El 4 de mayo reinaba una calma absoluta. Los tres días de luto público por la muerte de Hitler decretados por el secretario de Estado Frank transcurrieron en todas partes sin incidentes. Nunca podíamos haber supuesto o esperado que los checos, que durante el curso de la guerra jamás se habían atrevido a oponer la menor resistencia abierta a las fuerzas armadas alemanas, se lanzaran tras la rendición a una orgía de horror sin precedentes contra gente indefensa de la que no se libraron ni soldados heridos e impotentes ni mujeres ni niños.
«H. K.», zi de junio de 1947. Citado en Wilhelm Turnwald (ed.), Dokumente zur Austreibung der
Sudetendeutschen, Munich, 1951, p. 18
La región denominada Sudetenland -el «territorio de los Su-detes»- y su población alemana habían sido una de las causas de la guerra. Hitler había asumido las quejas de los alemanes de los Sudetes de Bohemia y Moravia liderados por Konrad Henlein. Los malos tratos de los que habían sido víctimas dieron lugar a los Acuerdos de Munich de septiembre de 1938, por los que se cedía a Alemania una gran parte de la región fronteriza, dejando indefenso el resto del país. En la primavera de 1939 tanques alemanes irrumpían en Praga.
Es cierto que los alemanes de los Sudetes tenían motivos de queja. Las ciudades y pueblos de aquellos antiguos súbdi-
tos de la corona austriaca formaban un extenso anillo en torno a las tierras checas. También constituían un amplio porcentaje de las poblaciones de Praga y Brno (Brünn), Iglau y Zwittau. En Eslovaquia residían los Insel und Streudeutscbe (alemanes en islas demográficas y dispersos); había comuni- dades alemanas en los Cárpatos, más una colonia equivalente a poco menos de un tercio de la población de la ciudad de Pressburg, o Bratislava. En Troppau estaban totalmente mez- clados con los eslavos y hablaban su propio dialecto, deno- minado Slonzakisch, pero en la mayoría de las comarcas mantenían una orgullosa separación. Consideraban que ha-
bían sido engañados por el Tratado de
Saint-Germain-en-La-ye de octubre de 1919, cuando los Aliados les denegaron finalmente el derecho a la «autodeterminación» prometido en los Catorce Puntos del presidente Woodrow Wilson1. Benes, el representante de Checoslovaquia, había proclamado que su Estado sería la «nueva Suiza», con derechos para las minorías garantizados por un sistema cantonal. Nunca se llegó a ello2-. Todos los hablantes de lengua alemana (incluidos los judíos) quedaron sometidos a la influencia del nuevo Estado, que los desvinculó de su capital, Viena: de sus negocios, de su gobierno y de sus amigos y parientes3.
Occidente había otorgado al dirigente de los checos el te- rritorio histórico checo de Bohemia y Moravia, junto con Eslovaquia. Durante siglos, sin embargo, un ingente número de alemanes se había asentado en tierras checas, como lo habían hecho los húngaros en el este eslovaco. Los checos se convirtieron en señores y dueños políticos del nuevo Estado, aunque sólo sumaban el 51 % de la población*. Los alemanes constituían casi una cuarta parte, pero no era de esperar * En los territorios checos occidentales, los alemanes constituían algo más de un tercio de la población en el censo de 1930, del que dos terceras partes aproximadamente residían en Bohemia, y el resto en Moravia. En el con- junto de Checoslovaquia sumaban el 2.2,53 % de Ia población, mientras que checos y eslovacos representaban el 66,24 % en conjunto. Había una significativa minoría húngara en Eslovaquia. De esos 3.318.445, 3.231.688 poseían la nacionalidad checa. (Theodor Schieder [ed.], Tschechoslowakei, Berlín, 1957, p. 7.)
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que los eslovacos eslavos tomaran partido por ellos, por lo que siempre serían dos contra uno. El conflicto estaba «progra- mado de antemano»4. Hubo incluso intentos de fragmentar los territorios alemanes instalando colonias checas*5.
