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Esos mil años, después de la resu rrecció n p r im era , en que reinarán con Cristo los mártires, los interpretan, para antes de la Segunda Venida de Cris- i o, una escuela exegética llamada ev o lu cio n ista , y para después de esa Venida, otra escuela llamada m ilenarista.

El milenarismo se divide en milenarismo carnal y milenarismo espiritual. Kl milenarismo carnal o judaizante, técnicamente llamado q u ilia sm o, ha sido prohibido por la Iglesia; la cual también ha prohibido la enseñanza de un milenarismo espiritual llamado m itiga d o en las regiones de Sud América, con el Decreto disciplinar de la S. C. del índice del 22 de junio de 1940.

Milenarismo y evolucionismo

Este párrafo creemos dice a un ojo limpio con bastante claridad lo nece­ sario. Pero ha suscitado por desgracia una fuerte crítica de un teólogo (?), que nos trata de m ilenarista y otras lindezas. En honor de la ancianidad y bondad personal del crítico, aclarémonos más, si es posible.

E volu cion ism o. Es la opinión de los que sostienen que el cap. XX del Apokalypsis se debe interpretar alegóricamente. Es decir, que la p rim era resu rrecció n significa la gracia; los tronos significan los obispos; las almas de los degollados significan los buenos cristianos; y el M ilen io no es otra cosa que el reinado actual de la Iglesia en el mundo. Tropos...

M ilenarism o. Es la opinión que interpreta el mismo pasaje en sentido li­ teral. Se divide en esp iritu al y ca rn a l o, por otro nombre, craso.

M ilen arism o carn a l designa la tendencia judaizante y novelesca que en los primeros siglos imaginó un triunfo temporal y mundano de Cristo, se­ mejante al que de hecho le exigiera el fariseísmo en vida; con un séquito de satisfacciones, desquites y deleites groseros para los resucitados, en los cuales la fantasía animal se dio libre curso. Este quiliasm o desmesurado fue con­ denado por la Iglesia, después de haber suscitado las iras, también un poco desmesuradas, de San Jerónimo. Como actitud espiritual, este milenarismo no deja de subsistir incluso hoy día; por ejemplo, en algunas sectas protes­ tantes, y en la mística de los grandes imperialismos actuales.

El M ilen arism o esp iritu al se puede resumir en estas palabras de Hallo: “Un Milenio está predicho en la Escritura; ese período todavía no se ha da­ do; en qué consiste a punto fijo y en pormenor no lo sabemos; cuando se dé, lo sabremos.”

Así expresado, con discreción y agnosticismo, ese qu iliasm o no ha sido jamás condenado por la Iglesia; ni -a u d em u s d i c e r e - lo será nunca, por la simple razón de que la Iglesia no va a condenar la mayoría de los Santos Padres de los cinco primeros siglos, entre ellos a los más grandes... (véase E cclesia Patrística et M illenarism us, Expositio H istórica a F lor, Alcañiz S. J., Doctore et Magistro Aggregato Facultad Philosophieae in Universitate Gre­ goriana, Granatae, 1933.)

Lo que ha hecho no ha mucho la Iglesia, ha sido prohibir por un decreto del Santo Oficio la enseñanza de un m ilen a rism o m itiga do, claramente defi­ nido en la misma prohibición, la cual naturalmente no sería lícito ampliar; porque “od iosa su n t restrin gen d a ”; a saber: “el milenarismo de los que ense­ ñen que antes del juicio final, con previa o sin previa resurrección de justos, Cristo volvería a la tierra a reinar corporalmente”.

Este decreto es del 9 de julio de 1941. El decreto u t ja c e t agarraba tam­ bién a los exegetas llamados evolu cion ista s, puesto que, según éstos, Cristo reina ya corp o ra lm en te -desde el Santísimo Sacramento- a partir de su Resu­ rrección hasta el Fin del Mundo. Pero no tocaba, según parece, a los mile- naristas sensatos.

Salió otro decreto declaratorio tres años después (A. A. S., 1944, pág. 212), en el cual la palabra co rp o ra liter ha sido cambiada por visibiliter. C on­ forme a él, queda excluida la enseñanza, no sólo del m ilen a rism o craso, mas también del ca rn a l-m itiga d o, que imagina un Reino temporal de Cristo a la manera de los imperios de este mundo, con su corte en Jerusalén, su palacio, sus ceremonias y festividades, su presencia visible y continua - y hasta su ministro de Agricultura...-; “teología para negros”, como dice Ramón Dolí; semejante al cielo de la película G reen Pastures.

