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2.4.6 Other contributions relevant to this study

Por

Basilio Belliard

ANTECEDENTES

El cultivo del ensayo como género literario, donde se expresan las ideas, las concepciones ideológicas o filosóficas de una época y de una nación, acusa, en la República Dominicana, gran variedad expresiva y libertad temática. Sus orígenes se remontan a media- dos del siglo xix, cuando adquiere categoría histórica, literaria y sociológica. Fue cultivado, en sus inicios, por periodistas que ejercieron el oficio en las páginas de los diarios de la época. En sus escritos predominaban inquietudes revolucionarias, inde- pendentistas, restauradoras, liberales o conservadores, propias del espíritu epocal. Sus preocupaciones intelectuales asumieron el ensayo político e histórico para expresar sus ideales libertarios. Ellos fueron los primeros ensayistas dominicanos que ejercieron el papel de intelectuales críticos de los problemas sociales y cul- turales de su tiempo, y que sentaron las bases teóricas del ensayo como expresión literaria y plataforma ideológica.

A mediados del siglo xix, se cultivaron el periodismo, la poesía lírica y patriótica, el teatro, la oratoria y el género epis- tolar, pero el ensayo aún no había adoptado forma y extensión, ni dimensión autónoma. De modo que es un género tardío en el país, a pesar de que Michel de Montaigne lo creó en Francia, en el siglo xvi. Sólo se cultivaba, a través de la brevedad y la espon- taneidad del diarismo. Surgen los periodistas-ensayistas, los abo- gados o políticos como Alejandro Angulo Guridi, César Nicolás Penson, Ulises Francisco Espaillat, Manuel de Jesús Galván, Pe- dro Francisco Bonó, Manuel de Jesús Peña y Reinoso, Eugenio Deschamps, Gregorio Luperón, Federico Henríquez y Carvajal, entre otros, quienes escribieron artículos políticos, de corte pe-

dagógico o doctrinario, en diarios como El Eco de la Opinión, El Duende, El Progreso, La Reforma, El Orden, La República, La Nación, El Oasis o El Porvenir. Algunos, de vertiente anexionis-

ta y pesimista, y otros, más conservadora. El más destacado de nuestros ensayistas de la postrimería del siglo xix será Federico García Godoy, autor de libros esenciales en el pensamiento do- minicano como El derrumbe (1916), Perfiles y relieves (1907), La hora que pasa (1910) y Americanismo literario (1918). El otro

gran cuentista, y también ensayista, es José Ramón López, autor

de La alimentación y la raza, un ensayo de corte antropológico,

y Francisco Moscoso Puello, autor de Cartas a Evelina (1941),

y Américo Lugo, quien escribió El Estado dominicano ante el de­ recho público (1916) y El nacionalismo dominicano (1923). A mi

modo de ver, Cartas a Evelina, que adopta la forma epistolar en

boga, corresponde a una tipología de ensayos que representa una búsqueda de la identidad y la definición del ser nacional, como lo hicieron en América Latina, Samuel Ramos (Perfil del hombre y de la cultura en México, 1934), Octavio Paz (El laberinto de la soledad, 1950), Eduardo Mallea (Historia de una pasión argenti­ na, 1937), Ezequiel Martínez Estrada (Radiografía de la pampa,

1942), Domingo Faustino Sarmiento (Facundo o civilización y barbarie, 1845), Antonio Pedreira (Insuralismo, 1934), etcétera.

SIGLO xx

Luego surge en la República Dominicana, durante la era de Tru- jillo, uno de los prosistas del ensayo más destacado del siglo xx: Manuel Arturo Peña Batlle, autor de La isla de la Tortuga (1951) o Historia de la cuestión fronteriza dominico­haitiana (1946).

Le siguen Joaquín Balaguer con La isla al revés (1968), Juan

Bosch, autor de Composición social dominicana (1970), Juan

Isidro Jiménes Grullón, con La República Dominicana: una fic­ ción (1965), y Sociología política dominicana 1844-1966 (1966),

cuyos ensayos oscilan entre las vertientes sociológica, histórica y política, respectivamente.