Según se apresuraron a señalar los alemanes en sus pro- testas, el número de sus residentes en Bohemia y Moravia superaba a toda la población de Noruega y era casi la misma que la de los daneses o los finlandeses. Tenían sus propias organizaciones políticas: el SdP (Sudetendeutsche Partei; Par- tido de los alemanes de los Sudetes) de Henlein representaba al 68 % de los alemanes y era el principal partido del Estado checoslovaco. Había también un Partido Socialista de los Su- detes, que cooperaba con los checos. Aunque los alemanes no habían podido tener ningún peso político hasta fechas recientes, habían encabezado el reparto en la vida social y financiera, a pesar de que muchos alemanes habían resultado duramente afectados por la Depresión. Los checos trabajaban como empleados en sus negocios o en sus granjas. La nobleza y los magnates de la industria eran de habla alemana, al igual que muchos abogados y médicos. En 1945 hubo numerosos casos de jornaleros que se apropiaron de granjas alemanas, de médicos auxiliares que se quedaron con la consulta de un alemán y de empresarios de segunda fila que adquirieron negocios alemanes, repitiendo en cierta medida el proceso de 1938, cuando los alemanes fueron de nuevo los mandamases. Hubo casos de puro oportunismo: checos que hasta entonces se habían movido en círculos alemanes, que se habían casado con alemanas o tenían hijos que hablaban alemán, se convirtieron de pronto en apóstoles del nacionalismo checo y se lanzaron a la caza de quienes habían sido sus antiguos amigos. Cuando los comunistas tomaron el po-
* La población alemana se hallaba en descenso. En 1920 constituía el 23,64 %. Las ciudades del núcleo alemán habían visto crecer las comu- nidades checas, que en Aussig habían pasado del 10 % en 1910 a un tercio del total en 1930, y en Brüx de un 20 a un 33 %; en Reichenberg, el número de alemanes había descendido en un 10 %; en Troppau, los checos habían constituido el 10%, y en ese momento sumaban un tercio; y así en otras partes. (Theodor Schieder [ed.], Tschechoslowakei, op. cit., p. 10.)
der en 1948, los que se habían aprovechado de la Revolución en mayo de 1945 perdieron la mayor parte de lo que habían ganado.
Los sucesos de septiembre de 1938 y la ocupación del resto de Checoslovaquia habían provocado entre los checos un gran resentimiento contra la minoría alemana. La región de habla alemana pasó a formar parte del Reich, y sus habitantes se hicieron alemanes; este cambio de nacionalidad resultó fatal en 1945. Las regiones anteriormente resentidas fueron asignadas a la comarca alemana más próxima; un Reichsgau denominado Sudetenland incluyó las importantes ciudades de Troppau, Aussig, Eger y Reichenberg; la región en torno a Hultschin fue anexionada a Oppeln, en la Baja Silesia; el norte de Bohemia, a la Baja Baviera; el sur de Bohemia, al nuevo Reichsgau austriaco (subdivisión administrativa) del Bajo Da- nubio; el sur de Moravia, al Reichsgau de nueva formación del Bajo Danubio; y Teschen, a los sectores polacos recon- quistados de la Baja Silesia, agrupados en torno a Katowice6. En las restantes zonas del «Protectorado», la ciudadanía se otorgaba según criterios raciales: los alemanes étnicos fueron adscritos al Reich. Para muchos germanohablantes el cambio fue el equivalente a la firma de una sentencia de muerte7.
El hecho de haber aplicado el derecho alemán bastaba para que un abogado fuese condenado a la pena capital8. Los checos no habían recibido a Hitler con los brazos abiertos, como los austríacos, e incluso algunos miembros de la pobla- ción de habla alemana -socialistas, judíos y un gran número de alemanes del Reich que habían buscado refugio en Praga-se habían mostrado extremadamente preocupados. Al invertirse la marea en el curso de la guerra, los checos aguardaron ansiosos el momento en que podrían resolver de una vez por todas el «problema alemán».
