Llegamos al último artículo de esta cuestión, al cual se ordenan de algún modo
los anteriores, pues, recordémoslo, en todo este análisis lo que busca sto. Tomás,
en pos de Boecio, es precisamente dilucidar la naturaleza de la ciencia divina o
teología.
Tras poner ocho objeciones (como en el artículo precedente), presenta tres
argumentos a favor (sed contra). En el primero de éstos comienza refiriéndose nue-
vamente al sexto libro de la Metafísica de Aristóteles, que es como la fuente ins-
piradora de todo este tratado sobre la división tripartita de la ciencia especulativa,
ARISTÓTELES, Metaph., VI (E) c.1 1026a 15-16.
148
Cf. ARISTÓTELES, Metaph., VI (E) c.1 1026a 19.
149
Cf.ARISTÓTELES, Metaph., I (A) c.1 981b 28.
150
En el apéndice de la ed. Decker aparecen 15 líneas de texto que fue tachado por sto. Tomás,
151
previo al que quedó como texto definitivo.
Esta expresión, genus subiectum, es usada con cierta frecuencia por sto. Tomás. No parece que
152
pueda darse una traducción literal de la misma. El sentido es que cada ciencia tiene un ámbito de estu- dio determinado, que es precisamente el que la especifica, le da un carácter unitario, y la diversifica de las demás. Como veremos, la unidad y la especificidad del genus subiectum no deriva tanto de las cosas que son estudiadas en ella (el objeto material de la terminología escolástica), sino más bien de la formalidad según la cual las cosas son estudiadas por una determinada ciencia (el así llamado
objeto formal de la ciencia). Un interesante estudio sobre este artículo del BDT, que pone acerta-
damente de relieve el tema que estamos viendo aquí, es el llevado a cabo por E.SWEENEY, Metaphy-
sics and its Distinction from Sacred Doctrine in Aquinas, en «Knowledge and the Sciences in
Medieval Philosophy. Proceedings of the Eighth International Congress of Medieval Philosophy (1987)», vol. III, Yliopistopaino, Helsinki, 1990, pp. 162-170. Precisamente en este sentido se puede hablar, como hace sto. Tomás, del objeto de la metafísica, el ens commune, como de un "género" (cf.
In Metaph. Prooem.). No se trata, desde luego, de un género propiamente dicho o en sentido estricto
(ontológico), sino más bien de un género en sentido amplio, desde un punto de vista epistemológico. En efecto, sto. Tomás, en pos de Aristóteles, afirma claramente que el ente no puede constituir o considerarse como un género (cf. I, q.3 a.5; De Verit., q.1 a.1; In II Post. Anal., lc.6; In I Metaph., lc.9). Esto se debe a que el ente existe y se predica de muchos modos: "ens multipliciter dicitur" (In
II Sent., d.34 q.1 a.1; cf. In IV Metaph., lc.1; In XI Metaph., lc.3). Por ello, la noción del ente no es
unívoca (como en cambio sí lo es la noción genérica), sino analógica. Una prueba de ello es que res- pecto de una noción genérica no es posible una predicación secundum prius et posterius, mientras que respecto de una noción análoga, como es en el caso del ente, sí se da tal tipo de predicación (cf. In I
Periherm., lc.8; In II Sent., d.37 q.1 a.2; In VII Metaph., lc.4; De Ente et ess., c.6; In I Sent., d.2 q.1
a.1). La unidad de la metafísica, en consecuencia, no es tanto material (pues considera entes que de suyo pertenecen a diversos géneros de sustancias), sino más bien formal: la metafísica considera todas las cosas sub ratione entis (cf. In I Sent., prol. q.1 a.2 sc.1; De nat. gen., c.4). Esta unidad de la
como hemos hecho notar ya varias veces. En efecto, observa sto. Tomás, según el
Filósofo, la filosofía primera trata sobre las cosas separables (de la materia, preci-
sa sto. Tomás) e inmóviles
148. La filosofía primera es la ciencia divina, como se di-
ce allí mismo
149. Por tanto, la ciencia divina abstrae de la materia y del movimiento.
Por otra parte, la ciencia más noble trata sobre los entes más nobles. Ya que la
ciencia divina es la más noble, y como los entes inmateriales e inmóviles son los
más nobles, sobre ellos tratará la ciencia divina. Finalmente, el Filósofo dice al ini-
cio de la Metafísica
150que la ciencia divina trata sobre los primeros principios y
causas. Tales son las realidades inmateriales e inmóviles; luego sobre éstas trata la
ciencia divina.