Como se echa de ver, las líneas ideológicas del ensayo do- minicano giran en torno a las cuestiones no tanto estéticas, sino sociológicas, tras la búsqueda por orillar en los territorios del ser social criollo, asumiendo una responsabilidad ética, desde el punto de vista intelectual. Durante la tiranía trujillista, el pensa- miento intelectual se vio encapsulado en el marco del estrecho margen de las libertades públicas que permitió dicha era. Por tan- to, los ensayistas de esa época, afectos al régimen (Balaguer, Peña

Batlle, etcétera), pudieron ejercer su magisterio intelectual, pero supeditados al corsé de sus tentáculos, contrario a las posturas de los desafectos. Otros capitularon a sus designios y, cuando no, asumieron el autoexilio, como Juan Bosch o Pedro Mir; en cam- bio, otros desarrollaron sus obras creativas o ensayísticas, pagan- do con sus vidas, sus posturas ideológicas como Ramón Marrero Aristy y Andrés Francisco Requena. O los intelectuales extranje- ros que combatieron al régimen desde el exterior, como Jesús de Galíndez o José Almoina, ambos asesinados por escribir libros contra Trujillo y su régimen. De modo que el ejercicio intelectual, desde la labor ensayística, estuvo marcado, como es lógico, por la censura o la autocensura, como lo fueron en todos los regímenes totalitarios de izquierda o de derecha.

Joaquín Balaguer, Peña Batlle, José Ramón López y Mosco- so Puello asumen, a su modo, la corriente ideológica y filosófica del pesimismo, que postula el origen de nuestro subdesarrollo en la incapacidad del dominicano para desarrollarse por sí mis- mo, dentro de un enfoque psicológico, tal y como lo denominó el propio López. En tanto que Bosch y Jiménez Grullón orillan, en su momento, las facetas histórica y sociológica, de corte marxista. Era natural, pues la influencia que ejerció el marxismo, como co- rriente ideológica y teoría social, en los intelectuales y pensadores latinoamericanos, fue de cardinal significación, incluso trascen- dió al ámbito académico. Gran parte del debate intelectual que caracterizó la hegemonía del discurso político, desde los años treinta hasta los años setenta, lo protagonizaron Bosch y Jimenes Grullón. Sin embargo, no dejaron un discipulado que continua- ra sus viejas querellas ideológicas, ya que sus debates estuvieron marcados, en cierto modo, por resentimientos personales, o por la vanidad típica del mundo intelectual. Jimenes Grullón, en su tentativa por articular una sociología política dominicana, diluyó su intelecto en polémicas estériles, y Bosch asumió el liderazgo político de dos partidos que fundó (uno en su exilio cubano, el PRD, en 1939, y el otro, el PLD, en 1973), abandonó la literatura de ficción, a su regreso tras un largo autoexilio, e incursionó en el ensayo histórico, sociológico, político y cultural hasta su muerte en 2001.

La nacionalidad, la identidad y el problema migratorio se- rán los ejes temáticos que matizarán el centro de las reflexiones de nuestros ensayistas de los últimos treinta años. Los aspectos antropológicos, sociológicos e históricos constituirán las ideas que gravitarán sobre el ensayismo criollo. Dado que la tradición

ensayística dominicana ha estado dominada por los historiadores y los abogados, no así por los escritores, desde luego, no acusa una voluntad de estilo, como lo hicieron, con gracia expresiva y brillo prosístico, Octavio Paz, Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Tomás Segovia, Carlos Fuentes, Eduardo Mallea, Mario Vargas Llosa, Ernesto Sábato, Tomás Eloy Martínez o Jorge Luis Borges, en el contexto del ensayismo hispanoamericano.

En los años ochenta y noventa surgen en nuestro país Ma- nuel Núñez, con El ocaso de la nación dominicana (1989); Andrés

L. Mateo, con Mito y cultura en la era de Trujillo (1993); Fede-

rico Henríquez Gratereaux, con Un ciclón en una botella (1996) o La feria de las ideas (1984); Miguel Guerrero, con Enero de 1962: el despertar del pueblo dominicano (1988); Bernardo Vega Las frutas de los taínos (1997); Frank Moya Pons, con Historia del Caribe (2001), Manuel de Historia Dominicana (1978) o La dominación haitiana (1972); Juan Daniel Balcácer, con Trujillo: El tiranicidio de 1961 (2007); José Rafael Lantigua, en La conju­ ra del tiempo: memorias del hombre dominicano (1994); Mu-kien

Sang Ben, con Una utopía inconclusa: Ulises Francisco Espaillat

y el liberalismo dominicano del siglo xix (1997); Franklin Franco,

con República Dominicana: clases, crisis y comandos (1996) y Ne­

gros, mulatos y la nación dominicana (1996); Juan José Ayuso, en Todo por Trujillo: fuerzas armadas y militares (2005); Roberto

