Hay diversos estudios, fundamentalmente basados en la experiencias de las víctimas del Holocausto y de las víctimas de las dictaduras en Chile y Argentina, que muestran que las situaciones traumáticas producto de la violencia política organizada tienen efectos en varias generaciones de descendientes y no sólo en los afectados directos (Fáundez y Cornejo, 2010).
Unos de los primeros autores en desarrollar el tema de la transmisión transgeneracional fueron Abraham y Torok (1963). Ellos plantean que padres con traumas o situaciones no elaboradas -o en sus términos “no introyectadas en la psique”- transmiten a su descendencia una “laguna” en el inconsciente, un “saber no sabido”, de manera que “el decir enterrado de un progenitor se vuelve en el niño un muerto sin sepultura, un fantasma” p. 264. De este modo el trauma puede ser transmitido transgeneracionalmente y su efecto puede atravesar a varias generaciones.
Faúndez (2012), recogiendo los planteamientos de Nusbaum y Yassa muestra cómo el trauma llega a constituir un secreto, cuyo contenido no se revela pero que tal vez por lo mismo se transmite con gran potencia. Así señala que en la primera generación los contenidos del trauma, debido al dolor y la culpa que evocan, llevan a que el acontecimiento traumático se convierta en un “indecible”, que no debe ser revelado. En términos de Abraham y Torok, estos contenidos quedan encapsulados en una “cripta” en el aparato psíquico, adquiriendo entonces la calidad de secreto (Díaz, 2013).
En la segunda generación, el trauma convertido en secreto no puede ser representado verbalmente puesto que quien recibe su transmisión, sólo tiene un conocimiento intuitivo de éste pero ignora su contenido específico. Así el secreto
es transmitido a las generaciones sucesivas como un “innombrable”, que no es
simbolizable pero que aparece en manifestaciones clínicas como dificultades de pensamiento, problemas de aprendizaje, obsesiones o temores fóbicos. En la tercera generación se convierte en un “impensable”, algo que existe pero que es inaccesible mentalmente, siendo inimaginable (Faúndez, 2012; Faúndez y Cornejo, 2010; Díaz, 2013).
En cuanto al contenido de lo que se transmite, Faúndez y Cornejo (2010) al revisar investigaciones sobre la segunda generación de víctimas del Holocausto,
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observaron que los miembros de esta segunda generación solían presentar síntomas como depresión, fobias, ansiedad, sentimientos de culpa; apreciando también que las dinámicas familiares en las que estaban insertos se caracterizaban por dificultades en la disponibilidad emocional de los padres hacia los hijos, patrones problemáticos de comunicación (exceso de comunicación o silencio absoluto sobre los atropellos vividos) y sobreinvolucramiento de los padres hacia los hijos.
Fonagy (1999a, 1999b) menciona los aportes de Judith S. Kestenberg, psicoanalista especializada en el desarrollo infantil y el estado emocional de los sobrevivientes del Holocausto, quien a partir de su investigación sobre el efecto de éste en la segunda generación, describió la transmisión transgeneracional del trauma. Ella señala que el concepto de “identificación” (con sus padres) es insuficiente para describir lo que le ocurre a las víctimas de la segunda generación. Más bien plantea que los hijos de las víctimas directas viven una “inmersión” en otra realidad, que involucra su cuerpo de manera integral. De acuerdo a ella “el mecanismo de transmisión resucita los objetos asesinados por los que el cuidador/a no puede hacer el duelo en forma adecuada. Los objetos son recreados en la mente del sobreviviente de segunda generación, con el costo de extinguir el centro psíquico de su propia vida” (Fonagy, 1999b, p.2).
Además Fonagy (1999a, 1999b) toma los hallazgos de Ilse Grubrich-Simitis quien al estudiar el impacto de Holocausto en la segunda generación, observó dos situaciones. Por una parte vio que en las víctimas directas así como en sus hijos se alteraba la capacidad de estructurar el pasado, presente y futuro, generándose un “concretismo sin tiempo”. Por otra, observó que las ansiedades generadas por el trauma del Holocausto en la primera generación eran tan altas que no lograban ser reguladas, viéndose alterada la relación con los hijos, lo que a su vez los hacía a éstos ser más vulnerables al trauma.
Por su parte, Yolanda Gampel (2006), psicoanalista argentina que vive en Israel, y que trabaja con miembros de la segunda y tercera generaciones de sobrevivientes del Holocausto, también aborda el tema de la transmisión transgeneracional. Según ella el trauma de origen sociopolítico se transmite a las generaciones venideras a través de un proceso, inconsciente e impredescible de “radioactividad”. Señala que “la vida es una corriente sin fin, y cada hombre está inmerso en la corriente a la que pertenece. No puede ser desprendido de sus antepasados, ni de los que lo hicieron nacer, ni de aquellos que aseguraran su descendencia. Estar anclado en esa línea de pertenencia (…) es sentir en el cuerpo la presencia de los padres, de los abuelos, y sentir que el propio cuerpo vive en el de los hijos” (p. 15).
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Señala que los efectos de este tipo de trauma se mantienen a largo plazo, diseminados en el espacio y el tiempo, como residuos psíquicos radioactivos.
Refiriéndose a la Shoah 15 expresa que estos residuos pueden transmitirse desde
la primera generación, que vivió directamente la tortura y el exterminio, a la segunda generación, que lo vivió de forma fantasmática. Esta segunda generación recibiría de sus padres, la vivencia de angustia de sus progenitores así como el llamado a hacerse cargo del sufrimiento de éstos. Finalmente la transmisión alcanzaría a la tercera generación (Gampel, 2006).
Por otra parte, Kaes y colls. (1986) señalan que estas transmisiones de alguna manera van constituyendo, como sujeto, a las generaciones siguientes, y todos los que forman parte de esta cadena, es decir quien transmite pero también quien recibe esta transmisión, forman parte de un grupo, por lo tanto los sujetos se transformarían en sujetos intersubjetivos. Lo que se va transmitiendo pueden ser deseos irrealizados, en conjunto con lo que se reprimió y renunció de estos deseos, así como también los discursos, las fantasías y las historias. Este grupo que se conforma a partir de la intersubjetividad, es el que sostiene a los sujetos y los mantiene en lo que Kaes llama una “matriz de investidura y de cuidados”, que otorga signos de reconocimiento y de convicción, asigna lugares, señala límites, anuncia prohibiciones y ofrece medios de protección y de ataque entre otras cosas (Berdichevski, 2015).
Se podría asumir que para Kaes y colls. (1986) y posiblemente para todos los autores citados en este acápite, dado que la transmisión transgeneracional es inevitable, es importante que ésta pueda dejar de ser inconsciente, para que la persona que recibe la herencia, se pueda adueñar de lo recibido y darle un sello y un significado propio. Esto sería parte fundamental de la terapia, especialmente en los casos de pacientes que portan traumas transmitidos transgeneracionalmente, ya que en la medida en que ellos pueden observar los mensajes que han sido depositados en ellos por sus antecesores, podrán comprender mejor sus propios principios organizadores, actitudes, conductas y síntomas, y podrán comenzar a sentir, pensar y actuar con más libertad.
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La Shoah, término hebreo que significa “catástrofe”, es el más utilizado por el pueblo judío para hablar de la persecución y aniquilación que vivieron durante el dominio nazi en Alemania y zonas aledañas. Muchos historiadores señalan que la discriminación nazi hacia los judíos empezó tras el ascenso al poder de Hitler en enero de 1933 y que el asesinato masivo y sistemático de judíos empezó poco después de la invasión de la Unión Soviética por los alemanes, en junio de 1941.
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