Cuando nos situamos ante la vida oculta de Jesús desde una perspectiva histórica, lo primero que llama la atención es la clara continuidad de los primeros siglos entre la sobriedad de las alusiones neotestamentarias y los comentarios teológicos que estas suscitan. Serán los apócrifos los escritos que con mayor profusión traten de adornar este misterio, aunque sus conclusiones disten mucho de concordar con el núcleo de la fe. Por lo demás, salvo algunas referencias expresas al significado de Nazaret, resultan más interesantes los desarrollos dogmáticos sobre la encarnación, la doble naturaleza de Cristo, la unión hipostática y otras cuestiones teológicas que se configuran durante el primer milenio, y bajo cuya luz se entrevén ciertos aspectos del misterio de la vida oculta.
a) Las intuiciones de los comienzos
La imagen de Jesús que proyectan Lc 2,41-52 y Flp 2,6-11 se ve contestada, ya en estadios muy tempranos, desde distintos frentes, poniendo gravemente en cuestión la verdadera humanidad del Verbo y los rasgos esenciales de su auténtica divinidad. Los teólogos anteriores al concilio de Nicea (325) refutarán las visiones distorsionadas, al mismo tiempo que irán poniendo los cimientos del dogma cristológico y trinitario. Sus contribuciones, aunque la mayor parte de ellas sean indirectas, resultan muy valiosas para el misterio que contemplamos.
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L COLORISMO DE LOS APÓCRIFOSEl conjunto de textos apócrifos nos permite adentrarnos en diversas características de la vida oculta de Jesús que la magna Iglesia dejó fuera del canon por no reconocer en ellas los elementos propios de la fe ortodoxa. El interés que despiertan actualmente tales testimonios, y el hecho de que muchos cristianos se pregunten por qué razón no se les otorga la misma credibilidad que a los evangelios canónicos, justifica un estudio detenido de estos textos. Entre los muchos escritos que se han conservado, íntegra o fragmentariamente, para nuestro estudio resultan relevantes los apócrifos de la natividad (Evangelio del Pseudo-Mateo), los apócrifos de la infancia (Evangelio del Pseudo- Tomás, Evangelio Árabe de la Infancia, Evangelio Armenio de la Infancia, Libro de la Infancia del Salvador) y los apócrifos gnósticos de Nag Hammadi (Evangelio de Tomás, Evangelio de Felipe).
Adoptamos una perspectiva temática con el fin de poner de relieve los evidentes contrastes entre las versiones canónica y apócrifa; seguimos para ello la línea trazada por los textos neotestamentarios analizados anteriormente.
El Jesús apócrifo detenta en todo una preponderancia que se expresa en los menores detalles de la vida cotidiana; esta imagen no conserva rastro alguno de la «forma de siervo» que Flp 2,7 señala como característica distintiva del Verbo encarnado:
«Siempre que se juntaban, Jesús les santificaba y les bendecía, siendo también el primero en empezar a comer y beber. Pues nadie se atrevía a hacerlo, ni siquiera a sentarse a la mesa o a cortar el pan, mientras Jesús no lo hubiera hecho y les hubiera bendecido. Si por casualidad estaba ausente, esperaban hasta que viniera. Y, cuando Él se ponía a la mesa, le acompañaban María y José y los hijos de este, hermanos suyos. Pues estos tenían ante sus ojos su vida como una antorcha y le profesaban veneración y respeto. Siempre que Jesús dormía, fuera de día o de noche, siempre resplandecía sobre Él la claridad divina» (Evangelio del Pseudo-Mateo 52,2).
