H.E Dilma Rousseff, “Brazil” (Opening Statement of the General Debate of the 66 th Session of the United Nations General Assembly, New York, 21 September 2011),
CONCLUSIONS AND RECOMMENDATIONS
4.1 THE GRASSROOTS APPROACH
4.2.2 Organising Gender Equality Training Programs
La Iglesia no cesó de bagatelizar, disculpar o suavizar la jungla proto- cristiana de falsificaciones, siempre que llegaban a su conocimiento. Su literatura está rebosante de trivializaciones, explicaciones equívocas, mentiras.
Hasta épocas recientes se afirmaba a menudo que la conciencia de propiedad intelecual en el ámbito judeohelenista estuvo «subdesarrollada frente al mundo grecorromano» (Hengel). En realidad fue más bien al contrario y el concepto de la propiedad intelectual literaria experimentó una «cierta agudización» (Speyer) a finales de la era helenista entre ju- díos y cristianos.334
Hasta hace poco tiempo era casi una moda entre los teólogos tildar la falsificación casi de costumbre habitual de la Antigüedad, de algo poco más o menos que cotidiano y por lo tanto moralmente inofensivo. A la seudoepigrafía protocristiana tan extendida, en especial, se la consideró como un sector de un género literario, que por supuesto en la Antigüe- dad era correcta y psicológicamente posible. Los defensores de la Iglesia ponen constantemente de relieve que la seudonimidad durante los prime- ros siglos cristianos no fue sólo una forma literaria, sino que también los lectores lo consideraban como tal.335
¡Sobre todo los escritos «divinos» no se podían, o se querían, ima- ginar como surgidos mediante engaño, libros que pretendían una auto- ridad canónica, carácter de inspiración! Para salvar al menos el Nuevo Testamento, August Bludau, obispo de Ermiand, echó un cable, en su Schriftfáischungen der Hretiker (Falsificaciones escritas de los herejes) incluso a los herejes, y esto aunque ellos ya habían acusado por ese moti- vo a los Padres de la Iglesia en varias ocasiones. Pero prescindiendo de Marción, para el obispo Bludau «las falsificaciones intencionadas que nos presentan los herejes no terminan más que en pequeneces», sus «pre- suntas falsificaciones [...] no pueden hacer tambalear en lo más mínimo nuestra confianza en la tradición del texto bíblico».336
Si no obstante se demostraba una falsa autoría, se disculpaba el nom- bre falso del autor con la explicación de que en los escritos antiguos se consideraba un uso literario reconocido lo que hoy se considera fraudu-, lento, que era un medio auxiliar corriente. Se puede prestar crédito a es- tas invenciones pues esos autores no han tenido intenciones deshonestas, no hay nada escandaloso, sino que se considera su acción como un recur- so válido.337
Pero ¿se puede falsificar realmente de buena fe donde no sólo se ha falsificado tanto sino que también tan a menudo se ha criticado y malde- cido lo falsificado? «Herejes» y ortodoxos se echaban mutuamente en cara todo tipo de engaños, lo que constituye la mejor prueba de que éstos también en el lado cristiano, y precisamente aquí, están muy mal vistos, al menos de cara al exterior, pero que al mismo tiempo se encuentran en boga. Los cristianos combatían con falsificaciones lo mismo a gentiles que a judíos con objeto de invalidar sus objeciones y propagar la propia fe. Criticaron también la autenticidad de la literatura judía. Las constan- tes acusaciones de falsificación y el nada raro recurso a la crítica de la autenticidad, demuestran que la conciencia de las personas de entonces estaba desde luego muy agudizada hacia el fenómeno de la falsificación, del plagio, de la seudoepigrafía. En opinión de Norbert Brox, sin embar- go, hasta los falsificadores eran conscientes de la ilicitud de sus accio- nes, pues para acusar a las primeras falsificaciones ellos mismos falsifi- caban.338
Es perfectamente comprensible que se haya divagado con prudencia intentando demostrar la afirmación de que en la Antigüedad falsificar era un uso literario reconocido, un recurso tolerado. Pero ya como muy tarde a principios del siglo xix se vislumbraron con bastante claridad las cir- cunstancias. Pues en realidad, la calidad de seudónimo, por frecuente que fuera, constituía siempre lo inhabitual, nunca lo corriente, siempre la ex- cepción, nunca la regla, incluso en la literatura «sacra», prescindiendo de las falsificaciones de los apocalípticos. Y si en los restantes escritos reli- giosos no predominaron los seudónimos no fue, como algunos pueden creer, porque las personas religiosas tuvieran una particular aversión ha- cia el engaño, puesto que, en definitiva, éste tampoco predominó en la li- teratura no religiosa o antirreligiosa. Pero si en la religiosa fue más fre- cuente de lo normal se debe precisamente a que aquí el fin justifica los medios y la conciencia de la alta misión, el engaño, de modo que, presu- miblemente, se creía servir a la «verdad» con las falsificaciones.339
