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Como indicamos en el apartado 2.1.1.1. del presente trabajo es Sigmund Freud (1991) y su análisis del humor en relación con el subconsciente el primero en indicar la ca- pacidad libertadora del humor al permitirnos expresar pensamientos prohibidos y des-

cargar tensiones psíquicas. Esta función libertadora corresponde, según Freud, al tipo de humor tendencioso que desafía normas y tabúes sociales. En cambio, la segunda categoría del humor, el humor inocente tiene como objetivo principal la diversión. Esta categorización del humor en base a la intencionalidad del emisor del mensaje humorístico es propuesta, también, por Mulkay (1988) que distingue entre humor puro, cuyo objetivo es entretener y humor comprometido cuyo mensaje es serio y cuyo ob- jetivo es criticar, atacar verbalmente a un objetivo. Del mismo modo, Massi (2008) nos habla del humorismo serio que corresponde a “(...) un tipo de humor que no provoca la risa (aunque puede tener efecto cómico) sino más bien la reflexión y el análisis de los hechos desde una perspectiva crítica” (2008:159).

Independientemente de la etiqueta que le demos, tendencioso, serio o comprometido, lo que habría que dejar claro es que la capacidad crítica y contestataria del humor no sería una cualidad genérica del mismo sino que correspondería a una categoría, un tipo de humor que trasmite directamente la actitud crítica del emisor del mensaje humorístico. De ahí que la importancia de este mensaje crítico no caiga tanto en el código en sí sino en la intencionalidad y en la predisposición mental de los agentes que participan en el acto comunicativo. Visto así, el humor se podría definir como un recurso discursivo cuyo contenido y funciones dependen de quién, cómo y en qué contexto social es utilizado.

Anton Zijderveld (1968) al referirse a la depedencia del mensaje humorístico de la circunstancia social y del contexto comunicativo afirma que “(…) jokes as much as ins- titution and linguistic forms are essentially empty forms which can be filled up with to- tally different meaning, depending on specific people in specific situation” (1968:294). De este modo, no se pretende, ni mucho menos, quitar importancia al factor de la intencionalidad del emisor, ya mencionado, sino, más bien, poner en escena otros fac- tores de igual peso para la comunicación humorística. En palabras de Zijderveld “(...) a joke is not only dependent on the intention of the joker but also on the definition of the joke-situation given by the “audience” (1968:294).

En resumen, la intención del emisor, el contexto comunicativo y la interpretación del recibidor son factores determinantes para la comunicación humorística sin que eso signifique que el mensaje, el código en sí, no posee cualidades propias que lo discier- nen de otro tipo de mensajes comunicativos. Nos referimos, sobre todo, a su estructu- ra semántica y pragmática que ha sido, además, el foco de atención de la teoría de la incongruencia del humor (ver apartado 2.1.1.1.).

Recordamos que según este enfoque, el humor relaciona dos ideas, conceptos o situaciones dispares entre sí, y lo hace de una manera sorprendente que rompe las expectativas del oyente. Así, el efecto humorístico resulta de la incongruencia entre lo que se espera y lo que finalmente ocurre en un texto oral, visual o escrito o una situa- ción vivida. El mecanismo semántico del humor es, pues, romper el esquema cogni- tivo en base al cual se ha intentado interpretar el mensaje y presentar uno nuevo que resulta ser el válido para una descodificación certera del texto.

En este proceso de reinterpretación del mensaje humorístico no se debe olvidar la importancia que juega la creatividad y la fantasía para habilitarnos a producir nuevas ideas, o nuevas asociaciones de ideas y hacer una lectura alternativa de la realidad personal y social. De ahí que el humor sea un recurso expresivo recurrente en la lite- ratura, (piensen en la parodia literaria del Quijote y en el humor como recurso para cri- ticar los antecedentes caballerescos e inventar una nueva figura protagonista de este

tipo de relato), en el teatro, (basta con mencionar el teatro del absurdo de Pirandello, Ionesco o Arrabal y el uso del humor para crear situaciones insólitas), y la poesía (el surrealismo sería el ejemplo más adecuado para constatar el uso del humor como mecanismo trasgresor de la lógica convencional burguesa, pensemos en los poemas surrealistas de Jacques Prévert, André Bretón o Pablo Neruda).

