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Desde niña conocí la discriminación al indígena, y de ahí que estuviera familiarizada con algunas de sus manifesta­ ciones, especialmente las disfrazadas de paternalismo. Había tenido trato personal con ellos a lo largo de mi vida, pero en circunstancias en que ellos laboraban para mi familia o para personas allegadas. Los trabajos que realizaban eran los más duros y peor remunerados, como oficios domésticos, recolección de basura, cargadores. La mayoría de familiares y amigas tenían más de algún empleado o empleada indígena. Las mujeres usaban sus trajes, pero pocos hombres lo hacían. Dilataban años, a veces la vida entera, trabajando para la misma familia. Y si se retiraban volvían periódicamente de visita. En el seno de mi familia se nos enseñó a saludarlos, respe­ tarlos y obedecerlos, ya fuera en casa propia o ajena. Según faltáramos a ese proceder, recibíamos desde un moderado llamado de atención hasta una reprimenda enérgica; y en todo caso conllevaban la enmienda de la falta o la solicitud de disculpa a la persona ofendida. Igual comportamiento debíamos observar con todo trabajador subalterno. Sin embargo, estos criterios educativos eran la excepción y no la regla en mi medio social. Además no estaban en contradicción con la mentalidad que los veía como personas menos inteligentes o necesitadas de protección y conducción.

Antes de incorporarme a la guerrilla había tenido poca relación en términos de igualdad o amistad con compatriotas indígenas: clientes de mi papá, a quienes él invitaba a nuestra mesa cuando llegaban a verlo a la capital; algunos amigos quichés y cakchiqueles que eran artesanos, maestros o profesionales. Pero hasta que viví

en el altiplano me fue evidente que, a pesar de la estra­ tificación económica del sector indígena, todos eran y se comportaban como discriminados de una u otra manera. Y es que autoridades, población ladina en general e in­ dios ladinizados ejercían una opresión cotidiana, grosera e insultante, contra ellos; la cual consideraban normal e inmutable. Y no es que en esa región la discriminación fuera mayor que en otras partes del país, sino que en mi experiencia particular fue allí donde la capté con toda su crudeza; donde me hirió sistemáticamente el alma. Durante mi estancia no pocas veces intervine cuando un indígena era despreciado o maltratado en mi presencia. La sangre me hervía de indignación; me sentía humilla­ da en su persona; me daba vergüenza que eso sucediera en mi país. Y al mismo tiempo me invadía la angustia y la impotencia al contemplar la tolerancia ilimitada de la víctima y la indiferencia de los demás testigos. En todos los casos que vi, el agredido soportó silencioso y sumiso el abuso a su más elemental dignidad humana y ciudadana. Quién sabe qué sentía y pensaba; quién sabe qué hablaban entre ellos. Pero yo deseaba que se defendieran, que no se dejaran, que se levantaran contra quien los denigraba. Pero nunca vi un caso de éstos.

Hasta que me integré al destacamento en las montañas del noroeste tuve oportunidad de convivir y trabajar en términos equitativos con ellos. Y fue en el contexto revolucionario donde los vi comportarse de una manera activa ante la opresión. Sin embargo, en el seno del destacamento experimentábamos el choque clasista y las barreras culturales. De manera que requeríamos de esfuerzos colectivos e individuales para superarlos. Comprendernos, ayudarnos y transformarnos no era fá­ cil para ninguno. Y más debíamos esforzarnos por tener tacto y paciencia quienes contábamos con mayor cultura política y procedíamos de capas y sectores de clase si no

explotadores, sí privilegiados y tradicionalmente opre­ sores. Pues quienes por generaciones recibieron órdenes de patrones y autoridades hostiles, a la vez que sufrieron de ellos múltiples atropellos, llevaban a flor de piel la sensibilidad y la desconfianza clasista y étnica.

