4.3.1 institutional and legal asPects general legal aspects
4.3.2.1 operational aspects of settlement transfer system and transaction processing
Vistiendo un mameluco azul que supo pasar por mejores momentos, el técnico confirma la mala noticia: “la heladera no da más”. La pareja se agarra la cabeza, pero, como si tuviera la solución, el marido abre el armario del living y se dispone a elegir entre los quichicientos frascos que atesoran los distintos fondos; el dinero para el plasma, la plata para el veraneo, los fondos para el cumple de quince de la nena, los ahorros para la cucha de “Coco” y las monedas que se acumularon para pagar el terapeuta. El comercial del conocido banco que salió por cuanto canal de televisión existe e inmediatamente fue viral en todas las redes sociales habidas y por haber buscaba ilustrar los supuestos beneficios de una tarjeta de crédito, que prometía sacarnos de un apuro, pero en rigor pinta de cuerpo entero una conducta extremadamente habitual acá y en la China: las cuentas mentales separadas.
De acuerdo con lo que suponen los libros de Economía, cada uno de nosotros es un gran contador que lleva un balance general en el cual computa ingresos, egresos, ganancias y pérdidas. A partir del resultado global de esa hoja de cálculo es posible determinar el resultado de nuestras acciones (que nuestro cerebro traducirá, a su turno, en utilidades).
Esto permite tomar todas las decisiones económicas relevantes. No obstante, en la realidad se observan comportamientos muy curiosos (aunque paradójicamente habituales) que parecen cuestionar la tarea del contador que cada uno de nosotros lleva dentro.
Por ejemplo, ¿utiliza usted su tarjeta de crédito? ¿Tiene dinero depositado en una caja de ahorros? Desde el punto de vista de la racionalidad económica es probable que usted responda afirmativamente solo a una de las dos preguntas, pero poco probable que responda en forma afirmativa a ambas.
La razón es que no tiene sentido que usted pague con una tarjeta de crédito que le cobra intereses cuando puede hacerlo con su tarjeta de débito. Del mismo modo que no tendría sentido depositar alternativamente sus ahorros en un plazo fijo que le proporcionara un interés del 10 por ciento si esa acción le restara liquidez y lo obligara a financiar sus compras
pagando el 30 por ciento de interés a la tarjeta de crédito.
Sin embargo, muchas personas se comportan así de todos modos.
Richard Thaler ha mostrado que este y otros comportamientos igual de curiosos emergen como consecuencia de que la contabilidad mental de las personas funciona en compartimientos: tenemos distintas cuentas mentales que manejamos por separado.
Por favor, acompáñeme una vez más de recorrido por el casino.
Entramos. Vamos directo hacia las cajas y cambiamos $ 500 en fichas. Las ruletas están atestadas pero, propina mediante, conseguimos un color y comenzamos a apostar a nuestro número favorito. La suerte es esquiva, y al cabo de 25 minutos hemos perdido todo nuestro dinero. Volvemos a casa masticando bronca, contrariados, pensando en todo lo que podríamos haber comprado con esos $ 500.
Al día siguiente, volvemos con otros $ 500, pero esta vez el azar está de nuestro lado. Llevamos casi una hora jugando y hemos ganado más de $ 10.000. Todo es júbilo y alegría, pedimos un whisky, seguimos apostando, pero esta vez lo hacemos más agresivamente, con apuestas más fuertes. Después de todo, estamos jugando con dinero del casino, ¿verdad?
Espere, aguarde un momento. Razonemos por un instante. ¿Cómo es eso de que estamos jugando con dinero del casino? ¿Acaso no lo hemos ganado ya? Si fuéramos a la caja, podríamos cambiarlo por efectivo y marcharnos a casa, ¿cierto?
¿Todo esto le suena familiar? Si la respuesta es “no”, es porque usted nunca ha ganado en un casino. Para el resto de los mortales que sí lo hemos hecho, esta situación resulta bastante habitual: aunque el dinero ganado sea nuestro y los $ 10.000 sirvan para comprar exactamente lo mismo que podríamos comprar con otros $ 10.000 percibidos por algunos meses de trabajo, les damos un tratamiento completamente diferente, e incluso es probable que gastemos ese dinero en compras que no haríamos si en vez de haber ganado ese monto en la ruleta lo hubiéramos obtenido como un bonus salarial en nuestro empleo.
Ahora sigamos con el simulacro de juego en el casino. Supongamos que usted sigue jugando convencido de que es su noche de suerte, pero el azar decide jugarle una mala pasada y, sistemáticamente, comienza a perderlo todo. Casi todo. Cuando le quedan los últimos $ 1.000, su mujer lo obliga a abandonar y a convertir en efectivo las últimas fichas.
