American Accounting Association Journal Activity Report
ITEM COUNT TABLE OF CONTENTS
4. OTHER: Data on processing time and Production Cycle
Para A. J. P.
Para María Elena Blanco
Desde que llegó a la sala de espera del aeropuerto, se convirtió en algo nulo. Dejó de existir. La sala de espera de un aeropuerto es como la de un hospital. Empezó a ser paciente-viajera que transpiraba y temblaba de frío al unísono. Se palpaba viva, tangible y se sentía, a la vez, muerta, ausente, vacía.
Desde muchas horas antes de llegar a la sala de espera del avión-hospital, no se alimentaba, no bebía, ni masticaba. No se atrevía. La Pálida prefiere que nada, ni siquiera una migajita de pan se interponga entre ella y lo otro.
Lo otro, la Pálida aún no sabe lo que es, ni desde qué esquina, agazapado, la sorprenderá. Si comiera algo estaría en peligro esa zona inclasificable que está debajo del alma. Cuando el médico desde la puerta llamara: “Pasajeros con destino a... favor de dirigirse a la puerta número...” entonces el bocado comenzaría a latir febrilmente, galoparía. Saltaría y ocuparía espacio en el alma. La paciente viajera ya no podría mirar la vida con los mismos ojos. No se mira igual con el alma llena de migajas de pan que con el alma libre. Con el alma llena de migajas de pan se dormita. Con el alma libre se sueña París, Ámsterdam, Bru- selas, Viena, Madrid...
Mientras la Pálida subía al avión, la ansiedad iba cediendo y comenzó a sentir hambre. Cada avance en la escalerilla era un vacío mayor en la boca, en la garganta del estómago. Pero bastó que se sentara y reclinara levemente el asiento para que el hambre desapareciera. Cerró los ojos y alcanzó un estado de quietud inigualable. Es la ataraxia. No frío, no calor. No ruidos, no silencio. No hambre. Nada. Todo...
Durante el vuelo todo cambió. La comida del avión no se parecía a nada. La Pálida se asustó: ¿será que ha olvidado en todos estos
años el color, la textura, el sabor de las comidas? Justamente ahí comenzó el juego:
—Lo de color rosa, seguramente —piensa la Pálida— habrá de tener un sabor dulce, noble y casi prohibido, como saben las mejillas de las muchachas en flor. Lo verde sí lo conoce. Lo verde tendrá sabor a campo fresco después de lluvia caída. En cambio lo negro debe ser un error. Desde siempre supo, sus abuelos le enseñaron, que la comida no puede ser negra. Si hay algo negro habrá que llamar al personal de a bordo, supone la Pálida.
Pero no, mejor no hacer ruidos para no llamar la atención. Apartó lo negro, lo malo, y pudo continuar. Después de todo, lo negro es solo algo redondo, pequeñito, insignificante. Y quizás sólo sea, realmente, una mancha que la Pálida, cansada, no alcanzó a ver bien.
La Pálida viaja sola y sin dinero. Fuertes razones para decidir comerlo todo sin dudar. Partió los bocados y los llevó a la boca des-pa-cio:
Lo de color rosa primero. La muchacha ante todo. Lozana, limpia. Pero las muchachas, a veces, son capaces de ser diferen- tes. Totalmente diferentes a como la Pálida imagina. La comida de color rosa no es dulce, sino salada y la suavidad habría sido, tal vez, un atributo de la juventud de la muchacha-bocado que ahora es madera, granito, piedra sin nobleza.
Lo verde sí es el campo conocido, la hierba palpada, masticada, rumiada, otras veces. Pero aparece sin lluvia. Estas hierbas no tienen lluvia. No es que estén secas pero les falta la humedad de la Isla.
Todo es diferente, inimaginado. La Pálida nunca había pensado en la posibilidad de que alguna vez la comida pudiera estar en su contra y le rompiera sus ilusiones, su utopía de alimentación, su ideal de hartazgo. Pero no piensa más allá.
La Pálida duerme, a veces abre los ojos y mira hacia donde miran todos: las nubes, los canales de Europa debajo. Canales rectos ante la mirada de la Pálida que no comprende la rectitud y ama la sinuosidad de los ríos de la Isla.
El viaje va acabando. Se escapan las horas por entre los dedos de la Pálida que bebe un jugo de naranja Porque vaya donde vaya el jugo de naranja ya no depara sorpresa. Puede ser mejor o peor pero hace tiempo dejó de ser sorprendente. Y eso es todo.
Aterriza el avión y la Pálida se pregunta cuántos aterrizajes soportarán esas gomas antes de dañarse. Quizás solo uno, quizás más. Y esa difícil e ineludible pregunta le ocupa todo el tiempo que demora en la Aduana, el Control Policial y el Nada que declarar.
Cuando la Pálida sale del aeropuerto algo grande le aprieta dentro. Un soplo de aire frío le traspasa la espalda y el pecho. Pero muy pronto se siente protegida, amparada por el insustituible abrazo de la Lejana. La Pálida vive la irrealidad; la Lejana la so- brevive. Se miran a los ojos, apenas un segundo, para reconocerse hondo y luego la Lejana pasándole a la Pálida el brazo sobre los hombros habla por fin para preguntarle: ¿Quieres comer algo?
La comida es entonces lazo, puente. La comida es la tercera persona que armoniza y neutraliza, que acalla ruidos. La comida va apartando las piedras. Es soporte, sostén, ayuda.
La Lejana quiere comer al gusto, al ritmo de la Pálida. A la Pálida le da igual. La Pálida sólo quiere mirar a la Lejana y sa- ber... La Lejana solo quiere mirar a la Pálida y saber... La comida antes era unión, salvación. Ahora quieren apartarla, echarla a un lado. Mirarse por encima de ella. La Pálida y la Lejana no ven la comida. Sólo se ven a sí mismas.
La Pálida ha dejado de sentir hambre. Piensa, cree, está segura de no haber sentido ganas de comer nunca antes. Se descubre, de repente, satisfecha de sus comidas, de su alimentación, de los sabores diarios, del rito iniciático que presupone comer en la Isla. La Pálida echa de menos, eso sí, la porción redondita y negra de la comida del avión. Ahora le vendría bien. Tendría el bocado entre los dientes, lo apretaría hasta mantener bajo control sus deseos de llorar.
La Lejana comienza a descubrir nuevos colores en las mejillas de la Pálida. Hay un extraño brillo en la mirada de la Pálida que quisiera la Lejana tener en la suya.
La comida va quedando a un lado. La comida fue reunión, con- cilio. Ha cumplido su misión. Ahora yace en paz. Fragmentada y abandonada. Pálida y lejana.
Sobre los pedazos de comida esparcidos en un mantel al que empiezan a salirle algunas manchas, la Pálida y la Lejana, están. Juntas. Sentadas a la misma mesa. Sin comer nada.