Nuestra colectividad también estaba penetrada por el atraso político y el analfabetismo propios de la región. Entre los principales rasgos de nuestros compañeros estaban el pensamiento mágico, la visión localista, el empirismo, el machismo, la subestimación de la mujer, la hostilidad defensiva del indio hacia el ladino. Sin embar­ go, constatábamos los cambios positivos que se registra­ ban y valorábamos el proceder de nuestros compañeros en otros aspectos. Pues eran también rasgos destacados la generosidad, la modestia, la laboriosidad, el valor, la voluntad de superación, la paciencia y la entusiasta entrega a la lucha revolucionaria. Entre los combatientes de origen campesino era raro el afán de figuración o las pretensiones personales de poder. Rasgos, en cambio, bas­ tante comunes en personas provenientes de la pequeña burguesía, especialmente la intelectual, y que tanto daño producen en el medio revolucionario.

Procediendo de un medio social donde las cuali­ dades enunciadas no predominan, el ejemplo de estos compañeros nos enseñó mucho sobre el potencial humano y social que encierra el pueblo trabajador. Y que puestos al servicio de la lucha revolucionaria y de una sociedad de nuevo tipo representan una garantía de la capacidad popular para salir adelante en la construcción del futuro propio y del país. Estos rasgos, además, fueron una re­ ferencia para nuestro propio esfuerzo de superación. De todos ellos, la generosidad y la modestia fueron las que más me conmovieron e hicieron reflexionar.

Con el tiempo fuimos percibiendo diferencias entre los miembros del destacamento procedentes del

cam p esin ad o pobre. P or ejem p lo, los in d ígen as de m ayor ed ad h ab ían ten id o n u m erosas exp erien cias lab orales y sociales con ladinos. De ahí q u e fu eran m ás su scep tib les en el trato con q u ien es lo éram os. L es costaba tratarn o s de igu al a igu al, p lan tearn os clara y d irectam en te u n a crítica, u n m alestar, u n desacu erd o. A l m ism o tiem po ten ían m ás interiorizada la cultura propia y los valores que ella postula, con ocien d o m ejor sus p ro blem as co m u n ales y a su gente. Y por lo m ism o p oseían m ás criterio para cap tar y exp licar las ideas de la revolución, para o rgan izar y persuadir sobre la n ecesid ad de luchar. C asi siem p re tenían un p rofu n d o sentim iento religioso y reservas para ejercer la violen cia en com bate, pero sí la dem andaban y aprobaban. A diferencia de ellos, los jó v en es nos voseaban o tu teab an sin rep aro algu n o a los pocos días de co n ocern os; ráp id am en te se exp resab an con soltu ra y se relacion ab an de igual a igual con los dem ás. G en eralm en te no tenían arraigo religioso alguno o lo aband onaban espontáneam ente. Pero con ocían p oco de su cu ltu ra, su com u n id ad , la vida. Y m ás allá de su localid ad n o ten ían identidad étnica con el gru p o al qu e p erten ecían ; m uch o m en os con otros gru p os étnicos. C asi todos eran solteros y su n ostalg ia por la fam ilia era poca u ocasion al. Sin em bargo, fu eran ad u ltos o jóv en es, si h abían lab orad o asalariad am en te en las p lan tacio n es de la costa sur, o h abían com erciad o m ás allá de su zona de orig en , co m p re n d ía n fá cilm en te la d iferen cia en tre ser rico y ser ladino. Es decir, ten ían co n cien cia de lo que era la exp lotación , y atisbos de la d iferen ciación clasista para p ercibir q u e tam bién había in d ios ricos. Sab ían que n u m erosos lad in o s eran trabajad o res y pobres com o ellos m ism os; qu e p or lo tanto debían u n irse en tre sí en la lucha em an cip ad o ra y, en ese m arco, h acerles ver que d eb ían abandonar su com portam ien to discrim inador. Pero para el indígena au to co n su m idor, o que realizaba todas sus activi­ dad es en las m on tañ as del n oroeste, decir lad ino era lo

mismo que decir explotador y discriminador. Y esta visión la generalizaban a todo el país/ siéndoles complicado, cuando no imposible, deslindar la calidad de explotador de la de discriminador.