Frente a la obediencia de Jesús, que describe con sobriedad y firmeza Lc 2,51a («y les estaba sometido»), los relatos apócrifos invierten abiertamente los términos. Por una parte, son los padres de Jesús quienes viven sometidos a Él, movidos por el temor que provoca el despotismo de su poder: «José obedeció a sus indicaciones, pues sabía que Jesús era capaz de hacer cuanto se proponía» (Evangelio del Pseudo-Mateo 37,2). Por otro lado, sus propios compañeros le temen, pues quedan lesionados al seguir a Jesús en aventuras de las que Él sale indemne gracias a sus poderes extraordinarios. Además, Jesús mata a los niños que se atreven a estropear sus juegos y ya desde pequeño desafía la ley jugando en sábado. Se gana la admiración de las multitudes, que le rinden adoración, pero su autoridad brota del miedo que causa la arbitrariedad de sus acciones: «Desde entonces nadie osaba irritarlo, no fuera que le maldijera y quedara ciego» (Evangelio del Pseudo-Tomás 8,2). En resumen, toda la realidad se somete ante este Jesús infante y adolescente, que no realiza en absoluto la experiencia humana de la sujeción y la dependencia.
Por otra parte, en el Jesús apócrifo no se da progreso alguno. José y María «bien sabían que nada nuevo podía aprender de los hombres quien de solo Dios había recibido una ciencia completa» (Evangelio del Pseudo-Tomás 39,1). No necesita que nadie le enseñe; por el contrario, los maestros que se empeñan en instruirle caen muertos si no reconocen su autoridad: «Pensaba tener ante mí un alumno y me he encontrado con mi propio maestro, sin saberlo» (Evangelio del Pseudo-Tomás 31,3). Dedicado a sus milagros, se despreocupa de aprender un oficio y de ganarse la vida:
«Jesús preguntó: “¿Y qué es lo que piensas hacer conmigo?” Dícele María: “Esto es lo que me tiene preocupada: que hemos puesto sumo empeño en que aprendieras durante tu infancia todos los oficios, y hasta ahora no has hecho nada en este sentido ni te has prestado a nada. Y ahora que ya te has hecho mayorcito, ¿qué prefieres hacer
o cómo quieres pasar tu vida?” Al oír esto Jesús, se indignó en su interior y dijo a su madre: “Has hablado muy inconsideradamente. ¿Es que no entiendes las señales y prodigios que hago ante ti, y que tú puedes ver con tus propios ojos? Aún no me das crédito después de tanto tiempo que estoy viviendo contigo. Observa mis milagros, considera todo lo que he hecho y ten paciencia durante algún tiempo hasta que veas realizadas todas mis obras, pues mi hora no ha llegado aún. Mientras tanto, mantente fiel a mí”. Y diciendo esto, Jesús salió apresuradamente de la casa» (Evangelio Armenio de la Infancia 25,7-8).
El austero silencio que se cierne en el NT sobre el contenido de la vida oculta de Jesús constituye en sí mismo una palabra llena de significado; el dato que tal silencio nos ofrece es, precisamente, que mientras Jesús crecía y vivía obediente a sus padres, no ocurría nada extraordinario. Desde el punto de vista apócrifo, semejante silencio resulta insoportable, de modo que los treinta primeros años de Jesús aparecen repletos de palabras y acciones. Ya desde la cuna, el Niño atrae la admiración universal: buey y asno, dragones, leones y leopardos le adoran; logra que una palmera se incline para saciar con sus frutos el hambre de María; acorta los kilómetros del camino a Egipto; tanto sus pañales como el agua usada para lavarlos tienen propiedades curativas sobre endemoniados y leprosos. Durante su adolescencia y juventud, Jesús realiza toda clase de obras maravillosas e incluso fantásticas: resucita muertos, cura enfermos, siembra un grano de trigo y recoge una cosecha inmensa que reparte entre los pobres; deshace el sortilegio de un mulo, que recupera su naturaleza humana; libera a José de la fatiga del trabajo, pues acopla a la medida exacta las maderas sin necesidad de cortarlas. El colorismo apócrifo queda, como vemos, a infinita distancia del dato bíblico.