Cassá, con Los taínos de la Española (1974), Historia social y económica de la República Dominicana (1977); Ciriaco Landolfi,

con Evolución cultural dominicana, 1844-1899 (1981); Víctor

Grimaldi, en Los Estados Unidos en el derrocamiento de Trujillo

(1985), entre otros. Todos ellos tienen en común el trasfondo histórico y el cultivo del análisis del pasado, a través del ensayo historiográfico, de los grandes temas del siglo xx, con voluntad de tratado, antes que de ensayo personal –en la acepción de Mon- taigne–. En Manuel Núñez hay una vocación de pensar nuestra historia, a la luz del pensamiento orteguiano, y aun spengleriano; en otros, sobresale la investigación periodística o la metodología histórica. En efecto, la nostalgia indigenista, el resentimiento del fantasma de Trujillo y su era, la paranoia inmigratoria de los hai- tianos o la reivindicación del ideal patriótico de los independen- tistas, han sido los polos que han permeado las ideas centrales del ensayismo dominicano del siglo xx. Por lo tanto, la relación histórica de odio-miedo entre los haitianos y los dominicanos, que entraña la esencia del destino nacional y la frontera, está de- terminada por la intervención y ocupación del lado este de la isla

en 1822, y su consecuente independencia dominicana, en 1844. Todo esto, sumado a la matanza de miles de haitianos en 1937 –llamada el «corte»–, durante la tiranía de Trujillo, conforma el cuerpo estructural del debate sociológico y político del ensayo histórico dominicano. Esos temas migratorios y de la frontera dominico-haitiana constituyen un manantial inagotable y, a la vez, una fuente en constante efervescencia, que avivan las preocupa- ciones intelectuales de nuestros ensayistas.

Así pues, el antihaitianismo o el prohaitianismo, el prohis- panismo o el antihispanismo, el nacionalismo o el antinaciona- lismo serán los ejes que atizarán el centro de gravedad del de- bate intelectual en esta media isla. Otros ensayistas encausarán sus estiletes a la era de Trujillo, en su tentativa por desentrañar los mitos y símbolos que le dieron sustento ideológico. Mientras algunos intelectuales postulan por un arquetipo de ensayo, que ahonda en el origen y la esencia del pasado precolombino y del descubrimiento, para profundizar en la vida y las costumbres de los taínos, otros optan por desentenderse un tanto del polémico tema de la colonización o la esclavitud, con sus secuelas y su im- pacto ideológico, con respecto a la discriminación, los derechos humanos, la identidad y el mestizaje. Vale decir, sus pros y sus contras, sus aristas y vertientes ideológicas y concepciones sobre diferentes aspectos de estos ejes temáticos.

Lugar especial ameritan los grandes editorialistas, aquellos directores de diarios, cuya prosa y gracia estilística hicieron his- toria y marcaron un hito en el diarismo dominicano, por su con- cisión, elegancia y precisión, como Rafael Herrera, Germán Emi- lio Ornes, Freddy Gatón Arce o Rafael Molina Morillo. Salta a la vista, que el ensayo hispanoamericano tiene una gran deuda con el periodismo cultural. Desde José Martí y Rubén Darío, es decir, desde el modernismo, hasta Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña, hasta desembocar en Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Jorge Edwards, Ernesto Sábato, Tomás Eloy Martínez o Sergio Ramírez. Es decir, desde los autores del «preboom» hasta los del

boom y del «postboom», gran parte de nuestros autores (poetas

o narradores) ejercieron el periodismo de opinión o cultural, en forma de combate o como crítica literaria, en los principales diarios y suplementos culturales de Hispanoamérica. Sin olvidar el magisterio desarrollado en España por Maeztu, Azorín, Pío Baroja, Unamuno, Ortega y Gasset, Feijoo, Cadalso, Jovellanos, Azaña, Américo Castro, Sánchez-Albornoz, Benjamín o Ganivet, cuyos libros son, en su mayoría, reuniones de conferencias, en-

sayos y artículos periodísticos. Es decir, que tanto la generación del 27 como la del 98, sus autores, a la par con la labor poética, también ejercieron el oficio intelectual, a través del ensayo o el periodismo cultural.