Pasarán dos cosas: la primera de ellas es que aunque usted saliera del casino con más dinero del que tenía cuando entró, no estará más feliz (por el contrario, es probable que esté amargado). En segundo lugar, gastará ese dinero de un modo muy distinto del que elegiría si lo hubiera ganado trabajando. Esto es lo que habitualmente hace la gente con el dinero ganado en el juego; se da gustos que tenía postergados y se permite gastar en cosas que ni loca haría con su sueldo.
De acuerdo: sé que muchos de mis lectores no han entrado nunca en un casino, de modo que utilizaré un ejemplo diferente.
Volvamos a nuestro consumidor racional que maximiza utilidades. Este hombre recibe un sueldo de $ 7.500 por mes, de suerte que al cabo de un año de trabajo reúne $ 90.000 que debe destinar a adquirir bienes y servicios para lograr el mayor bienestar posible. Al año siguiente cambia de trabajo. Ahora recibe $ 6.900 por mes y un aguinaldo (sueldo anual complementario) de $ 7.200 a fin de año, de modo que sigue obteniendo $ 90.000 anuales (aunque los economistas enseñamos que no es estrictamente lo mismo percibir la misma cantidad de dinero en distintos momentos del tiempo, permítaseme la licencia de la
simplificación).
Supuestamente el consumidor debería comprar lo mismo en los dos casos, ¿verdad? Sin embargo, sistemáticamente, la gente incluye en cuentas mentales separadas el ingreso del aguinaldo, y destina ese monto a realizar compras que no haría con su sueldo mensual. Parece que a las personas no les gusta mezclar cuentas distintas, por más que en definitiva el dinero sea todo igual, sin importar su origen. Como resultado, cambios monetarios de similar magnitud, pero registrados en distintas cuentas mentales, pueden generar diferentes efectos sobre nuestra utilidad.
Este resultado es particularmente interesante porque los gobiernos pueden manipular el modo en que se pagan los aguinaldos; podrían establecer desde un solo pago anual, a doce pagos mensuales que se agregaran al sueldo. En el primero de los extremos, la gente trataría muy diferente ese dinero, como si fuera un ingreso extraordinario, ahorrando más o gastando en cosas que no compraría con su sueldo. En el otro extremo, si el aguinaldo se pagara mes a mes, la gente lo terminaría incorporando como un ingreso corriente igual al salario, gastando por tanto una porción mucho mayor del mismo.
El fenómeno de las cuentas mentales separadas me tocó de cerca desde chico. Recuerdo cuando mis hermanos y yo éramos adolescentes, y mi padre nos daba dinero para nuestras compras. Si cualquiera de nosotros pedía $ 50 una vez por semana, mi papá se angustiaba y se mostraba reticente a entregar el dinero, lo cual parece lógico considerando que bancaba a cuatro hijos. Pero lo curioso es que no había ningún problema si cada uno le pedía $ 10 por día durante los siete días de la semana. Claramente, mi padre llevaba cuentas mentales diarias y organizaba sus finanzas en torno a ellas.
Muchas personas tienen ingresos específicos que destinan a gastos determinados y se permiten licencias cuando el dinero proviene de ciertas actividades, mientras que se autocensuran si la plata viene de otro lado.
Si ninguno de los ejemplos anteriores le pareció apropiado, los restaurantes son extraordinarios laboratorios para observar estos comportamientos. En muchos lugares cobran por separado el cubierto o el servicio de mesa, o incluyen un recargo por pedir pan o por agregarle crema al postre. Parece que muchas personas consideran razonable pagar varias cuentas pequeñas por separado, pero no ingresarían al local si todos esos costos estuvieran prorrateados en el valor del plato principal.
Siguiendo con los ejemplos de restaurante, ¿quién no conoce algún mozo o alguna camarera que administre de modo muy distinto el dinero proveniente de su sueldo y el que obtiene de las propinas?
Después de todo, los clientes también tienen comportamientos similares. La misma persona que camina cinco cuadras más para tomar un café de $ 6 en vez de uno de $ 10 por las tardes, a la noche no es capaz de cruzar a la vereda de enfrente para cenar por $ 60 en vez de hacerlo por $ 65 en el local que acaba de divisar.
Sospecho que las cuentas mentales separadas son una consecuencia directa de nuestros límites cognitivos de procesamiento de la información, a los cuales se suma el hecho de que muchas veces definimos por separado un conjunto de objetivos y los medios o planes apropiados para alcanzar cada uno de ellos. Es nuestra particular manera de lidiar con la necesidad de efectuar el análisis costo/beneficio, cuyas conclusiones motivan nuestras acciones.