En el cuerpo del artículo - del cual también hay constancia de un inicio que
exigió una redacción sucesiva
151- comienza repitiendo casi las mismas palabras
introductorias que usara en el artículo precedente: "para aclarar esta cuestión con-
viene...". Y así inicia su respuesta con un prolegómeno, en el que va a estudiar qué
tipo de ciencia es la ciencia divina. Hay que tener en cuenta, dice sto. Tomás, que,
así como cada ciencia versa sobre algún género de cosas (considerat aliquod genus
metafísica es análoga a la de la sacra doctrina, en la cual se consideran muchas cosas, pero en función de una sola (sub ratione Dei; cf. I, q.1 a.7). Sin embargo, esta unidad formal tiene en última instancia un fundamento ontológico: la analogía del ente secundum praedicationem se funda en la analogía
secundum causalitatem: todos los entes son de algún modo semejantes entre sí porque proceden de
una única causa: "(...) ens etsi dicatur multipliciter, non tamen dicitur aequivoce, sed per respectum ad unum; non quidem ad unum quod sit solum ratione unum, sed quod est unum sicut una quaedam natura" (In IV Metaph., lc.1).
Cf. ARISTÓTELES, Phys., I c.1 184a 12-14.
153
En este caso se cumple lo que, en una situación semejante, afirma el Aquinate: "(...) principia
154
et principiata sunt unius considerationis" (In IV Metaph., lc.4). Cf. AVICENA, Suffic., I c.2 f.14va 6-30.
155
Tanto la edición de Decker como la Leonina señalan como referencia un texto del pseudo-
156
Dionisio: De div. nom., c.4 §4 (PG 3, 700 A). De hecho, ya antes sto. Tomás había hecho mención explícita de esta referencia: "Unde dicit Dionysius 4 c. De divinis nominibus quod lumen solis `ad ge- nerationem visibilium corporum confert et ad vitam ipsa movet et nutrit et auget'" (BDT. q.1 a.1 ag.5). Otro texto paralelo se encuentra en la Summa Theologiae (I-II, q.46 a.1).
la ciencia no se perfecciona sino por medio del conocimiento de los principios, co-
mo consta por el Filósofo en el principio de la Física
153. Existen dos géneros de
principios: hay algunos que son en sí mismos naturalezas completas, y además son
principios de otras naturalezas, como por ejemplo los cuerpos celestes, que son
unos ciertos principios de los cuerpos inferiores, y los cuerpos simples lo son de
los cuerpos compuestos. Y así tales principios son considerados en las ciencias no
sólo en cuanto que son principios, sino también en cuanto que son en sí mismos
unas realidades determinadas, y por ello son tratados no sólo por la ciencia que
estudia lo principiado (o causado) por ellos, sino que además tienen una ciencia
propia aparte que los estudia en sí mismos. Por ejemplo, existe una parte específica
de la ciencia natural que trata sobre los cuerpos celestes además de la que trata so-
bre los cuerpos inferiores, así como hay una ciencia que trata sobre los elementos,
además de la que trata sobre los cuerpos compuestos. Por otra parte, hay otros prin-
cipios que en sí mismos no son naturalezas completas, sino que son sólo principios
de las naturalezas, como lo es la unidad respecto del número, el punto respecto de
la línea, y la forma y la materia respecto del cuerpo físico. Tales principios no son
considerados sino en la ciencia en la que se trata de lo principiado por éstos
154.
