C. THREAT OF THE ISLAMIC TERRORISM 18
1. Origins and Ideologies 18
CONCLUSIÓN
El deseo de los judíos de emanciparse, y el apoyo que ha encontrado ese mismo deseo entre los cristianos, son un signo de que, por ambos lados, la barrera que los separaba a ambos hasta aquí comienza a ser franqueada. El judío ortodoxo no debería en modo alguno tener el derecho de reclamar la emancipación porque su verdadera posesión y su verdadero empleo debería conducirlo a un estado y una situación en que ya no podría observar su Ley. Si el cristiano habla en favor de la emancipación de los judíos, puede suceder, sea esto para él claro o no, que el hombre haya conservado la supremacía sobre el cristiano. Que, por fin, Estados aislados —en el curso de guerras revolucionarias— hayan hecho a los judíos importantes concesiones, y hayan llegado hasta acordarles casi por entero el derecho de ciudadano o, al menos, prometérselo, esto sólo era posible porque en las tormentas de esta época la forma del Estado cristiano ya no era fija y por ello, al menos en parte, fue preciso sacrificar los
privilegios.No fue así en la época de la restauración: las atribuciones prometidas fueron
retiradas, las ya otorgadas limitadas, los privilegios restablecidos y a los judíos, hasta se los persiguió de nuevo. Pero no fueron los únicos en sufrir: todo el mundo sufrió en esta época: la razón, el sagrado entendimiento humano, los derechos universales del hombre.
Esto debía ser así y esta época debía convertirse en una época universal de sufrimiento, porque anteriormente se había cometido el error de considerar posible la emancipación si los privilegios de las barreras mantenidas se reconocían en la emancipación misma. Por ello se habían hecho concesiones al judío en tanto que udío, se lo dejó, por lo tanto, también después como judío, es decir, como un ser que debe excluir a todos los otros, persistir y volverse a sí mismo imposible la verdadera emancipación. Todo sufrió por este error, pues a todos les faltaba todavía el coraje de ser hombres. Si los privilegios aislados eran sacrificados en esta época, había permanecido por cierto el privilegio, el privilegio srcinal, el privilegio celeste, sobrenatural, otorgado por Dios, que siempre debe producir todos los otros a partir de sí.
La emancipación, por lo tanto, tampoco puede estar ligada a la condición de que se hagan cristianos —una condición que solamente los privilegiaría de otra manera de como lo eran hasta ahora. Un privilegio meramente se cambiaría contra otro. El privilegio permanecería, aun si valiera para algunos— y hasta, por otra parte, para todos, todos los hombres.
Por ello hasta aquí se consideró falsamente la cuestión de la emancipación en todos sus sentidos, hasta en los puntos particulares que han sido evocados, al tratarlos sólo unilateralmente, en tanto que cuestión judía. Naturalmente, de este modo, no se
la podrá resolver teóricamente, ni jamás prácticamente.
Quien no es libre él mismo, tampoco puede elevar a los otros a la libertad. El servidor no puede emancipar. Un menor no puede levantar la tutela de otro y un privilegio puede muy bien limitar a otro, es decir, reconocerlo a través de la limitación justamente como privilegio y volverlo conocido, pero jamás podrá poner en el lugar del privilegio el derecho humano en general si no se sobrepasa a sí mismo. La cuestión de la emancipación es una cuestión general, la cuestión de nuestro tiempo, en suma. No solamente los judíos, sino también nosotros queremos ser emancipados. Sólo porque nadie era libre y porque la tutela y el privilegio reinaron hasta aquí, no podían los judíos ser libres. Todos nos hemos excluido por nuestra limitación; todo estaba limitado, y los cuarteles de policía en que nos hemos
matriculado se asemejan necesariamente alghettoghetto.
No sólo los judíos, sino tampoco nosotros queremos contentamos más con la quimera; también nosotros queremos convertimos en un Pueblo verdadero, en pueblos verdaderos.
Si los judíos quieren pasar a ser un pueblo verdadero —pero no pueden hacerlo a causa de su nacionalidad quimérica, sólo pueden hacerlo en las naciones aptas para la historia y en las naciones históricas de nuestra época—, deben abandonar la prerrogativa quimérica que, mientras la conserven, los separará siempre de los pueblos y los volverá ajenos a la historia. Deben sacrificar su falta de fe hacia los pueblos y su fe exclusiva en su nacionalidad apátrida antes de ponerse de algún modo en condiciones de tomar parte en los verdaderos negocios del pueblo y del Estado, sinceramente y sin reservas secretas.
Pero debemos abandonar la falta de fe en el mundo, en la justificación del hombre, por lo tanto la fe exclusiva, en el monopolio y en la minoridad, antes de poder pensar en ser verdaderos pueblos y, en el seno de la vida popular, ser verdaderos hombres y permanecer como tales.
Es imposible que los hechos de la nueva crítica (contemporánea) y el grito general en favor de la emancipación y la liberación de la tutela, aun en el futuro más próximo, estén destinados a quedar sin efecto. Que ese éxito sea grande y esté próximo para ellos, eso depende de acontecimientos cuya extensión no puede valorarse de antemano, así como tampoco su carácter decisivo. Una cosa es sin embargo segura: todos los medios seguirán siendo paliativos, sólo conservarán la ambigüedad y serán la ocasión de nuevos combates en nombre de esta cuestión, mientras no se emplee un único medio. Provoca inquietud. Este medio se llama: falta total de fe en la ausencia de libertad y fe en la libertad y en la humanidad. Esta fe probará por fin un día su ardor —un ardor que será justamente tanto mayor e insuperable cuanto el hombre está situado por encima del privilegio y del monopolio. Se dirá quizá: esto es bien extremo, demasiado extremo. Y bien, que se entienda a