Los textos apócrifos retrotraen a la vida oculta de Jesús las acciones propias de su vida ministerial: milagros, predicación, exigencia de adhesión, controversias; tales hechos y palabras se tornan inverosímiles al ser protagonizados por Jesús niño y adolescente. El objetivo de estos textos apunta a enfatizar la divinidad de Jesús, de la cual Él mismo tiene plena conciencia desde su nacimiento. El rasgo de la divinidad que aparece subrayado es el poder, aunque se trata de un concepto muy distinto de la autoridad (exousía) que propone el NT. En efecto, en estos textos Jesús utiliza frecuentemente su poder en beneficio propio, a veces con el fin maléfico de castigar a quienes le molestan o tratan de enseñarle; a través de este poder, la actuación de Jesús no despierta admiración sino un miedo que afecta incluso a sus padres. En este sentido, las relaciones que establece Jesús con María y José son de absoluta superioridad, ya que no necesita aprender nada ni obedecerles; si en alguna ocasión lo hace, ello sucede en virtud de una cierta condescendencia. En síntesis, el retrato de Jesús que aportan los apócrifos impide afirmar tanto la verdadera divinidad de Jesús, pues queda gravemente velado el rostro misericordioso del Padre, como su auténtica humanidad, sometida a una fuerte
deformación.
Además de los textos citados, también pertenecen al corpus de los apócrifos de la natividad y la infancia el Protoevangelio de Santiago, el Liber de infancia Salvatoris y la Historia de José el carpintero. Sin embargo, dichos escritos no aportan información sustantiva al período de la vida de Jesús que tratamos aquí. Conviene aducir también como texto de la época el Diatessaron de Taciano. Compuesto hacia el año 170, cuando Taciano ya se había separado de la magna Iglesia, constituye una armonización de los cuatro evangelios que alcanzó una importante difusión entre los cristianos por su utilidad práctica. En cuanto al tema que nos ocupa, el Diatessaron vincula los textos de Mateo y Lucas, exponiendo una narración compacta y muy próxima a los sinópticos de la vida oculta de Jesús.
Dentro de los escritos apócrifos, merecen una mención aparte los TEXTOS GNÓSTICOS. Hay que subrayar la diferencia entre «gnosis», como aspiración humana al
conocimiento, y «gnosticismo», como movimiento histórico de los siglos II y III que pretende encontrar la salvación a través del conocimiento. Un elenco de los rasgos del gnosticismo antiguo incluiría, según Sesboüé, el recurso a las representaciones mitológicas, la interpretación simbólica de la Escritura, el rechazo de la carne y la historia, el acosmismo, el docetismo cristológico, y un elitismo basado en revelaciones esotéricas reservadas a los iniciados.
Aunque los escritos gnósticos se refieren escasamente a la infancia y juventud de Jesús, algunas de sus alusiones resultan significativas. Así, por ejemplo, el Evangelio de Felipe 47 asocia «Nazaret» a «la verdad». Para Orbe, «así como el misterio de los treinta años nazarenos simbolizaba los treinta eones del Pleroma, así exactamente el misterio de Nazaret significaba la ciudad ignota (o región de la verdad)»1.
Desde la óptica marcionita, Cristo no experimenta progreso ni su humanidad es verdadera; los años de Nazaret carecen totalmente de sentido, ya que Cristo llegó «caído del cielo» («de caelo expositus») y, fue de una vez por todas, completo.
Los docetas de Hipólito consideran que el Hijo está constituido triádicamente, al haber asumido las tres ousías o sustancias del universo (hílica, psíquica y espiritual), cada una de las cuales crece según sus propias leyes hasta alcanzar la madurez en el bautismo. La vida oculta se explica aritméticamente, aludiendo a los treinta eones en el Pleroma: 3 sustancias multiplicadas por 10 años de incremento cada una.