Desde los maestros del género, uno de los fundadores del ensayo hispanoamericano es el humanista dominicano Pedro Henríquez Ureña –junto con Alfonso Reyes–, como lo expresa

en Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1927), Las corrien­

tes literarias en la América Hispánica (1946) o Historia de la Cultura en la América Hispánica (1947). Le siguen, Max Henrí-

quez Ureña, con Breve historia del modernismo (1964) y Camila

Henríquez Ureña, en Invitación a la lectura (1954). Esta trilogía

de hermanos, que, por su condición de humanistas, cultivaron temas literarios, filológicos y lingüísticos, con gran eficacia y vo- luntad ecuménica.

De los continuadores de la tradición, en los años sesenta, están Antonio Fernández Spencer, autor de Caminando por la literatura hispánica (1964) y A orillas del filosofar (1960); Car-

los Esteban Deive (de origen gallego), en Tendencias de la novela contemporánea (1963) y Magia y vudú en Santo Domingo (1975);

Marcio Veloz Maggiolo, con Cultura, teatro y relatos en Santo Domingo (1972), Arqueología prehistórica de Santo Domingo

(1972) y Panorama histórico del Caribe precolombino (1991), en-

tre otros. Así pues, la antropología, la filosofía y la historia serán los cauces temáticos que abordarán estos investigadores, cuyas obsesiones intelectuales se decantaron por la negritud, el indige- nismo, el mestizaje y la esclavitud, en el proceso de conformación y configuración de la cultura dominicana.

En los años setenta y ochenta aparecen Bruno Rosario Can- delier, con Lo culto y lo popular en la poesía dominicana (1977), La imaginación insular (1984), La creación mito poética (1987)

y Tendencias de la novela dominicana (1988); Manuel Matos Mo-

quete, en La cultura de la lengua (1986) y El discurso teórico en la literatura de América Hispana (1992); José Alcántara Almánzar,

con Estudios de poesía dominicana (1979); Manuel Núñez, con

El ocaso de la nación dominicana (1989); Miguel Aníbal Perdo-

mo, en La cultura del Caribe en la narrativa de Gabriel García Márquez (2007) y Ensayos al vapor (2015); Soledad Álvarez, con La magna patria de Pedro Henríquez Ureña (1981) y De primera intención: ensayos y comentarios sobre literatura (2009); Enriqui-

llo Sánchez, con El terror como espectáculo (2002); Luis O. Brea

una lectura de Nietzsche (2003). Como se observa, muchos en-

sayos provienen del mundo académico americano, es decir, de autores formados en las academias de Estados Unidos o Puerto Rico, España o Francia. Algunos conjugan la crítica académica con la periodística, o el ensayo con la crítica literaria. Otros com- binan el oficio de ensayista con el de poeta, novelista o cuentista. Están los que reúnen sus artículos periodísticos en un volumen de ensayo y lo publican. De los ensayistas que cultivan la crítica literaria, con más constancia y eficacia en el diarismo local, o en libro, mención especial ameritan Miguel Ángel Fornerín, Bruno Rosario Candelier, Diógenes Céspedes, José Rafael Lantigua y Plinio Chahín.

DEL 2000 HASTA EL PRESENTE

En las décadas del 2000, surgen Néstor Rodríguez, autor de Es­ critura de desencuentro en la República Dominicana (2005); Eu-

genio García Cuevas, con Poesía dominicana moderna del siglo

xx en los contextos internacionales (2011); Miguel Ángel Forne-

rín, con Ensayos sobre literatura puertorriqueña y dominicana

(2004); Pura Emeterio Rondón, autora de Narrativas dominica­ na y haitiana (2007); Franklin Gutiérrez, autor de Enriquillo: radiografía de un héroe galvaniano (1999); Odalís G. Pérez, con La ideología rota (2002); Fernando Valerio Holguín, autor de Presencia de Trujillo en la narrativa contemporánea (2006), Ba­ nalidad posmoderna: ensayos sobre la identidad cultural latinoa­ mericana (2006) o El bolero literario en Latinoamérica (2008);

