3. Assessment
3.4. Control options during the production process of bfV
3.4.2. Operational Prerequisite Programs
en el «teólogo de la locura de las brujas
Según Agustín, uno de los ángeles, el príncipe de entre ellos, incurrió en pecado, se convirtió en demonio y arrastró a otros en su caída. ¿Cuán- do? La Escritura calla al respecto. Agustín sabe, sin embargo, que los «espíritus malignos» nada sabían acerca de su caída antes de que ésta se produjese. Y en cuanto a su comercio sexual con las hijas de los hom- bres, dice Agustín, sería vergonzoso negarlo considerando cuántos cris- tianos dignos de confianza lo aseguran. La culpa de aquella apostasía co- lectiva residía desde luego en la voluntad falsa y perversa de los caídos, sin que él nos indique, ni mucho menos, cuál fue la razón de la misma; Sólo al final de su vida afirma Agustín que la parte mejor de los ángeles permaneció fiel en virtud de un acto de la divina gracia. ¿Por qué ese acto de gracia no alcanzó a los demás? Agustín no se devanó los sesos sobre ese punto. Las cosas fueron así. Son así, ¡y basta!'75
Según el obispo de Hipona, los demonios se hacen pasar por dioses, se aposentan en las imágenes de los dioses y reciben los sacrificios. Son, sobre todo, peligrosos porque dominan sobre «muchos, que no son dignos de participar en la verdadera religión, como sobre vasallos y prisioneros y saben presentarse convincentemente como dioses ante la mayoría de ellos por medio de señales embaucadoras, bien sean hechos, bien adivina- ciones». Agustín concede, incluso, que las estatuas de los dioses pueden hablar, como es el caso de la diosa Fortuna, algo explicable, según él, por la «astucia y perfidia» de los «malignos demonios».176
Pero aunque se hagan pasar por dioses, dice Agustín, asumen en reali- dad una «posición intermedia entre los dioses y los hombres», «condicio- nados en ese sentido por su cuerpo aéreo», «por su morada situada en lo alto», «su morada residente en un elemento más elevado», en una pala- bra, «en el aire». No hay, pues, razón para venerarlos. No veneramos á los pájaros ergo tampoco «a los demonios, más vaporosos aún». Agustín sabe que éstos no están constituidos, de seguro, por carne humana (caro),
sino que tienen más bien un cuerpo sobremanera sutil, similar al aire, si bien «no especialmente valioso». Ello resulta de una degradación, ya que los espíritus, antes de su caída, se ornaban con un cuerpo de resplande- ciente éter. Por otra parte, Agustín no desecha el imaginárselos también completamente incorpóreos, lo que ciertamente contradice su idea de que debían tener forzosamente cuerpo, puesto que, según Mat. 25,41 «el fuego eterno» está expresamente «dispuesto para el diablo y sus ángeles». Es- tos, en efecto, son ciertamente «racionales», pero «por ello mismo (!) des- dichados» y seguramente «por toda la eternidad», y ello tan sólo «para que su desdicha no pueda tener fin». Y así, aunque, según él, sólo Dios conoce los secretos pensamientos de los hombres, en otro pasaje afirma asimismo que los demonios, en virtud de su larga vida, tienen conoci- mientos mucho más amplios que los hombres, cuyos pensamientos cono- cen también.177
Para las frecuentes contradicciones del gran santo en relación con los «espíritus malignos» se ha dado la explicación de que la Biblia, a la que se remite de continuo, «se muestra al respecto extraordinariamente par- ca» (Van der Nat), pero de ello no se sigue concluyentemente que Agus- tín haya de entrar en contradicción consigo mismo. Éste niega, afirma, declara finalmente que el problema no tiene tanta importancia, pero opi- na que «el espíritu no deja de extraer cierto provecho ejercitándose en cuestiones de esta índole [...]». Donosa afirmación a la vista de una es- peculación tan fantasmagórica.178
En un capitulillo de su obra principal, que dedica expresamente a la cuestión, Agustín expone que es absurdo reverenciar a los viciosos de- monios y contar con su intercesión. En otro afirma que éstos son amantes de las artes mágicas. Agustín es capaz de llenar decenas de páginas con absurda seudoerudición acerca de la naturaleza de estos demonios. El san- to Doctor de la Iglesia sabe que son espíritus que se regodean en el mal ajeno, privados en absoluto de espíritu de justicia, henchidos de soberbia, pálidos de envidia, trapaceros en el engaño, etc. Con todo, en otro lugar aventura la afirmación de que el cáncer de pecho de una cristiana de Car- tago fue sanado simplemente haciendo la señal de la cruz.179
El más grande de los Padres de la Iglesia creía en innumerables absurdos de esta índole, apoyaba y defendía además tales creencias. Es más, él fue el autor de un escrito explícito de Arte adivinatoria de los demonios, cria- turas peligrosas, como él bien sabe: dotados de una sobresaliente capaci- dad perceptiva, de enorme velocidad -más rápidos que los pájaros- pero, sobre todo, de una «experiencia longeva». Agustín no sólo pretende haber visto un demonio con sus propios ojos, sino que estaba asimismo con- vencido de la existencia de faunos al acecho de las mujeres. Creía en la posibilidad de consultar a los espíritus solicitando su consejo, de con- cluir pactos con el diablo y de mantener relaciones sexuales con él. Fue
sobre todo la autoridad de Agustín la que mantuvo viva durante siglos esa creencia en los demonios y en el diablo y él mismo se convirtió, gracias a ello, en el «teólogo de la locura de las brujas». Apenas es posible evaluar exageradamente la importancia de Agustín. Su doctrina no es sólo la «fi- losofía de la Iglesia católica», sino que él mismo fue el «auténtico maes- tro de la Edad Media» (Windelband/Heimsoeth) y aún siguió contami- nando las cabezas cristianas de la Edad Moderna.180