Nosotros no enseñamos ni creemos ninguno de estos dos milenarismos, está de más el decirlo; aplicamos aquí simplemente al Apokalypsis el llamado en exégesis sistem a esja tológico, en oposición al sistem a h istó rico y al sistem a a legó rico . Y al crítico prepóstero, que tan mal ha leído mi librito y con tanta acrimonia lo juzga, me contento con copiarle unas líneas de dos autoridades en materia de exégesis: primero, mi maestro en la Gregoriana 1929-1931, R. P. Silvio Rosadini: “R eco ler e a n te o m n ia ju v a b it [...] m illen a rism u n , sp ecia tim illum p u ru m et spiritualem , n unquam ab E cclesia dam n atum fu isse. Insuper, v eru m n on est regn u m m illen a riu m esse n ecessa ria m con seq u en tia m hujus sistem a tis [...] Sunt q u i A pocalypsim esch a to lo gice ex plicant et tam en

(¡u od cu m q u e m illen a riu m regn u m rejiciu n t [...] Sunt e con tra río p lu res, alia system ata sed a n tes, qui h o c m o d o regn u m m illen a riu m Capitis XX ex p on u n t” (Silvius Rosadini, S. J., Inst. In trod u ct. in L ibros N ovi T estam enti, Vol. III, pág. 112, Romae, 1931, Apud Aedes Universitatis Gregor.).

Otra autoridad más cercana a nosotros y no menos respetable e infinita­ mente oportuna son las dos notas que acerca de esta cuestión escribe monse­ ñor doctor Juan Straubinger en su versión directa del griego anotada y co­ mentada del Nuevo Testamento editada por Dedebec, 1948, págs. 383 y 384, sobre San Juan, XX, 5 y 6.

El resumen de esta espinosa cuestión que allí hace el docto profesor del Seminario de La Plata nos parece coincidir tan exactamente con nuestro pensamiento, tal como en este libro hace seis años se fijó, que queremos ponerle broche de oro haciendo nuestras al final todas y cada una de sus ponderadas y exactísimas palabras.

Helas aquí *:

5. La prim era resurrección. He aquí uno de los pasajes más diversamente comentados de la Sagrada Escritura. En general, se toma esta expresión en sentido alegórico: la vida en estado de gracia, la resurrección espiritual del alma en el bautismo, la gracia de la conversión, la entrada del alma en la glo­ ria eterna, la renovación del espíritu cristiano por grandes santos y fundado­ res de órdenes religiosas (San Francisco de Asís, Santo Domingo, etcétera), o algo semejante. Bail, autor de la voluminosa Summa C onciliorum , lleva a tal punto su libertad de alegorizar las Escrituras, que opta por llamar primera resurrección la de los réprobos, porque éstos, dice, no tendrán más resurrec­ ción que la corporal, ya que no resucitarían para la gloria. Según esto, el v. 6 alabaría a los réprobos, pues llama bienaventurado y santo al que alcanza la primera resurrección. La Pontificia Comisión Bíblica ha condenado en su decreto del 20-VIII-1941 los abusos del alegorismo, recordando una vez más la llamada regla de oro, según la cual, de la interpretación alegórica no se pueden sacar argumentos. Sin embargo, hay que reconocer aquí el estilo apocalíptico. En I Cor. XY 23, donde San Pablo trata del orden en la resurrec­ ción, hemos visto que algunos Padres interpretan literalmente este texto

* Castellani reproduce las notas a los vers. 5 y 6 del cap. X X del Apocalipsis. Cfr. la cdición actual: L a Santa Biblia, traducción directa de los textos primitivos, por Mons. Dr.

Juan Straubinger, 1 solo tomo, Fundación Santa Ana, La Plata (Buenos Aires) 2 0 0 1 , pp.383- 384 [N. del e.]

