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2. Agregados de cocolitos cemen- tados por materiales orgánicos in- diferenciados. Pertenecen a mares

subtropicales. La sedimentación de estos agregados es más rápida que la de los cocolitos sueltos. En su caída, transportan carbono en forma de carbonatos hasta los fondos abisales.

1. Dispar concentración de microalgas en los océanos. Escasean en las regiones subtropicales, con poca clorofila (azul), y abundan en zonas costeras o tem- pladas, ricas en clorofila (rojo).

L

os giros subtropicales de los océanos ocupan una gran extensión. Son mares cálidos, con una perma- nente estratificación térmica de la columna de agua. Por eso, el intercambio de nutrientes entre las capas pro- fundas y superficiales del océano resulta escaso, lo que conlleva una limitación en el flujo de nutrientes inorgánicos necesarios para la producción de las microalgas marinas. En esas condiciones de limitación de nutrientes la produc- ción, baja, depende principalmente de cianobacterias o microalgas de muy pequeño tamaño, algunas cianobac- terias fijadoras de nitrógeno y escasas algas de una talla notable (coccolitofóridos).

Debido a la baja producción primaria y reducido tamaño celular se las considera zonas donde la exportación de car- bono por la bomba biológica apenas alcanza valores rese- ñables. La dinámica de las comunidades pelágicas estaría sostenida por la regeneración de los nutrientes en la capa superior.

Pero si observamos el material recogido por trampas de sedimentación, advertiremos que existe una exportación de materiales a aguas profundas significativa, aunque menor que en zonas productivas de los océanos. El tipo de mate- rial que sedimenta difiere, sin embargo, del que caracteriza a las zonas de mayor actividad: además de restos orgáni- cos abundan sus esqueletos carbonatados. La exportación de carbono hacia aguas profundas es, por tanto, orgánica e inorgánica, aunque siempre biogénica. Los agregados de cocolitos, placas carbonatadas que expulsan los coccolitofóri- dos, constituyen un ejemplo atractivo de sistema de hundi- miento y exportación. Del carbono que llega a los fondos (sobre 4000 m de profundidad) el porcentaje mayoritario corresponde a estos carbonatos biogénicos.

3. En mares oligotrofos subtropicales se hallan también diatomeas o silicofla- gelados. Pero una vez en el filtro resulta difícil determinar su origen, dada su estructura amorfa. Estos materiales pueden ser degradados durante la caída hacia el fondo.

4. En los agregados pueden mezclarse coccoli- tofóridos, frústulos de diatomeas y cocolitos.

Aunque los esqueletos de las diatomeas no transportan carbono (son de sílice), contribuyen a incrementar la velocidad de caída. La imagen muestra distintos tipos de cocolitos, amén de la diferencia de tamaño con la diatomea.

5. En ocasiones sedimentan células enteras. Esta micros- copía electrónica de barrido muestra a Rhabdosphaera, un coccolitofórido.

A L A N W IT S C H O N K E

U

na mujer de 24 años de edad acude al médico. Padece una insuficiencia renal y convul- siones de tipo epiléptico que no responden a los fármacos antie- pilépticos. Presenta, y ése es el sig- no visible de su mal, una erupción rojiza que se extiende, en forma de mariposa, por el puente de la nariz y las mejillas.

Otro caso. Una mujer de 63 años insiste en ser hospitalizada. Quiere averiguar por qué se cansa, le due- len las articulaciones y nota a veces un dolor punzante al respirar. Desde la adolescencia ha evitado tomar el sol, porque le produce eritemas con ampollas muy dolorosas.

Y un tercero. Una mujer de 20 años de edad se sorprende al saber, tras una

revisión médica rutinaria, que su orina presenta cifras muy elevadas de proteínas, un signo de disfunción renal. La biopsia renal revela que se trata de una inflamación.

Aunque los síntomas varían, la patología subyacente en los tres casos es la misma: lupus eritematoso sistémico. Puede alterar la piel, las articulaciones, los riñones, el corazón, los pulmones, los vasos sanguíneos e incluso el cerebro. En ocasiones pone en peligro la vida del enfermo.

Desde hace tiempo se sabe que el lupus se debe a un trastorno inmunitario funcional de los anticuerpos. El orga- nismo sano produce anticuerpos en respuesta a la entrada de bacterias u otros invasores. Los anticuerpos se unen a los antígenos —moléculas percibidas como foráneas— y luego los destruyen o los marcan para que sean eliminados por otros componentes del sistema inmunitario. La persona que padece lupus, en cambio, produce anticuerpos que reputan foráneas las moléculas propias. Así confundidos, atacan los “autoantígenos” en cuestión.

A ese mecanismo de ataque con- tra sí mismo, o proceso de autoin- munidad, se le atribuyen numerosas enfermedades; por citar algunas, la diabetes de tipo 1, la artritis reuma- toide, la esclerosis múltiple y, quizá, la psoriasis. El lupus se situaría en un extremo. El sistema inmunitario reacciona con enérgica intensidad ante una sorprendente diversidad de molé- culas del paciente: desde las alojadas en la superficie de la célula hasta las ubicadas en el interior de la misma, incluido el propio núcleo celular. De hecho, el lupus destaca por la presen- cia de anticuerpos que operan contra el ADN del enfermo. In vitro, estos “autoanticuerpos” anti-ADN digieren el material genético.

Hasta hace poco tiempo, se des- conocían las causas de este ataque múltiple. Pero la investigación ha empezado ya a desentrañar sus bases moleculares. Se han sometido a prueba aspectos funda- mentales, todavía pobremente pergeñados, del funcio- namiento del sistema inmunitario: la distinción entre lo propio y lo ajeno, el mantenimiento de la autotolerancia (la no agresión contra los tejidos propios) y el control de la intensidad de la respuesta inmunitaria. Recientes hallazgos sugieren nuevas formas de tratar, e incluso pre- venir, el lupus y otras enfermedades autoinmunitarias.

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