El Aquinate da un paso más adelante para fundamentar la metafísica como
ciencia: así como en cada género determinado existen algunos principios comunes
que se extienden a todos los principios de este género, también todos los entes, en
cuanto que participan del ente, tienen algunos principios que son principios de
todos los entes. Tales principios pueden ser llamados comunes de dos modos, de
acuerdo con lo que dice Avicena en su Sufficientia
155: o según la predicación, como
cuando se dice que la forma es común a todas las formas, ya que se predica de cada
una; o según la causalidad, como cuando se dice que el sol, siendo numéricamente
uno, es principio de todo lo generable
156. Existen principios comunes de todos los
entes no sólo según el primer modo, que es al que Aristóteles se refiere cuando dice
Cf. ARISTÓTELES, Metaph., XII (7) c.4 1070a 31; c.5 1071a 30-35 (tanto Decker como Gils
157
corrigen la referencia, que así se encontraría en el libro duodécimo, y no en el undécimo). Sto. Tomás presenta de modo semejante a como hace en el BDT estos pasajes de Aristóteles en su comentario a la Metafísica (cf. In XII Metaph., lc.4).
Cf. ARISTÓTELES, Metaph., II (") c.1 993b 26-31. Como se afirma implícitamente en este texto, 158
según sto. Tomás, Aristóteles sí habría llegado de algún modo a remontarse a la consideración de la causa del ser de todas las cosas, en contra de lo que sostienen É. Gilson (cf. The Spirit of Mediaeval
Philosophy, p. 439) y L. Elders, entre otros. Lo mismo se afirma en otros pasajes paralelos (cf. In VIII Phys., lc.2; Super Ev. Ioann., prooem.; De Pot., q.3 a.5; C.G., II c.37; I, q.44 a.2). Aunque en los dos
últimos textos referidos no se menciona expresamente a ningún filósofo, es más que probable que, al hablar de los que consideraron la causa de todos los entes en cuanto entes, sto. Tomás se esté refirien- do a Platón, Aristóteles y sus discípulos, como se puede deducir de los otros textos referidos. Además, precisamente el hecho de remontarse a la consideración del ipsum esse y de la causa totius esse es lo que hace posible el nacimiento de una metafísica como consideración del ens qua ens, y no sólo, como las demás ciencias, de un género particular de entes. Así lo pone en evidencia el mismo sto. Tomás, apelando precisamente a Aristóteles (cf. C.G., I, c.1). Quizá el texto más elocuente y explícito a este respecto es el siguiente: "Ex hoc autem apparet manifeste falsitas opinionis illorum, qui posuerunt Aristotelem sensisse, quod Deus non sit causa substantiae caeli, sed solum motus eius" (In VI Metaph., lc.1). En la misma línea se encuentra un pasaje, bastante semejante al de C.G., II c.37 y al de I, q.44 a.2, en el De subst. separ., c.9, donde la referencia a Platón y a Aristóteles es explícita, y por tanto fuera de duda. Algo análogo se afirma en el De aeternitate mundi. Por tanto, es patente que, para sto. Tomás, ambos filósofos sí llegaron a la consideración de la causa ipsius esse. En otro texto, por lo demás muy significativo (ya que se trata precisamente del comentario al pasaje concreto de Aristóteles del que parte toda esta reflexión), se afirma lo mismo (cf. In II Metaph., lc.2). En efecto, tanto en
Metaph., II ("), 993b 28, como también en Metaph., VI (E), 1026a 16-18), Aristóteles hace referencia
a unas causas de los seres divinos o eternos, es decir, de los mismos cuerpos celestes. Asimismo, en el c.6 del libro XII (7), Aristóteles se dedica precisamente a demostrar la necesidad de una sustancia eterna e inmóvil, un principio motor y eficiente que sea acto por esencia, eterno e inmaterial. Así, en base a los textos que hemos citado, es evidente la opinión de sto. Tomás al respecto: tanto Platón como Aristóteles fueron capaces de remontarse, siguiendo diversas vías, hasta el conocimiento de Dios como causa del ser de todas las cosas, y por ello en cierto modo hasta el concepto de creación. A nuestro juicio, esta tesis es indiscutible e innegable. Sólo se podría poner en duda por medio de in- terpretaciones artificiosas de una supuesta evolución del pensamiento del Aquinate, o apelando sin ningún fundamento a un presunto espíritu del tomismo, o a una especie de doctrina no escrita (¿esoté- rica?) de sto. Tomás, como en un contexto más general parece insinuar algún autor, como G. Kali- nowski (cf. G.KALINOWSKI, Esquisse de l'évolution d'une conception de la métaphysique, en «S. Thomas aujourd'hui», Desclée de Brouwer, Paris, 1963, p. 107). En una línea bastante semejante a la que hemos expuesto se encuentra Aertsen (cf. J.AERTSEN, Nature and Creature. Thomas Aquinas's
Way of Thought, Brill, Leiden, 1988, pp. 205-210). También Fabro se expresa de modo análogo: "S.
