resplandor y claridad, y le dijo: “Hijo, ten paciencia, que presto se acabarán estos trabajos y saldrás de la prisión y dirás misa y te consolarás”» (14, 96; 23, 370)[557]

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El caso es que el preso, ante hemorragias intestinales o cámaras que le dan y que con el poco regalo que tenía le pusieron en lo último, cree obligación de conciencia lanzarse a salvar su vida, entendiendo «querían acabar con él, pues, viéndole morir, ningún regalo le hacían ni muestras de compadecerse de él» (26, 387)[558]

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Con la confianza que ha ido cogiendo con el nuevo carcelero, le pide que le deje la puerta abierta y que él mismo llevará a verter «a las necesarias el servicio que le ponía para sus necesidades». Accede el carcelero y mientras la comunidad está en la siesta le deja la puerta abierta. Y detalla el carcelero: «Este testigo, vista su gran paciencia, compadecido algunas veces, en acabando de comer le abría la puerta de la cárcel para que se saliese a tomar aire de una sala en lo alto, que estaba delante de la puerta de la carcelilla, y le dejaba allí cerrando la sala por de fuera. Esto era algunas veces en cuanto los religiosos se recogían a mediodía» (14, 290). El preso no pierde el tiempo; además de oxigenarse se fija bien en cómo es el cierre de la cárcel: un candado y sus tornillos. Cuando ya la siesta de los frailes va a llegar a su fin, «volvía este testigo y abría la sala y decíale se recogiese; y el bienaventurado padre lo hacía luego, poniendo las manos y

agradeciéndole la caridad que le hacía» (ib).

Al día siguiente disfruta de la misma caridad y libertad y comienza a aflojar los tornillos del candado tanto cuanto le parecía necesario, de modo que en su momento haciendo desde dentro «alguna fuerza en la puerta, saliesen los tornillos con el candado». Otra petición al carcelero: le pide unas tijeras, aguja e hilo, para remendar un poco el hábito (26, 391). Con el hilo que le sobra se las ingenia para medir la altura a que se encuentra del suelo. Ata a un extremo una piedrecilla y lo lanza por una de las ventanas. Hecha la medición, se mete en la cárcel «y a la hora que le pareció más segura tomó dos mantas que tenía viejas y midiolas de esquina a esquina, y vino a faltarle para llegar al suelo cosa de dos estados, que con el del cuerpo y tendidos los brazos podía echarse sin peligro» (ib).

La «inocencia» del carcelero

El carcelero da la impresión de una cierta complicidad o de ser un inocentón máxime cuando él mismo nos cuenta lo siguiente: «Uno de los postreros días que estuvo en la cárcel llamando el santo padre fray Juan a este testigo, le dijo le perdonase, y que en agradecimiento de los trabajos que él a este testigo había dado, recibiese aquella cruz y Cristo que le ofrecía, que se la había dado una persona tal, que además de deberse estimar por lo que era, merecía estima por haber sido de la tal persona. Era la cruz de una madera exquisita y relevados en ella los instrumentos de la Pasión de Cristo Nuestro Salvador y clavados en ella un Cristo crucificado de bronce, la cual este santo traía colgado debajo del escapulario, al lado del corazón, y este testigo recibió este don de este santo, y aún le tiene y conserva» (14, 290-291). ¿No habrá recibido fray Juan esta cruz de manos de la madre Teresa, o a qué otra persona se puede referir?[559]

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Y, ¿cómo Juan de Santa María no sospechó ante este gesto que se trataba de algo así como de una despedida y que tenía que vigilarle más no se le fuera a escapar? ¿No se daba cuenta de que los tornillos del candado andaban un poco flojos y que podían haber sido manipulados?

«Salí sin ser notado»

Cuando Juan de la Cruz escriba este verso está, irremediablemente, pensando en cómo se fugó de su cárcel sin ser detenido, pasando entre las camas de sus detentores, profundamente dormidos en aquella noche toledana. En fin, el recluso, después de haber preparado la fuga al milímetro, se encomienda al Señor y a Santa María, y adelante. Huirá durante la noche, una noche de luna muy clara. Dio la casualidad de que aquella noche había llegado el provincial y otros dos maestros por sus compañeros. Les prepararon las camas en la sala antistante a la carcelilla. Se acostaron ya a media noche. Cuando el preso supone que ya están dormidos, empuja la puerta por dentro y tornillos y candado caen haciendo un gran ruido. Se despiertan los de la sala y dicen: «Deo gratias,