Sólo gracias a un intenso trabajo político fue factible transformar la conciencia étnica localista en conciencia de todo el grupo cultural al que pertenecían y, más aún, a nivel del conjunto de grupos étnicos indígenas y del pueblo trabajador. Al principio ninguno se asumía como chuj, mam, quiché, sino como mateano, todosantero, za- cualpeño, según fuera el nombre de su pueblo de origen. Numerosos compañeros ixiles, por ejemplo, desconocían el término de ixil para designar al grupo étnico al que pertenecen. Más costó todavía cultivar la conciencia de pertenencia a un país concreto y de sus derechos ciu­ dadanos. Y mientras esto se lograba debíamos estar al pendiente de roces y actitudes negativas dentro de la colectividad. Por ejemplo, algunos que provenían de la costa sur o de cabeceras municipales, discriminaban a quienes eran oriundos de aldeas y parajes. Los nebajeños se consideraban superiores a los de Cotzal y Chajul; los cotzaleños le tenían ojeriza a los de Chajul por viejos pro­ blemas de posesión de tierras y se burlaban de la forma en que los de Nebaj hablaban su mismo idioma. He aquí un incidente ilustrativo del grado de fragmentación de la identidad étnica y clasista que encontramos cuando iniciamos el trabajo. Un compañero cotzaleño, luego de realizar su ejercicio durante una práctica de tiro, retuvo el arma y giró sobre sus talones sin dejar de apuntar. Buscó un objetivo imaginario y sonriendo dijo: "Ora sí. Nomás que se me ponga un chajuleño enfrente y le doy". También percibimos que los compañeros indígenas provenientes de una misma localidad — no así los ladinos—, se guardaban lealtad mutua por encima de los demás compañeros y or­ ganismos superiores. Y sólo cuando su conciencia política

se desarrollaba, ese comportamiento cambiaba a favor de la lealtad a la organización en primer lugar.

Había asimismo una enorme diferencia en el modo de hablar entre indígenas y ladinos, y entre aquellos que procedíamos de la ciudad y del campo. Con frecuencia no se trataba de una forma correcta y otra incorrecta. Todas tenían rasgos positivos y deseables de generalizar y otros que debíamos desechar o sencillamente comprender. Pero dado el trasfondo social de las vivencias de cada quien, estas formas de hablar tenían efectos condicionados clasis­ ta y culturalmente. Y sus manifestaciones afloraban entre nosotros. Los compañeros indígenas hablaban suave y quedo; eran parcos y modestos al expresarse, aun cuando hubieran tenido una actuación valiente o destacada. No resaltaban su individualidad. Tampoco gesticulaban con el rostro ni con las manos, mucho menos con el cuerpo. Permanecían quietos y tranquilos mientras hablaban o discutían. No afirmaban ni negaban nada categórica ni claramente; más bien dejaban sentir duda, ambivalencia o no tomaban la iniciativa para proponer algo. Decían, por ejemplo, "puede que sí, puede que no", "tal vez", "saber". Lo hacían incluso en asuntos en que eran ellos los únicos que podían opinar o que tenían más elementos para de­ cidir. O repetían lo que un responsable decía, temiendo contrariar o equivocarse, más que por coincidir. A ellos había que pedirles que fueran más amplios para informar, que dieran su punto de vista con más seguridad, que se manifestaran si estaban en desacuerdo con algo. En cam­ bio, numerosos compañeros ladinos dramatizaban cuando informaban o se expresaban verbalmente; adornaban los acontecimientos, eran repetitivos o exageraban los hechos para resaltar peligros, dificultades y desempeños propios. A ellos había que pedirles que fueran concisos, objetivos y calmados. Al inicio, cuando no tenían suficiente confianza, los campesinos evitaban ver a los ojos, haciéndolo al suelo

o hacia un punto distante. Quienes procedíamos de la ciu­ dad generalmente hablábamos con energía o enfatizando una u otra idea, rápido, buscando los ojos del interlocutor. Además, a pesar de que hacíamos esfuerzos constantes por hablar clara y sencillamente, se nos colaban vocablos y construcciones gramaticales incomprensibles o difíciles de entender para nuestros compañeros. Pero todos los la­ dinos teníamos identidad como guatemaltecos.