Plinio Chahín con (¿Literatura sin lenguaje? Escritos sobre el si­ lencio y otros textos (2005) y Pensar las formas (2018); José Már-

mol, autor de Las pestes del lenguaje y otros ensayos (2004), La poética del pensar y la Generación de los ochenta (2007); Miguel

de Mena, en Iglesia, espacio y poder: Santo Domingo 1498­1521

(2007); Basilio Belliard, autor de Soberanía de la pasión (2012), El imperio de la intuición (2013), Octavio Paz o la búsqueda del presente (2019) y Ritual de las ideas (2019); Fernando Cabrera,

con Utopía y modernidad: poesía finisecular dominicana (2008)

y Ser poético: ensayos sobre poesía dominicana contemporánea

(2012); Guillermo Piña Contreras, autor de Enriquillo: el texto y la historia (1985) y Juan Bosch, político a su pesar (2019). Igual-

mente, en este nuevo siglo, como cultores del género, se destacan Néstor Rodríguez, Jochy Herrera, Miguel Collado, Nan Cheva- lier, Máximo Vega, Fidel Munnigh, Juan Carlos Mieses, Avelino Stanley, José Báez Guerrero, René Rodríguez Soriano, Manuel

García Cartagena, Diógenes Abreu, Andrés Merejo, Esteban To- rres, entre otros.

El ensayo de los últimos veinte años acusa otros desafíos y vertientes expresivas; también recibe los influjos del mundo aca- démico americano o europeo. Acaso su centro reflexivo se expan- de a otros ámbitos e intereses temáticos. Confluyen ensayistas de generaciones anteriores, o poetas y narradores que incursionan en el ensayismo, tardíamente. Convergen pues en la novela y la poesía, sus teorizaciones y críticas, y el interés de sus cultores o autores de ficción por cultivar el ensayo con más conciencia del oficio. Otro rasgo que aparece es la irrupción de académi- cos y ensayistas de la diáspora dominicana de Nueva York, que desarrollan una concepción de su vida de inmigrantes o diaspó- rica, en relación al país de origen, desde la errancia y el desarrai- go existencial, que entraña su estatus de exilio o autoexilio, con polémicos ensayos. A esa tribu pertenecen autores como Silvio Torres Saillant, autor de El retorno de las yolas (1999) o Diógenes

Abreu, con Sin haitianidad no hay dominicanidad (2013); de

igual modo, Néstor Rodríguez, Franklin Gutiérrez, Esteban To- rres, Keiselym Montás, Ramona Hernández, entre otros. Igual- mente, historiadores que articulan un discurso ensayístico desde una filosofía de la historia, matizada por una visión crítica y auto- crítica de la historiografía tradicional.

Mención especial experimenta el ensayo de estirpe filosófi- ca, que los académicos surgidos de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo –algunos de los cua- les han obtenido el Premio Nacional de Ensayo, con sus tesis–, como Rafael Morla, Alejandro Arvelo, Andrés Merejo, Ramón Leonardo Díaz, Edickson Minaya, Dustin Muñoz, Julio Minaya, Domingo de los Santos y Roque Santos, quienes han venido de- sarrollando una obra ensayística, desde las vertientes de la filoso- fía de la historia, de la ciencia, del arte y de la tecnología.

Como se ve, el ensayo ha adoptado nuevos bríos y empuje, tanto desde el ámbito académico como no académico, y tanto en autores citadinos como de nuestra diáspora o de provincias. Algunos han desarrollado su faceta de ensayistas tardíamente, y otros, de modo esporádico o constante. Sin embargo, no se vislumbra una generación de ensayistas puros, sino que provie- nen del ejercicio del ensayo de autores de ficciones y de poesía, es decir, de narradores y poetas, que conjugan la creación y el pensamiento y, por tanto, no poseen una estricta teoría del ensayo.

Los caminos del ensayo escrito en Santo Domingo dan las pautas para la comprensión de los derroteros del pensamiento dominicano, cuya práctica intelectual tiene sus precursores egre- gios, sus representantes conspicuos y sus continuadores actuales. Como prosa de no ficción y literatura de ideas, el ensayo tiene una vocación persuasiva que, en ocasiones, apunta al adoctrina- miento, la exposición de ideas o a la confesión. El ensayista usa la inteligencia y fantasea con ella: cultiva la prosa desde la con- ceptualización poética y hace que la razón cante. Por su libertad expresiva, el ensayo cumple una función estética en el uso del len- guaje literario, donde sobresalen la imaginación y la sensibilidad.

TEORÍA DEL ENSAYO

El ensayo adquiere profesión de fe y vocación crítica, y sólo así se afirmará en centro del destino intelectual de la sociedad y de una nación. Esto acontece con el ensayo propiamente dicho, no con el tratado, que es el ideal del científico con vocación de ago-