Pero tampoco en los primeros tiempos del cristianismo, cuando los seudónimos eran frecuentes, se les consideraba justificados. A pesar de toda la credulidad, a veces se planteaba al menos la cuestión precisa so- bre la autoría y se desaprobaban de manera decisiva los seudónimos de- mostrados. Así por ejemplo, al presbítero de Asia Menor que falsificó los Acta Pauli se le privó de su cargo, y no por «herejía» como se ha afirma- do algunas veces; «no la hay por ningún lado» (C. Schmidt). Y la comu- nidad cristiana «no pudo poner mejor de manifiesto su rechazo a esas fal- sificaciones literarias que de ese modo», pone de relieve el erudito de Copenhague Frederik Torm, que escribe: «Los escritores religiosos con seudónimo deben de haber sido también conscientes en los momentos se- renos (!) de su vida, de que sus contemporáneos no considerarán su pro- ceder como la utilización de una forma literaria y que, por lo tanto, lo juzgarán como moralmente condenable».340
No es raro que se intente mitigar los embustes cristianos dando por probado que los propios falsificadores no se habrían tomado sus actos tan en serio, y que en realidad no pretendían el éxito de sus maniobras de en- gaño. Sí debieron de calcular que sus lectores les comprenderían, aunque el descubrimiento de toda falsificación rompía las intenciones del fal- sificador.341
En especial con la literatura apocalíptica, falsificada en su conjunto y de modo particular, la apologética, e incluso la investigación, aduce mo- tivos que exoneran a aquellos que publicaron sus revelaciones bajo los nombres de Enoc, Moisés, Elias, Esra, Baruc, Daniel y otros. Se les ad- judica un «marco» totalmente distinto, una presunta peculiaridad ju- deocristiana del pensamiento, motivos religiosos «auténticos» y por eso moralmente «legítimos», se supone la misma «situación psicológica», una inspiración y experiencia visionaria similar a la de los «portadores de
la revelación» originales. Quizá esto pueda ser más o menos cierto, pue- de ser más o menos plausible de un caso a otro, pero es sólo una suposi- ción, carece realmente de capacidad probatoria y no constituye además ninguna diferencia fundamental con respecto a la falsificación de autores no apocalípticos. Por otro lado, los Apocalipsis, como otros libros, se fal- sifican también por motivos muy «corrientes», para autorizar, para atesti- guar de un modo especial.342
Lo cierto e importante es, sin embargo, que precisamente en los círcu- los cristianos -y de modo nada casual- era notable el abotargamiento de la sensibilidad crítica y una cierta «manga ancha» en la tolerancia de las falsificaciones. Es asimismo cierto e importante que para la aceptación o el rechazo de los textos no decidía en modo alguno el criterio de la auten- ticidad literaria, que para nosotros es evidente, sino el contenido con res- pecto a la norma de «verdad» eclesiástica, es decir, ¡con respecto a la norma de lo que se podía o quería utilizar y de lo que no! En lugar de la autenticidad literaria, lo que interesaba a la Iglesia emergente era la concordancia de una afirmación con la doctrina católica. Ni la cuestión de la autoría, ni la autenticidad eran los criterios para la incorporación al canon del Nuevo Testamento, sino la supuesta apostolicidad, es decir, la verdad: la utilidad para la propia práctica y el propio dogma. Se convirtió en la «autoridad apostólica»..., ¡sin apóstol! El origen real era secundario, la cuestión de la autenticidad no era decisiva. Atribuyéndose un nombre falso, los Evangelios, las cartas y otros tratados podían hacerse parecer auténticos, es decir «apostólicos». Y así se hizo.343
Pero no fue suficiente con eso.
Hubo muchos cristianos que no se limitaron a practicar el engaño sino que lo autorizaron de manera expresa, ¡hubo algunos entre los más im- portantes que incluso lo alabaron! El dicho criminal de «el fin justifica los medios» rara vez ha desempeñado un papel peor que en la historia de la Iglesia cristiana.344