Personalmente, al hacer esfuerzos por modificar mi modo de hablar no dejaba de resentir la autorrepre- sión que ello significaba a mi espontaneidad y particular manera de ser. Las cuales en otros contextos sociales no requerían de cambios. Pero en el destacamento hasta eso era necesario modificar en aras de la cohesión y comuni­ cación del grupo.

En entrenamientos y en numerosas actividades, rotativamente, unos y otros hacíamos de mandos y de combatientes, de responsables y de base. Pues aprender a mandar era tan importante como aprender a obedecer. Pero según se fuera indígena o ladino, hombre o mujer, se tendía a una sola de las dimensiones. Por otra parte, exigíamos que las voces de mando fueran enérgicas, ágiles, seguras. Sin embargo, los indígenas adultos no lo hacían así por arraigo en valores de su cultura. Había que estimularlos, reiterarles por qué debían dar tales voces con fuerza, sin pena de herir o enojar, sin pedir favor. A no pocos compañeros ladinos, incluyendo fundadores, les costaba obedecer a mandos más jóvenes, indígenas o femeninos. Y, en general, reconocerles su lugar y méritos. Unos y otros debíamos hacer esfuerzos de distinto tipo y tener éxito no era fácil.

Como mujeres, lo que más nos afectaba eran el machismo y el patriarcado campesino que manifestaba la mayoría de compañeros. En teoría era posible comprender esos rasgos dadas las características de nuestra sociedad.

Pero en la práctica cotid iana no era fácil tenerles paciencia. Y si bien la d irecció n de la m on tañ a p ro m o vía n uestra p articipación y desarrollo, estos com p añ eros, entre los que había algu nos v eteran os, n os su bestim ab an y recelaban de n u estro d esem peño. A u nqu e estos p roblem as solían abor­ d arse en colectivo, el recon o cim ien to del fen ó m en o y los cam bios de m en talid ad iban a la zaga de la n ueva práctica. Las co stu m b res del p en sam ien to sed im en tad as por añ os y gen eracion es m ostrab an ser m ás tenaces que n u estras ejecu ciones, qu e n uestras certezas recién ad q u irid as y que n u estros com u n es id eales por una socied ad nueva.

En la relación en tre h o m b res y m u jeres ocu rriero n p ro b lem as co m o éste. A los p oco s días de reu n ificad o el d estacam en to, v arios com p añ ero s p roced en tes de la selva co n sid eraro n q u e d os co m p añ eras citad in as ten íam o s u n p roced er in correcto y descarad o hacia ellos. A ju icio suyo, les in sin uábam os relaciones am orosas, incluso a v arios a la vez. Para q u e la situ ación se aclarara y n u estras relacion es tom aran su ju sto n iv el, se les p id ió a tales co m b atien tes qu e ex p u sieran las razon es q u e los llev ab an a p en sar así. El p ro blem a realm en te era que n o so tras n os rela cio n á ­ bam o s con tod os con in iciativ a y d esen v oltu ra. N o sólo por nuestra fo rm ació n y exp erien cia vital, sino p orqu e los asu m íam o s co m p añ ero s de trabajo. P ero resu ltab a q u e en su m u n d o cam p esin o n in g u n a m u jer, m en os recién con ocid a, p ro ced ía de tal m an era con ellos, y de h acerlo h u b iera p erd id o su p restigio social.