¿quién es?» (26, 392). Fray Juan ni respira. Cuando ya más tarde los oye roncar a dúo o a trío «recoge las tiras de las mantas y el garabato del candil, sale de la cárcel, pasa sigilosamente por entre las camas de los frailes, que duermen; sale de la sala al corredor y va derecho a la ventana de arco que da al Tajo»[560]

. Esa ventana, como la describe el carcelero, era la de un mirador que «no tenía reja ni hierro en que se pudiese hacer fuerza para descolgarse. Porque no era más que una paredilla de media asta de ladrillo, que tenía de ancho medio ladrillo, y por remate un madero del mismo ancho para que se pudiesen recostar y arrimar sobre él y no se ensuciar los hábitos, y este madero no tenía cosa que le pudiese tener fuerte de los lados» (14, 291).

Parece una fotografía esta descripción tan detallada; pues al propio carcelero le tocó a la mañana siguiente identificar y reconstruir el cómo y por dónde se le había fugado el recluso: «Pues tomando el siervo de Dios un mango de un candil, metiole entre este madero y el ladrillo y, haciendo pedazos unas manticas viejas que tenía, ató él un pedazo al mango del candil, y los otros unos a otros, y al cabo una tuniquilla vieja o pedazo de ella; y aun todo no llegaba al suelo con estado y medio, y todo esto venía a dar en una parte, por la parte a donde caía, tan peligrosa, que a no caer derecho, o resbalar, caía a un despeñadero, que con la obra nueva todo estaba alterado» (14, 291).

La descripción es insustituible; y, sin duda, por allí se había descolgado como pudieron constatar el carcelero y los demás frailes del convento, cuando vieron que faltaba de la cárcel. Antes de aventurarse se quitó el hábito y lo echó abajo y santiguándose comenzó a descolgarse, asiéndose con las manos y con entrambas rodillas por las mantas abajo. Había hecho muy bien los cálculos de la altura y así se dejó caer con los brazos en alto como quien alarga de ese modo su estatura. Por fortuna no se ha despeñado.

A la luz de la luna se pone el hábito «y sigue por lo alto de la muralla hacia la izquierda, hasta dar en un corralillo sin salida. Cuatro muros le cercan difíciles de escalar; a su derecha, formando ángulo, las murallas de la ciudad sobre los riscos del Tajo; a la izquierda, el muro del convento del Carmen; de frente, el del monasterio de las monjas de la Concepción. El fugitivo da vueltas buscando, a la luz de la luna, una salida, y llega a reconocer el lugar; está en el corral de las monjas de que le ha hablado alguna vez el carcelero»[561]

. Así reconstruye muy claramente el biógrafo Crisógono de Jesús aquella situación angustiosa, sirviéndose particularmente de los testimonios más fidedignos de Juan de Santa Ana (26, 400-402) y de Inocencio de San Andrés (26, 391-393). El propio Juan de la Cruz contará dentro de unas horas a las descalzas de Toledo cómo había sido la cosa. Una de ellas, la hoy beata María de Jesús (Rivas) dice: «Dio en unos corrales muy hondos y pedregosos que había allí de un monasterio de monjas, y decía el santo que fue tribulación tan grande cuando se vio allí» (26, 453). Y la misma religiosa cuenta que «al verse así sin salida nos dijo que estaba con grande tribulación y temores si las monjas le habían de hallar allí de noche, y si los frailes del Carmen le veían, que fuera grande mal para él», «temió le cogieran los padres y le matarían. Así lo decía él». La angustia le creció tanto que «quiso dar voces a los mismos frailes pidiendo misericordia y que le volviesen a la prisión», dice una de las novicias descalzas de Toledo (13, 371).

Dios aprieta, pero no ahoga. Así sucedió aquí. Después de esos momentos tan críticos y angustiosos, así como pudo, comenzó a arrimarse a una esquina del corral y asiéndose por unos agujeros, o mechinales que tenía, ya, casi sin pensar cómo, se vio encima. Da unos pasos y llega a un derrumbadero de la muralla y por él se dejó caer y sin daño ninguno se encontró en la calle.

Como ánima en pena por las calles de la ciudad

Gente de una tabernilla que le ve a aquellas horas por la calle, le dice: «Padre, véngase acá, porque aquí se podrá estar hasta mañana, que, como es tarde, no le abrirán» (26, 392-393).