Los valentinianos, por su parte, niegan que Cristo haya asumido la sustancia hílica, de manera que en Él la hyle queda sustituida por un elemento psíquico dotado de propiedades materiales. En el Evangelio de Tomás 59,1 se afirma de Cristo que «es formado poco a poco mediante la gnosis». Sintetizando el análisis de los textos gnósticos sobre la vida oculta de Jesús, Orbe observa que...
la gnosis valentiniana y denuncian su impronta doctrinal. Algunos interesan a la exégesis, aunque, en su mayoría, indirectamente. Es ya mucho que la infancia y juventud de Cristo haya merecido examen tan prematuro a las familias heterodoxas del siglo II. Ninguna de las grandes discute su historicidad. [...] Los treinta años de vida oculta adquieren particular misterio a la luz de los treinta siglos del Verbo, escondido en el seno del Padre. El escondimiento responde al paradigma de los “años luminosos” del Unigénito. Sería un contrasentido esclarecerlos. En la vida de Jesús no interesan sus perfecciones humanas ni divinas. Solo importa el mensaje de salud a que le envió el Dios ignoto»2.
En resumen, podemos afirmar que, en contraste con la antropología gnóstica, que pretende salvar en el hombre la dimensión de «luz» desvinculada de la carne, la vida oculta de Jesús incide en el valor de la materia, con toda su opacidad, que es asumida por el Verbo a través de su proceso de crecimiento no solo en sabiduría y gracia sino también en estatura. Lo menos luminoso del ser humano (materialidad, carne, gradualidad) adquiere un enfoque positivo por medio de la oscuridad que caracteriza los años de Nazaret. Este acento, precisamente, lo pondrán de relieve los eclesiásticos prenicenos, en su intento de inculturar el cristianismo en las coordenadas del pensamiento griego, haciendo frente a las corrientes tanto gnósticas como judaizantes.
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A SOBRIEDAD PRE-
NICENA COMO CONTRASTEEn opinión de Orbe, el pensamiento teológico de gran calibre tuvo su cuna entre los gnósticos, mientras que los autores eclesiásticos se vieron obligados a hacer teología para responder a las herejías nacientes. En todo caso, ya sea de forma proactiva o más bien reactiva, las construcciones teológicas anteriores al concilio de Nicea (325) albergan una importancia decisiva en la configuración del dogma trinitario y cristológico. Por este motivo, resulta imprescindible rastrear las referencias a la vida oculta de Jesús durante esta etapa; las alusiones, marginales y dispersas, habrá que espigarlas pacientemente entre los grandes cuerpos doctrinales de nuestros autores.
Los escritos que conservamos de la primera reflexión cristiana, hasta mediados del siglo II, omiten toda noticia sobre la vida oculta de Jesús. La Didaché, las Odas de Salomón, la Carta a los Corintios de Clemente de Roma, la Carta de Bernabé o El Pastor de Hermas, documentos señeros de la época subapostólica, no aluden a este misterio. A finales del siglo I,
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GNACIO DEA
NTIOQUÍA se ve impelido a proteger elmensaje cristiano del docetismo judaizante, para el cual los acontecimientos históricos de la vida de Jesús carecían de interés. En su Carta a los Efesios 19,1, se expresa en los siguientes términos: «Y quedó oculta al príncipe de este mundo la virginidad de María y su parto. Asimismo, la muerte del Señor. Tres misterios clamorosos que tuvieron lugar en el silencio de Dios». Silencio y ocultamiento que contradicen los fuertes acentos
apócrifos sobre el carácter extraordinario del parto virginal.
A partir de la mitad central del siglo II desarrollan su pensamiento los PADRES APOLOGETAS, cuyo esfuerzo se dirige en una doble dirección. Por una parte, tratan de
combatir las herejías mediante escritos polémicos y doctrinales que constituirán la denominada «teología del Logos». Por otro lado, se ven obligados a defender la integridad de los cristianos frente a la triple acusación, testimoniada por Atenágoras, de ateísmo, antropofagia e incesto. La teología del Logos, que hunde sus raíces en el platonismo medio recibido a través de Filón, insiste en presentar a Cristo como el Logos o Sabiduría plena de Dios, portador de la verdad absoluta. Al identificar a Cristo con el Logos preexistente, los apologetas profundizan en la dimensión descendente de la cristología, mientras que la dimensión ascendente, más vinculada a la mentalidad judía, va quedando progresivamente orillada. La teología del Logos será la corriente que triunfe en la Iglesia y que diseñe los carriles por donde discurrirán las sucesivas formulaciones dogmáticas.