En el d estacam en to , u nos p ro ced ían de co m u n id a ­ des d on d e la p o lig am ia era acep tad a, in clu so m otiv o de p restig io so cial. Es m ás, ten íam o s co m p a ñ ero s q u e en sus co m u n id a d es ejercían la p o lig am ia. Eran h o m b res resp etad o s por su gente, d iscretos, en treg ad o s a la lu cha. O tro s eran o rig in ario s de zon as d on d e a las m u jeres se les v en d ía y co m p rab a p ara el m atrim o n io sin con tar con su p u n to de v ista. M ien tras otros m ás eran de lu g ares

donde se hacía el ritual de pedida y compra-venta, pero a partir de que la mujer y el hombre estaban enamorados, y planteaban su voluntad de unión. Había compañeros

— los capitalinos y costeños, por ejemplo — que venían de medios donde abundaba y se recurría a la prostitución femenina, a la pornografía y a los clubes nocturnos. Y algunos los habían frecuentado. Para ellos era factor de prestigio varonil ser versado en dichos temas. Mientras tanto, otros combatientes pertenecían a regiones donde por generaciones no se conocía la prostitución ni la por­ nografía. Es más, ni siquiera conocían el significado de esos conceptos. Había compañeros para quienes ver a una mujer desnuda de la cintura para arriba era natural y no representaba motivo de excitación, murmuración o morbosidad. Pues en sus lugares de origen las mujeres suelen bañarse y lavar ropa en los ríos de esa manera. O pasan así todo el día debido al calor. Y en general, las mujeres del campo amamantan a los hijos en público y en cualquier circunstancia, mostrando sus senos con la mayor naturalidad imaginable. Pero había otros para quienes ver a una mujer así era motivo de desasosiego.

Unos pocos tenían pareja dentro del destacamento; otros tantos, en algún punto del frente o su periferia. La mayoría no la tenía. Y las concepciones y expectativas sobre el amor y el sexo variaban mucho. Para unos era una cuestión primaria, posesiva, pragmática; para otros era algo más complejo. Y en todo caso estaban permeadas por las variantes culturales y la experiencia. Nuestra situación era complicada en este aspecto, la convivencia incipiente y el proceso de transformación ideológica lento, desigual y no pocas veces caótico. ¿Correspondía darle a la transformación en esta dimensión — donde más que la razón, entran en juego los instintos, los sentimientos y las costumbres generacionales—, el mismo énfasis que a lo referente a la conciencia de clase, al espíritu combativo

frente al adversario, a la actitud de servicio hacia el pueblo, a la entrega ilimitada que la pertenencia al destacamento exigía? Sencillamente era imposible. Humana, cultural y políticamente estaba fuera de nuestro alcance. Los ritmos de la conciencia no dan para tanto. Lo que se lograba al pretenderlo era abrumar y confundir. De hecho era ponernos una camisa de fuerza. Por inexperiencia y conservadurismo lo intentamos al principio, asumiendo como cultura y moral deseables las de unos pocos.

En cierta oportunidad, por ejemplo, alguien descu­ brió que un compañero guardaba imágenes de una mujer desnuda. Provenían de una revista Play Boy que, años atrás, un visitante citadino llevó por iniciativa propia a la montaña. A quien involuntariamente se dio cuenta

—un hombre —, le pareció que atesorar dichas ilustra­ ciones no era el ejemplo que se esperaba de un luchador revolucionario. Así que lo informó y planteó su punto de vista en una reunión. El portador de los recortes era un joven ladino, obrero agrícola de la costa sur y uno de los primeros en sumarse, en 1974, al grupo fundador del destacamento. La primera reacción de la colectividad fue pedir que se mostraran las imágenes en la reunión. Indudablemente más por razones terrestres que por ser necesario para opinar, como argumentaban algunos. Numerosos compañeros nunca habían visto, desnuda o vestida, a una mujer como las que aparecen en revistas de ese tipo. Y humanos al fin, no resistían la curiosidad

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