Agradece la invitación, pero no se quiere detener. Y a aquel hombrecillo con un hábito tan pobre, sin capilla y roto, que no parece ni fraile, al pasar por la plaza «donde las vendedoras estaban con sus luces le baldonaron con malas palabras hasta que le perdieron de vista», y comenta Ana de San Bartolomé: «Y no es de maravillar, porque a tal hora ver un fraile por la plaza solo y aguijando y desarrapado y sin capilla, que no la llevaba, ocasión era de pensar cualquier cosa»[562]

. ¡Qué noche, Dios mío, más toledana y todavía no ha terminado!

Sigue caminando en busca del convento de sus hermanas las carmelitas descalzas. Al momento ve abierta una puerta «y el señor de la casa en el zaguán con una espada desnuda en la mano y un criado que le alumbraba con un hacha encendida». No se asustó, sino que se acercó al caballero, que parecía don Quijote velando las armas, y le dijo: «Suplico a vuestra merced se sirva de hacerme caridad que esta noche me quede en este zaguán en este poyo, porque en mi convento no me abrirán por ser tarde; que luego por la mañana me iré» (26, 393). En hora buena puede quedarse. Y cerraron la puerta de fuera y la de la escalera. Allí quedó el fugitivo soñando sus maitines, pues el Breviario se había quedado en la cárcel. Amanecía. Golpea la puerta de la escalera; un criado le abre la puerta de la calle y sale rápido. Al primero que encuentra pregunta por el convento de las carmelitas descalzas de la madre Teresa. Le encaminan y llega al convento, que se encuentra en la que hoy es calle Núñez de Arce.

«Fray Juan de la Cruz soy»

La puerta exterior está todavía cerrada. Llama y la mujer que servía de demandadera le abre. Llama al torno; la tornera pregunta: «Ave María purísima, ¿quién es? ¿Qué desea?». Y él responde con un hilo de voz: «Hija, fray Juan soy, que me he salido esta noche de la cárcel. Dígaselo a la madre priora» (14, 158). La priora, advertida, corre al torno. Fray Juan le pide que le protejan, que le amparen, que le escondan, pero deprisa, «porque, si le topaban los frailes del Carmen –decía él–, que le harían migajas».

La priora encuentra la solución rápidamente: en el convento hay una monja enferma, que pide confesión: se llamaba Ana de la Madre de Dios[563]

clausura, con la intervención de la priora y de las clavarias (las de las llaves) o terceras y entra el recién llegado a confesar y atender espiritualmente a la enferma.

Es un cuadro lastimero, tal como lo refieren las presentes cuando le ven. Una dice: «Venía sin capa blanca y el demás del vestido muy maltratado, y el rostro tan desfigurado y flaco y descolorido, que mirarle daba compasión» (14, 163).

Otra: «Venía tan flaco y descaecido que apenas parecía poderse poner en pie, sin capa blanca y el demás hábito tan mal tratado. Que apenas parecía religioso» (14, 158).

Una más: «Casi no le conocían ni podía echar el habla, que parece iba a expirar». Isabel de Jesús, novicia, nos dice: «Vino al amanecer a nuestro convento de descalzas de Toledo, tan acabada la virtud (vigor) y fuerzas naturales, así de la turbación, como del mal y trabajos de la prisión, que casi no podía hablar a la portera; a la cual dijo con mucha humildad que le favoreciesen a prisa, porque entendía venían en su seguimiento» (13, 371).

Constanza, otra novicia, explica: «Vile tan desfigurado, que parecía estaba más para la otra vida que para esta». ¡Buen modelo para el Greco!

Y la misma novicia, impresionada por aquella visión, añade: «Hizo muy grande compasión a todas de verle venía con una sotanilla negra muy vieja y tan acabado que no se atrevieron a darle nada de comer, sino unas peras asadas con canela» (13, 363). De la comida de la cárcel les dijo que «era tan limitada, que parecía se la daban para acabar más presto la vida, y que sentía en sí que se desustanciaba» (13, 365).

Al verle así se dijeron: «Hay que darle algo de comer, hay que regalarle». Pero, sólo por el momento, le dieron las mencionadas peras asadas con canela, pensando que era lo que más le convenía y lo que podría aguantar su estómago. Teresa de la Concepción, hermana de velo blanco, que era entonces la enfermera, fue la que le preparó y le dio las peritas con canela (13, 364).

