La causalidad compleja, que implica la presencia de la incertidumbre, elementos aleatorios, iniciativa, conciencia de las derivas y trasforma- ciones, permite entender el concepto clave de la ecología de la acción. una acción cualquiera provoca múltiples interacciones y retroaccio- nes en su entorno que, una vez desencadenadas, escapan a menudo al control o intención del actor que la genera. La acción provoca efectos inesperados y, en ocasiones, incluso contrarios a lo pretendido. Morin escribe:
La ecología de la acción comporta, por primer principio, que toda acción, una vez lanzada, entra en un juego de interacciones y re- troacciones en el seno del medio en el cual se efectúa, que pueden desviarle de sus fines e, incluso, llevar a un resultado contario al que se espera; así, la reacción aristocrática de fines del siglo xviii, en Francia, desencadenó una revolución democrática; un impulso revolucionario, en 1935–1936, en España, desencadenó un golpe re- accionario (2001a: 79).
La ecología de la acción es aplicable a toda iniciativa humana volun- taria, pues toda acción se introduce en un juego múltiple y complejo
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de interretroacciones de las que el actor no tiene sospecha ni control. Así, por ejemplo: los pesticidas en la agricultura no solo han matado insectos dañinos para el cultivo sino también insectos útiles para las regulaciones biológicas y la polinización; la mecanización y robotiza- ción de la industria y los servicios han generado mayor productividad pero también desempleo y deterioro en las prestaciones sociales; los movimientos revolucionarios pueden desencadenar movimientos reac- cionarios o viceversa; los descubrimientos científicos y sus aplicacio- nes técnicas, aparentemente benéficos para un mejor bienestar, pueden destruir la vida y poner en riesgo nuestra existencia con sus efectos negativos no considerados; el despliegue excesivo de los medios de comunicación, que pretenden convencer y justificar una situación, por su propio exceso provocan lo contrario.
En la ecología de la acción encontramos también que acciones efec- tuadas, en principio, con la intención de contribuir a la humanidad, pueden llegar a provocar su efecto contrario. Por ejemplo:
¿Quién podría prever que los avances de la medicina facilitarían la superpoblación? ¿O que la diseminación de gérmenes resistentes a los antibióticos resultaría del propio uso de dichos medicamentos? ¿O que la contaminación sería el resultado de la utilización de abonos para mejorar las cosechas? (Jacob, 1982: 93).
un ilustrativo acontecimiento histórico, permite ejemplificar cómo la intencionalidad de la acción, al escapar a la voluntad de sus actores, puede finalizar en lo contrario que pretendía:
Camarina era una ciudad del sur de Sicilia, fundada por colonos de Siracusa en el año de 598 a. c. Al cabo de una o dos generacio- nes, se vio amenazada por una epidemia de peste, incubada, según sostenían algunos, en un pantano adyacente [...] un serio peligro acechaba, pues, a la ciudad de Camarina. Por ello, se hicieron planes para drenar el pantano. Sin embargo, al consultar al oráculo, este
prohibió que se llevara a término tal resolución, aconsejando en su lugar paciencia. Pero como había vidas en juego, se decidió ignorar al oráculo y abordar el drenaje de la ciénaga. Pronto pudo contener- se la epidemia. Desgraciadamente ya era demasiado tarde cuando los habitantes de Camarina se dieron cuenta de que el pantano los había protegido hasta entonces de sus enemigos, entre los cuales debían contarse ahora sus primos, los ciudadanos de Siracusa [...] las fuerzas de Siracusa cruzaron las tierras secas, antes inundadas por el lodo, masacraron a hombre, mujeres y niños y arrasaron la ciudad. El pantano de Camarina se convirtió en un símbolo de cómo es posible que, por eliminar un peligro, se cree otro mucho peor (Sagan, 1988b: 309–310).
Del principio de la ecología de la acción, se desprenden algunos pos- tulados:
• Primer postulado: desde sus inicios, las acciones participan de un juego de interretroacciones que las alejan de su fuente organizadora y de sus propósitos finales. En este sentido, afirma Lise Lafière: “El nivel óptimo de eficacia de una acción se sitúa al comienzo de su desarrollo” (citado en Morin, 1983: 106).
• Segundo postulado: los efectos a largo término de la acción son impredecibles. un ejemplo de la segunda ley de la termodinámica, que permite entender cómo a medida que pasa el tiempo aumenta el desorden o azar, es el siguiente: si observamos un chorro de gas que se escapa de un agujero, el gas que salió primero tiene un des- orden mayor y sus moléculas se mueven más al azar, han perdido la dirección inicial cuando salieron del agujero (Bronowski, 1978: 128). • Tercer postulado: la acción depende no solo de las intenciones del actor sino de las condiciones propias del medio en el que se desarrolla la misma.
• Cuarto postulado: toda acción comporta riesgo, pues su intencio- nalidad puede perderse en el extremadamente complejo mundo de
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las interacciones; por tal razón, es importante sostener un pensa- miento estratégico que vaya sorteando el cambiante contexto de las interacciones para intentar lograr la intención pretendida.
una acción, por tanto, no se define solo en relación a sus intenciones sino, sobre todo, en relación a su deriva (Morin, 1982a: 285).
Por lo anterior, Morin rechaza el planear a través de programas que se piensan como actividades secuenciales en situaciones estables, y, más bien, propone planear estratégicamente, lo que obliga a estar vigilante de las modificaciones del entorno y de sus múltiples trasfor- maciones, así como de redefinir e innovar constantemente los medios para lograr los propósitos a los que se apuesta (1990: 115). Esto mismo puede ser aplicado a la investigación social, entendida como un pro- ceder estratégico más que programático.