Tommaso è persuaso non solo che si possa dimostrare la creazione, ma anche che Platone e Aristotele e i loro seguaci abbiano conosciuto questa verità" (C.FABRO, Storia della filosofia, Coletti, Roma,
1954, p. 223), y más recientemente McInerny (cf.R.M.MCINERNY, Do Aristotelian Substances
en el libro undécimo de la Metafísica
157que todos los entes tienen los mismos prin-
cipios por analogía, sino también según el segundo modo, por cuanto que existen
algunas cosas que, siendo numéricamente idénticas, son principios de todas las co-
sas, en cuanto que los principios de los accidentes se reducen a los principios de
la sustancia, y los principios de las sustancias corruptibles se reducen a las sustan-
cias incorruptibles, y así, según un cierto grado y orden, todos los entes se reducen
a algunos principios. Y ya que es necesario que lo que es el principio del ser de to-
das las cosas sea ente en grado sumo (maxime), como se dice en el segundo libro
de la Metafísica
158, tales principios deben ser perfectísimos, y por ello deben ser
Exist?, en «Sapientia» 54 (1999), pp. 325-338).
Cf. ARISTÓTELES, Metaph., IX (1) cc.8 y 9 1049b 4 - 1051a 33.
159
Las res divinae en este contexto son equivalentes a las sustancias separadas o seres inmateria-
160
les en general, y por ello se refiere no sólo a Dios, sino también a los ángeles, en cuanto espíritus pu- ros o formas subsistentes simples, en los que no se da materia, y por ello tampoco movimiento en sen- tido propio.
Alicubi, en este caso, no tiene un sentido local, sino más bien, como parafrasea el mismo sto.
161
Tomás en su comentario a la Metafísica de Aristóteles, tiene un sentido más amplio e indeterminado: "idest in aliquo genere rerum" (In VI Metaph., lc.1); cf. también p. 181, nota 396, y p. 182, nota 398.
ARISTÓTELES, Metaph., VI (E) c.1 1026a 20.
162
Cf. ARISTÓTELES, Metaph., II (") c.1 993b 9-11. Esta comparación, en contextos semejantes,
163
aparece con cierta frecuencia en las obras de sto. Tomás, vgr.: In De causis, Prooem.; C.G., I c.3 y c.11; C.G., II c.77; C.G., III c.25; In II Metaph., lc.1; De spirit. creat., a.5.
Rm. 1, 20.
164
Remitimos a lo dicho en la nota 158, e insistimos en la importancia de la cuestión, sumamente
165
relevante de cara al estatuto de la metafísica como ciencia del ente en cuanto ente.
máximamente en acto, de modo que no tengan nada o casi nada de potencia, ya que
el acto es anterior y es superior a la potencia, como se dice en el noveno libro de
la Metafísica
159, y por lo mismo deben existir sin materia (ya que ésta es en poten-
cia), y sin movimiento (pues éste es el acto de lo que existe en potencia). Tales son
las realidades divinas
160, ya que "si existe en algún lugar
161algo de divino, en tal
naturaleza" - es decir, inmaterial e inmóvil - "existe máximamente", como se dice
en el sexto libro de la Metafísica
162.