Cuando Benes consideró que la victoria era indiscutible, dejó Londres para ir a Moscú. Antes de llegar allí dijo a Philip Nicols, embajador británico ante el gobierno checo en el exilio, que iba a necesitar transferir la población alemana y despojarla de su ciudadanía, pues de lo contrario «se produ- cirían tumultos, luchas y masacres de alemanes». Mólotov le
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aseguró que las expulsiones serían una «nimiedad». Benes obtuvo de Stalin las garantías necesarias: «Esta vez destrui- remos a los alemanes de modo que nunca podrán volver a atacar a los eslavos». También aseguró a los checos residentes en Moscú que no se inmiscuiría en los asuntos internos de una nación eslava, lo que, en retrospectiva, nos da una idea bastante clara de hasta qué punto se podía confiar en su palabra9.
El regreso de Benes
Benes dejó Moscú el último día de marzo de 1945. El 1 de abril estaba en Ucrania. Su destino era Kosice, en Eslova-quia, donde permaneció treinta y tres días mientras rusos y americanos dividían el país y los checos se alzaban tras su estela. Las tropas de Patton avanzaron con rapidez tras el ejército del mariscal de campo Schórner, compuesto por un total de ochocientos mil hombres. El 4 de mayo cruzaron los puertos de montaña procedentes de Alemania para ocupar las posiciones que se les habían asignado previamente a lo largo de la línea Carlsbad-Pilsen-Budweis. Al general estadounidense se le había dicho que no podía entrar en Praga, por lo que se detuvo en Beraun. Los checos querían llevarse el honor de haber liberado la capital. La noche del 8 de mayo, el Ejército Rojo formó un escudo protector en torno a la ciudad, permitiendo que el levantamiento siguiera su curso10. El Ejército Rojo llegó a Brno el 6 de mayo. El día anterior, Benes había oído que Praga se había alzado contra los alemanes y se trasladó a Bratislava. El avance de los rusos fue la señal para que la mayor parte de las divisiones de Vlásov se dirigieran al sur, al interior de Austria*; los cosacos se sentían indecisos ante la perspectiva de ser capturados por el Ejército Rojo, aunque algunos entraron en Praga y la liberaron, efectivamente, antes de que llegaran las fuerzas regulares rusas11. En Praga, la resistencia formó el CNR (Ceska
národní rada; Consejo Nacional Checo). Los primeros tan- ques del Ejército Rojo entraron en la ciudad el día 9 y las operaciones militares concluyeron dos días después con la retirada de Schórner. Benes no efectuó su entrada triunfal hasta el 16. Su excusa por haber llegado con tanta lentitud fue su propia seguridad, dada la presencia de francotiradores alemanes12.
Benes enseñó sus cartas por primera vez en sus Estatutos de Kosice* del 5 de abril de 1945: «¡Ay, ay, ay, tres veces ay para los alemanes!, ¡vamos a liquidaros!», exclamó en una emisión de radio. A continuación publicó sus famosos decre- tos. El número cinco, por ejemplo, declaraba que los alema- nes y los húngaros no eran políticamente de fiar y que, por tanto, sus propiedades debían pasar a manos del Estado che- co. El Programa de Kosice desencadenó una «tormenta de represalias, venganza y odio. [...] Allí donde aparecían, las tropas del ejército del general checo Svoboda -que luchaba al lado de los rusos- y los Guardias Revolucionarios (Národní vybor) no preguntaban quién era culpable y quién inocente; sólo buscaban alemanes»13.
El iz de mayo, Benes repitió sus amenazas en Brno: «He- mos decidido [...] que tenemos que liquidar el problema ale- mán en nuestra república de una vez por todas»14. El 19 de junio se dictó el primero de los «Decretos de castigo»: «Los criminales y traidores nazis y quienes les apoyaron [serían juzgados ante] tribunales populares extraordinarios». Se tra- taba de unos tribunales primitivos. Diez minutos bastaban para juzgar a una persona y mandarla a prisión por un período de quince años. Hubo 475 sentencias capitales «oficiales». Para los implicados en la masacre de Lidice -originada a raíz del asesinato del protector suplente Reinhard Heydrich, pla- neado por los británicos- se promulgaron treinta penas de muerte15. Un tribunal nacional examinaría los crímenes de guerra. El 2.1 de junio se publicó el siguiente decreto: todas las personas de nacionalidad alemana o húngara, traidores o Quis-
* Kaschauer en alemán, gentilicio de Kaschau, el nombre de Kosice en ese idioma.