Si consideramos la impronta mesoplatónica de la teología del Logos, resulta altamente significativo el interés que sus principales representantes demuestran no solo hacia la ontología sino también hacia la historia en lo que se refiere a la persona de Cristo. Desde esta clave nos aproximamos a continuación a las principales contribuciones de los apologetas a la intelección de la vida oculta de Jesús como misterio de fe.
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USTINO (ca. 103-165) representa la controversia con el judaísmo, en la que se tratade demostrar cómo Cristo da cumplimiento a toda la Escritura. De los autores del período, es el mártir quien más explícitamente se refiere al misterio que estudiamos. Trifón, interlocutor de Justino, afirmaba: «En cuanto al Cristo, si es que ha nacido y está en alguna parte, es desconocido y ni él se conoce a sí mismo ni tiene poder alguno, hasta que venga Elías a ungirle y le manifieste a todo el mundo» (Diálogo 8,4). Justino comparte en cierto sentido esta idea, pues considera que Is 9,5 profetizaba el período de vida oculta de Jesús: «También fue predicho que Cristo, después de nacer, había de vivir oculto a los otros hombres hasta llegar a la edad de varón. Escuchad lo que a este propósito fue anticipadamente dicho, que es de este tenor: “Un niño nos ha nacido, un joven nos ha sido regalado, cuyo imperio sobre sus propios hombros”» (Apología I,35,1- 2). José Granados ve la alusión a la vida oculta en el tránsito observado por Justino entre la edad del niño y la del joven, hasta llegar a convertirse en varón. Otro eco veterotestamentario lo detectamos en el siguiente comentario del mártir: «Cuando Jesús llegó al Jordán se le tenía por hijo de José el carpintero, y apareció sin belleza, como las Escrituras habían anunciado» (Diálogo 88,8). La ausencia de gloria, la total irrelevancia, es un signo característico de la vida oculta y estaría prefigurado en Is 53,2-3.
La inspiración de Justino es netamente canónica. Frente a la exuberancia de los apócrifos, el filósofo cristiano se limita a describir el contenido de la vida oculta en estos
términos: «Y creciendo según el común de todos los demás hombres, mediante el uso de lo que se le adaptaba, iba dando a cada crecimiento lo propio, alimentándose de todos los alimentos; y permaneció así durante treinta años más o menos, hasta que le precedió Juan» (Diálogo 88,2). Notemos, en este punto, varias cuestiones. Para empezar, Justino realza el valor específico de la vida oculta y su cualidad de cotidianidad, mencionando que Jesús «permaneció» treinta años en ella, mientras que Lucas utiliza dicha cifra para explicar la edad que Jesús tenía al comenzar su ministerio (Lc 3,23). Además, el ocultamiento apuntado por Justino hace relación, no al ocultismo elitista de los gnósticos, para quienes la revelación permanece escondida ante la mayoría no iniciada, sino a un modo de pasar desapercibido que caracteriza a los años de Nazaret: «iba a ser envidiado, y desconocido y crucificado» (Apología I,31,7). Justino introduce la visión positiva de la temporalidad como magnitud conectada con la carne; esta, en efecto, necesita tiempo para crecer y llegar a su madurez. Afirmar el crecimiento del Logos equivale a subrayar su humanidad verdadera y su alcance soteriológico: «pues Él, por amor nuestro, se hizo hombre para ser particionero de nuestras pasiones, y sanarlas» (Apología II,13,4).
Cabe ver, por fin, una interpretación simbólica de la vida de Cristo en Nazaret a partir del siguiente texto: «Fue considerado él mismo como un carpintero, y fue así que obras de este oficio, arados y yugos, fabricó mientras estaba entre los hombres, enseñando por ellas los símbolos de la justicia y lo que es una vida fecunda» (Diálogo 88,8). En resumen, la vida oculta de Cristo en Nazaret posee para Justino una importancia cristológica y soteriológica fundamental, pues expresa con toda densidad la verdadera humanidad del Logos, que comparte las realidades propias del género humano