como de una verdadera resurrección primera, fuera de aquella a que se refiere San Mateo en XXVII, 52-53 (resurrección de santos en la muerte de Jesús), y que también un exegeta tan cauteloso como Cornelio a Lápide la sostiene. Cf. I Tes. IV, 16; I Cor. VI, 2-3; II Tim. II, 16 y ss., y Filip. III, 11, donde San Pablo usa la palabra exandstasis y añade ten ek nekróon, o sea, literalmente, la ex-resurrección, la que es de entre los muertos. Parece, pues, probable que San Juan piense aquí en un privilegio otorgado a los santos -sin perjuicio de la resurrección general-, y no en una alegoría, ya que San Ireneo, fundán­ dose en los testimonios de los presbíteros discípulos de San Juan, señala como primera resurrección la de los justos (cf. Lucas XIV, 14 y X X, 35). La nueva versión de Nácar-Colunga ve en esta primera resurrección un privile­ gio de los santos mártires, "a quienes corresponde la palma de la victoria. Como quienes sobre todo sostuvieron el peso de la lucha con su Capitán, recibirán un premio que no corresponde a los demás muertos, y éste es juz­ gar, que en el sentido bíblico vale tanto como regir y gobernar al mundo, junto con su Capitán, a quien, por haberse humillado hasta la muerte, le fue dado reinar sobre todo el universo” (Filip. II, 8 y ss.). Véase Filip. III, 10-11; I Cor. XV, 23 y 52 y notas; Luc. XIV 14, y XX, 35; Hech. IV, 2). 6. Con el cual reinaron los mil años. Fillion dice a este respecto: “Después de haber leído páginas muy numerosas sobre estas líneas, no creemos que sea posible dar acerca de ellas una explicación enteramente satisfactoria.” Sobre este punto se ha debatido mucho en siglos pasados la llamada cuestión del milenarismo o interpretación que, tomando literalmente el milenio como reinado de Cristo, coloca esos mil años de los vers. 2-7 entre dos resurreccio­ nes, distinguiendo como primera la de los vers. 4-6, atribuida sólo a los jus­ tos, y como segunda y general la mencionada en los vers. 12-13 para el juicio final del vers. 11. La historia de esta interpretación ha sido sintetizada en breves líneas en una respuesta dada por la Revista Eclesiástica De Buenos Aires de mayo de 1941, diciendo que “la tradición, que en los primeros siglos se inclinó en favor del milenarismo, desde el siglo V se ha pronunciado por la negación de esta doctrina en forma casi unánime”. La Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio cortó la discusión declarando, por decreto del 21 de julio de 1944, que la doctrina “que enseña que antes del juicio fi­ nal, con resurrección anterior de muchos muertos o sin ella, Nuestro Señor Jesucristo vendrá visiblemente a esta tierra a reinar, no se puede enseñar con seguridad (tuto doceri nonposse)”. Para información del lector, transcri­

bimos el comentario que trae la gran edición de la Biblia de Pirot-Clamer sobre este pasaje: “La interpretación literal-, varios autores cristianos de los

lenarista ferviente; para él, el milenio se inserta en una teoría completa de la duración del mundo, paralela a la duración de la semana genesíaca: 6.000 + 1.000 años. San Papías es un milenarista ingenuo. San Justino, más avisado, empero, piensa que el milenarismo forma parte de la ortodoxia (.Diálogo

con Trifón, 80-81). San Ireneo, lo mismo (Contra las Herejías, V, 28, 3), al

cual sigue Tertuliano (Contra Marción, III, 24). En Roma, San Hipólito se hace campeón contra el sacerdote Caius, quien precisamente negaba la auten­ ticidad joanea del Apokalypsis, para abatir más fácilmente el milenarismo.” Relata aquí Pirot la polémica contra unos milenaristas cismáticos, en que el obispo Dionisio de Alejandría “forzó al jefe de la secta a confesarse vencido”, y sigue: “Se cuenta también entre los partidarios más o menos netos del milenarismo a Apolinario de Laodicea, Lactancio, San Victorino de Pettau, Sulpicio Severo, San Ambrosio. Por su parte, San Jerónimo, ordinariamente tan vivaz, muestra con esos hombres cierta indulgencia (Sobre Isaías, libro 18). San Agustín, que dará la interpretación destinada a hacerse clásica, había antes profesado durante cierto tiempo la opinión que luego combatirá. Desde entonces el milenarismo cayó en el olvido, no sin dejar curiosas superviven­ cias, como las oraciones para obtener la gracia de la primera resurrección, consignadas en antiguos libros litúrgicos de Occidente (Dom Leclercq).” Más adelante cita Pirot el decreto de la Sagrada Congregación del Santo O fi­ cio, que trascribimos al principio, y continúa: “Algunos críticos católicos contemporáneos, por ejemplo Calmet, admiten también la interpretación literal del pasaje que estudiamos. El milenio sería inaugurado por una resu­ rrección de los mártires solamente, en detrimento de los otros muertos. La interpretación espiritual: Esta exégesis -sigue diciendo Pirot-, comúnmente admitida por los autores católicos, es la que San Agustín ha dado ampliamen­ te. Agustín hace comenzar este período en la Encarnación, porque profesa la teoría de la recapitulación, mientras que, en la perspectiva de Juan, los mil años se insertan en un determinado lugar en la serie de los acontecimientos. Es la Iglesia militante, continúa Agustín, la que reina con Cristo hasta la con­ sumación de los siglos; la primera resurrección debe entenderse espiritual­ mente del nacimiento a la vida de la gracia (Col. III, 1-2; Fil. III, 20; cf. Juan, y 25); los tronos del vers. 4 son los de la jerarquía católica, y es esa jerarquía misma, que tiene el poder de atar y desatar. Estaríamos tentados -concluye Pirot- de poner menos precisión en esa identificación. Sin duda, tenemos allí una imagen destinada a hacer comprender la grandeza del cris­ tiano: se sienta, porque reina (Mat. XIX, 28; Luc. X X II, 30; I Cor. VI, 3; Ef. I, 20, y II, 6; Apoc. I, 6, y V, 9).”