Y es en el mundo de la literatura en el que se basa Hernández González (1999) para calificar el humor y la ironía como “códigos trasgresores de lenguajes e ideologías” (1999:217). Veamos en detalle su reflexión sobre el efecto cómico:

“De este punto de vista teórico se puede concluir que el cómico necesita una codificación especial en función de su intención transgresiva. Su discurso es aparentemente incongruente, absurdo, lo cual produce en el receptor sorpresa, y, solamente superando el significado inicial, puede el espectador interpretar el verdadero sentido del mismo. La complicidad entre el burlador y el receptor es imprescindible para superar la primera instancia del proceso y a la vez esta- blece un vínculo que puede ser interpretado dentro del marco social. Paralela- mente, esta recodificación del sentido inicial obliga al receptor a percibir algo desde dos perspectivas incompatibles , puesto que su estrategia es la de la desorientación, y de este modo destruye o deforma los modos habituales del pensamiento” (1999:224).

Este análisis, aunque tiene una base explicativa común con respecto a la teoría de la incongruencia, da un paso más e intenta analizar el proceso de extrañamiento, de desnaturalización de los “modos habituales del pensamiento” a través del humor. Her- nández González relaciona la función trasgresora del humor con esta capacidad de poner en entredicho lo que se considera natural e incuestionable.

Zijderveld (1968) en su análisis de los chistes y su relación con la realidad social coin- cide con esta óptica desnaturalizadora del humor y opina que los chistes, que es el género humorístico que él estudia, “(...) show that man’s taken-for-granted world is not as “normal” and “natural” as he himshelf often too easily assumes” (1968:303). De ahí que Zijderveld defina los chistes como desviaciones de las estructuras institucionali- zadas del significado (deviations from institutionalized meaning structures).

Stuart Hall (2006) en su teoría de encodificación y descodificación de los mensajes comunicativos opina que las diferentes áreas de la vida social pertenecen a dife- rentes dominios discursivos que están organizados jerárquicamente en significados dominantes o preferentes. Al descodificar un texto cabe la posibilidad de recurrir a un dominio discursivo u otro y de romper el orden jerárquico de significados de un domi- nio determinado, sin embargo, siempre existe una lectura socialmente preferente que corresponde a la óptica del poder político y económico y a su visión ideológica. Esta lectura preferente o dominante, según Hall, ha sido implantada institucionalmente en todos los aspectos de la vida social hasta llegar a considerarse única y natural, es la lectura institucionalizada de la realidad de cada formación social humana.

Supongamos ahora que el humor, en su vertiente crítica y trasgresora, funciona como un mecanismo de subversión de esta lectura dominante y socialmente institucionali- zada y provoca una fisura en la naturalidad con la que ésta es presentada y asumida por el recibidor-descodificador del mensaje humorístico. En este caso, es de suponer también que una lectura alternativa irrumpe en el horizonte cognitivo del recibidor y le ofrece la posibilidad de valorar críticamente lo que hasta el momento daba por eviden- te.

Este tambalear entre las diferentes posibilidades interpretativas del mensaje humorís- tico y la incongruencia entre los esquemas propuestos requiere, por una parte, una disposición mental positiva ante el humor (ver apartado 2.1.1.1.), y por otra, cierta tole- rancia ideológica para aceptar lecturas no preferentes de la realidad.

Es, quizá, esta la razón por la que el dogmatismo religioso o político es un enemigo histórico del humor. Pongamos como ejemplo la prohibición de la sátira, la caricatura y el chiste político en regímenes totalitarios o la aversión visceral de la Iglesia ante el humorismo que tiene como objetivo sus símbolos sagrados. Para entender el humor crítico no debes ser dogmático, comenta Charles Gruner (1976), y para disfrutarlo de- bes compartir la tesis de su emisor.

A modo de conclusión podemos afirmar que existe un tipo de humor crítico de- pendiente de la intención del emisor, del mecanismo semántico del mensaje, de la interpretación del recibidor y de las coordenadas socioculturales del contexto comu- nicativo que puede funcionar como un ataque “agresivo” que descarga tensiones espi- rituales y psíquicas pero, sobre todo, como un mecanismo de subversión de la lectura dominante de la realidad social. De ahora en adelante denominaremos este tipo de humor, humor subversivo, y pasaremos a continuación a estudiar su presencia e im- portancia en el discurso humorístico de temática política.