Por tanto, tales realidades divinas, ya que no sólo son los principios de todos
los entes sino que son además naturalezas completas en sí mismas, pueden ser
estudiadas de dos modos: en cuanto que son los principios comunes de todos los
entes, y en cuanto que son en sí mismas unas ciertas realidades. Pero ya que ante
tales primeros principios, que son en sí mismos máximamente cognoscibles, nues-
tro entendimiento se encuentra como los ojos de la lechuza frente a la luz del sol,
como se dice en el segundo libro de la Metafísica
163, por medio de la luz de la razón
natural no podemos llegar a éstos sino en virtud de que somos conducidos a ellos
a través de sus efectos. Y de este modo llegaron los filósofos a estos principios, co-
mo consta en Rm. 1: "Lo invisible de Dios se contempla a través del conocimiento
de lo que ha sido hecho"
164. Por tanto, tales cosas divinas no son tratadas por los
filósofos sino en cuanto que son principios de todas las cosas. Y por ello son trata-
dos en la ciencia en la que se considera lo que es común a todos los entes, que tiene
como sujeto al ente en cuanto que es ente, y así esta ciencia es llamada por ellos
ciencia divina
165.
Existe otro modo de conocer tales realidades, no según nos son manifestadas
por medio de los efectos, sino según lo que ellas manifiestan de sí mismas. Y el
Apóstol se refiere a este modo en 1 Cor 2 cuando dice: "Las cosas de Dios no las
conoce sino el Espíritu de Dios. Pero nosotros no hemos recibido el espíritu de este
1 Cor. 2, 11ss.
166
1 Cor. 2, 10.
167
Ya anteriormente, en el mismo BDT, sto. Tomás había hablado de esta doble ciencia divina:
168
"(...) de divinis duplex scientia habetur. Una secundum modum nostrum, qui sensibilium principia ac- cipit ad notificandum divina, et sic de divinis philosophi scientiam tradiderunt, philosophiam primam scientiam divinam dicentes. Alia secundum modum ipsorum divinorum, ut ipsa divina secundum se ipsa capiantur, quae quidem perfecte in statu viae nobis est impossibilis, sed fit nobis in statu viae quaedam illius cognitionis participatio et assimilatio ad cognitionem divinam, in quantum per fidem nobis infusam inhaeremus ipsi primae veritati propter se ipsam" (BDT, q.2 a.2).
En este pasaje sto. Tomás resalta la diferencia que existe entre la abstracción matemática (la
169
abstractio formae a materia sensibili) y la metafísica (la separatio en sentido estricto). Éste se en-
cuentra en continuidad con lo presentado al final de la q.5 a.1: mientras las entidades matemáticas de- penden siempre de la materia según el ser, aunque según el entendimiento se puede abstraer de la ma- teria sensible, las entidades metafísicas no dependen de por sí de la materia según el ser (si no, sólo podrían darse en la materia), y por ello tampoco según el entendimiento (en su noción no entra la ma- teria sensible). Encontramos de nuevo los dos sentidos en que puede entenderse la separatio propia- mente dicha: el positivo y el precisivo que ya encontramos en BDT q.5 a.1, 154-160, y que hemos estudiado más en detalle en otro trabajo, al que remitimos (Lo separado como el objeto de la metafísi-
ca, en «Alpha Omega», 1 (1998), pp. 217-242). Por tanto, hay que insistir nuevamente en la continui-
dad del pensamiento de sto. Tomás sobre este tema a lo largo de todo el BDT, como lo hace L.-B. Geiger (cf. L.-B.GEIGER, Abstraction et séparation, pp. 28-29 nota 2), en vez de un supuesto cambio de perspectiva entre lo expuesto en el a.1 y en el a.3 de esta cuestión 5, como pretende, entre otros, Elders, en pos, al parecer, de Régis (cf. L.ELDERS, Faith and Science, p. 93), ni tampoco, como
sostiene el mismo Elders, entre la primera redacción del a.3 (que iría supuestamente en la línea del