Peras con canela

El gran escritor y amigo José Luis Martín Descalzo, en uno de sus artículos, cuenta esta escena en un soneto que titula justamente: Peras con canela[564]

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«Mientras el cielo está de centinela, al fraile con el cuerpo malherido las monjas conmovidas le han servido unas peras cocidas con canela. Lee el fraile al amparo de una vela unas pocas canciones que ha podido rescatar de la cárcel, donde ha sido huésped, cautivo, pájaro y gacela. Son canciones de amor sobre el Amado que huyó como una cierva en la espesura dejando a quien le busca des-almado. Y las monjas ardiendo de alegría,

escuchan a este fraile desmedrado, mientras la fruta se le queda fría».

¿Y el hábito? Lo de la «sotanilla negra» de que se habla pienso que eran los restos del hábito de calzado, que entonces era de color negro, y que le habían vestido como a la fuerza, al despojarle del hábito marrón de los descalzos. Mientras se le arreglan, se viste la sotanilla vieja del capellán que tienen por allí.

En busca del fugado

Ya la priora, muy prudente, ha hecho un cambio en la portería; en lugar de la que está, Leonor de Jesús, inocentona y sin mayor experiencia, pone a Isabel de San Jerónimo, con buenas dotes de diplomática.

Allá en el convento del Carmen quedan, como testimonios de la fuga, los colgajos de las mantas pendientes de la ventana por donde se ha lanzado. Alonso, dramatizando un poco la cosa, presenta a algunos de los padres calzados que por la mañana, para tomar un poco el fresco al salir el sol, se llegaron al miradorcillo para gozar de la marea del río y «como vieron el cabo del candil y las tiras de las mantas pendientes de él, sospecharon lo que era». Preguntaron al carcelero por el preso; respondió que estaba en la cárcel. Pero «mira al miradorcillo». Y él: «No, en la cárcel está. Yo le cerré anoche con candado y nuestros dos padres durmieron esta noche delante de su puerta y estase el tal que no está para huir». No obstante, dicho esto, acudió veloz a la cárcel y halló a los dos padres durmiendo todavía en la sala «y la cárcel abierta sin preso»[565]

. Informado el prior, Fernando Maldonado, envió religiosos en su busca. Dos llegaron al convento de las descalzas. Preguntan: ¿No ha venido por aquí un padre de la Orden llamado Juan de la Cruz? La monja, más lista que ellos, «les respondió con muy buen término, sin decir mentira, deslumbrándolos, de que por maravilla veían a ningún religioso» (13, 364). Le piden las llaves de la iglesia y del locutorio «y habiéndolo mirado todo, se fueron sin hallar a nadie».

Otra de las monjas dice: «Vinieron en su búsqueda frailes y alguaciles y cercaron la casa», todo aquel día (13, 367). Además de buscar al evadido por el convento de las descalzas rastrean otros caminos hacia Ávila, Medina del Campo, etc. Todo inútil. Pero, «¡qué lejos estarán de pensar los frailes del Carmen que el descalzo fugitivo está tan cerca!»[566]

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En las cerca de tres horas que pasa dentro del convento ha hecho ya tantas cosas: ha tomado sus peritas con canela tan ricas, ha confesado a la enferma, ha contado bastante largamente los percances de su fuga, el deambular por la ciudad buscando el convento, las penalidades de tantos meses de reclusión, etc.

Sus hermanas, que le han adecentado y arreglado el hábito, le han enterado de la marcha de la descalcez, y han hablado de la madre Teresa, por la que él ha preguntado con veneración filial. Y le han informado de que ella ha estado todo este tiempo buscándole, como una madre, y removiendo cielo y tierra para encontrarlo.

Revoloteo de versos en la iglesia

Ya cerca de mediodía se ha cerrado la puerta de la iglesia; y sacan a fray Juan por una puerta pequeña por la que salen las monjas a barrer el templo y adornar los altares. Menos mal que existía entonces esa puerta interior, de modo que pudo pasar así de un escondite a otro, sin salir al exterior con el peligro de ser apresado de nuevo por los que patrullaban por los alrededores. Esa puerta, en fuerza de un motu proprio de Gregorio XIII, De sacris virginibus, del 30 de diciembre de 1572, hubo que cerrarla en los monasterios; y luego quedó como prescripción en las Constituciones de las monjas de 1581 la prohibición de tenerla[567]

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Conociendo a fray Juan y su espíritu eucarístico y que no había vuelto a poner un pie en la iglesia durante los nueve meses de su cautiverio, nos podemos imaginar lo que para él supuso aquel acercamiento al altar.

Ya en la iglesia, en la que pasará toda la tarde, se acerca fray Juan a la reja del coro

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