H asta aquí las notas de M ons. Straubinger.

21. Cabo

D eb o callarme ahora, porque soy incapaz de describir el C ielo. En mi presente circunstancia me siento profundam ente inspirado para describir el infierno, o a lo más el purgatorio. M i descripción del C ielo sería una n o­ che oscura, mi soledad en m edio de ella y una cúpula de bronce. Si yo es­ cribiera ahora un poem a teológico, sería más parecido a Las Flores del M al

-e n que un pobre réprobo y m ártir de nuestra época describió su infierno in terior-, que a la Divina Comedia, Tercera Parte.

B aste decir que la N ueva Jerusalén es cien veces m ejor que la m ejor cosa que ha existido en el m undo.

La vida eterna, dice Santo Tom ás, citando a Boecio, que es “ de una vida interminable la posesión toda junta y perfecta” . La vida del hom bre es dual, aunque no doble; vida del alma (el alma es el sentido del cuerpo) y vida del cuerpo (el cuerpo es la aparición del alma); vidas que aunque no son sepa­ radas ni superpuestas se encuentran más de una vez en este m undo violenta­ m ente desgarradas o contrastadas, a causa del oscilar vicioso del Yo entre los dos p olos: m isterio que hacía gemir a A ristóteles.

El Redentor del mundo, “ que reform ó la bajeza de nuestro cuerpo, confi­ gurándolo a la claridad del su y o” , entregado por n oso tro s a los torm entos, ha salvado al hom bre entero, alma y cuerpo, y con él a toda la naturaleza, creada para el hom bre.

C risto se debe en cierto m odo a sí m ism o la restauración del Paraíso Terrenal, si ha de reparar con ventaja, com o está escrito, todo el daño hecho por la serpiente. Y aun quizá por eso en el G énesis el Paraíso Terrenal se di­ ce “ cerrado” y trancado después de la culpa, no se dice destruido.

El Paraíso vive com o nostalgia insaciable en la sangre de los hijos de Adán, im pulsándolos a la conquista de los elem entos, haciéndolos m archar adelante, inspirándoles proezas y perpetraciones; y en nuestra época, ponién­ dolos frenéticos y haciéndolos delirar nuevas torres que lleguen al cielo.

Todo poem a de am or es una evocación del Edén. Ya sé que a los teólogos

no les gusta que sea así; pero es así y está en la Escritura. T odo gran poem a debería llevar el título de M ilton: E l paraíso perdido. Sin Beatriz, D ante no hubiera podido imaginar el cielo.

L o s teólogos del Sem inario 35 imaginan el cielo com o un lugar lleno de palm eras y pajaritos, sin frío ni calor, donde se pueden echar excelentes siestas. C uan d o era joven, yo me lo representaba com o una playa de m ar y sobre ella un chalet con caballos y libros de m etafísica, imagen que ahora me parece inferior a la otra - a la de las palmeras. C o m o estoy seguro que si forjo otra imagen m ejor me la va a reventar la Censura, opto p o r acudir a la que hizo el poeta m aldito que pasara en esta vida un infierno, si no fuera por los repentinos relám pagos del cielo que su genio poético le procuraba; en m om entos raros, henchidos de lágrimas de una nostalgia infinita.

Al cielo, do adivina para sí un trono raro, alza el poeta calmo los dos brazos piadosos, y los vastos fulgores de su espíritu claro

le ocultan el tumulto de los pueblos furiosos. Oh Dios, bendito seas que das el sufrimiento como un divino díctamo de nuestra impuridad y como el más activo y el más puro fermento

que prepara los fuertes para la eternidad. Yo sé que Tú preparas un lugar al Poeta en las filas ardientes de las santas legiones, donde le esperan, huésped de la fiesta secreta, los Tronos, las Virtudes y las Dominaciones.

35 Teólogos llaman en los Seminarios a los estudiantes de teología, que no pueden regular­

mente saberla muy del todo: no a los profesores, los cuales es de suponer que ya la saben.

Yo sé que el Dolor forma la aristocracia sola

do no hará mella el diente del mundo y los infiernos. Sé que es preciso, para fabricar mi aureola,

juntar los universos y los siglos eternos. Mas las joyas perdidas del O firy de Ankhara, los ignotos metales, las perlas de la mar por tu mano engarzados no podrán igualar

a mi diadema cierta, resplandeciente y clara. Porque no será hecha sino de pura luz arrancada a los focos primitivos del ser, del cual aun esos ojos que yo sé de mujer son menos que un espejo deslustrado y marfuz.

Charles Baudelaire

Sección Cuarta

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